sábado, 26 de agosto de 2023

¿Qué se siente al morir?

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La desencarnación es la liberación por parte del Espíritu del cuerpo perecedero, sin embargo, esa separación presenta tantos matices como comportamientos tiene el ser humano en su proceso reencarnatorio. Por ello, “la perturbación espiritual después de la muerte será el resultado del comportamiento de cada criatura mientras se encuentra bajo las imposiciones orgánicas[1]”. En ese sentido, las sensaciones que preceden y siguen a la muerte son tantas, que dependerá de las condiciones morales del Espíritu, cuya actitud ante los compromisos de variado orden asumidos al encarnar, responderán por los méritos y deméritos logrados o no al abandonar la Tierra.

Podemos afirmar con seguridad que al desencarnar regresamos al Mundo Espiritual, de donde provenimos, no obstante, siendo coherentes con lo que nos enseña la Doctrina Espírita deberíamos ser expertos en el tema, considerando que hemos muerto tantas veces como reencarnaciones hemos tenido. Así lo corrobora la autora espiritual Juana de Ángelis, “no es la primera vez que ocurre la muerte del cuerpo, en el viaje de la evolución de los seres. El olvido del fenómeno, de manera alguna, puede ser considerado como algo desconocido por el espíritu, que ya lo vivencio antes”. Y continúa, “una profundización mental demuestra que la muerte no duele, no produce pavor, sino el estado psicológico de cada uno, con relación a la misma, transfiere íntimas impresiones hacia el exterior, dando curso a las manifestaciones necias[2]”.

En el campo de las experiencias cercanas a la muerte (ECM), son múltiples las historias narradas por aquellos que fueron declarados formalmente muertos, según la ciencia, y que cuentan con lujo de detalles las diferentes experiencias vividas en su corto peregrinar por el mundo espiritual y donde cada quien, con su visión particular en torno a creencias religiosas y culturales, detallan con minuciosidad lo experimentado, que van desde, su paso por el cielo, la travesía por la ya conocida historia del túnel oscuro y la luz al final del mismo, hasta visitas al infierno, con todo el caudal de tormentos que ello conlleva, de acuerdo a lo expresado por el sacerdote Gerald Johnson, de Michigan[3], luego de sufrir un ataque al corazón. Según Johnson, “inmediatamente después de su ataque al corazón en febrero de 2016, su espíritu dejó su cuerpo físico y bajó al infierno, entrando por "el centro mismo de la Tierra". Aunque dice que "las cosas que vi allí son indescriptibles". Además, “afirma que vio a un hombre caminando a cuatro patas como un perro y quemándose de pies a cabeza: "Tenía los ojos saltones y algo peor: Llevaba cadenas en el cuello. Era como un sabueso infernal. Había un demonio sujetando las cadenas". Igualmente, escuchó música en el infierno, como "Umbrella" de Rihanna y "Don't Worry, Be Happy" de Bobby McFerrin, canciones tradicionalmente alegres. Sólo que esta vez, los demonios cantaban las canciones para "torturar" a la gente. Johnson dice que su infernal ECM le hizo darse cuenta de que necesitaba perdonar a la gente que le había hecho daño, en lugar de esperar su castigo”. Quizás lo más rescatable de quienes cuentan estas experiencias, es como afectan profundamente su existencia, sobre todo en sus ideas con relación a la muerte y la nueva visión con que observan la vida.

En la literatura espírita, encontramos todo un caudal de información que nos reafirma, no solo la importancia del nivel vibracional en que nos encontramos al momento de la desencarnación, sino, la necesidad de reconsiderar la forma en que encaramos la vida, muchas veces alejada de los principios cristianos, donde encontramos la nutrición moral y el equilibrio saludable necesario para nuestro Espíritu, de tal manera que, cuando desencarnemos, la muerte no nos duela, tal como nos lo enseñan los Espíritus Superiores.

Entre las muchas obras que existen en el espiritismo podemos mencionar “Perdida de seres queridos” cuya autoría pertenece a Zilda Giunchetti Rosin; “Después de la muerte” de León Denis; “Y la vida continúa” de André Luiz y psicografiado por Chico Xavier y “Cartas de una Muerta”, igualmente psicografiado por Chico Xavier. Estas obras nos ayudan a entender algo mejor, el tema de este artículo. En relación a “Cartas de una muerta”, la madre de Chico Xavier, María Joao de Deus, cuenta sus experiencias al regresar a la patria espiritual, explicando que: “los primeros días transcurridos después de la muerte fueron muy amargos y dolorosos…”, asegurando más adelante que “reconociéndome llena de vida, no obstante, los dolores, paralizaban mis sentidos como en una rara atmósfera de ensueño...”.

Ahora, si desde la espiritualidad nos aseguran “que son los mismos habitantes de ese mundo que vienen a describirnos su situación[4]” y que “si se observa la serenidad de algunos moribundos, y las terribles convulsiones de la agonía de otros, se puede deducir por anticipado que las sensaciones experimentadas no siempre son las mismas[5]”. Conforme asevera un proverbio popular: “Tal vida, cual muerte”, en consecuencia, el morir bien o mal depende fundamentalmente de la opción personal y de la buena utilización de los recursos del libre albedrío, donde los caminos de la paz o la violencia, del esfuerzo o la inercia serán importantes en los caminos del progreso espiritual, pues nadie ascenderá sin las luchas del esfuerzo personal.

Siendo la muerte inevitable, debemos vivir preparados para cuando ella se digne en visitarnos, con su carga de aflicción para aquellos que quedan en la retaguardia, aguardando ellos, tal vez, el momento en que también los visite.

 



[1] Manoel P. Miranda, Temas de la Vida y de la Muerte, 4. ed., p. 96.

[2] Divaldo Franco & Juana de Ángelis, La conquista del Self, vida y muerte; El ser consciente. Pág.114, Ediciones Juana de Ángelis, Buenos Aires.

[4] Allan Kardec, Por qué los espíritas no temen a la muerte, El Cielo y el Infierno, primera parte, cap. II, ítem 10.

