jueves, 2 de mayo de 2019

Y TÚ ¿QUÉ TAN CERCA ESTÁS DEL CIELO?

Por: Oscar Cervantes Velásquez

El cielo, ese lugar prometido a los justos después del fenómeno biológico de la muerte, se hace un lugar imposible de alcanzar para muchos de los que transitamos, como encarnados, el planeta Tierra. Mientras nos mantengamos alejados de nuestras responsabilidades morales respecto a Dios y ante nuestra propia conciencia, seguiremos sometidos a la tiranía del mal uso del libre albedrío.

Curiosa es la historia del mancebo rico, quien se acerca al Maestro de Galilea y le pregunta:


  •  · "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?"

  • ¿Por qué me llamas bueno? —respondió Jesús—. Nadie es bueno sino solo Dios. Ya sabes los mandamientos: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no presentes falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre” (Mc. 10, 17).

La respuesta dada por Jesús no tiene nada de extraño para quien relaciona el decálogo con el tipo de comportamiento esperado de los hombres con respecto a Dios y, fundamentalmente, con su prójimo. Es la enseñanza del Maestro en su más viva acepción. Esto lo corroboramos en esta otra enseñanza que nos recuerda nuestros deberes para con nuestros semejantes:

  •   “Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde el principio del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; no tenía techo, y me hospedasteis; estuve desnudo, y me vestisteis; estuve enfermo, y me visitasteis; estuve en prisión, y fuisteis a verme[1]”.

Para saber que tán cerca estamos del cielo prometido, debemos revisar nuestra actitud para con el prójimo, desde el más cercano, la familia, hasta aquel que se aleja de nuestro círculo familiar, es decir, el resto de la humanidad. ¿Será que nuestras acciones se acercan a estas enseñanzas? ¿Será que ese cielo añorado se nos escapa por el egoísmo y el orgullo, que, cual espejismo opacan nuestra sensibilidad cristiana? O quizás, ¿no hemos recibido la educación espiritual necesaria para comprender la lealtad que debemos a cada uno de los mandamientos?

Hoy comprendemos que ese cielo que nos hicieron creer, a lo largo de los siglos, no es un lugar circunscrito ni un sitio especial donde eternamente gozaremos la inefable dicha de contemplar a Dios. No. “El cielo es el espacio universal, son los planetas, las estrellas y los mundos superiores donde los Espíritus gozan de la plenitud de sus facultades, sin padecer de las tribulaciones de la vida material ni las angustias inherentes a la inferioridad[2]”.

El cielo que tanto anhelamos se encuentra más allá del mundo corporal, al cual estamos habituados, es el mundo espiritual o de las inteligencias incorpóreas, el cual preexiste y sobrevive a todo. En pocas palabras, cuando morimos, regresamos al mundo espiritual, donde nos sentiremos felices o desgraciados, según el bien o el mal que hayamos realizado. Luego, la cercanía a ese idílico cielo esperado dependerá del cumplimiento que le hayamos dado a los mandamientos ofrecidos por Dios a la humanidad.


Entonces, regresemos a la frase que da título a este post: Y tú, ¿Qué tan cerca estás del cielo?      



[1] Evangelio según el Espiritismo, cap. 15, Fuera de la caridad no hay salvación, Editora Edicei.
[2] Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, pregunta 1016, Edicei.

sábado, 27 de abril de 2019

LA CARNE ES DÉBIL


Por: Allan Kardec

Estudio fisiológico y moral.

Hay inclinaciones viciosas que son evidentemente inherentes al espíritu, porque tienen más relación con la gran parte moral que con la física. Otras más bien parecen consecuencia del organismo, y por este motivo, uno se cree menos responsable, por ejemplo: las predisposiciones a la cólera, a la indolencia, a la sensualidad, etc.

Se reconoce hoy perfectamente por los filósofos espiritualistas que los órganos cerebrales, correspondiendo a las diversas aptitudes, deben su desarrollo a la actividad de su espíritu, y que así este desarrollado es un efecto y no una causa. Un hombre no es músico porque tenga la protuberancia de la música, sino que tiene esta protuberancia porque su espíritu es músico.

Si la actividad del espíritu obra sobre el cerebro, debe obrar igualmente sobre las otras partes del organismo. De este modo, el espíritu es el artífice que arregla su propio cuerpo, por decirlo así, a fin de amoldarlo a sus necesidades y a la manifestación de sus tendencias. Sentado esto, la perfección del cuerpo de las razas adelantadas no será producto de creaciones distintas, sino resultado del trabajo del espíritu, que perfecciona su instrumento a medida que aumenta sus facultades.

