sábado, 30 de mayo de 2020

RACISMO Y SEGREGACIÓN RACIAL, DOS CONCEPTOS DE UNA MISMA ECUACIÓN


Fotografía tomada de la Web: https://www.abc.es/

Por: Oscar Cervantes Velásquez
  
       La Doctrina Espírita nos enseña que, por la multiplicidad de existencias hasta hoy vividas, hemos reencarnado en diversas razas, nacionalidades e incluso en ambos sexos, demostrándonos que todos somos iguales y no existe, entre quienes habitamos en la tierra, ninguna diferencia.

       Debemos comprender, que somos Espíritus y como tal, en el mundo espiritual ya esclarecidos, no experimentamos ninguna de estas características que cargamos como encarnados y que nos insensibilizan ante nuestros semejantes. Todo es aprendizaje de las lecciones no asimiladas en el pasado.

       Es lamentable reconocer que el racismo, aún subyace en el pensamiento de muchos, que aún no han podido superar la pretensión de determinados grupos humanos de sentirse superiores a otros o, de odiar, a quien consideran diferente. Ignoran aún, que “el origen de las razas se pierde en la noche de los tiempos[1]” y como ha sucedido con algunas razas que han desaparecido totalmente, asegurandonos la espiritualidad superior, que ello se debe a “que otras han tomado su lugar, así como otras tomarán el lugar de la vuestra algún día[2]”.

Es menester traer a colación, para aquellos que desconocen informaciones provenientes de los Espíritus y que nos ayudan a entender la importancia de las razas aposentadas en la Tierra, en el contexto histórico de nuestro planeta, el espíritiu Emmanuel, en la obra “A Camino de la Luz”, afirma que cuando las razas adámicas, quienes forjaron a los predecesores de las civilizaciones futuras de la humanidad, llegaron al planeta, “introdujeron grandes beneficios en el seno de la raza amarilla y la raza negra, que ya existían[3]”. Luego entonces, lejos estamos de comprender los niveles de compromiso que aún sumen a estas razas en los complejos dilemas del racismo y la segregación.

En realidad, este no es un problema con la raza negra, pues igualmente chinos, indígenas, zambos, mulatos, judíos, árabes, etc., de una u otra forma han sufrido el trato indignante de aquellos que se consideran de raza superior, desconociendo las leyes divinas que, solo te pide que ames a tu prójimo, sin condición de raza, credo, color político o de piel, como a ti mismo; eso, ya te coloca en una condición de superioridad moral, que agrada a la divinidad

La historia contemporánea nos recuerda incontestablemente, como los nazis sometieron a los judíos en los famosos guetos, el tristemente célebre apartheid en Suráfrica, no muy distinto al vivido por la población afrodescendiente en los EEUU, y el fenómeno de los migrantes, tanto en Europa como en Suramérica, como un triste canto a la infamia, por parte de la raza humana, esa misma a la que él Maestro Jesús trató de “¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar?[4].

Este tema, recurrente en la historia de la humanidad, se ha dado en muchas partes del planeta, desde las épocas en que los conquistadores sometían a segregaciones humillantes a los pueblos sojuzgados. Hoy, la multiplicidad de formas en que se manifiesta el racismo, en pleno siglo XXI, nos demuestra cuán lejos estamos aún de comprender la importancia de la convivencia fraternal y solidaria, como hermanos que somos, por quienes se mantienen en las franjas vibracionales inferiores, olvidados totalmente de la necesidad del perdón y de la solidaridad que vincula a los seres del presente con el pasado y el porvenir.





[1] Kardec, Allan. El Libro de los Espíritus. Pregunta No. 690.
[2] Ídem, pregunta 688.
[3] Xavier, Francisco C./Emmanuel. A Caminho da Luz, pág. 38, Federación Espírita Brasilera, Brasilia, 1996.
[4] Mateo 17:17.

miércoles, 20 de mayo de 2020

EL AURA

Por: Herminio C. Miranda
Imagen de referencia tomada de la Web: https://orgullogualeyo.com/el-aura/


“El periespíritu” - escribe Kardec en El Libro de los Médiums, ítem Nº 109, “como vemos, es el principio de todas las manifestaciones”.

