viernes, 13 de diciembre de 2019

LOS MANDAMIENTOS DE LA LEY DIVINA Y LA TERCA INSISTENCIA DEL HOMBRE EN VIOLENTARLOS


Por: Oscar Cervantes Velásquez
Santa Marta - Colombia

Un tema recurrente en charlas espíritas y en las clases de ética que imparto en la institución educativa en la que presto mis servicios como docente, tiene que ver con el análisis de los diez mandamientos y las razones por las cuales, para muchos, es tan difícil darle estricto cumplimiento a los mismos, teniendo en cuenta la exhortación de Jesús, cuando nos dice “Si quieres entrar en la vida eterna, cumple los mandamientos[1]”. Y reafirma lo dicho en la siguiente cita: “El que viole uno de estos mandamientos menores, y enseñe a los hombres a violarlos, será considerado como el último en el reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y los enseñe será grande en el reino de los Cielos[2]”.

Los tres (3) primeros mandamientos van dirigidos a Dios y los siete (7) restantes van dirigidos al prójimo; además, con relación a las leyes mosaicas, nos aseguran los espíritus que “Jesús las modificó profundamente, tanto en el fondo como en la forma. Combatió constantemente el abuso de las prácticas exteriores y las falsas interpretaciones, de modo que no podía hacer que esas leyes sufrieran una reforma más radical que mediante su reducción a estas palabras: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo”, añadiendo: Esta es toda la ley y los profetas[3]”.

Recordemos los diez mandamientos y con posterioridad haremos un sucinto análisis de los mismos, tratando de encontrar respuestas a las constantes violaciones de los mismos por parte del hombre aposentado en nuestro planeta.

1º. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
2º. No tomarás el Nombre de Dios en vano.
3º. Santificarás las fiestas.
4º. Honrarás a tu padre y a tu madre.
5º. No matarás.
6º. No cometerás adulterio.
7º. No robarás.
8º. No dirás falso testimonio, ni mentirás.
9º. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
10º. No codiciarás los bienes ajenos.

El primer mandamiento, “amarás a Dios sobre todas las cosas”, es una invitación al amor supremo, por encima de las veleidades propias de quien se extasía en las sensaciones y goces de la carne, y en las posesiones materiales que nos alejan de la vida espiritual. Juana de Ángelis nos persuade a que, “en cualquier circunstancia, mantén tu confianza en Dios, que rige el Universo y guarda tu vida[4]”.

No tomarás el nombre de Dios en vano”, es un mandamiento constantemente transgredido por todos aquellos dados a hacer falsos juramentos en su nombre, solo por costumbre o por pretender posar de serios. Jesús consciente de la indelicadeza del hombre en sus relaciones con el Padre eterno, nos recordó que "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos[5]".

El tercer mandamiento, “santificarás las fiestas”, pareciera, para muchos, una orden de participar en cuanta fiesta se inventa el hombre. Para tener una idea de las diferentes fiestas que se celebran en nuestro país Colombia, estudios realizados por expertos aseguran que existen en “Colombia 4.030 fiestas identificadas, que se hacen cada año[6].

Pero ¿realmente santificamos las fiestas?, ¿qué pretendía la divinidad con este mandamiento?, ¿está el hombre preparado para respetar las tradiciones religiosas y no convertirlas en prácticas profanas?, son preguntas que surgen ante la poca o nula acción del hombre por obedecer este mandamiento.

Con relación al cuarto mandamiento, “Honrarás a tu padre y a tu madre”, el segundo de los mandamientos concernientes al prójimo, me remitiré al capítulo XIV de “El Evangelio según el Espiritismo” y en particular al ítem 3, donde encontramos las orientaciones necesarias con respecto al mismo: “El mandamiento:Honra a tu padre y a tu madre” es una consecuencia de la ley general de caridad y de amor al prójimo, dado que no podemos amar al prójimo si no amamos a nuestros padres. No obstante, el imperativo honra contiene un deber mayor para con ellos: el de la piedad filial. Así, Dios quiso mostrar que en el amor a nuestros padres debemos incluir el respeto, las atenciones, la sumisión y la condescendencia. Eso implica la obligación de cumplir para con ellos, en forma aún más rigurosa, todo lo que la caridad nos ordena en relación con el prójimo en general. Ese deber se extiende, naturalmente, a las personas que hacen las veces de padre y madre, y que tienen tanto más mérito cuanto menos obligatoria es su devoción. Dios castiga siempre con rigor cualquier tipo de violación a ese mandamiento.

Honrar al padre y a la madre no significa solamente respetarlos, sino también ampararlos en la necesidad, proporcionarles reposo en la vejez, y rodearlos de cuidados, al igual que ellos lo hicieron con nosotros durante nuestra infancia” …

Por la extensión de este ítem no lo incluimos totalmente, por lo que invitamos a nuestros lectores, por la claridad que aporta en relación al mandamiento, a la lectura completa del mismo en la obra citada.

En “El Libro de los Espíritus”, Libro Tercero, Cap. VI, Ley de Destrucción, pregunta 730, Allan Kardec inquiere a los Espíritus acerca del temor instintivo que tiene el hombre a la muerte y ellos le responden: “Lo hemos dicho: el hombre debe tratar de prolongar su vida para cumplir su tarea”, esto nos permite entender con mayor concisión la importancia del quinto mandamiento “No matarás” y la necesidad que tenemos de respetar la vida del prójimo. Sin embargo, la historia de la humanidad es un largo documental de como los hombres lo han venido violentado al punto que el irrespeto a cualquier forma de vida es pan de cada día en el planeta Tierra.