Por una consecuencia natural de este principio, las disposiciones morales del espíritu deben modificar las cualidades de la sangre, darle más o menos actividad, provocar secreciones más o menos abundantes de bilis u otros fluidos. Así es, por ejemplo, que al glotón se le hace la boca agua a la vista de un bocado apetitoso. En este caso, no es el bocado el que puede sobreexcitar el órgano del gusto, puesto que no hay contacto, sino el espíritu, que obra en virtud de la sensibilidad que se le ha despertado, con la acción del pensamiento, sobre este órgano, mientras que, en otro, la vista de aquel bocado no produce ningún efecto. Por la misma razón una persona sensible derrama lágrimas fácilmente. La abundancia de las lágrimas no da la sensibilidad al espíritu, sino que la sensibilidad del espíritu provoca la secreción abundante de las lágrimas. El organismo, bajo el impulso de la sensualidad, se ha apropiado esta disposición normal del espíritu, como se ha apropiado la del espíritu del glotón.

Siguiendo este orden de ideas, se comprende que un espíritu iracundo debe propender al temperamento bilioso. De esto se deduce que un hombre no es colérico porque sea bilioso, sino que es bilioso porque es colérico. Lo mismo sucede en cuanto a las otras disposiciones instintivas. Un espíritu perezoso e indolente dejará su organismo en un estado de atonía en relación con su carácter, mientras que si es activo y enérgico, dará a su sangre y a sus nervios cualidades muy diferentes. Es tan evidente la acción del espíritu sobre la parte física que se ven a menudo producirse graves desórdenes por efecto de violentas conmociones morales. La expresión común: La emoción le ha cambiado la sangre, no está tan carente de sentido como podría creerse. ¿Pero qué ha podido cambiar la sangre, sino las disposiciones morales del espíritu?

Se puede, pues, admitir que el temperamento es, al menos en parte, determinado por la naturaleza del espíritu, que es la causa y no el efecto. Decimos en parte, porque hay casos en que lo físico influye ciertamente sobre lo moral. Esto sucede cuando un estado mórbido o anormal se determina por una causa externa accidental, independiente del espíritu, como la temperatura, el clima, los vicios hereditarios de constitución, un malestar pasajero, etc. Entonces, puede estar afectada la moral del espíritu en sus manifestaciones por el estado patológico, sin que su naturaleza intrínseca se modifique.

Excusarse de sus defectos por la debilidad de la carne no es más que un subterfugio para eludir la responsabilidad. La carne sólo es débil porque el espíritu es débil, lo cual destruye la excusa y deja al espíritu la responsabilidad de sus actos. La carne no tiene pensamiento ni voluntad. No prevalece jamás sobre el espíritu, que es el ser pensante y voluntario. El espíritu es quien da a la carne las cualidades correspondientes a sus instintos, como un artista imprime a su obra material el sello de su genio. El espíritu, emancipado de los instintos de la bestialidad, se compone un cuerpo que no es un tirano para sus aspiraciones hacia la espiritualidad de su ser. Entonces es cuando el hombre come para vivir, porque vivir es una necesidad, pero no vive para comer.

Así pues, sobre el espíritu recae la responsabilidad moral de sus propios actos. Pero la razón manifiesta que las consecuencias de esta responsabilidad deben estar en relación con el desarrollo intelectual del espíritu. Cuanto más ilustrado es, menos excusa tiene, porque con la inteligencia y el sentido moral nacen las nociones del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto.

Esta ley explica el mal resultado de la medicina en ciertos casos. Desde luego que el temperamento es un efecto y no una causa, y los esfuerzos hechos para modificarlo se hallan necesariamente paralizados por las disposiciones morales del espíritu, que opone una resistencia inconsciente y neutraliza la acción terapéutica. Dad, si es posible, ánimo al medroso, y veréis cesar los efectos fisiológicos del miedo.

Es prueba, repito, la necesidad que tiene la medicina convencional de tener en cuenta la acción del elemento espiritual sobre el organismo (Revista Espírita, marzo 1866, p. 65).

martes, 9 de abril de 2019

¿CUÁL ES LA FORMA O APARIENCIA DEL PERIESPÍRITU



Allan Kardec obtuvo de los Espíritus Superiores, en respuesta a la pregunta 95 de El Libro de los Espíritus, la siguiente revelación:

“El periespíritu asume la forma que le guste al Espíritu. De esa manera, el Espíritu puede ser reconocido por el hombre. Esto ocurre cuando es visto, a veces, en los sueños o en estado de vigilia. Otras veces en las apariciones, cuando asume una forma visible e incluso palpable”.