El desprevenido lector, que se inicia en el estudio de la Codificación podría preguntarse: ¿Todas? Sabe él que es estar en todo. Kardec hace estas declaraciones después de haber probado escrupulosamente sus puntos de apoyo y posibles objeciones. En efecto, el periespíritu es el componente indispensable para la producción de cualquier fenómeno psíquico, ya sea psíquico o mediúmnico.

Con la misma convicción, lo afirmó en el libro Obras Póstumas, en el capítulo Manifestaciones de los Espíritus, ítems 10 a 11:

“El periespíritu sirve de intermediario entre el Espíritu y el cuerpo. Es el órgano de transmisión de todas las sensaciones. En cuanto a los que vienen del exterior, se puede decir que el cuerpo recibe la impresión, el periespíritu la transmite y el Espíritu, que es el ser sensible e inteligente, la recibe. Cuando el acto es iniciativa del Espíritu, se puede decir que el Espíritu quiere, el periespíritu transmite y el cuerpo ejecuta”. (Kardec Allan, 1978).

        Por lo tanto, ya sea acoplando su periespíritu al del encarnado, ya sea tomando de él las energías que necesita, el Espíritu desencarnado necesita recurrir al periespíritu de las personas con facultades mediúmnicas para realizar los fenómenos que desea y puede producir. Esto se debe, a que no dispone de un cuerpo físico para mover un objeto, escribir un texto, manifestarse oralmente o pintar un cuadro. Solo puede hacerlo tomando prestado el cuerpo de alguien, cuerpo este que solo puede ser movido para cumplir la tarea deseada cuando una voluntad espiritual lo quiere, y el periespíritu transmite este comando al cuerpo físico, que luego habla, escribe, en fin, se mueve.

       Sin embargo, prosigamos:

El periespíritu no está encerrado en los límites del cuerpo, como en una caja. Por su naturaleza fluídica, él es expansible, irradia hacia el exterior y forma, alrededor del cuerpo, una especie de atmósfera que el pensamiento y la fuerza de voluntad pueden expandir e mayor o menor grado. Por lo tanto, se deduce que hay personas que, sin estar en contacto físico, pueden estar en contacto por sus periespíritus e intercambiar sus impresiones y, algunas veces, pensamientos a través de la intuición (Idem).

       Este borde periespiritual que “se irradia hacia el exterior y forma, alrededor del cuerpo, una especie de atmósfera”, es el aura, que André Luiz conceptualiza de la siguiente manera en Evolución en Dos Mundos:

“El aura es, por tanto, nuestra plataforma omnipresente en todas las comunicaciones en nuestra vida de relación; antecámara del Espíritu en todas nuestras actividades de intercambio con la vida que nos rodea, a través de la cual somos observados y examinados por las inteligencias Superiores, sentidos y reconocidos por nuestros seres afines y temidos y hostilizados, o amados y auxiliados por los hermanos que marchan en una posición inferior a la nuestra” (Xavier, Francisco Cándido/Luiz, André, 1973).

       No es necesario decir más para comprender la importancia del aura en los humanos. Es nuestro pasaporte, nuestro documento de identidad, la radiografía de nuestra intimidad física y espiritual para que aquellos que tienen los ojos para ver del cual nos habló Jesús.

El tema ha despertado el interés de innumerables estudiosos, tanto desde el punto de vista del ocultismo antiguo, hasta de los modernos investigadores apoyados con dispositivos electrónicos sofisticados.

Vale la pena señalar el hecho de que, separadas algunas fantasías especulativas, originadas en imaginaciones descontroladas, hay una especie de consenso en torno de las principales características del aura. Veamos, por ejemplo, lo que dice Paracelso, en una cita que recopilamos de Lewis Spence, en la obra An Encyclopaedia of Occultism.

“La fuerza vital no está encerrada dentro del ser humano, sino a su alrededor como una esfera luminosa y puede actuar a distancia. En esos rayos seminaturales, la imaginación de la persona puede producir efectos saludables o mórbidos. Puede envenenar la esencia de la vida y causar enfermedades o purificar lo impuro y restaurar la salud (Spence, Lewis, 1960).

        Además:

Nuestros pensamientos son, simples emanaciones magnéticas que, al escapar de nuestro cerebro, penetran en varias cabezas y llevan consigo, junto con un reflejo de nuestra vida, la imagen de nuestros secretos” (Ídem).