Para vencer esa violencia, que no son más que vestigios del instinto primitivo en el hombre, Allan Kardec nos ilustra que, “(…) será por la educación más que por la instrucción que se transformará la Humanidad”; sólo así, ese instinto violento que campea en el hombre hodierno, la educación que somete y orienta, podrá vencer.

Adentrándonos en el sexto mandamiento “No cometerás adulterio”, en Mateo 5: 27 – 28, el Maestro Jesús nos conmina: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”; y son los apetitos inferiores de la personalidad quienes nos desbarrancan por el camino infamante de las más bajas pasiones, acercándonos al primitivismo que nos desafía día a día, en nuestras luchas por vencernos a nosotros mismos. Hoy, la humanidad terrena, sigue empecinado en alejarse de los principios divinos que lo acercan al amor, extasiándose en las sensaciones de la carne, en sus intensos devaneos con el acto sexual instintivo propio de la animalidad. 

El séptimo mandamiento “No robarás”, nos convida a respetar los bienes del prójimo; rapiña, usura, fraude, corrupción, especulación, etc., son muchas formas de asaltar la buena fe del prójimo en detrimento de su bienestar, por ello, la invitación de Juana de Ángelis acude a nuestro apoyo en la aplicación de esta máxima cristiana cuando nos dice: “Se probo y honrado, especialmente cuando escasean en la Tierra, la honradez y la justicia[7]”.

Si el sexto y séptimo mandamiento son todo un reto para gran parte de la humanidad domiciliada en la Tierra, el octavo mandamiento “No dirás falso testimonio, ni mentirás”, es toda una provocación a las virtudes que el ser humano debe atesorar a lo largo de sus existencias en la Tierra; el excelso Maestro nos invitó en todo momento a la búsqueda de la verdad, que nos haría libres; empero, el ser humano insiste en mantenerse cautivo de su propia insania, perseverando en el mal. Hoy es un hecho común atestiguar falsamente en juicio, habitual en nuestros estrados judiciales, lo mismo que la murmuración, la calumnia, y toda suerte de mentiras que nos alejan del cumplimiento de esta ley, entendiendo que difícilmente nadie se evadirá de su propia conciencia.

No consentirás pensamientos ni deseos impuros”, es el noveno mandamiento, el cual me remite a la advertencia que nos hace Jesús en Mateo 26:41: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”. Sobre la tentación, ese impulso que nos ilusiona y nos lleva al desequilibrio, Juana de Ángelis acrecienta:

“Tóxico, envenena fácilmente.
Ácido, quema incesantemente[8]”.

Es el mismo Jesús quien nos advierte que: ““¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Porque es necesario que vengan escándalos; pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!

Su admonición continua así: Si vuestra mano o vuestro pie es motivo de escándalo, cortadlos y arrojadlos lejos de vosotros; porque mejor será para vosotros que entréis en la vida con un solo pie o una sola mano, a que tengáis dos y seáis arrojados en el fuego eterno. Y si vuestro ojo es motivo de escándalo, arrancadlo y arrojadlo lejos de vosotros; porque será mejor para vosotros que entréis en la vida con un solo ojo, a que tengáis dos y seáis precipitados en el fuego del Infierno[9]”.

Sin embargo, a pesar de las advertencias, seguimos incurriendo en las mismas liviandades de siempre que nos llevan a regresar a la carne con las limitaciones físicas necesarias para equilibrar las cargas de las violaciones constantes a las leyes divinas.

El décimo mandamiento de la Ley de Dios, sintetizado en “No codiciarás los bienes ajenos”, lleva implícita la envidia, la avaricia, el egoísmo y la soberbia. Apoyándonos en Pablo de Tarso, el Apóstol de los Gentiles, entenderemos las razones de la constante violación del hombre de este mandamiento: "La avidez del dinero, en efecto, es la raíz de todos los males; pues por este deseo, algunos se han desviado de la fe y se han procurado muchos tormentos[10]".

Sobre este mandamiento, Jesús, el justo por excelencia nos enseña: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee[11]”. 

A pesar de estas enseñanzas, el hombre continúa, injustamente, deshonrando las sabias leyes recibidas por Moisés, las cuales mantienen su inalterable vigencia para bienestar de aquellos, que, comprendiendo el compromiso con su realidad espiritual, hoy transitan el camino del bien.

La invitación que nos hace la Doctrina Espírita es a la recristianización del ser, siendo por ello, nosotros los espíritas, los llamados a trabajar desde nuestros círculos de servicio en la transformación interior, que dignifica al ser y lo acerca a la responsabilidad personal, a la auto-iluminación, liberándose de las pasiones inferiores en la búsqueda de los altos vuelos de la inmortalidad.