[5] Ibidem, La transición, segunda parte, cap. I, ítem 2.


martes, 18 de julio de 2023

VIOLENCIA EN LAS CIUDADES

Imagen tomada de la Web: https://elmontonero.pe/upload/uploads_images/enriquez-imagen_1.jpg

Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta - Colombia
JUlio 18 de 2023

Capítulo especial merece la violencia que se vive en las ciudades, donde los asaltos y asesinatos son pan de cada día. Asistimos, impávidos, a una serie de muertes que se podrían evitar con un poco de educación en el hogar, donde el amor fuera prenda de garantía para que los hijos asumieran la responsabilidad del reto adquirido al regresar a una nueva experiencia en la carne, donde las pasiones groseras, como herencia de su primitivismo ancestral, serían diluidas con el cultivo de los valores morales esenciales para la sublimación de su Espíritu.

Muchos de estos Espíritus que renacen en la Tierra bajo condiciones sociales adversas, lo hacen precisamente para enfrentarse a situaciones desfavorables, reiniciando muchas veces labores interrumpidas, las cuales vienen recargadas de aflicciones y tormentos, pero cuya finalidad es la reeducación espiritual necesaria para no adquirir mayores compromisos cármicos. Solo bajo el prisma de la educación, que genere hábitos, tal como lo enseña Allan Kardec, el ser será sometido a nuevos paradigmas morales que lo conducirán con acierto, por los caminos de la evolución superior.

En Colombia, según cifras de Medicina Legal, entre enero y marzo de 2023, en el país se han registrado 4.067 muertes violentas, de las cuales 2.231 corresponden a homicidios. Además, un dato que nos parece interesante es que la mayoría de los occisos son jóvenes entre los 18 a 28 años, lo que nos permite deducir, que muchos de estos Espíritus víctimas de la violencia a causa de los caminos equivocados que prefirieron elegir, están perdiendo una bonita oportunidad de redimir sus equivocaciones pasadas, dando rienda sueltas a sus instintos primitivos que, “dominado por el egoísmo, permite que los instintos agresivos que aún le gobiernan, se liberen de las cadenas, moralmente frágiles y lo hagan impío, traicionero, impenitente verdugo de otros hombres o de otros seres. La ambición desmedida y los tormentos íntimos igualmente responden hoy, en la Tierra, por la tremenda ola de violencia que atemoriza e intimida a toda la Humanidad[1]”.

Para la época de los 60’, surgió un grupo de limpieza social a las que se le denominó la “Mano Negra”, haciendo alusión a organizaciones clandestinas que tuvieron su origen en Europa y posteriormente fueron replicadas por inmigrantes europeos a América, especialmente en E.E.U.U. a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. La “Mano Negra”, se encargaba de “depurar” las ciudades de sujetos indeseables como marihuaneros, ladrones y todo aquel que teniendo antecedentes se convirtiera en peligro inminente para la sociedad. Era “vox populi”, que quienes pertenecían a este grupo de limpieza social eran agentes del estado, que con prácticas fuera de la ley, pretendían convertirse en “héroes sociales anónimos”, lo cual derivó en ajusticiamientos en los que muchos inocentes cayeron, ante la mirada de una sociedad que observó con complacencia la aplicación de la pena de muerte, sin derecho a defensa, por parte de quienes sufrieron los ajusticiamientos.

Y la “Mano Negra” se niega a desaparecer, hoy con volátiles nombres, que cambian de acuerdo con la necesidad de desaparecer y reaparecer, se apertrechan en nuestra sociedad, pusilánime aún, que mira con “buenos ojos” sus prácticas, hasta que nos toca probar de la gota amarga de la violencia en nuestros familiares o afectos cercanos, pues seguimos sin aprender, que la vivencia del Evangelio de Jesús nos brinda la propuesta moral y espiritual que nos ayuda a liberarnos del odio irracional, de la falta de perdón y la necesidad de enfocarnos en la búsqueda de la felicidad a través del amor, para comprender, como nos enseña Juana de Ángelis, que “renacemos para crecer y desarrollar el dios interno que yace en los pliegues de lo más profundo de nuestro ser”. Por eso, mientras sigamos cargando el lastre de la falta de perdón, seguiremos renaciendo con las cargas afligentes del odio irracional que nos impedirán salir de la espiral de violencia que enmarcan nuestras vidas.

Hace ya algunos años, a raíz del asesinato inmisericorde de uno de nuestros vecino del barrio, por causa del no pago de una extorsión, escribimos un artículo que intitulamos “Cuando la violencia irrumpe en nuestra cotidianidad”, y lo iniciábamos de esta manera: “Días aciagos vivimos en nuestro país como consecuencia de la acción de los violentos, las notas judiciales de los diarios regionales anuncian cada día la actividad delincuencial que azota a los ciudadanos de bien y mantienen en vilo a toda una sociedad que no encuentra salida a semejante situación.

Innumerables preguntas quedan sin respuestas, ante el clamor ciudadano que implora ante las autoridades solución a esta profunda crisis de valores que afecta a nuestra sociedad. En vano pretenden sociólogos, políticos, periodistas y todos aquellos que participan en el análisis político-social de nuestro país, exponer diversas teorías que justifiquen las motivaciones de los violentos en su accionar diario en contra del ciudadano inerme. Algunos argumentan que tal situación es la consecuencia lógica de la crisis económica que en estos tiempos está afectando a nuestra sociedad[2]”.

La nota corresponde al año 2015 y, sin embargo, pareciera que el violento paisaje de nuestras ciudades en nada ha cambiado y que las múltiples admoniciones que desde diferentes frentes orientadores se hacen constantemente, no han sido atendidas a cabalidad, dando al traste con las recomendaciones que nos invitan a establecer que una “familia equilibrada, o sea, estructurada con respeto y amor, es fundamental para una sociedad justa y feliz. Infelizmente, eso no es lo que ocurre, y de eso resulta una sociedad juvenil desorganizada, revuelta, agresiva, desinteresada, cínica o depresiva, deambulando por los torpes rumbos de las drogas, de la violencia, del crimen, del desvarío sexual[3]”.

La violencia, que se cuece en el hogar, se desgañita literalmente en los distintos ámbitos de nuestra sociedad, donde jóvenes, delincuentes o no, hacen del uso del alcohol, las drogas y las distintas manifestaciones de los vicios que los hacen sentirse muy bien, alejados de las miradas inquisidoras de sus mayores que muchas veces no representan el ejemplo a seguir, surgiendo así, las distintas manifestaciones de la violencia. En este sentido, “la crianza hostil, el maltrato, la aceptación del delito, la desatención, el abandono y monitoreo insuficiente pueden causar en los niños, niñas y adolescentes conductas desadaptadas. Adicionalmente, los barrios o entornos donde los adolescentes y jóvenes infractores suelen residir son marginados, con altos índices de violencia intrafamiliar, fácil acceso a drogas, entre otros[4]”. 