        El pionero en el estudio científico del aura fue el Dr. Walker J. Kilner, médico inglés nacido en 1847, en la Inglaterra victoriana, en una familia tradicionalmente dedicada a la medicina. Su papa, John fue miembro del solemne Royal College of Surgeons y su hermano, Charles Scott Kilner, fue también un prestigioso médico.

       El Dr. Kilner investigó el aura humana durante una buena parte de su vida profesional. Familiarizado con los estudios de Rontgen y Blondot, así como los de Reichenbach y otros, Kilner tuvo la idea, por los años 1908, de que el aura humana se podría tornar visible mediante el uso de un filtro colorido apropiado. Sus experiencias, en ese sentido, llevaron al empleo de la dicianina, un colorante extraído del alquitrán. La sustancia tiene la propiedad de producir un cierto grado de miopía que, a su vez, hace que el observador perciba más fácilmente la radiación ultravioleta.

       En 1911, el Dr. Kilner se encontró en condiciones de duplicar sus observaciones y conclusiones en el libro intitulado The Human Atmosphere, el cual fue acompañado de un material de investigación, que incluía gafas especiales para la dicianina.

       Ese libro causó un inevitable alboroto entre sus colegas médicos, quienes no ahorraron reserva alguna en comentarios irónicos, como esta, publicada en un extenso artículo crítico, en The British Medical Jornal del 6 de enero de 1912:

       “El Dr. Kilner no ha logrado convencernos que su aura sea más auténtica que la espada visionaria de Macbeth”.

       Con la Primera Guerra Mundial, la dicianina, producida en laboratorios alemanes, desapareció del mercado y el Dr. Kilner tuvo que interrumpir sus investigaciones. En 1920, salió una nueva edición ampliada de su libro, esta vez recibida con mayor respeto y respaldada por algunos médicos de prestigio, pero el Dr. Kilner no alcanzó a “ver en vida”, los artículos más comprensibles del Medical Times y del The Scintific American, pues murió el 23 de junio de 1920, a los setenta y tres años de edad.

       En cualquier caso, su magnífica obra fue situada, en una zona de penumbra, entre la ciencia y el llamado “ocultismo”, por la mayoría de sus colegas de profesión y escépticos de otros matices y profesiones. No faltó quien lo acusase de estar involucrado con el mal llamado ocultismo e incluso lo considerasen clarividente, suposiciones que el refutó explícitamente. Sin embargo, sea cual sea la razón, su trabajo no despertó mayor interés en la clase médica y dependía de un espiritualista convencido y dinámico, Harry Boddington –al cual hemos recurrido frecuentemente en este libro para continuar los estudios de Kilner, sin contar, incluso, con la formación universitaria de su predecesor.

       Boddington diseñó unas gafas especiales que facilitaron enormemente el estudio del aura.

       El libro del Dr. Walter Kilner no quedó en el olvido, especialmente en los círculos espiritistas ingleses, en los cuales siempre fue citado, pero permaneció agotado durante cerca de medio siglo. En 1977, a mi paso por Londres, encontré una nueva edición, lanzada el año anterior. Es el que tengo en mi poder, ya no bajo el antiguo título, sino como The Human Aura, publicado por Citadel Press (Secaucus, Nueva Jersey, Estados Unidos, 1976).

       La técnica de investigación es minuciosamente descrita por el Dr. Kilner e ilustrada con sesenta y cuatro dibujos, extraídos de las innumerables observaciones que hizo en otras tantas personas.

       Sería impracticable resumir, en unas pocas líneas o incluso en muchas páginas, el paciente trabajo del eminente médico. Sus observaciones clínicas están expuestas de forma clara y segura. Tomemos tres ejemplos:

Los cambios en la forma y el tamaño del aura son el resultado de enfermedades nerviosas graves, como la epilepsia, histeria, hemiplejia y, una vez establecidas, se vuelven permanentes, mientras que si se deben a trastornos nerviosos transitorios como la ciática, el herpes, etc. Una vez curado el paciente, el aura vuelve gradualmente a su estado normal.

[…] Cualquier daño en las facultades mentales causa automáticamente una reducción del aura, en tamaño y nitidez, además, ella es más estrecha en personas de mente débil. Tales hechos dan apoyo a la observación de que los centros cerebrales más sofisticados están íntimamente ligados en la generación de energía áurica.