[1] Mateo 19:17.
[2] Mateo 5: 19.
[3] Allan Kardec, El Evangelio según el Espiritismo”. Cap. I, “No he venido a derogar la ley”, Cristo, ítem 3, pág. 57. Edicei, Editorial  Kimpres Ltda, 2009.
[4] Divaldo Franco/Juana de Ángelis, Floraciones evangélicas. Cap. 13, Confianza en Dios, pág. 54. Librería Espírita Alvorada. 1991.
[5] Mateo, 7:21.
[6] https://www.rcnradio.com/colombia/en-colombia-se-realizan-mas-de-4000-fiestas-al-ano-revelo-estudio
[7] Divaldo Franco/Juana de Ángelis, Invitaciones de la Vida, Invitación a la probidad, pág, 147. Instituto de Difusión Espírita – IDE, 1985.
[8] Divaldo Franco/Juana de Ángelis, Invitaciones de la Vida, Invitación a la vigilancia, pág, 206. Instituto de Difusión Espírita – IDE, 1985.
[9] Allan Kardec, El Evangelio según el Espiritismo, cap. VIII. Edicei.
[10] 1ª. de Timoteo 6:10.
[11] Lucas 12:15.

domingo, 10 de noviembre de 2019

REENCARNACIÓN


No terminaremos este estudio de la vida en el espacio, sin indicar, de una manera somera, de acuerdo con qué reglas se efectúa la reencarnación. Todas las almas que no han podido emanciparse de las influencias terrenales deben renacer en este mundo para trabajar en él por su mejoramiento; éste es el caso de la inmensa mayoría. Como las demás fases de la vida de los seres, la reencarnación está sometida a leyes: el grado de pureza del periespíritu y la afinidad molecular que determinan la clasificación de los espíritus en el espacio fijan también las condiciones de la reencarnación. Los semejantes se atraen. En Virtud de esta ley de atracción y de armonía, los espíritus del mismo orden, de caracteres y de tendencias análogas, se aproximan, se siguen a través de sus múltiples existencias, se encarnan en conjunto y constituyen familias homogéneas.

Cuando la hora de reencarnar ha llegado, el espíritu se siente arrastrado por una fuerza irresistible, por una misteriosa afinidad, hacia el ambiente que le conviene. Es ésta una hora de angustia más temible que la de la muerte. En realidad, la muerte no es más que la liberación de los vínculos carnales, la entrada en una vida más libre, más intensa. La encarnación, por el contrario, es la pérdida de esa vida de libertad, un aminoramiento del ser mismo, el paso de los claros espacios a la prisión oscura, el descendimiento a un abismo de lodo y de miseria donde el ser será sometido a necesidades tiránicas y sin número. Por eso es por lo que el disgusto, el espanto, el anonadamiento profundo del espíritu, en el umbral de este mundo tenebroso, son fáciles de concebir: es más penoso, es más doloroso renacer que morir.

* * * *

La reencarnación se produce por un aproximamiento graduado, por una asimilación de las moléculas materiales en el periespíritu, la cual se reduce, se condensa, se hace pesada progresivamente, hasta que, por una asociación suficiente de la materia, constituye una envoltura carnal, un cuerpo humano.

El periespíritu desempeña así el papel de un molde fluídico, elástico, que presta su forma a la materia. De ahí se deducen, en su mayor parte, las condiciones fisiológicas del renacimiento. Las cualidades o los defectos del molde reaparecen en él cuerpo físico, que no es, en la mayoría de los casos, sino una fea y grosera copia del periespíritu.

En cuanto comienza la asimilación molecular que ha de dar nacimiento al cuerpo, la turbación sobrecoge al espíritu; una torpeza, una especie de aniquilamiento le invade poco a poco. Sus facultades se velan, una tras otra; su memoria se desvanece y su conciencia se duerme. El espíritu queda como sepultado bajo una espesa crisálida.

Entregada a la vida terrena, durante un largo período, el alma deberá preparar el organismo nuevo, adaptarlo a las funciones necesarias. Sólo después de veinte o treinta años de tanteos, de esfuerzos instintivos, recobrará el uso de sus facultades, disminuidas, por cierto, por la materia, y podrá, con más resolución, hacer la travesía peligrosa de la existencia. El hombre poco esclarecido llora y se lamenta sobre las tumbas -esas puertas abiertas hacia el infinito-. Familiarizado con las leyes de arriba, para las cunas debería reservar su piedad. El vagido del niño que acaba de nacer, ¿no es como la queja del espíritu ante las tristes perspectivas de la vida?

Las leyes inflexibles de la naturaleza, o, más bien, los efectos que resultan del pasado del ser deciden su reencarnación. El espíritu inferior, ignorante de estas leyes, despreocupado de su porvenir, sufre maquinalmente su suerte y vuelve a ocupar su puesto en la tierra bajo el impulso de una fuerza que no trata siquiera de conocer. El espíritu avanzado se inspira con los ejemplos que le rodean en la vida fluídica, recoge las advertencias de sus guías espirituales, sopesa las condiciones buenas o malas de su reaparición en este mundo, prevé los obstáculos y las dificultades del camino, se traza un programa y adopta enérgicas resoluciones para realizarlo. No vuelve a descender a la carne sino seguro de contar con el apoyo de los invisibles, seguro de que le ayudarán a realizar su nueva tarea. En este caso, el espíritu no soporta exclusivamente el peso de la fatalidad. Su elección puede ejercerse dentro de ciertos límites, de manera que se acelere su marcha.

Por esto, el espíritu esclarecido escoge con preferencia una existencia laboriosa, una vida de lucha y abnegación. Sabe que, gracias a ella, su adelanto será más rápido. La tierra es el verdadero purgatorio. Es preciso renacer y sufrir para despojarse de los vicios, para borrar las faltas o los crímenes del pasado. De ahí las enfermedades crueles, largas y dolorosas, y la pérdida de la razón.

