Oscar Cervantes Velásquez
Santa Marta – Colombia
01/19/2026
El tema que pretendemos
analizar representa uno de los mayores escollos que el hombre encarnado en la
Tierra enfrenta, no porque este incapacitado para hacerse fuerte ante las insinuaciones
del mal que subyace en él, sino por la falta de vigilancia en sus pensamientos
que terminan sintonizando con aquellos infelices que, desde el mundo espiritual,
asedian al hombre en busca de complacencias que ya no pueden saciar, ante la
incapacidad material de su esencia.
Tendríamos que preguntarnos ¿qué
fuerzas nos asedian? y, ¿por qué buscan desviarnos del camino recto que hemos
asumido en el proceso de transformación interior?
Profundizar en el problema
del mal desde la perspectiva espírita, nos lleva a revisar conceptos propuestos
por el Espiritismo y que se encuentran en sus obras fundamentales. El Libro de
los Espíritus en la Introducción al estudio de la Doctrina Espírita, Allan
Kardec plantea que los Espíritus pertenecen a diferentes clases, más “los de
los rangos inferiores son propensos a la mayoría de nuestras pasiones: odio y
envidia, celos y orgullo, etcétera. Éstos se complacen en el mal. Entre ellos
los hay asimismo que no son ni muy buenos ni muy malos: más revoltosos y
embrollones que ruines; la malicia y las inconsecuencias parece ser su dote.
Son los duendes, Espíritus traviesos o frívolos[1]”.
En ellos encontramos a aquellos seres que buscan desviar del camino recto a
quienes forjan una vida de devoción y entrega a la causa del Cristo, pues “se
caracterizan por la ignorancia, el deseo del mal y todas las malas pasiones que
retrasan su desarrollo[2]”.
Hace ya algunos años,
tuvimos la ocasión de traducir del portugués al español un artículo intitulado:
“Zoantropía[3]
ataca a aquellos dedicados al bien” de la autoría de María Magdalena Neufal[4]
en el cual asegura que: “Las fuerzas malévolas siempre atacan a aquellos que
sirven al bien. Siendo así, no es raro encontrar en la vida de los llamados
santos, fenómenos de zoantropía”. En el mismo artículo, la autora nos recuerda
la historia bíblica que se encuentra en Daniel (4:25 a 34), donde “El Rey
Nabucodonosor, de Babilonia, vivió como animal durante siete años, al fin de
los cuales recobró el juicio, el reino y la figura humana, glorificando a Dios
y su justicia”.
Más no podemos justificarnos
bajo la premisa que los Espíritus inferiores nos acechan y nos hacen caer en
tentación, pues de esa manera estaríamos evadiendo la responsabilidad que nos
compete en el buen o mal uso del libre albedrío que hemos conquistado; más bien,
debemos centrar nuestra atención en el verdadero campo de batalla donde la
mente, los sentimientos y la voluntad juegan papel fundamental para que esa
perniciosa influencia encuentre afinidad en nuestros vicios identificándose con
nuestras falencias morales para que se establezca la sintonía espiritual.
La autora espírita Rosalba D´Atri
en su artículo “Las influencias espirituales”, asegura que “los
diversos matices que tienen estas influencias, es otra dificultad que se
presenta, pues no siempre estamos preparados para descubrirlas.
A lo largo del día, en las
actividades dentro del hogar, en los lugares de trabajo o en las realizaciones
comunitarias, adoptamos una serie de conductas que tienden a disculpar,
explicar o justificar actitudes que nos pertenecen: mal humor, impaciencia, falta
de tolerancia e incomprensión, que se manifiestan de distintas formas; y es muy
común achacar estos arrebatos a situaciones tales como, el estado de humor de
la familia o desperfectos mecánicos que hemos sufrido, situaciones difíciles
con compañeros de trabajo o superiores jerárquicos, el tiempo, etc., como
factores que pueden llegar a determinar nuestros procederes.
Analizando seriamente las
excusas que damos, frente a una irritación descontrolada, a una respuesta
destemplada o a una actitud fuera tono, debemos aceptar que en casi todos los
casos pudimos controlarnos y no lo hicimos, ya sea por comodidad, por dejar hacer
o porque “somos así”, “es mi forma de ser”, que es la disculpa más común que
esgrimimos en nuestro favor.