Cuando el paciente se desmaya, el aura pierde gran parte de su brillo y se reduce en tamaño. Las alteraciones son probablemente el resultado de un agotamiento temporal (Kilner, Walter, 1976).

        Poco después él declara que, a pesar de su natural repugnancia, tuvo oportunidad de estudiar algunos cadáveres y en ninguno de ellos encontró rastros del aura. El hecho no le causó sorpresa, dado que él ya había observado que este fenómeno ocurría incluso en casos de hipnosis. Observó también, cierta pérdida de nitidez del aura en los casos de enfermedad del paciente. Aunque no lo comentó, es de suponer que el aura de los pacientes hipnotizados no es detectada, simplemente porque se halla ausente, en estado de desprendimiento o desdoblamiento.

Es una pena que sus estudios hayan permanecidos tanto tiempo relegados a la indiferencia e incluso a la hostilidad de la clase médica, en particular, y de los investigadores en general, hasta que fueron retomados principalmente por los soviéticos, después del descubrimiento del “efecto Kirlian”.

Según observaciones del Dr. Kilner, cualquier alteración en la salud del individuo, se refleja en el aura, ya sea en la región afectada, cuando está circunscrita, o en todo el cuerpo, cuando la molestia se generaliza en el cuerpo físico.

Al escribir un prefacio para una nueva reedición del libro de Kilner, en 1976, Leslie Shepard recuerda que el problema del aura aún permanece en la frontera entre ciencia y clarividencia. Aunque cauteloso sobre las conclusiones del Dr. Kilner, Shepard expresa sus esperanzas de que nuevas ediciones de la obra susciten el interés de modernos investigadores, equipados, inclusive, de herramientas y conocimientos aún más sofisticados.

Por otro lado, a no ser por la investigación de Boddington –y que consta, principalmente, en su obra capital, The University of Spiritualism- casi nada se ha hecho, en términos de aplicación de las tecnologías indicadas por el Dr. Kilner, en el estudio de los fenómenos psíquicos, anímicos, de obsesión y posesión.

¿Qué cambios, por ejemplo, ocurren en el aura de un médium cuando está bajo la influencia de un espíritu desencarnado? ¿En qué puntos o sectores del aura se ligan los periespíritus de los seres encarnados y desencarnados? ¿Qué perturbaciones provoca el acoplamiento del periespíritu de un invasor espiritual en su víctima? ¿Qué características especiales ofrece el aura de un médium en potencia o activo? ¿Qué cambios se producen en el aura de una persona que da pases o que los recibe?

Son innumerables las referencias de Harry Boddington del aura, en sus escritos, pero es en el capítulo VIII –“Maravillas del Aura Humana” –de la Universidad del Espiritualismo”, donde encontramos una exposición más amplia sobre el tema. Para no expandir nuestro propio estudio más allá de los límites que estamos tratando de imponerle, intentaré resumir las principales observaciones del competente autor inglés:

1.  El aura es una especie de radiación luminosa que rodea el cuerpo humano, constituida por innumerables partículas de energía.
2.  Esa irradiación es singularmente sensible al pensamiento, al cual responde con prontitud.
3.  El aura funciona como parte integral de la conciencia.
4.  Su calidad (aspecto, color, forma –varía según los temperamentos, el carácter y la salud de las personas).
5.  Ella es “esencial a todas las manifestaciones psíquicas” y el medio a través del cual operan los médiums de cura, además de actuar como el principio activo de la curación.
6.  “El hecho de que algunas personas sean médiums y otras no, llevó a los espiritistas a aceptar, como hipótesis de trabajo, la teoría de que los médiums irradian una sustancia psíquica específica, que forma un vínculo semimaterial entre ellos y sus comunicantes invisibles”.
7.  “Se ha demostrado que, a no ser que el magnetismo de los Espíritus se mezcle armoniosamente con el de los sensitivos, ellos no consiguen hacer notar su presencia”.
8.  Debidamente manipulada y condensada por un impulso de la voluntad –ya hemos visto que es fácilmente influenciable por el pensamiento-, el aura se presenta como ectoplasma, materia prima para la producción de pequeños bastones, seudópodos o materializaciones. Como ella reacciona al pensamiento y al choque, exactamente como el cuerpo humano, se puede concluir que ella constituye una extensión del sistema nervioso.
9.  La formación de esos bastones y seudópodos en las sesiones de materialización resulta, en opinión de Boddington, de un esfuerzo consciente de la voluntad del médium y no de una exteriorización inconsciente, según afirman los materialistas y negadores en general.