El abuso de las elevadas facultades -el orgullo, el egoísmo- se expía con el renacimiento en organismos incompletos, en cuerpos deformes y sufrientes. El espíritu acepta esta inmolación pasajera, porque constituye a sus ojos el pago de la rehabilitación, el Único medio de adquirir la modestia y la humildad; consiente en privarse momentáneamente del talento, de los conocimientos que constituyeron su gloria; consiente en descender a un cuerpo impotente, dotado de órganos defectuosos, y en convertirse en un objeto de irrisión o de piedad.

Respetemos a los idiotas, a los achacosos y a los locos. ¡Que el dolor sea sagrado para nosotros! En esos sepulcros de carne, un espíritu vela y sufre, pues en su personalidad íntima tiene conciencia de su miseria y de su abyección. Temamos nosotros mismos merecer su suerte por nuestros excesos. Pero esos dones de la inteligencia, que el alma abandona para humillarse, volverá a recobrarlos a la muerte, porque constituyen su propiedad, sus bienes, y nada de cuanto adquirió mediante sus esfuerzos puede perderse ni aminorarse. Los recobrará, y, con ellos, las cualidades, las virtudes nuevas recogidas en el sacrificio y que formarán su corona de luz en el seno de los espacios.

Así, pues, todo se paga y todo se rescata. Los pensamientos, deseos culpables tienen sus consecuencias en la vida fluídica; pero las faltas realizadas en la carne deben expiarse en la carne. Todas nuestras existencias se unen; el bien y el mal repercuten, a través del tiempo. Si los torpes y los malos parecen terminar su vida en la abundancia y en la paz, sepamos que llegará la hora de la justicia, y que los sufrimientos que ellos causaron recaerán sobre ellos.

Hombre: resígnate, pues, y soporta con valor los padecimientos inevitables, si bien fecundos, que borran tus manchas y te preparan un porvenir mejor. Imita al labrador, que camina encorvado bajo el sol ardiente o mordido por el cierzo, y cuyo sudor riega el suelo, el suelo surcado, desgarrado como tu corazón por el diente de hierro, pero de donde saldrá la mies dorada que hará su felicidad.

Evita los desfallecimientos que te conducirían a ponerte el yugo de la materia y pesarían sobre tus vidas futuras. Sé bueno y virtuoso, a fin de no dejarte prender por el temible engranaje del mal y de sus consecuencias. Huye de los goces envilecedores, de las discordias y de las vanas agitaciones de la multitud. No es en las discusiones estériles, en las rivalidades, en la codicia de los honores y de los bienes donde encontrarás la sabiduría y la satisfacción de ti mismo, sino en el trabajo y en la práctica de la caridad, en la meditación solitaria, en el estudio recogido enfrente de tu propia conciencia y de la naturaleza -ese libro admirable que lleva la firma de Dios.


Tomado del libro: Después de la Muerte.

sábado, 19 de octubre de 2019

Y LLEGA UN HOMBRE...

Allan Kardec (1804 - 1869)



En el cementerio parisino de Père Lachaise, existe desde 1869 una tumba bajo una extraña construcción en forma de dolmen[1]. En ella están esculpidas estas palabras: “Nacer, morir, volver a nacer para evolucionar. Esta es la ley”.

Desde hace más de un siglo constituye la meta de una continua, diaria e incesante peregrinación, cuyos protagonistas son hombre de toda fe y condición, unidos en un único sentimiento de homenaje, de afecto y de reconocimiento que se mezcla con una vaga nostalgia. ¿Por qué?

Las razones de esa convergencia tan difundida y profunda, son humanas y espirituales al mismo tiempo: bajo aquel mármol, en esa tierra, reposan los despojos mortales de un hombre que dio impulso a un movimiento claramente religioso en su planteamiento, que reunió desconsolados, adoloridos, descontentos – que deseaban ardientemente el consuelo en una respuesta a sus interrogantes comunes. A ello este hombre ofreció una oportunidad, más bien la oportunidad, para creer, al fin con fundadas razones, en la sobrevivencia del espíritu después de la muerte del cuerpo.

Ese concepto, uno de los más sentidos, buscados y deseados por la humanidad, por primera vez fue, si así se puede decir, traducido en una filosofía y en una moral que tenía en si un gran secreto: su simplicidad, su carácter inmediato y su adaptabilidad a todas las opiniones, creencias, deseos. Para los estudiosos modernos, dicha religión, dicha metafísica y dicha moral pueden parecer superadas, mejor dicho, lo están realmente; pero se les debe reconocer, y por consiguiente al hombre que tuvo la incontestable capacidad de traducirla en conceptos claros y convincentes, el mérito indiscutible – como dice Sudré en su Tratado de Parapsicología – de haber creado un movimiento experimental y de haber abierto de ese modo los caminos a la metapsíquica, es decir, a la parapsicología.

¿Quién era aquel hombre cuyos restos mortales reposan en París?

Su verdadero nombre era Hyppolite León Dénizard Rivail. Pero para sus millones de seguidores él tuvo otro y único nombre, un seudónimo: Allan Kardec. Su fecha de nacimiento- una especie de día de Navidad para los más entusiastas – fue el 3 de octubre de 1804 (en Lyón, como se ha dicho).

Hasta 1854 – año en el que en su camino comenzaron a moverse y a hablar las mesas, de las que el fluido, el periespíritu de los desencarnados hacía inteligible el lenguaje y el idioma a aquellos que lo supiesen interpretar – su vida fue muy ordenada, convencional, chata y descolorida. Ciertamente no era esa la vida que podría esperarse para un hombre a quien luego le correspondería una misión tan mesiánica.