Ahora bien, nuevos ingredientes le han surgido a la violencia en las calles, “la justicia por cuenta propia”. Ante la inoperancia de las autoridades judiciales para “castigar” a los responsables de los innumerables métodos de agresión a la sociedad (atracos, asesinatos, robos, violaciones, etc.), la ciudadanía en cierta forma a revivido la ya famosa “ley del talión” y surgieron espontáneamente las agresiones a los antisociales capturados en fragancia por la comunidad, convirtiéndose ello, en un serio problema social que suma un nuevo delito al accionar de los violentos. Porque, es tan violento quien asalta, roba, asesina o violenta de cualquier manera los derechos de los ciudadanos, como el ciudadano “inerme” que actúa en aparente defensa de sus intereses y el de la comunidad, atentando contra los delincuentes. Al aflorar el linchamiento como instrumento de justicia, ante la apremiante inseguridad que agobia a la sociedad, nos preguntamos como una persona “de bien” puede terminar involucrada en un acto que atenta contra los derechos de quien recibe la ignominiosa “paloterapia”, como eufemísticamente se le ha dado en llamar al violento acto de golpear a mansalva a quien, culpable o no, cae en manos de los desadaptados sociales.

En cierta oportunidad, siendo Coordinador de Disciplina del Inem Simón Bolívar de la ciudad de Santa Marta, año 2005, un joven e inexperto muchacho me comentaba con gran complacencia su participación en un linchamiento en la comunidad donde residía, contra un presunto violador al cual golpearon hasta causarle la muerte. Debido a ello, aprovechamos la coyuntura para explicarle, desde la visión espírita, los compromisos que se asumen con las leyes divinas y la necesidad, tarde o temprano, de resarcir el daño causado al prójimo, recordándole, además, la enseñanza evangélica “guarda tu espada, porque quien a hierro mata a hierro muere[5]”.

Como epílogo a este capítulo queremos retrotraer las enseñanzas del maestro Allan Kardec cuando nos rememora, con relación a los cataclismos terrestres, que: “Hasta que la Humanidad haya crecido lo suficiente en perfección, tanto por la inteligencia como por la práctica de las leyes divinas las mayores perturbaciones serán causadas por los hombres que por la naturaleza, es decir, serán más morales y sociales que físicas[6]”.



[1] Divaldo Franco, Luis di Cristóforo Postiglioni (Espíritu), Hacia las Estrellas, La violencia en el hombre. Editora Alvorada, 1990.

[2] https://espiritismounaluzdeesperanza.blogspot.com/2018/07/cuando-la-violencia-irrumpe-en-nuestra.html

[3] Juana de Ángelis/Divaldo Pereira Franco. El adolescente ante la familia, Adolescencia y Vida, 1997.

[4] Palacios, Y., Peñaranda, C., Gutiérrez, M., Rodríguez, O., Cala, L. (2007). Modelo de atención para niños, niñas y adolescentes en situación de calle. Bogotá: ICBF.

[5] Mateo, 26:52.

[6] La Génesis – Cap. IX – item14; Allan Kardec.


 

sábado, 13 de mayo de 2023

PARÁBOLA DEL TESORO ESCONDIDO

 

“El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra lo esconde y, lleno de alegría va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo.” (Mateo, XIII, 44).

 

El hombre ha resumido su tarea en la Tierra a buscar “tesoros”, a hallar tesoros, a esconder tesoros, a vender lo que tiene para comprar campos que tengan tesoros. Así ha sucedido y así está sucediendo.

¿Para qué trabaja el hombre en la Tierra? ¿Para qué estudia? ¿Para qué lucha, hasta el punto de matar a su semejante?

¡Para poseer tesoros!

Jesús, sabiendo de los engaños que el hombre emplea en la conquista de los tesoros, hizo del “tesoro escondido” una parábola, comparándolo al Reino de los Cielos; lo hizo, naturalmente, para que los que recibiesen esos conocimientos, también empleasen todo sus talento, todos sus esfuerzos, todo su trabajo, toda su actividad, todos sus sacrificios, en la conquista de ese otro “tesoro”, al cual él llamó imperecible, recordando que “la polilla y la herrumbre no lo corroen, y los ladrones no lo roban”.

El Reino de los Cielos es un tesoro oculto al mundo, porque los grandes, los nobles, los guías y los jefes de sectas religiosas no quieren hacer que aparezca para la Humanidad. Pero, gracias a la Revelación, a las Enseñanzas Espíritas, a los Espíritus del Señor, hoy le es muy fácil al hombre hallar ese tesoro. Más difícil le puede ser, “vender lo que tiene y comprar el campo”, es decir, desembarazarse de sus viejas creencias, del egoísmo, del prejuicio, del amor a los bienes terrestres, para poseer los bienes celestes.

Materializado como está, el hombre prefiere siempre los bienes aparentes y perecibles, porque los considera positivos; los bienes reales e imperecibles él los juzga abstractos.

La Parábola del Tesoro Escondido es significativa y digna de meditación: el hombre terreno muere y se queda sin sus bienes; el hombre espiritual permanece para la Vida Eterna y el tesoro del cielo, que él adquirió es de su propiedad permanente.


Tomado del libro "Parábolas de Jesús" de Cairbar Schutel


sábado, 22 de abril de 2023

CELEBRACIÓN DE LA SEMANA ESPÍRITA EN CONMEMORACIÓN DE LOS 166 AÑOS DE EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS

 

Por: Oscar Cervantes Velásquez

 

Con la conferencia titulada “Los grandes desafíos para la felicidad”, dictada por Ubaldo Rodríguez de Ávila, finalizó la Semana Espírita organizada por la Federación Espírita del Magdalena y Cesar – FESMAC, motivada por los166 años de la publicación de El Libro de los Espíritus obra magna del movimiento espírita. Destacamos la participación de los miembros de los centros espíritas afincados en la ciudad de Santa Marta, quienes con su presencia demostraron su compromiso y respaldo a los postulados espíritas.

Conferencia “Los grandes desafíos de la felicidad”.