Y termina asegurando que “mientras
no lleguemos a controlar la envidia, los celos, los rencores, la intolerancia,
el egoísmo y el orgullo, vamos a estar supeditados a las influencias
espirituales negativas[5]”.
Múltiples veces hemos
asegurado en charlas y conversaciones, acerca de la invigilancia mental en la
que muchos caemos ante el olvido de la recomendación del Maestro Jesús “Orad y
vigilad para que no caigáis en tentación”, dejando ventanas y puertas
interiores abiertas a la influencia perniciosa las cuales se traducen en orgullo,
egoísmo, odio, venganza, miedo, resentimientos, malquerencias, etc., socavando
las bases morales que nos ha costado construir debilitando de esta manera al hombre
de bien en ciernes y que acorde a las enseñanzas que nos propicia El Evangelio
según el Espiritismo se caracteriza porque “practica la ley de justicia,
amor y caridad en su mayor pureza”, minando así el deseo de convertirse en
un ser moralmente renovado.
Y cuando la invigilancia se
agudiza, surge la obsesión, profundizando la influencia espiritual en el
encarnado; para Juana de Ángelis “es incontrolable el número de los
perseguidos por Espíritus desencarnados en nuestros días. La inmensa masa de
obsesos que tienen sus mentes y cuerpos violados por fluidos perturbadores yace
quebrantada por una hipnosis segura que la domina, o es azuzada por una
inducción criminal, que la desorganiza y alucina[6]”.
Sin embargo, es importante diferenciar
entre la influencia espiritual y la obsesión la cual está principalmente en el
grado, la persistencia y la capacidad de interferencia que los Espíritus ejercen
sobre el pensamiento y la voluntad de la persona. Recordemos la enseñanza de
los Espíritus Superiores contenida en El Libro de los Espíritus donde plantean
que “los Espíritus influyen en nuestros pensamientos y actos mucho más de lo
que imaginamos”. De ello podemos inferir, por ejemplo, que una persona
puede experimentar repentinamente un pensamiento de irritación, tristeza, miedo
o incluso una buena inspiración. Desde la perspectiva espírita, podría existir
una influencia espiritual detrás de ello, pero la persona conserva la
posibilidad de aceptar, rechazar o transformar ese pensamiento. Entonces, la
influencia es parte de la interacción espiritual ordinaria, mientras que la
obsesión representa un grado patológico de esa influencia.
Inmersa la humanidad en una
guerra espiritual de gran trascendencia para su futuro como Espíritu, debemos
recurrir a las armas del hombre de bien: oración, vigilancia, estudio, caridad,
perdón y reforma íntima.
El hombre de bien no
necesita vivir atemorizado ante las fuerzas espirituales que todavía se
encuentran vinculadas al mal. Debe, sí, permanecer vigilante. No porque se
encuentre indefenso, sino porque conoce sus propias imperfecciones y sabe que
toda debilidad cultivada puede convertirse en una puerta de entrada para la
influencia de los Espíritus inferiores.
Su defensa no está en el
miedo, sino en la conciencia; no está en el enfrentamiento, sino en la
elevación; no está en devolver el mal, sino en perseverar en el bien.
Cuando el pensamiento se
ilumina, el sentimiento se ennoblece y la voluntad se fortalece, la sintonía
con las sombras comienza a desaparecer. Y entonces comprendemos que la mayor
victoria espiritual no consiste en derrotar a quienes todavía practican el mal,
sino en impedir que el mal encuentre morada dentro de nosotros.
[1] El Libro de los Espíritus – Editora
18 de abril.
[2] El
Libro de los Espíritu, pregunta 97. Editora 18 de abril.
[3]
La zoantropía es una especie de perturbación de carácter mental, en la que la
persona se imagina convertida en un animal. A nivel espiritual, existe una
transformación periespiritual profunda generando una estrecha compenetración
entre el Espíritu desencarnado y la forma animal con la que se identifica.
[4] https://ceefasis.jimdofree.com/art%C3%ADculos/zoantrop%C3%ADa-ataca-a-aquellos-dedicados-al-bien/
[6] Deudas
y rescates, Espíritu Juana de Angelis y psicografía de Divaldo Pereira Franco.
En el Borde del Infinito, pág. 123, Instituto de Difusión Espírita, IDE.

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