Ya en la pregunta 150ª, Allan Kardec obtuvo de los Espíritus Superiores la afirmación que la aparición del periespíritu en la vida espiritual es la misma de la última encarnación.

“El alma, sin el cuerpo material, ve su individualidad a través del fluido que lo envuelve y que representa la apariencia de su última encarnación: su periespíritu”.

En las preguntas 284 a 290, Allan Kardec obtuvo las siguientes revelaciones adicionales sobre el mismo tema:

“Los Espíritus constatan su individualidad por el periespíritu, que hace de ellos seres diferentes entre sí, como el cuerpo entre los hombres”.

"Los Espíritus se reconocen por la apariencia del periespíritu: el hijo reconoce a su padre y un amigo reconoce al otro. (...) Entonces, los parientes y amigos van al encuentro del alma buena que aman, la saludan como al regreso de un viaje y le ayudan a desprenderse de los lazos corporales”.

En la pregunta 321-B, Allan Kardec obtuvo de los Espíritus superiores la siguiente confirmación de la forma humana del periespíritu:

"El día de la conmemoración de los muertos, los Espíritus acuden, al llamado del pensamiento de sus familiares y amigos, bajo la forma por la cual eran conocidos en vida. Así serían reconocidos, si pudiesen hacerse visibles y ser vistos".

De esta manera, el periespíritu conserva la forma y la apariencia de la última encarnación del Espíritu. Su cuerpo fluídico o espiritual se asemeja al cuerpo material que tenía cuando se encarnó, aunque sea de naturaleza fluídica o etérea. Esto permite a los Espíritus reconocerse y restablecer en la vida espiritual, por afecto mutuo, las relaciones de simpatía y amistad que han establecieron en la vida terrena.

Prueba de eso lo encontramos en el Capítulo II: Espíritus Felices, de la Segunda Parte del libro El Cielo y el Infierno: el Espíritu del señor Jobard respondió de la siguiente forma a la pregunta que Allan Kardec le dirigió:

Kardec: ¿Cómo os veríamos si lo pudiéramos hacer?

Jobard: Me veríais con la apariencia del mismo Jobard que se sentaba a vuestra mesa.

En la Revista Espírita, Allan Kardec publicó el resultado de diversas evocaciones que hizo de varios Espíritus, a través de diferentes médiums. En ellas, los Espíritus evocados confirmaron que el periespíritu conservaba la misma forma y apariencia que tenían en la vida terrena. Como ejemplos, tenemos:

"No tengo más el cuerpo que tanto me hizo sufrir, pero tengo su apariencia (...) Ya me has visto muchas veces en tus sueños".

(Espíritu Júlia, enero de 1858, artículo: "¡Mamá, Aquí Estoy!").

“Me encuentro aquí bajo la apariencia de mi forma corpórea".

(Espíritu Georges, enero de 1858, artículo: "Una Conversación").

"Estoy aquí bajo la forma que tenía cuando vivo".

("El Tambor de Beresina", julio de 1858).

Además de eso, en el artículo "Apariciones", contenido en la Revista Espírita de diciembre de 1858, Allan Kardec registró lo siguiente:

·        El periespíritu no es obra de la imaginación, pues fueron los propios Espíritus los que lo revelaron. Su existencia puede ser constatada por los sentidos, porque pode ser visto y tocado, cuando pasa por una especie de condensación o por un cambio en la disposición molecular.

·   Separado del cuerpo material, el periespíritu tiene una forma determinada y limitada, y esta forma normal es la del cuerpo humano, aunque el Espíritu, a su voluntad, pueda darle las más variadas apariencias, por ser eminentemente plástico y flexible.

·       Los Espíritus generalmente aparecen a los hombres bajo una forma humana.

·   Los buenos Espíritus tienen ordinariamente una forma bella y regular: largos cabellos cayendo sobre las espaldas y amplias túnicas envolviendo al cuerpo. Pero si lo desean, ellos asumen exactamente todos los rasgos bajo los cuales fueron conocidos y, cuando sea necesario, la apariencia de la vestimenta.