Sus primeros cincuenta años de vida no tienen ningún rayo de luz, ningún chispazo, nada distinto de la gris tranquilidad propia de un cualquiera de los millones de padres de familia de cincuenta años que poblaron y pueblan el mundo. Hijo de burgueses acomodados – abogados y magistrados – (pero a través de él no se sabe casi nada de su familia), estudió en la escuela del famosísimo educador Jean Henry Pestalozzi, en Yverdon, a orillas del lago Neuchatel (Suiza). Le educación que recibió allí lo hizo tolerante, observador, serio y estudioso, así como también severo y ordenado, cualidades todas que hicieron célebre y renombrado al gran educador suizo, alumno espiritual de Jean Jacques Rousseau. Así como para Mesmer, en el también Suiza deja la huella del propio orden y del propio pragmatismo.

Al dejar el colegio de Yverdon, Hyppolite Rivail volvió a Francia; probablemente residió algunos años en Lyon (desde 1818 hasta 1824, pero no se sabe con certeza); con toda seguridad en 1824 estaba en París, donde publicó su primera obra: un Tratado de aritmética en el que más de alguien vio la primera manifestación de un intelecto y de un método pedagógicos nuevos y genuinos. Trabajo y estudió duramente, cultivando y enseñando casi exclusivamente las disciplinas científicas, por cuanto se declaró poco inclinado a las filosóficas y literarias. ¡Soberbia burla de la vida, para un hombre que más tarde fundaría una filosofía y una moral como la suya! A los 28 años se casó con una dama, vecina de su casa, casi nueve años mayor que él, hija de un acaudalado notario: la señorita Amélie Gabrielle Boudet, también profesora.

La vocación pedagógica común ciertamente unió a ambos y llenó sus vidas en aquellos años. Fundaron un instituto que se colocó a la vanguardia debido a los nuevos métodos de instrucción, contando con la colaboración de un tío de él, un Denizard. Dos años después, sin embargo, a causa de dificultades financieras personales debidas al parecer a fuertes pérdidas en el juego, el tío renunció a la empresa retirando su cuota de capital. Los Rivail se quedaron apenas con unos centavos que, mal utilizados en un asunto comercial, se volatilizaron en un desastre completo. Siguió entonces una época de dificultades y de duro y oscuro trabajo, durante el cual los dos cónyuges dirigieron sus mayores esfuerzos y su más férrea voluntad al logro de un objetivo común: recuperarse, para volver a tomar el camino interrumpido hacia el ideal de una moderna pedagogía. Afortunadamente pudieron lograrlo y en un poco más de un año de diversos trabajos, oscuros fatigosos y hasta humildes – el cómo traductor, administrador (al parecer de un teatro) y oficinista, ella como maestra y copista – pudieron iniciar en la propia casa cursos de física, química, astronomía y anatomía, completamente gratuitos, en los cuales prodigaron todo su entusiasmo. Continuaron así durante años hasta que, en 1854, ocurrió un hecho que revolucionó totalmente la vida de Rivail, llevándolo – literalmente – “desde el polvo a los altares”.

En su juventud Rivail se había ocupado de fenómenos magnéticos e hipnóticos, siguiendo los rumbos trazados por Mesmer y Puységur, había ensayado experiencias con sonámbulos y había repetido los experimentos de los cultores del momento, pero no había profundizado en absoluto en el asunto, que lo interesaba solo desde un punto de vista puramente de observación y curiosidad científica.

Un amigo suyo, llamado Fortier, magnetizador de profesión, le habló de aquellas extrañas, trastornantes y perturbadoras cosas que estaban ocurriendo, ya en toda Europa y que provenían del otro lado del océano. Rivail oyó así hablar por primera vez de los espíritus en 1854, pero parece que su primera reacción fue un encogimiento de hombros. Con aquella mente racional, ordenada, de formación suiza, es completamente creíble la famosa frase que algún historiador le ha atribuido: “Creeré en eso (en las mesitas movedizas y parlantes) cuando lo haya visto y cuando se me haya demostrado que una mesa tiene un cerebro para pensar, nervios para sentir y que puede hacerse sonámbula. Hasta ese momento, permítanme considerarlo como un relato fantástico, y luego habría agregado: “La idea de una mesita que habla no me convence de ninguna manera”. Como futuro mesías, no se puede dejar de decirlo, el suyo no era ciertamente un alarde de convicción.

De todos modos, sin embargo, algunos meses más tarde otro amigo, un corso llamado Carlotti, lo asedió hablándole por algunas horas de las mesitas inteligentes; finalmente comenzó a nacer en él algo oscuro, una especie de deseo mal guardado, una curiosidad, casi un reto.

Se dirigió una noche a reunirse con Fortier y su médium Madame Roger, y en aquella casa conoció a Madame Plainemaisony a Monsieur Patier, un culto funcionario reposado, pacato, serio: convincente justamente gracias a esas cualidades, Rivail comenzó a recibir una especie de iniciación a los misterios del Espiritismo, a tal punto que su curiosidad creció notablemente y se soltó en él el resorte del interés, por lo menos al nivel en el que podía congeniar: el de la observación científica. En mayo de 1855, en la casa de Mme. Plainemaison, estando presente el cordial señor Patier, Rivail participó en su primera reunión “experimental”, de la que sin embargo nunca se conocieron los resultados.