El lunes 17 de abril se dio inicio al evento con el desarrollo de un conversatorio cuyo título “Hippolyte León Denizard y la influencia de Pestalozzi” fue el abrebocas de lo que nos deparaba el resto de la semana. Con la participación de Carlos de la Hoz miembro de la Asociación Espírita Jesús de Nazaret, José Oliver por la Sociedad Espiritista de Santa Marta y Ubaldo Rodríguez de Ávila por el Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís; acudimos a una amena noche donde se puso de manifiesto el compromiso de ambos educadores en el amor entre educador y educando, así como la educación activa, en la que el niño aprende haciendo; se hizo hincapié además, en el papel de la madre en la educación del niño y la necesidad de tratarlo desde el primer momento, en su naturaleza humana, espiritual y moral con el fin de potenciar sus capacidades intelecto-mortales.

 

Para el martes 18 de abril, fecha importantísima para el movimiento espírita internacional, se programó la exposición “Espiritismo, un nuevo paradigma de la Humanidad” el cual estuvo a cargo de Carlos de la Hoz, integrante de la Asociación Espiritista Jesús de Nazaret. En ella, nuestro hermano Carlos nos recordó la importancia del triple aspecto de la doctrina: filosofía, ciencia y moral, comprendiendo que la fuerza de la doctrina está en su filosofía; asimismo, el papel de la ciencia espírita en la comprensión de los fenómenos mediumnicos al colocarlos en el plano de las leyes de la naturaleza evitando caer en lo mágico o sobrenatural, apartándola de esta manera de la superstición. Sobre lo moral, enfatizó en el papel del evangelio en la transformación del hombre y la visión espírita de la moral interior y no la moral de los convencionalismos exteriores.

Sentados de izquierda a derecha: José Oliver Oliver, Ubaldo Rodríguez de Ávila, Oscar Cervantes Velásquez y Carlos de la Hoz Rangel.


El miércoles 19 de abril la cita fue en el Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís, el tema tratado “Mediumnidad con Jesús”. A través de la técnica experiencial, logramos reconstruir parte del tejido histórico de la fenomenología mediumnica en nuestros centros espíritas y puesta al servicio de la comunidad a través de las actividades de atención y asistencia espiritual; con una participación muy activa, médiums de las diferentes casas espíritas compartieron parte de sus experiencias en este rico campo de la ciencia espírita en beneficio de nuestra sociedad.


Asistentes a la actividad “Mediúmnidad con Jesús” en la sede del Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís.


En cuanto al jueves 20 de abril, se programó la conferencia “Por qué el espiritismo es un consuelo en el dolor”, la cual estuvo a cargo de nuestro hermano en ideal José Vives Cotes, quien resaltó el papel del espiritismo en la comprensión del sufrimiento y como nos brinda consuelo para poder enfrentar los sinsabores de la existencia. Enfatizó, en que solamente quien sufre con confianza, resignación y paciencia, es capaz entender el dolor del otro a través de su propio dolor y, como enseña Juana de Ángelis, el dolor posee una función específica extraordinaria: colaborar en el progreso de la criatura humana.

 

En nuestro quinto día de estudio y confraternización en torno a la doctrina espírita, se programó el conversatorio “Un mundo en transición: ¿por qué y para qué? El mismo se desarrolló el viernes 21 de abril en la sede de la Asociación Espiritista Jesús de Nazaret con la participación por los centros espíritas de: Rosalba Marriaga Moreno, de la Sociedad Espiritista de Santa Marta; Wilson del Toro, por la Asociación Espiritista Jesús de Nazaret y Oscar Cervantes Velásquez, por el Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís. el conversatorio sirvió para despejar muchas inquietudes en torno a este tema trascendental para la compresión de los mecanismos evolucionistas de los planetas en el Universo y del cual la tierra vive la condición de planeta en transición hacia un mundo de regeneración.

 

En nombre de la federación y el mío propio, agradecemos a dirigentes miembros activos y simpatizantes del movimiento espírita de la ciudad de Santa Marta, por su participación, por sus aportes, inquietudes y preguntas, que enriquecieron la actividad y nos demostraron que no solo la unión hace la fuerza, sino que la unión de intereses es la expresión directa de los elevados ideales del trabajo en común y la fraternidad…

 

Hoy más que nunca enarbolemos la bandera de la verdad y afinicémonos con los mandamientos espíritas enseñados por el Espíritu de Verdad: “Espiritas amaos e instruíos”.


viernes, 24 de febrero de 2023

REENCARNACIONES IMPUESTAS (COMPULSORIAS)

 


Por: Oscar Cervantes Velásquez

Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís

Santa Marta - Colombia

Conforme lo define el diccionario de la RAE, reencarnar “es volver a encarnar, en referencia a seres o espíritus que vuelven a tomar forma corpórea[1]”. Esta forma corpórea nada tiene en común con las encarnaciones anteriores y el objetivo de esta es “la expiación y mejoramiento progresivo de la Humanidad”, acorde a lo enseñado por los Espíritus a Allan Kardec[2].

Teniendo claro el concepto de reencarnación y sus objetivos, pretendemos analizar la situación de muchos espíritus que, debido a su notorio atraso espiritual, son compelidos a reencarnaciones impuestas por sus guías espirituales con el fin de que se cumpla en ellos la ley del progreso. Este tipo de reencarnación va dirigida esencialmente a aquellos Espíritus que por su grado de elevación moral-espiritual, se apegan a la materia, pretendiendo ignorar la importancia del sentido espiritual de su existencia.

Ante la notoria incapacidad para programar con sus mentores espirituales una nueva oportunidad reencarnatoria, haciendo uso de su libre albedrío, son sus guías quienes deciden los detalles pertinentes a su nuevo renacimiento. En El Libro de los Espíritus, pregunta 231, la espiritualidad nos esclarece que: “a los Espíritus errantes no siempre le es permitido reencarnarse como sería de su agrado, lo que entonces constituye un castigo”. 

Podríamos ejemplificar en este caso, la reencarnación impuesta a Laerte, el papá de André Luiz, de acuerdo con la información aportada por él, a través de la mediumnidad de Chico Xavier, en la obra “Nuestro Hogar”. Su madre, que era un Espíritu más evolucionado, planeaba reencarnar y casarse nuevamente con el padre de André Luiz, quien se encontraba en las regiones inferiores del umbral sufriendo por los desatinos causados en su existencia, entre ellos, las dos amantes con las que le había sido infiel a su esposa, las cuales lo mantenían en esas fajas vibratorias ligados fluídicamente, en una condición mental deplorable. Nos remitimos al dialogo sostenido entre madre e hijo en la obra en mención, para comprender la situación del progenitor:

Volveré nuevamente al mundo, dentro de pocos días, donde me encontraré con Laerte para la realización de los servicios que el Padre nos confiara.