Hago una pausa para decir algo sobre el término seudópodo, que, literalmente quiere decir, pie falso. El diccionario de Aurelio nos dice que la palabra sirve para conceptuar “la protuberancia protoplasmática que se forma en la periferia de los leucocitos, de las amebas y otros protozoarios, sirviéndoles para la locomoción”. Esta es la razón por la cual se llaman pies falsos, porque no son estrictamente pies, pero le sirven para caminar. En el caso de la fenomenología psíquica de efectos físicos, especialmente en el desplazamiento de objetos, la formación de seudópodos observados en las experiencias con Eusapia y otros médiums, no se trata de una protuberancia protoplasmática, como en la biología, sino una protuberancia ectoplasmática. Es con ese tipo de seudópodo o bastoncillo, ya fotografiados en algunas experiencias, es que el sensitivo consigue dislocar objetos sin tocarlos con ningún miembro o parte de su cuerpo físico.

Mientras tanto, continuemos con Boddington y sus observaciones acerca del aura.

10.      El aura no debe ser considerada como una fuerza ciega, ya que la conciencia opera a través de ella de la misma manera que operamos a través del sistema nervioso.

Discurriendo sobre los colores del aura y su significado en términos de salud física y características del temperamento y carácter, Boddington ofrece un amplio marco de clasificación que nos parece necesario reducir aquí. Sin embargo, una de sus observaciones sobre las sesiones mediúmnicas es lo que se llamaría “imperdible” y presentada de la siguiente manera: “la armonía prevalece” (entre los componentes del grupo), “los colores se mezclan, pero, si hay una brecha entre dos participantes, deben ser desplazados hasta que la brecha desaparezca”.

   Si los colores se rehúsan a mezclarse, es mejor que los participantes en desarmonía se retiren del grupo o, entonces, los resultados serán insatisfactorio. El aura de un nuevo participante puede anular completamente los resultados positivos obtenidos en otros momentos en los que no estaba presente. Por otro lado, dos médiums aparentemente del mismo tipo, no siempre intensifican el fenómeno. Al contrario, conocemos casos en los que uno destruye la influencia del otro. Un Espíritu amigo de Cora Tappan, y que se identificaba como Benjamín Franklin, declaró, que esto, a veces, es debido a que uno de ellos produce energía eléctrica, mientras que en el otro es fosfórica.  Separados pueden producir fenómenos de naturaleza similar, pero juntos, se neutralizan entre sí.

Debo agregar, que la mezcla de los colores debe haber sido observada y comunicada a Boddington por su esposa, en las innumerables experiencias que realizó con ella, quien disponía de ese tipo de facultad. En mi opinión, la observación tiene sentido. Cada uno de nosotros tiene su propia vibración que, en la visión de los sensitivos dotados de dicha facultad, puede ser traducida en diversos colores. No es de admirar que ciertas vibraciones no se combinen entre sí y que otras se opongan o se anulen mutuamente. Todos los que lidiamos con la mediúmnidad en acción, sabemos que hay personas que, introducidas en un grupo mediúmnico, pueden paralizar y neutralizar a los mejores médiums, aunque sea de forma involuntaria o inconsciente.

Conmigo ocurrió algo parecido. Cierta vez, fui invitado a presenciar el trabajo de cierta señora que era muy evidente por sus pretendidas manifestaciones mediúmnicas, en contacto con seres interplanetarios. Sin que hubiese el más mínimo esfuerzo negativo de mi parte, por el contrario, yo estaba interesado en observar con absoluta imparcialidad, sin embargo, la señora no consiguió prácticamente nada esa noche. Eran obvios, la decepción, perplejidad y malestar de los demás espectadores, habituados a charlas con los misteriosos seres invisibles, así como mi propia vergüenza. Debo haber dejado una horrible impresión de “pie frio” entre ellos. Prefiero concluir con Boddington, que nuestros colores no se mezclaron en absoluto…

Es precisamente por la necesidad de armonización entre las auras, que Boddington nos recuerda que los Espíritus están constantemente advirtiendo contra el uso de drogas, alcohol, alimentación inadecuada y, en fin, todos los hábitos que “degradan la mente y agotan los nervios”. El aura, agrega él, esta “indisolublemente ligada a todos los órganos del cuerpo, del cual exhala, como el perfume de una flor”.