En el artículo "Adrien, Médium Vidente", contenido en ese mismo número de la Revista Espírita, Allan Kardec mencionó que aquel extraordinario médium veía a los Espíritus bajo la forma humana, pudiendo hacer un retrato de sus características con notable semejanza. Así, gracias al periespíritu, el Espíritu es un ser real, con la forma y apariencia humana que tenía cuando encarnado.

Es bueno mencionar además que, en el artículo "Adrien, Médium Vidente, parte II", contenido en la Revista Espírita de enero de 1859, Allan Kardec reafirmó la forma humana del periespíritu con las siguientes palabras:

"La forma aparente de los Espíritus depende del periespíritu, cuya naturaleza, esencialmente flexible, se presta a todas las modificaciones que le quiera dar el Espíritu. Dejando el envoltorio material, el Espíritu lleva consigo su envoltorio etéreo, el cual constituye otra especie de cuerpo En su estado normal, tiene este cuerpo una forma humana, pero no calcado trazo a trazo sobre aquel que quedó, principalmente cuando fue dejado hace algún tiempo”.

"En los primeros instantes que siguen a la muerte y mientras existe un lazo entre las dos existencias, mayor es la similitud; ésta se apaga a medida que se opera el desprendimiento y que el Espíritu se vuelve más extraño a su último envoltorio. Sin embargo, él puede retomar siempre esa primera apariencia, tanto en cuanto a las facciones, como a la ropa, cuando juzga útil para darse a conocer; en general, sin embargo, esto requiere un gran esfuerzo de la voluntad. No es pues, de admirar que en ciertos casos la semejanza falla en algunos detalles: le bastan los rasgos principales”.

Además, en el artículo "La joven cataléptica de Suabia", contenido en la Revista Espírita de enero de 1866, Allan Kardec reafirmó de la siguiente manera la forma humana del periespíritu:

"Ella también ve a los que están muertos. Entonces, todavía queda algo. ¿Qué es lo que ella ve? No puede ser el cuerpo, que ya no existe; sin embargo, los ve con una forma humana, la que tuvieron en vida. Lo que ella ve es el alma vestida con su cuerpo fluídico o periespíritu”.

Aún, en el artículo "Fotografía del Pensamiento", publicado en la misma Revista, de junio de 1868, Allan Kardec presentó las consideraciones bajo la apariencia humana del periespíritu:

"Un espíritu se presenta a la vista de un encarnado dotado de visión psíquica, bajo la apariencia que tenía cuando vivo, en la época en que lo conocieron (...) su pensamiento reportándose a la época en que era así, el periespíritu toma instantáneamente las apariencias, que deja inmediatamente, desde que el pensamiento cesa de actuar. Si, pues, una vez fue negro y otro blanco, se presentará como negro o como blanco, conforme a las dos encarnaciones bajo la cual sea invocado, y a la cual se reportará su pensamiento”.

Con todos esos hechos espíritas, no queda la menor duda que el periespíritu conserva, en la vida espiritual, la forma y apariencia humana que tenía en la vida terrena. 


Tomado de la obra: "Periespíritu: lo que los Espíritus dijeron al respecto", de la autoría de Geziel Andrade.

Traducción al español: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta - Colombia
Abril 9 de 2019

martes, 26 de marzo de 2019

DESCRIPCIÓN DE ALLAN KARDEC SEGÚN MISS ANA BLACKWELL



Miss Ana Blackwell, traductora inglesa de las obras de Allan Kardec, le describe en los siguientes términos:

“Allan Kardec es de mediana estatura, robusto, de cabeza amplia, redonda, firme, con facciones muy marcadas y ojos grises claros; más que francés parece alemán. Es enérgico y tenaz, pero de temperamento tranquilo, precavido y realista hasta la frialdad, incrédulo por naturaleza y por educación, razonador lógico y preciso, y eminentemente práctico en ideas y acciones, estando igualmente distanciado del misticismo que del entusiasmo... Grave, remiso en el hablar, sin amaneramientos, pero con cierta tranquila dignidad resultado de la seriedad y de la independencia de criterio, que son los rasgos distintivos de su carácter; sin buscar ni evitar las discusiones, pero sin aceptar críticas sobre el asunto al cual ha consagrado toda su vida, recibe afablemente a los innumerables visitantes que acuden de todas las partes del mundo a hablar con él acerca de las ideas de las cuales es el exponente más autorizado, contestando a consultas y objeciones, resolviendo dificultades, y dando informes a todos los investigadores serios con quienes habla libre y animadamente, muestra en ocasiones un rostro radiante, placentero y genial, si bien a causa de la sobriedad natural en sus maneras, nunca se le vio reír. Entre los millares de personas que le visitan las hay de alto rango en el mundo social, literario, artístico y científico. El emperador Napoleón III, cuyo interés por los fenómenos espiritistas no es ningún misterio, le mandó llamar varias veces, sosteniendo con él largas conversaciones en las Tullerías acerca de las doctrinas que expuso en el “Libro de los Espíritus”.