     Pero –indagué– ¿cómo se encontrará él con usted? ¿En Espíritu?

–No –dijo mi madre con significativa expresión fisonómica–. Con la colaboración de algunos amigos lo situé en la Tierra la semana pasada, preparando su reencarnación inmediata, sin que él identificase nuestro auxilio directo. Quiso huir de las mujeres que todavía lo subyugan, tal vez con razón, y aprovechamos esa disposición para someterlo a la nueva situación carnal.

–Pero ¿es eso posible? ¿Y la libertad individual?

Mi madre sonrió, algo triste, y respondió:

–Hay reencarnaciones que tienen carácter drástico. Aunque el enfermo no se sienta valeroso, hay amigos que lo ayudan a tomar el remedio santo, aunque sea muy amargo. Con relación a la libertad ilimitada, el alma puede invocar ese derecho solamente cuando comprenda el deber y lo practique. Por lo demás, es indispensable reconocer que el deudor es esclavo del compromiso asumido. Dios creó el libre albedrío y nosotros creamos la fatalidad. Por tanto, es necesario quebrantar las cadenas que hemos fundido para nosotros mismos.

Para discernir de mejor manera lo anteriormente expuesto, recurrimos a la respuesta dada por la espiritualidad a la pregunta 262ª de El Libro de los Espíritus, donde aseguran que se “puede, sin embargo, imponer una existencia al Espíritu, cuando éste, por su inferioridad o mala voluntad, no es apto para comprender lo que podría serle más saludable y cuando ve que esa existencia además de servirle de expiación contribuye a su purificación y adelanto”.

En cuanto a la situación de las dos amantes de Laerte, nos aseguran desde la espiritualidad en la obra traída a colación, que igualmente serán obligadas a una reencarnación de tipo impositiva, porque “para ellas, no hay posibilidades de programar una nueva reencarnación, y, por sugerencia y deseos de ayudarlas en su progreso evolutivo a través de la Ley de Amor, la madre de André Luiz solicita traerlas como hijas”.

Comprendemos de esta manera, la importancia de la familia en el proceso reencarnatorio, pues en ella, podemos ayudar a aquellos que necesitan salir avante de los errores morales ocasionados a su prójimo y así poder enmendar todo daño causado a sus semejantes por la insania de sus actos. Es la oportunidad, igualmente, del perfeccionamiento de sus malas tendencias y de recuperar las oportunidades dilapidadas en sus existencias pasadas, siempre y cuando acepten con humildad, las expresiones del amor que les son ofrecidas.

A fin de entender con más detalle la situación particular que viven quienes son sometidos a este tipo de encarnación, volvemos a la obra madre de la Doctrina Espírita, El Libro de los Espíritus, pregunta 337, donde Kardec inquiere a los Espíritus acerca de la siguiente cuestión:

-      ¿La unión del Espíritu con determinado cuerpo puede ser impuesta por Dios?

-      “Sobre todo, cuando el Espíritu no está aún apto para hacer una elección con conocimiento de causa. Como expiación, el Espíritu puede ser obligado a unirse al cuerpo de cierto niño que, por su nacimiento y la posición que ocupará en el mundo, podría llegar a ser un instrumento de castigo para él”.

Espíritus en esta condición, reciben, acorde a sus necesidades, probaciones que los ayuden en su adelantamiento moral; de esta manera, los vemos resurgir con limitaciones mentales o físicas, o en familias con grandes dificultades a nivel socioeconómico, todo ello con la finalidad de ayudarles en su proceso evolutivo. En pocas palabras, no existe una receta en particular para este tipo de Espíritus y si múltiples oportunidades para que se opere en ellos la reforma íntima.

Queremos finalizar este escrito con una observación hecha por el codificador en la Revista Espírita, en relación con una de las muchas comunicaciones recibidas en su grupo de estudios mediumnicos, haciendo alusión al tema propuesto acerca de las reencarnaciones impuestas:

Observación. – He aquí un Espíritu que, por su liviandad y poco adelantamiento, no sospecha de la reencarnación. Cuando le llegue el momento de retomar una nueva existencia, ¿qué elección podrá hacer? Evidentemente una elección de acuerdo con su carácter y sus hábitos, para gozar y no para expiar, hasta que su Espíritu esté lo suficientemente desarrollado para comprender las consecuencias. Es la historia del chico inexperto, que se lanza atolondrado a todas las aventuras y que adquiere experiencia a su costa. Recordemos que, para los espíritus atrasados, incapaces de elegir con pleno conocimiento de causa, existen encarnaciones impuestas”[3].



[1] https://dle.rae.es/reencarnar

[2] Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, p. 167.Ediciones Mensaje Fraternal.

[3] Allan Kardec, Revista Espírita, año V, noviembre de 1862.


martes, 21 de febrero de 2023

ESTADÍSTICA DE LOS SUICIDIOS

 


Revista Espírita –Periódico de Estudios Psicológicos,

5.o año, n.o 7, julio de 1.862

 

Se lee en el Siècle del ... de mayo de 1.862: «En la Comédie sociale au dix-neuvième siècle, el nuevo libro que el señor B. Gastineau acaba de publicar con la editorial Dentu, encontramos esta curiosa estadística de los suicidios:» Se ha calculado que, desde el inicio del siglo, el número de los suicidios en Francia no se eleva a menos de 300 000; y esa estimación tal vez no alcance la verdad, pues la estadística sólo proporciona resultados completos a partir del año 1.836. De 1.836 a 1.852, es decir, en un período de diecisiete años, hubo 52.126 suicidios, un promedio de 3.066 al año. En 1.858, se contaron 3.903 suicidios, de los cuales 853 fueron de mujeres y 3.050 de hombres; en fin, siguiendo la última estadística que vimos en el curso del año 1.859, 3.899 personas se suicidaron, a saber 3057 hombres y 842 mujeres.

» Al constatar que el número de suicidios aumenta cada año, el señor Gastineau deplora, en términos elocuentes, la triste monomanías que parece haberse apoderado de la especie humana».