“Pude entrever – afirmará él más adelante – algo verdadero bajo aquellas aparentes futilidades, algo así como la revelación de nuevas leyes que me prometí profundizar”, y lo hará, a partir de aquel momento, frecuentando otras casas de “contagiados”, entre ellas las de los Baudin y sobre todo la de los Roustan. Sirviéndose del trabajo de dotadas médiums, el lionés comenzó a tomarle el gusto a una llamada “investigación experimental”, tanto que llegó a aceptar cierto encargo de algunos amigos, un encargo que fue el chispazo – la “pequeña chispa, gran llamarada” de Dante – para emprender lo que luego sería el objetivo único de la segunda mitad de su vida.

Un grupo de personas que desde hacía tiempo se dedicaba a la evocación de las entidades, había recogido por escrito el fruto de una larga serie de experiencias anteriores de confraternización espiritual con los desencarnados. Era una colección cincuenta cuadernos llenos de frases, de pensamientos y de diálogos; en apariencia era un material tan carente de comienzo y final, que ninguno de ellos sabía qué hacer con él, hasta que un día alguien tuvo la idea – conociendo la precisión y la minuciosidad del carácter de Rivail – de confiarle aquel conjunto de escritos, deshilvanado y fragmentado, para que él viese que cosa se podía sacar de allí. Del grupo mencionado formaba parte también Victorien Sardou, el famoso dramaturgo de una de cuyas obras Puccini extrajo el argumento de su famosa Tosca. El maestro – científico hizo una revisión del material y al parecer su primera reacción fue de espanto: el desorden era tal que no se sabía dónde meter mano y seguramente habría renunciado a la empresa si una noche no hubiese ocurrido algo extraordinario y radical, si no fatal, para él: algo que ha permitido la transmisión de grandes revelaciones a la posteridad.

A través de la médium mademoiselle Japhet, se presentó a Rivail una entidad que declaró llamarse “Z” y que, dirigiéndose a él, le reveló haberlo conocido en otra vida anterior. El hecho había ocurrido en los bosques de Bretaña, en la antigua Galia, y Rivail era entonces un druida, un bardo, un sacerdote inspirado y muy poderoso que sin embargo tenía otro nombre: se llamaba Allan Kardec y era muy amigo de la entidad que se manifestaba, cuya identidad no obstante jamás fue revelada. En nombre de su antigua amistad, el espíritu le encarecía considerar el trabajo de reordenamiento de los cuadernos de las comunicaciones en posesión suya, como una especie de misión a la que la propia entidad colaboraría de la manera más activa y amistosa, teniendo en vista un objetivo de excepcional importancia para la humanidad.

Un hecho parecido habría provocado la curiosidad de cualquiera, estimulándolo y alentándolo; dada la mentalidad de educador nato y entusiasta de Rivail, hay que creer que tal hecho dado el “vamos” definitivo a su futura obra, desde el momento que también le habían sido dado un blasón espiritual y un lenguaje noble de los que ni siquiera sospechaba.

“El rey ha muerto, viva el rey”, se ha dicho siempre; bien, desde aquel momento Hippolyte Rivail había muerto y se deberá celebrar solo a Allan Kardec, el nuevo rey. La semilla había sido arrojada y no tardó en dar sus frutos.

En dos años, meditando concienzudamente cada comunicación, planteando nuevas preguntas a las entidades a través de las médiums que colaboraban con él, presentándoles nuevos problemas, Kardec se dio cuenta que el material que poseía, enriquecido obligadamente mediante un adecuado ordenamiento, podía constituir un cuerpo unitario de doctrinas, con su lógica, su moral y su filosofía. Al comienzo era solamente un borrador sin orden ni lógica; se transformó lentamente en una especie de doctrina, que no tardó en asumir la “D” mayúscula, y en eso en verdad metieron mano el cielo y la tierra. Las entidades, los espíritus más elevados, iluminaron con su sabiduría el trabajo que Kardec proponía, meditaba, redactaba y puntualizaba.

Los espíritus más elevados y eminentes pugnaron para aparecer y manifestarse a Kardec a través de las médiums que lo asistían; vale la pena recordar algunos, desde San Juan Evangelista a San Agustín, desde San Vicente a San Luís, a Sócrates, Platón, Fénelon, Swedenborg, Benjamín Franklin, a quienes se añadió otro, muy particular, que se hacía llamar “espíritu de la verdad”. Este último se transformó en el más fiel y activo colaborador de Kardec, asistiéndolo repetidamente y por largo tiempo, llegando a veces a corregir los errores después de la redacción de los textos.

Finalmente, todo aquel preludio condujo a la obra de este hombre a su lógico punto de llegada: después de cerca de dos años, exactamente el 18 de abril de 1857, el mensaje del druida reencarnado era difundido a la humanidad. Le Livre des Esprits (“El Libro de los Espíritus”) vió la luz y tuvo un éxito estrepitoso – 15 ediciones durante la vida del autor, seguida por otras 50 antes que terminara el siglo- a pesar del riesgo que el autor había corrido, encargándose de todos los gastos, porque al comienzo no había encontrado ningún editor que se manifestase dispuesto a realizar la publicación.

Desde aquel momento, tal como la había sido predicho por una de sus amigas médiums, la “tiara espiritual” se posó sobre su cabeza y la serie de sus obras siguió apareciendo poco a poco, completando la summa[2] de su doctrina; entre sus diversas obras (todas dictadas siempre por los espíritus) hay que citar El Libro de los Médiums en 1861, El Evangelio según el Espiritismo en 1864 y El Génesis, los milagros y las profecías según el Espiritismo en 1868. También en 1868 nació la “Révue Spirite” un periódico en el cual Kardec se proponía continuar difundiéndose cada vez más sus ideas, si la muerte no lo hubiese arrebatado al mundo al año siguiente, en plena actividad y lucidez; la revista, de todos modos, sirvió a los continuadores de su obra para remachar y enriquecer el mensaje universal del Maestro.