Por lo tanto, no hay forma de evitar que las sustancias toxicas ingeridas y la desarmonía de los pensamientos, afecten sustancialmente al aura, produciendo considerables perturbaciones en el proceso de comunicación mediúmnica.  Esto se debe, a que no solo el aura del médium debe estar en buenas condiciones vibratorias de limpieza energética, mental y emocional, a fin de que pueda ofrecer su dinamismo a los Espíritus que se manifiestan, pues su aura y las de los demás deben estar debidamente armonizadas en el grupo, como un todo. Si un participante comparece con una alta dosis de alcohol en la sangre o con una comida pesada en el proceso de digestión, será impracticable su integración armoniosa en el grupo. Los Espíritus nos dicen que, en tales casos, aplican el recurso extremo de aislar a la criatura para que, al no poder ayudar, por lo menos no perturbe los trabajos, ya que su aura se presenta, literalmente sucia y desordenada.

Debido a sus implicaciones en el tema del aura y por las interesantes observaciones y enseñanzas que proporciona, juzgue oportuno incluir en este módulo una noticia acerca del libro del Dr. Carl A. Wickland, Treinta Años entre los Muertos, un clásico entre los estudiosos del fenómeno psíquico.

Bajo la orientación de amigos espirituales, que comenzaron a manifestarse a través de su esposa, el Dr. Wickland comenzó a cuidar, con éxito para él inesperado, trastornos mentales y psicosomáticos en pacientes que sufrían de influencias espirituales indeseables.

De acuerdo con el testimonio constante de los mismos Espíritus, generalmente sin conciencia de haber “muerto”, eran atraídos por el aura de ciertas personas, conocidas o desconocidas, y allí permanecían como prisioneros y en gran confusión mental. Como si estuvieran adheridos o imantados al periespíritu de los encarnados, vivían, a veces, varias entidades en disputa feroz por la posesión del cuerpo de la víctima, que cada uno creía le pertenecía.

El Dr. Wickland mandó a construir un aparato especial, con el cual le aplicaba al paciente obsesado una descarga eléctrica que desalojaba a los Espíritus conectados a su aura; sin embargo, luego verificó que, pasada la desagradable sensación de la descarga, ellos volvían a su estado anterior y continuaban el conflicto por la posesión del cuerpo, del cual, cada uno de ellos, incluido el encarnado, buscaba expulsar a los demás.

Fue entonces que los amigos espirituales del médico, propusieron traer a los pobres seres desorientados para que fuesen esclarecidos, individualmente, por el doctor –quien resultó ser un buen adoctrinador- a través de la mediúmnidad de la Sra. Wickland.

Veamos como el autor y médico plantea el problema. Él dice en las páginas 90 a 91:

“El organismo de todos los seres humanos genera una fuerza nerviosa magnética que lo envuelve en una atmósfera de emanación vital y luz psíquica conocida como aura magnética. Esa aura es vista como una luminosidad por los Espíritus aún presos en las sombras del ambiente terrenal y que pueden sentirse atraídos por personas particularmente susceptibles a ese tipo de invasión. Tales Espíritus, a menudo incapaces de abandonar esa atmósfera psíquica y, debido al estado de confusión resultante –incluso luchando por liberarse- acaban conviviendo con el médium, resentidos por su presencia y desconcertados por un sentido de doble personalidad. Después de retirar de un paciente varios Espíritus, al principio turbulentos, tuvimos la siguiente experiencia, que demuestra claramente el sufrimiento que los Espíritus soportan cuando se enredan en el aura de una persona muerta. (Wickland, Carl).

        Continua la transcripción de un largo diálogo, en el cual el Espíritu totalmente ignorante de su real situación, dice, en cierto momento:

“Yo estaba en mi lugar. Había muchos de nosotros, todos enredados, hombres y mujeres. Teníamos un hogar, pero no podíamos salir de allí. A veces, el ambiente era cálido. Durante un tiempo, permanecí solo en la oscuridad. Antes de ser encarcelado pude hablar una vez, pero ahora estoy solo. Usted no tiene derecho a ponerme esas cosas que queman. (Ídem).