He aquí una oración fúnebre realizada muy rápidamente sobre los infelices suicidas. La cuestión nos parece, sin embargo, suficientemente grave como para merecer un examen serio. Tal como están las cosas, el suicidio ya no es un hecho aislado y accidental; con toda razón, puede ser considerado como un mal social, una verdadera calamidad. Ahora bien, un mal que se lleva regularmente de 3.000 a 4000 personas al año sólo en un país y que sigue una progresión creciente no se debe a una causa fortuita; hay necesariamente una raíz, de la misma manera que cuando se ve a un gran número de personas que mueren de la misma enfermedad; esto debe llamar la atención de la ciencia y despertar la preocupación de la autoridad. En semejante caso, las personas se limitan a constatar, en general, el tipo de muerte y el modo empleado para causársela, mientras que ignoran el elemento esencial, el único que puede ayudar a encontrar el remedio: el motivo determinante de cada suicidio; se llegaría a constatar así la causa predominante; pero, a menos que haya circunstancias bien caracterizadas, se considera más simple y más expeditivo sobrecargar a la categoría de los monomaníacos y de los maníacos.

Indudablemente, hay suicidios por monomanía, cometidos fuera del imperio de la razón, como aquellos, por ejemplo, que ocurren en la locura, en el delirio, en la embriaguez; aquí la causa es puramente fisiológica. Pero, al lado de eso, se encuentra la categoría, mucho más numerosa, de los suicidios voluntarios, cometidos con premeditación y con pleno conocimiento de causa. Ciertas personas piensan que el suicida jamás está completamente en su buen juicio; es un error, con el que estuvimos de acuerdo en otro tiempo, pero que ha caído ante una observación más atenta. Es bastante racional, de hecho, pensar que, al estar el instinto de conservación en la naturaleza, la destrucción voluntaria debe ser algo que está en contra de la naturaleza y que tal es el motivo por el cual se ve frecuentemente ese instinto prevalecer, en el último momento, sobre la voluntad de morir; de donde se ha concluido que, para cometer ese acto, es necesario que ya se haya perdido toda la razón. Sin duda, hay muchos suicidas que son dominados, en ese instante, por una especie de vértigo y sucumben a un primer momento de exaltación; si el instinto de conservación prevalece al final, son como las personas que salen de la embriaguez y vuelven a apegarse a la vida. Pero es muy evidente también que muchos se matan a sangre fría y con previa reflexión. La prueba de eso está en las precauciones calculadas que toman, en el orden que ponen en sus negocios de manera razonada, lo que no es una característica de la locura.

Haremos observar, de paso, un rasgo característico del suicidio: es que los actos de esa naturaleza cometidos en los lugares completamente aislados y deshabitados son excesivamente raros. El hombre perdido en los desiertos o sobre el océano morirá de privaciones, pero no se suicidará, incluso cuando no espere ningún socorro. Aquel que quiere quitarse voluntariamente la vida aprovecha bien el momento en el que está solo para no ser detenido en su propósito, pero lo hace de preferencia en los centros populosos, donde su cuerpo tiene, por lo menos, alguna posibilidad de ser encontrado. Uno se lanzará de lo alto de un monumento en el centro de una ciudad, lo que no haría de lo alto de un acantilado, donde se perdería todo rastro de él; otro se ahorcará en el bosque de Boulogne, lo que no haría en una selva por donde nadie pasa. El suicida desea sobremanera que no se le impida suicidarse, pero quiere que se sepa, tarde o temprano, que se ha suicidado; le parece que ese recuerdo de las personas lo vincula al mundo que ha deseado abandonar, tanto es así que la idea de la nada absoluta tiene algo más espantoso que la propia muerte. He aquí un curioso ejemplo en apoyo a esa teoría.

Hacia 1815, un rico inglés vino a visitar las famosas cataratas del Rin y se fue tan entusiasmado que regresó a Inglaterra para poner en orden sus negocios, después de algunos meses volvió y se precipitó en el abismo. Es indudablemente un acto de originalidad, pero dudamos fuertemente que él se habría lanzado, del mismo modo, en el Niágara si nadie hubiera podido saberlo. Una característica singular provocó el acto; pero la idea de que se iba a hablar de él determinó la elección del lugar y el momento; así, si su cuerpo no pudiera ser encontrado, el recuerdo por lo menos no perecería.

A falta de una estadística oficial que dé la exacta proporción de los diferentes motivos de suicidio, no hay duda de que los casos más numerosos son determinados por los reveses de la fortuna, las decepciones, las penas de toda naturaleza. En ese caso, el suicidio no es un acto de locura, sino de desesperación. Al lado de esos motivos que se podrían llamar serios, hay evidentemente los fútiles, sin mencionar la indefinible pérdida de gusto por la vida, en medio de los disfrutes, como aquel que acabamos de citar. Lo que es cierto es que todos aquellos que se suicidan sólo recurren a tal extremo porque, con o sin razón, no están contentos. Sin duda, no es dado a nadie remediar esa causa primera, pero lo que se debe lamentar es la facilidad con la que las personas ceden, después de algún tiempo, a ese fatal arrastre; es eso, sobre todo, lo que debe llamar la atención y lo que es, en nuestra opinión, perfectamente remediable.

Frecuentemente, uno se pregunta si hay cobardía o valor en el suicidio. Hay indudablemente cobardía en flaquear ante las pruebas de la vida; pero hay valor al afrontar los dolores y las angustias de la muerte; esos dos puntos nos parecen contener todo el problema del suicidio.

Por más punzantes que sean las opresiones de la muerte, la persona las afronta y las soporta si está incitada por el ejemplo. Es la historia del recluta que, al estar solo, retrocede ante el disparo, mientras que es estimulado al ver que los otros avanzan sin temor. Sucede lo mismo en el suicidio; la visión de aquellos que se liberan, por ese medio, de los aborrecimientos y del hastío de la vida deja dicho que ese momento ha pasado rápidamente. Aquellos a quienes el temor del sufrimiento los abría detenido se dicen que ya que tantas personas lo hacen así, se puede hacer muy bien como ellas; que vale más sufrir algunos minutos que sufrir durante años. Es en ese sentido solamente que el suicidio es contagioso; el contagio no está ni en los fluidos ni en las atracciones; está en el ejemplo que hace que se familiarice con la idea de la muerte y con el empleo de los medios para causársela. Eso es tan verdadero que cuando un suicidio ocurre de una cierta manera, no es raro ver varios del mismo tipo que sucedan en serie. La historia de la famosa garita en la que catorce militares se ahorcaron sucesivamente en poco tiempo no tenía otra causa. El medio estaba allí ante los ojos; parecía cómodo y, aunque aquellos hombres hubieran tenido pocos deseos de terminar con su vida, han aprovechado ese medio; la propia visión de la garita podía hacer nacer la idea de eso. Al ser relatado el hecho a Napoleón, él ordenó quemar la fatal garita; el medio ya no estaba más allí ante los ojos y el mal se detuvo.