El conjunto de las obras de Kardec tuvo un éxito verdaderamente estrepitoso, tanto desde el punto de vista editorial como del doctrinario. Tirajes astronómicos para la época en que nacieron las obras, y notables incluso para nuestros días, fueron alcanzados para cada uno de los volúmenes y avalanchas de nuevos seguidores fueron a engrosar las filas de los ya convertidos, dando otra vez – aunque no fuese necesario – una prueba de cuán grande ha sido para la humanidad la necesidad de creer, de sumergirse, de vivir en lo irracional, en lo trascendental, en lo desconocido, en lo oculto, en lo misterioso, donde buscar y encontrar las respuestas a las propias, íntimas y personales interrogantes existenciales.



[1] Monumento funerario megalítico, muy difundido por Europa, constituido por dos grandes bloques de piedra colocados en forma de soporte vertical con un tercero puesto horizontal arriba, como cubierta.
[2] Del latín, que significa agregado de cosas, acción y efecto de añadir, agregar. Nota del autor del blog.

jueves, 10 de octubre de 2019

MISTIFICACIÓN Y ANIMISMO



La palabra mistificar significa “abusar de la credulidad de; engañar, ilusionar, burlar, estafar, embaucar, sorprender”. Quien quiera que se dedique a la práctica mediúmnica debe estar atento a este hecho.

Existe la mistificación provocada por el encarnado y la que es promovida por los no encarnados. En ambos casos, es necesaria mucha cautela y firmeza para no dejarse engañar.

“(…) Las mistificaciones constituyen los escollos más desagradables del Espiritismo práctico” (…). Para evitarlas, “(…) existe un medio sencillo: que no pidáis al Espiritismo más que lo que os pueda dar (…)”. Ahora bien, sabiendo que la finalidad mayor del Espiritismo es el mejoramiento moral de la Humanidad, si no nos apartamos de este objetivo, difícilmente seremos engañados, (…) porque no existe más que una manera de comprender la verdadera moral, la que todo hombre con sentido común puede admitir (…)”.

Si entendemos que los Espíritus superiores procuran siempre instruirnos y guiarnos por el camino del bien, sabremos rechazar cualquier instrucción que pueda proporcionarnos ventajas materiales o favorecer nuestras pasiones mezquinas.

Los Espíritus livianos son los que “(…) se complacen en causar pequeños contratiempos y alegrías superficiales e intrigas, de inducir malévolamente al error, por medio de mistificaciones y de sutilezas (…)”.

“La astucia de los Espíritus mistificadores supera a veces todo lo que se pueda imaginar. El arte con que disponen sus baterías y combinan los medios de persuadir, sería algo curioso si no fuera más allá de las simples bromas; sin embargo, las mistificaciones pueden tener consecuencias desagradables para los que no estén prevenidos. (…) Entre los recursos que esos Espíritus emplean, deben colocarse en la primera fila, por ser los más frecuentes, los que tienen por finalidad tentar la codicia, como la revelación de supuestos tesoros ocultos, el anuncio de herencias u otras fuentes de riquezas. Además, deben considerarse sospechosas, a primera vista, las predicciones con época determinada, así como todas las indicaciones precisas relativas a intereses materiales. Corresponde que no se den los pasos prescriptos o aconsejados por los Espíritus, cuando el fin no sea eminentemente racional; que nunca se deje alguien deslumbrar por los nombres que los Espíritus toman para dar apariencia de veracidad a sus palabras; desconfiar de las teorías y sistemas científicos osados; en fin, de todo lo que se aparte del objetivo moral de las manifestaciones (…)”.

De manera general, estos son medios para evitar las mistificaciones.

¿Qué es animismo?

Animismo es el estado en que opera el Espíritu del médium y no el del no encarnado.

“(…) El estancamiento de nuestra mente, hoy, en determinadas situaciones, puede motivar, en el futuro, la manifestación de fenómenos anímicos, del mismo modo que tal estancamiento o fijación, si fue realizado en el pasado, se exterioriza en el presente (…).

Por lo tanto, muchas veces, lo que se asemeja a un trance mediúmnico, con todas las apariencias de que existe la interferencia de un Espíritu, no es más que el médium, por supuesto el médium desequilibrado, que revive escenas y acontecimientos tomados de su propio mundo subconsciente, fenómeno este motivado por el contacto magnético, por la aproximación de entidades que comparten sus remotas experiencias (…)”.

“(…) No debemos confundir mistificación con animismo. En la primera tenemos la mentira; en el segundo, el desequilibrio psíquico”.

“(…) Muchos compañeros que se han enrolado en el servicio de implantación de la Nueva Era, bajo la égida del Espiritismo, han convertido la teoría animista en un obstáculo injustificable, que les ha bloqueado preciosas oportunidades de realización del bien; por lo tanto, no corresponde que adoptemos como adecuadas las palabras “mistificación inconsciente o subconsciente” para bautizar al fenómeno (…).”

La persona pasible de animismo es un «(…) enfermo mental, que requiere nuestro mayor cariño para recuperarse. Para curar su inquietud, sin embargo, no nos bastan los diagnósticos complicados o las meras definiciones técnicas en el campo verbal, si falta el calor de la asistencia amistosa”.