        Como se puede observar, el Espíritu vivió durante algún tiempo en la situación de erraticidad mencionada en la codificación espírita. Se sentía solo y sumergido en las tinieblas. Atraído por el aura de una persona que ofrecía las condiciones propicias, se aproximó y terminó como imantado allí, junto a otros Espíritus en condiciones semejantes a las suyas. En la jerga popular, se trataba de una situación de “apoyo”, de la que el médium involuntario y sin preparación, sufría penosas consecuencias, incluyendo enfermedades psicosomáticas.

       También se desprende del texto y de las breves observaciones adicionales del doctor que, después que los demás Espíritus fueron apartados –¡y como se quejaban de las descargas eléctricas! - la manifestante (era una mujer), se quedó sola e incluso logró comunicarse a través de su víctima y anfitriona, pero terminó también desalojada por una verdadera tempestad magnética provocada por los choques eléctricos aplicados por el Dr. Wickland, con su temible aparato.

       He aquí, pues, ejemplos vivos de que el aura es, de hecho, la “plataforma omnipresente” de que nos habla André Luiz, “la antesala de todas nuestras actividades de intercambio con la vida que nos rodea”, extensión viva del periespíritu que, según Kardec, es el “órgano transmisor de todas las sensaciones” y “el principio de todas las manifestaciones”.

       Por lo tanto, no hay forma de minimizar o ignorar la importancia del aura y el periespíritu en el estudio de los fenómenos de naturaleza anímica o mediúmnica.

Herminio C. Miranda

Tomado de la obra: “Diversidad de los Carismas”.
Traducción al español por: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta - Colombia
      

domingo, 10 de mayo de 2020

VOLVERÁS


Por: Oscar Cervantes Velásquez
Santa Marta - Colombia

Partiste un día, sencillo e ignorante, para iniciar el largo peregrinar de la evolución. Desde los más remotos estadios de la vida, atravesaste, en el devenir incesante de los siglos, los diferentes reinos de la naturaleza, hasta alcanzar la hominidad. Te ejercitaste, entonces, en el difícil aprendizaje de convivir con las agrestes fuerzas naturales, desarrollando los recursos indispensables para sobrevivir en un mundo en el que la adaptación y la lucha por la existencia fueron templando tus rudimentarias potencialidades y, cual paciente escultor, fueron burilando el principio espiritual destinado a alcanzar, algún día, la plenitud de la conciencia.

Alcanzada la razón, emprendiste un nuevo tramo de la interminable jornada. Has peregrinado, de existencia en existencia, desde las fajas primitivas de la experiencia humana, donde todavía te confundías entre la animalidad instintiva y las primeras aspiraciones de libertad, hasta los complejos niveles de la inteligencia y de la vida social. Aprendiste a dominar parcialmente las fuerzas de la naturaleza, a transformar el ambiente que te rodeaba y a construir instrumentos cada vez más sofisticados para facilitar tu existencia.

Ejercitaste el intelecto, y con él conquistaste conocimientos que ampliaron progresivamente tu comprensión del mundo. Sin embargo, muchas veces convertiste ese mismo instrumento de progreso en motivo de soberbia e insensatez, creyéndote poseedor de verdades definitivas que todavía estás muy lejos de comprender. Te deslumbraste con las conquistas de la razón y, en no pocas ocasiones, olvidaste que conocer no significa necesariamente comprender y que comprender no equivale, todavía, a saber amar.

Construiste civilizaciones, levantaste ciudades, escrutaste los cielos, penetraste en los secretos de la materia y desarrollaste extraordinarias posibilidades intelectuales. Pero, mientras extendías tus dominios sobre el mundo exterior, permanecían dentro de ti antiguas sombras: el egoísmo, el orgullo, la violencia, la intolerancia, la ambición desmedida y el deseo de imponerte sobre tus semejantes.

La inteligencia avanzó con pasos gigantescos, mientras el corazón permanecía, muchas veces, detenido en los primeros peldaños de la evolución moral.

Y aplazaste aquello que hoy, todavía, reclama con urgencia tu atención: el amor.