La publicidad dada a los suicidios produce sobre las masas el efecto de la garita; incita, estimula, hace que uno se familiarice con la idea, hasta la provoca. Bajo ese aspecto, consideramos los relatos de ese tipo, que los periódicos menudean, como una de las causas incitantes del suicidio: dan el valor para la muerte. Sucede lo mismo con los relatos de crímenes, por medio de los cuales se pica la curiosidad pública; producen, por ejemplo, un verdadero contagio moral; jamás han frenado a un criminal, más bien, al contrario, han desarrollado a más de uno.

Examinemos, ahora, el suicidio desde otro punto de vista. Decimos que, cualesquiera que sean los motivos particulares, tiene siempre por causa un descontento. Ahora bien, aquel que está seguro de sentirse infeliz solamente por un día y de sentirse mejor los días siguientes adquiere paciencia fácilmente; solamente se desespera si no ve término a sus sufrimientos. ¿Qué es, pues, la vida humana con relación a la eternidad sino menos que un día? Pero para aquel que no cree en la eternidad, que cree que todo en él se acaba con la vida, si es colmado por penas e infortunios, sólo ve un final en la muerte; al no esperar nada, considera completamente natural, incluso muy lógico, abreviar sus sufrimientos por medio del suicidio.

La incredulidad, la simple duda sobre el porvenir, las ideas materialistas, en suma, son los más grandes estímulos para el suicidio: proporcionan la cobardía moral. Y cuando se ve a hombres de ciencia que se apoyan en la autoridad de su saber para esforzarse en probar a sus oyentes o a sus lectores que nada tienen que esperar después de la muerte, ¿no es conducirlos a esta consecuencia de que, si son infelices, nada mejor tienen que hacer sino matarse? ¿Qué les podrían decir para disuadirlos de eso? ¿Qué compensación pueden ofrecerles? ¿Qué esperanza pueden darles? Ninguna otra cosa sino la nada; de donde se debe concluir que si la nada es el remedio heroico, la única perspectiva, vale más caer inmediatamente que más tarde y sufrir, así, por menos tiempo. La propagación de las ideas materialistas es, pues, el veneno que inocula en un gran número de personas el pensamiento del suicidio y aquellos que se hacen los apóstoles de esas ideas asumen sobre sí mismos una terrible responsabilidad.

A eso se objetará, sin duda, que no todos los suicidas son materialistas, ya que hay personas que se matan para ir más rápidamente al Cielo y otras para reunirse más temprano con aquellos que han amado. Eso es verdadero, pero es indudablemente el número más pequeño, de lo que las personas se convencerían si hubiera una estadística hecha de manera concienzuda sobre las causas íntimas de todos los suicidios. Sea lo que sea, si las personas que ceden a ese pensamiento creen en la vida futura, es evidente que se hacen de ella una idea completamente falsa y la manera en la que se la presenta, en general, no es apropiada para dar una idea más exacta. El Espiritismo no solamente viene a confirmar la teoría de la vida futura, sino también a probarla por los hechos más patentes que sea posible tener: el testimonio de aquellos mismos que están en la vida futura. El Espiritismo hace más: nos la muestra, bajo aspectos característicos tan racionales, tan lógicos, que el razonamiento viene al apoyo de la fe. Al ya no ser permitida la duda, el aspecto de la vida cambia; su importancia disminuye en razón de la certidumbre que se adquiere de un porvenir más próspero; para el creyente, la vida se prolonga indefinidamente, más allá de la tumba; de eso vienen la paciencia y la resignación, que lo disuaden de manera completamente natural del pensamiento del suicidio; de eso viene, en pocas palabras, el valor moral.

El Espiritismo tiene aún, bajo ese aspecto, otro resultado igualmente positivo y tal vez más determinante. La religión dice bien que suicidarse es un pecado mortal por el cual se es castigado; ¿pero cómo? Por llamas eternas, en las que ya no se cree. El Espiritismo nos muestra a los propios suicidas, que vienen a rendir cuentas de su posición infeliz, pero con esta diferencia: las penas varían según las circunstancias agravantes o atenuantes, lo que está más de acuerdo con la justicia de Dios; las penas, en lugar de ser uniformes, son la consecuencia natural de la causa que ha provocado la falta, y uno no se puede impedir ver en eso una soberana justicia distributiva y equitativa. Entre los suicidas, hay aquellos cuyo sufrimiento, aun siendo solamente temporal en lugar de eterno, no deja de ser terrible y hace reflexionar a quienquiera que estuviera tentado a partir de acá antes de la orden de Dios. El Espírita tiene, pues, como contrapeso al pensamiento del suicidio, varios motivos: la certidumbre de una vida futura, en la que él sabe que será tanto más feliz cuanto más infeliz y más resignado haya sido en la Tierra; la certidumbre de que, al abreviar su vida, llega exactamente a un resultado completamente diferente de aquél que esperaba alcanzar; de que se libera de un mal para caer en uno peor, más largo y más terrible; de que no volverá a ver, en el otro mundo, a las personas que reciben su afecto, con quienes desearía reunirse; de donde se deduce la consecuencia de que el suicidio es algo contra sus propios intereses. Por eso, el número de suicidios impedidos por el Espiritismo es considerable y se puede concluir que, cuando todo el mundo sea Espírita, ya no habrá suicidios voluntarios, y eso llegará más temprano de lo que se cree. Por lo tanto, al comparar los resultados de las doctrinas materialista y espírita desde el único punto de vista del suicidio, se concluye que la lógica de una doctrina conduce a él, mientras la lógica de la otra hace que uno se desvíe de él, lo que está confirmado por la experiencia.

Por ese medio, se dirá, ¿destruiréis la hipocondría, esa causa de tantos suicidios no motivados, de ese invencible hastío de la vida que nada parece justificar? Esa causa es eminentemente fisiológica, mientras que las otras son morales. Ahora bien, el Espiritismo curando solamente éstas, ya haría mucho; la primera es, propiamente hablando, de competencia de la ciencia, a la cual la podríamos dejar, diciéndole: «Curamos lo que nos incumbe, ¿por qué no curáis lo que es de vuestra competencia?» Ahora bien, no vacilaríamos en responder afirmativamente esta pregunta.