Tomado del libro: "Historia del Espiritismo" de Arthur Conan Doyle.

lunes, 18 de marzo de 2019

EL COURRIER DE PARÍS PUBLICÓ UN ARTÍCULO SOBRE EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS

La Doctrina Espírita




El editor Dentu acaba de publicar un trabajo deberas notable; incluso diríamos que bastante curioso, pero hay cosas que rechazan cualquier calificación banal. El Libro de los Espíritus, del Sr. Allan Kardec, es una nueva página del gran libro del infinito, y estamos convencidos de que un rotulador marcará esta página. Sentiríamos mucho si creyeran que acabamos de hacer aquí un anuncio bibliográfico; si pudiéramos suponer que ha sido así, romperíamos nuestra pluma inmediatamente. No conocemos en absoluto al autor, pero confesamos abiertamente que nos alegraría conocerlo. Quien escribió la introducción que encabeza El Libro de los Espíritus debe tener el alma abierta a todos los nobles sentimientos.

Además, para que no se pueda sospechar de nuestra buena fe y acusarnos de tomar partido, diremos con toda sinceridad que jamás hemos hecho un estudio profundo de las cuestiones sobrenaturales. Sólo que, si los hechos que han ocurrido nos causaron admiración, al menos no nos han hecho encogernos de hombros. Somos un poco de esas personas que se llaman soñadores, porque no pensamos absolutamente como todo el mundo. A veinte leguas de París, por la noche bajo los grandes árboles, cuando no teníamos a nuestro alrededor más que unas cabañas diseminadas, pensábamos naturalmente en cualquier cosa, menos en la Bolsa, en el asfalto de los bulevares o en las carreras de caballo de Longchamp. Muy a menudo nos preguntamos, y esto mucho tiempo antes de haber oído hablar de médiums, lo que habría de pasar en lo que se convino en llamar el Más Allá. En el pasado llegamos incluso a esbozar una teoría sobre los mundos invisibles, guardándola cuidadosamente para nosotros, y nos sentimos muy felices de reencontrarla casi por entero en el libro del Sr. Allan Kardec.

A todos los desheredados de la Tierra, a todos los que caminan y caen, regando con sus lágrimas el polvo del camino, diremos: Leed El Libro de los Espíritus, eso os hará más fuertes. También a los felices, a los que por los caminos sólo encuentran los aplausos de la multitud o las sonrisas de la fortuna, diremos: Estudiadlo, él os hará mejores.

El cuerpo de la obra, dice el Sr. Allan Kardec, debe ser reivindicado enteramente a los Espíritus que lo dictaron. Está admirablemente clasificado por preguntas y respuestas. Algunas veces, estas últimas son sublimes, y esto no nos sorprende; pero, ¿no era necesario un gran mérito a quien supo obtenerlas?

Retamos a los más incrédulos a que se rían cuando lean este libro en silencio y en la soledad. Todos honrarán al hombre que ha escrito su prefacio.

La doctrina se resume en dos palabras: No hagas a los demás lo que no quisierais que os hagan. Lamentamos que el Sr. Allan Kardec no haya añadido: y hacer a los demás lo que quisierais que os hiciesen. El libro, por cierto, lo dice claramente y la doctrina, sin él, no estaría completa. No basta con no hacer el mal; también debemos hacer el bien. Si eres sólo un hombre de bondad, habrás cumplido sólo la mitad de tu deber. Eres un átomo imperceptible de esta gran máquina llamada el mundo, donde nada debe ser inútil. Sobre todo, no nos digas que podemos ser útiles sin hacer el bien; nos veríamos obligados a replicarte en un volumen.

Leyendo las admirables respuestas de los Espíritus en la obra del Sr. Kardec, nos dijimos que habría un hermoso libro para escribir. Pronto nos dimos cuenta de que habíamos cometido un error: el libro ya está escrito. Sólo lo estropearíamos si tratáramos de completarlo.