Porque el amor es la síntesis superior de todas las conquistas del Espíritu. No se trata solamente de un sentimiento pasajero ni de una emoción que conmueve momentáneamente el corazón. Es una fuerza transformadora, una conquista de la conciencia, una disposición permanente para el bien. Amar significa salir de uno mismo, reconocer en el otro a un compañero de jornada y comprender que ninguna criatura evoluciona verdaderamente cuando permanece indiferente al sufrimiento de su semejante.

El amor es como la suave brisa marina que acaricia la piel cuando el clima agreste acicatea nuestro organismo. No violenta, no impone, no destruye; apenas llega, silenciosamente, y renueva. Así también actúa el amor sobre el Espíritu cansado de las luchas, de las disputas y de las ilusiones que lo han acompañado durante los milenios.

Han llegado los tiempos en que intelecto y amor deben confluir en un haz de voluntades, en demanda de los altos vuelos de la inmortalidad. Ya no basta conocer las leyes que rigen la materia si desconocemos las leyes que gobiernan nuestra propia alma. Ya no basta conquistar el mundo exterior si continuamos esclavos de nuestras pasiones. Ya no basta desarrollar la inteligencia si no somos capaces de ponerla al servicio del bien. 

La evolución reclama, ahora, una nueva conquista: la conquista de nosotros mismos.

El conocimiento debe iluminar el camino, pero es el amor el que nos impulsa a recorrerlo. La razón puede señalar lo correcto, pero es el sentimiento ennoblecido el que nos proporciona la fuerza para realizarlo. El intelecto descubre; el amor transforma. El primero amplía nuestros horizontes; el segundo nos enseña a vivir de acuerdo con aquello que hemos aprendido.

Déjate, pues, conducir por la suave brisa del amor divino que te espera, no como una dádiva gratuita, sino como una conquista que reclama esfuerzo, renuncia y perseverancia. Permite que las dulces enseñanzas del Evangelio inmortal dejen de ser solamente palabras admiradas y se conviertan en experiencias vividas, proyectadas sobre tu prójimo mediante la fraternidad, la indulgencia, el perdón y la solidaridad.

Es allí, en el encuentro con el otro, donde el conocimiento adquiere su verdadero significado.

Porque no evolucionamos solamente cuando aprendemos, sino cuando transformamos aquello que aprendemos en conducta, y cuando nuestra conducta comienza a reflejar la presencia del amor.

Has recorrido un camino inmenso. Fuiste elemental y rudimentario; aprendiste a sobrevivir, a pensar, a razonar y a construir. Ahora estás llamado a aprender a amar. Y quizá esta sea la más difícil de todas tus conquistas, porque exige vencer al adversario que durante tanto tiempo has llevado contigo: tú mismo.

No temas, por tanto, las luchas interiores que todavía te esperan. Ellas forman parte del proceso de liberación. Cada imperfección reconocida se convierte en una posibilidad de renovación; cada error comprendido, en una lección; cada caída, en una oportunidad para levantarte con mayor experiencia; cada gesto de amor, en un paso firme hacia la plenitud. 

La jornada continúa.

El Espíritu que un día inició su trayectoria sencillo e ignorante no está destinado a permanecer eternamente en la ignorancia. Su destino es crecer, comprender, amar y alcanzar, mediante sus propios esfuerzos, los elevados horizontes de la perfección.

Y cuando el amor se haya convertido en la expresión natural de tu existencia, comprenderás que nunca estuviste separado de la fuente divina. El largo peregrinar habrá sido, en realidad, el maravilloso proceso mediante el cual aprendiste a reconocer en ti mismo la chispa de divinidad que desde el principio estaba destinada a iluminar tu conciencia.

Avanza pues, sin temores. Ama más, sin prisas. Comprende más, y no juzgues. Sirve más, sin descanso.

Porque cada paso que das en dirección al bien te aproxima a la fuente divina que, en un acto magnánimo de amor, te concedió la maravillosa experiencia de la vida y te abrió, desde el principio, el camino infinito de la evolución.


EL HOMBRE DE BIEN ANTE EL ASEDIO DE LAS FUERZAS ESPIRITUALES DEL MAL

    Oscar Cervantes Velásquez Santa Marta – Colombia 01/19/2026 El tema que pretendemos analizar representa uno de los mayores escol...