Ciertas afecciones orgánicas son mantenidas evidentemente e incluso provocadas por las disposiciones morales. El hastío de la vida es, con más frecuencia, el fruto de la saciedad. La persona que ha consumido todo, al no ver nada más allá, está en la posición del ebrio que, al haber vaciado su botella y al no encontrar nada más en ella, la rompe. Los abusos y los excesos de todo tipo conducen forzosamente a un debilitamiento y a un trastorno en las funciones vitales; de eso viene una multitud de enfermedades cuya fuente es desconocida y que se creen causas, pero que sólo son consecuencias; de eso sobreviene también un sentimiento de languidez y de desaliento. ¿Qué le falta al hipocondríaco para combatir sus ideas melancólicas? Un objetivo en la vida, un móvil en su actividad. ¿Qué objetivo puede tener si no cree en nada? El Espírita hace más que creer en el porvenir: sabe, no por los ojos de la fe, sino por los ejemplos que tiene ante sí mismo, que la vida futura, de la que no puede escapar, es feliz o infeliz, según el empleo que hace de la vida corpórea; que la felicidad allí es proporcional al bien que se ha hecho. Ahora bien, seguro de vivir después de la muerte y de vivir por mucho más tiempo que en la Tierra, le es completamente natural pensar en ser, en la vida futura, lo más feliz posible; seguro, además, de ser infeliz en la vida futura si no hace nada bueno, o incluso si, al no hacer nada malo, nada hace en absoluto, comprende la necesidad de estar ocupado, lo que mejor lo preserva de la hipocondría. Con la certidumbre del porvenir, tiene un objetivo; con la duda, no lo tiene. El aburrimiento le gana y él acaba con la vida porque nada más espera. Permítasenos una comparación un poco trivial, pero a la cual no le falta analogía con esto. Un hombre ha pasado una hora en un espectáculo; si cree que todo ha acabado, se levanta y se va; pero si sabe que falta por presentarse todavía algo mejor y más largo de lo que ha visto, se quedará, aunque sea en el peor lugar: la espera por lo mejor triunfará en él sobre la fatiga.

Las mismas causas que conducen al suicidio producen también la locura. El remedio del suicidio es también el remedio de la locura, como lo hemos demostrado en otra parte. Desafortunadamente, mientras la medicina sólo tome en cuenta el elemento material, se privará de todas las luces que la llevaría al elemento espiritual, que desempeña un papel muy activo en un gran número de afecciones.

El Espiritismo nos revela, además, la causa primera del suicidio y sólo él podía hacerlo. Las tribulaciones de la vida son a la vez expiaciones por las faltas pasadas de las existencias y pruebas para el porvenir. El propio Espíritu las elige con miras a su adelantamiento; pero puede suceder que, una vez en la práctica, considera la carga demasiado pesada y retrocede ante su cumplimiento; es entonces que recurre al suicidio, lo que lo retrasa en lugar de hacerlo avanzar. Sucede, aun, que a un Espíritu que se suicidó en una encarnación anterior, como expiación le haya sido impuesto, en su nueva existencia, tener que luchar contra la tendencia al suicidio; si sale vencedor, avanza; si sucumbe, le será necesario recomenzar una vida tal vez más penosa aún que la anterior y deberá luchar igualmente hasta que haya triunfado, pues toda recompensa en la otra vida es el fruto de una victoria, y quien dice victoria dice lucha. El Espírita extrae, por lo tanto, de la certidumbre que tiene de esa situación una fuerza de perseverancia que ninguna otra filosofía podría darle.

A. K.


viernes, 3 de febrero de 2023

PARÁBOLA DE LA OVEJA PERDIDA

 


“¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve e irá a buscar la extraviada? Y si la encuentra, os aseguro que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. De la misma manera, vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de esos pequeñuelos”.

 (Mateo, XVIII, 12-14 – Lucas, XV, 3-7).

Esta fabulosa parábola parece ser la solemne protesta de la mala interpretación que los sacerdotes han dado a la palabra de Cristo. No hace mucho, nos escribió un padre romano diciéndonos ser una estupidez negar las penas eternas del Infierno, cuando en los Evangelios encontramos, por lo menos, quince veces la confirmación de esa eternidad; y concluye que ella no es una enseñanza de la Iglesia, sino enseñanza del propio Evangelio.

Jesús preveía ciertamente que sus enseñanzas y pensamiento íntimo serían desnaturalizados por los hombres constituidos en asociaciones religiosas, y quiso, en cierta forma, dejar bien patente a los ojos de todos que Él no podía ser Representante de un Dios que, proclamando el amor y la necesidad indispensable del perdón para la remisión de los pecados, impusiese, a los hijos por Él creados, castigos indefinibles y eternos.

La parábola muestra muy claramente que las almas extraviadas no quedarán perdidas en el laberinto de las pasiones, ni en los abismos donde abundan los abrojos. Como la oveja extraviada, ellas serán buscadas, aunque sea preciso dejar de cuidar a aquellas que alcanzaron ya una altura considerable, aunque las noventa y nueve ovejas queden estacionadas en un lugar del monte, los encargados del rebaño saldrán al campo en busca de la que se perdió.

El Padre no quiere la muerte del impío; no quiere la condenación del malo, del ingrato, del injusto, sino su regeneración, su salvación, su vida y su felicidad.

Aunque sea necesario, para la regeneración del Espíritu, nacer él en la Tierra sin una mano o sin un pie, entrar en la vida manco o lisiado; aunque le sea preciso renacer en el mundo ciego, por causa de los “tropiezos”, por causa de los “escándalos”, su salvación es tan cierta como la de la oveja que se había perdido y es recordada en la parábola, porque todos esos pobres que arrastran el peso del dolor, sus guías y protectores los asisten para conducirlos al puerto seguro de la eterna bonanza.

Lector amigo: cuando os hablen los sacerdotes del Infierno eterno, preguntadles qué relación tiene la Parábola de la Oveja Perdida con ese dogma monstruoso, que desnaturaliza e inutiliza todos los atributos divinos.


Tomado del libro: "Parábolas y enseñanzas de Jesús"

Cairbar Schutel

CARTA DE ALLAN KARDEC A UN PRISIONERO

Señor: He recibido la carta que me habéis escrito, la cual lamento que mis ocupaciones no me hayan permitido responder antes. A pesar de m...