“(…) En el fenómeno anímico el médium se expresa como si allí estuviera, realmente, un Espíritu para comunicarse.

El médium en tales condiciones debe ser tratado con la misma atención que suministramos a los sufridores que se comunican (…).

El médium proclive al animismo es un recipiente defectuoso que puede ser reparado y restituido al servicio, mediante la comprensión del dirigente o destituido por su falta de comprensión.

De no ser comprendido, puede ser víctima de la obsesión (…)”.


Para mayores estudios acerca del tema Animismo, sugerimos la lectura de las siguientes obras:

ü    AKSAKOF, Alejandro. Animismo y Espiritismo.
ü    BOZZANO, Ernesto. ¿Animismo o Espiritismo?


Tomado del Estudio Sistematizado de la Doctrina Espírita.

lunes, 30 de septiembre de 2019

TRAICIONES


Tomado del libro: Allan Kardec, La Biografia.
Marcel Souto Maior

Hasta entonces, habría años de pruebas, de acuerdo con el guión elaborado por el Espíritu de la Verdad. Al lanzar El Libro de los Espíritus y asumir la identidad de Allan Kardec, Rivail se preparó para los contraataques de la ciencia, la prensa y la religión.

Ya en el texto introductorio de la obra, se anticipó a las críticas para desafiar a los antagonistas. No por casualidad intituló su artículo como “Refutación de varias objeciones” – título eliminado en la segunda edición del libro.

Los detractores lanzarán una mirada justa a los seguidores de la creencia espírita y verán si entre ellos solo se hayan ignorantes, y si el inmenso número de hombres de mérito y respeto que la han abrazado les permitirá legarla a las filas de las creencias de las criadas. De ellos, por el carácter y el conocimiento, tal vez valga la pena decir: si ellos afirman la doctrina espírita, es necesario que al menos contenga algo de cierto.


Kardec lanzó dos acusaciones contra los científicos que renegaban de los fenómenos espíritas: preconcepto contra “cosas desconocidas” y apego estrecho a su especialidad, sin considerar nuevas causas y nuevos efectos:

El hombre que se ha formado en una especialidad, sujeta a ella sus ideas. (…) Por lo tanto, consultaré con gusto y confianza a un químico sobre análisis químico, a un físico sobre la energía eléctrica y a un mecánico sobre una fuerza motriz; pero los eruditos me permitirán (…) que yo preste atención a su opinión negativa sobre el espiritismo, o que lo aprecie tanto como el juicio de un arquitecto acerca de una cuestión de música.

Las primeras reacciones indeseables llegaron poco después de la publicación del libro, y de donde el profesor menos esperaba: de los propios colaboradores. Al lanzar su obra – o, mejor dicho, la obra de los espíritus superiores -, Rivail no había dado crédito alguno a las hermanas Caroline y Julie Baudin, a Ruth Japhet y a otros médiums también consultados.

Ruth Japhet no se conformó. Según sus cuentas, las tres cuartas partes del libro se debieron a su mediúmnidad y a sus manuscritos, por lo que la omisión de su nombre era inadmisible. En un desahogo al escritor ruso Alexander Aksakof, Ruth se quejaba que ni siquiera se había ganado un ejemplar del libro y que no había recibido sus manuscritos cuando se los pidió al profesor.

Aksakof haría estas revelaciones en un artículo publicado en el periódico Spiritualist Newspaper en 1875. Rivail que había muerte seis años antes –no pudo defenderse, ni a través de mensajes mediúmnicos.

Dieciocho años después de la publicación de El Libro de los Espíritus, Ruth seguía insatisfecha con la falta de crédito y consideración, pero en ningún momento de su entrevista negó la comunicación con los espíritus ni la autenticidad de los mensajes atribuidos al más allá.

A los amigos y colaboradores más cercanos, Rivail les había dado la siguiente explicación por la omisión de los nombres y de las médiums en los libros: quería preservar la identidad de ellas para salvarlas de una exposición innecesaria. Además, la autoría de la obra debería ser atribuida a los espíritus y no a los intermediarios – hasta para evitar riesgos como la vanidad y el orgullo, perjudiciales para quienes se proponen servir de canal desinteresado con el más allá.

A juzgar por uno de los mensajes de los espíritus a Allan Kardec, impreso en la primera edición del libro – y también suprimido de la segunda -, la relación del maestro con lo invisible fue mucho más allá de las intermediaciones de Ruth y asumió contornos algo invasivos:

-      Estaremos contigo todas las veces que nos lo pidas y tú también estarás a nuestro servicio cada vez que te llamemos.

En anotaciones personales – reveladas después de su muerte, en Obras Póstumas -, Rivail daría más detalles sobre esta relación con el otro mundo:

Más de diez médiums prestaron concurso a este trabajo. De la comparación y de la fusión de todas las respuestas, coordinadas, clasificadas y muchas veces retocadas en el silencio de la meditación, fue que elaboré la primera edición de El Libro de los Espíritus.

       Al ser ignorada, despreciada o simplemente preservada por Rivail, Ruth Japhet pudo haberse librado de los riesgos a los que se enfrentaron sus colegas estadounidenses más famosas: las hermanas Fox, consideradas por muchos como las “precursoras del espiritualismo moderno. La celebridad les costó caro.


Traducción: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta - Colombia
Septiembre 30 de 2019


EL HOMBRE DE BIEN ANTE EL ASEDIO DE LAS FUERZAS ESPIRITUALES DEL MAL

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