domingo, 10 de mayo de 2020

VOLVERÁS


Por: Oscar Cervantes Velásquez
Santa Marta - Colombia

Partiste un día, sencillo e ignorante, para iniciar el largo peregrinar de la evolución. Desde los más remotos estadios de la vida, atravesaste, en el devenir incesante de los siglos, los diferentes reinos de la naturaleza, hasta alcanzar la hominidad. Te ejercitaste, entonces, en el difícil aprendizaje de convivir con las agrestes fuerzas naturales, desarrollando los recursos indispensables para sobrevivir en un mundo en el que la adaptación y la lucha por la existencia fueron templando tus rudimentarias potencialidades y, cual paciente escultor, fueron burilando el principio espiritual destinado a alcanzar, algún día, la plenitud de la conciencia.

Alcanzada la razón, emprendiste un nuevo tramo de la interminable jornada. Has peregrinado, de existencia en existencia, desde las fajas primitivas de la experiencia humana, donde todavía te confundías entre la animalidad instintiva y las primeras aspiraciones de libertad, hasta los complejos niveles de la inteligencia y de la vida social. Aprendiste a dominar parcialmente las fuerzas de la naturaleza, a transformar el ambiente que te rodeaba y a construir instrumentos cada vez más sofisticados para facilitar tu existencia.

Ejercitaste el intelecto, y con él conquistaste conocimientos que ampliaron progresivamente tu comprensión del mundo. Sin embargo, muchas veces convertiste ese mismo instrumento de progreso en motivo de soberbia e insensatez, creyéndote poseedor de verdades definitivas que todavía estás muy lejos de comprender. Te deslumbraste con las conquistas de la razón y, en no pocas ocasiones, olvidaste que conocer no significa necesariamente comprender y que comprender no equivale, todavía, a saber amar.

Construiste civilizaciones, levantaste ciudades, escrutaste los cielos, penetraste en los secretos de la materia y desarrollaste extraordinarias posibilidades intelectuales. Pero, mientras extendías tus dominios sobre el mundo exterior, permanecían dentro de ti antiguas sombras: el egoísmo, el orgullo, la violencia, la intolerancia, la ambición desmedida y el deseo de imponerte sobre tus semejantes.

La inteligencia avanzó con pasos gigantescos, mientras el corazón permanecía, muchas veces, detenido en los primeros peldaños de la evolución moral.

Y aplazaste aquello que hoy, todavía, reclama con urgencia tu atención: el amor.

Porque el amor es la síntesis superior de todas las conquistas del Espíritu. No se trata solamente de un sentimiento pasajero ni de una emoción que conmueve momentáneamente el corazón. Es una fuerza transformadora, una conquista de la conciencia, una disposición permanente para el bien. Amar significa salir de uno mismo, reconocer en el otro a un compañero de jornada y comprender que ninguna criatura evoluciona verdaderamente cuando permanece indiferente al sufrimiento de su semejante.

El amor es como la suave brisa marina que acaricia la piel cuando el clima agreste acicatea nuestro organismo. No violenta, no impone, no destruye; apenas llega, silenciosamente, y renueva. Así también actúa el amor sobre el Espíritu cansado de las luchas, de las disputas y de las ilusiones que lo han acompañado durante los milenios.

Han llegado los tiempos en que intelecto y amor deben confluir en un haz de voluntades, en demanda de los altos vuelos de la inmortalidad. Ya no basta conocer las leyes que rigen la materia si desconocemos las leyes que gobiernan nuestra propia alma. Ya no basta conquistar el mundo exterior si continuamos esclavos de nuestras pasiones. Ya no basta desarrollar la inteligencia si no somos capaces de ponerla al servicio del bien. 

La evolución reclama, ahora, una nueva conquista: la conquista de nosotros mismos.

El conocimiento debe iluminar el camino, pero es el amor el que nos impulsa a recorrerlo. La razón puede señalar lo correcto, pero es el sentimiento ennoblecido el que nos proporciona la fuerza para realizarlo. El intelecto descubre; el amor transforma. El primero amplía nuestros horizontes; el segundo nos enseña a vivir de acuerdo con aquello que hemos aprendido.

Déjate, pues, conducir por la suave brisa del amor divino que te espera, no como una dádiva gratuita, sino como una conquista que reclama esfuerzo, renuncia y perseverancia. Permite que las dulces enseñanzas del Evangelio inmortal dejen de ser solamente palabras admiradas y se conviertan en experiencias vividas, proyectadas sobre tu prójimo mediante la fraternidad, la indulgencia, el perdón y la solidaridad.

Es allí, en el encuentro con el otro, donde el conocimiento adquiere su verdadero significado.

Porque no evolucionamos solamente cuando aprendemos, sino cuando transformamos aquello que aprendemos en conducta, y cuando nuestra conducta comienza a reflejar la presencia del amor.

Has recorrido un camino inmenso. Fuiste elemental y rudimentario; aprendiste a sobrevivir, a pensar, a razonar y a construir. Ahora estás llamado a aprender a amar. Y quizá esta sea la más difícil de todas tus conquistas, porque exige vencer al adversario que durante tanto tiempo has llevado contigo: tú mismo.

No temas, por tanto, las luchas interiores que todavía te esperan. Ellas forman parte del proceso de liberación. Cada imperfección reconocida se convierte en una posibilidad de renovación; cada error comprendido, en una lección; cada caída, en una oportunidad para levantarte con mayor experiencia; cada gesto de amor, en un paso firme hacia la plenitud. 

La jornada continúa.

El Espíritu que un día inició su trayectoria sencillo e ignorante no está destinado a permanecer eternamente en la ignorancia. Su destino es crecer, comprender, amar y alcanzar, mediante sus propios esfuerzos, los elevados horizontes de la perfección.

Y cuando el amor se haya convertido en la expresión natural de tu existencia, comprenderás que nunca estuviste separado de la fuente divina. El largo peregrinar habrá sido, en realidad, el maravilloso proceso mediante el cual aprendiste a reconocer en ti mismo la chispa de divinidad que desde el principio estaba destinada a iluminar tu conciencia.

Avanza pues, sin temores. Ama más, sin prisas. Comprende más, y no juzgues. Sirve más, sin descanso.

Porque cada paso que das en dirección al bien te aproxima a la fuente divina que, en un acto magnánimo de amor, te concedió la maravillosa experiencia de la vida y te abrió, desde el principio, el camino infinito de la evolución.


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