¿Sois hombre de estudio y poseéis la buena fe, que no pide sino ser instruido? Leed el Libro Primero sobre la Doctrina Espírita.

¿Estáis colocado en la clase de personas que sólo se ocupan consigo mismos y que, como se dice, hacen sus pequeños negocios muy tranquilamente, no viendo más allá de sus propios intereses? Leed las Leyes Morales.

¿La desgracia os persigue con furor, y la duda os envuelve, a veces, con su brazo helado? Estudia el Libro Tercero: Esperanzas y Consuelos.

Vosotros que abrigáis pensamientos nobles en el corazón y que creéis en el bien, leed el libro de principio a fin

Si alguien en él encontrase materia para la burla, lo lamentaríamos sinceramente.


G. du Chalard

Revista Espírita - enero de 1858


Traducción: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta - Colombia

viernes, 15 de marzo de 2019

SAÚL Y EL ESPÍRITU DE SAMUEL


Imagen tomada de la Web www.mutualart.com/Artwork

La Biblia dice poco sobre el tema de los fantasmas. La actitud de los antiguos hebreos hacia los fantasmas parece haber sido más de sospecha que de escepticismo.

Cualquiera que tuviera tratos con fantasmas o espíritus estaba de alguna forma, realizando un acto antinatural o en contra de Dios, por el cual corría el riesgo de sufrir.

El más conocido "relato de fantasmas" en la Biblia relata sólo un caso como esos y revela mucha información sobre la actitud de los hebreos hacia los fantasmas y las personas que se comunicaban con ellos.

Enfrentándose a una crisis militar, el Rey Saúl pensaba que Dios lo había olvidado y le negaba el acceso a las profecías. "Y cuando Saúl preguntaba al Señor, el Señor no le contestaba, ni por medio de sueños ... ni por los profetas". Por eso Saúl decidió tratar de obtener sus profecías por otro medio, recurriendo a la necromancia, preguntando a los muertos sobre el futuro. Por tradición se suponía que los muertos podían prever los sucesos, pero para los hebreos la necromancia era una práctica maldita.

Sin embargo, parece que Saúl no tuvo problema para encontrar a alguien con habilidad en la práctica. Se trataba de una anciana de Endor, con frecuencia mencionada como la Bruja de Endor. El rey deseaba que la anciana invocara al espíritu del profeta Samuel. La mujer estaba muy preocupada porque el Rey Saúl con anterioridad había prohibido todos los intentos de comunicación con los muertos y otros actos de necromancia, castigándolos con la pena de muerte; pero los tiempos habían cambiado y Saúl estaba desesperado. Le aseguró a la mujer que no sería castigada. Entonces ella invocó al espíritu de Samuel, "un anciano ... cubierto con un manto".

Al piadoso profeta no le agradó ser llamado de forma tan poco respetuosa. “¿Por qué me han molestado para hacerme venir?" demandó. El Rey Saúl le explicó que el Señor ya no contestaba sus preguntas, pero pensaba que Samuel sí lo haría. Eso molestó aún más a Samuel. "¿Entonces por qué me preguntas a mí, viendo que el Señor se ha apartado de ti, y se ha convertido en vuestro enemigo?"
Samuel sí hizo una profecía, pero era inexorable y terrible. Los israelitas no sólo perderían la guerra contra los palestinos, sino que Saúl y sus hijos morirían como resultado de la batalla. Al día siguiente el Rey Saúl, por completo desmoralizado, conducía a su ejército a la derrota. Sus hijos murieron en la batalla y, al día siguiente, en su desesperación, Saúl se mató con su propia espada.

Tomado de "La Enciclopedia de los Fantasmas" - Edivisión


lunes, 25 de febrero de 2019

LOS SUEÑOS: MENSAJES DEL SUBCONSCIENTE PARA LIBERAR EL CONSCIENTE

Imagen tomada de la Web: https://refugiodelalma.com/tus-suenos-se-repiten-esto-es-lo-que-tu-subconsciente-quiere-comunicarte.html

Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta - Colombia
Febrero 25 de 2019

El dormir en el ser humano es un estado en el cual se presenta un cese de las actividades físico-motoras y sensoriales; se presenta además, un desprendimiento del Espíritu encarnado, fenómeno este denominado emancipación del alma, el cual representa un invaluable reconstituyente para el soma orgánico. En el mismo, hay un desplazamiento del cuerpo físico con debilitamiento de los lazos que lo unen al Espíritu, permitiéndole actuar con mayor libertad. De esta manera, el Espíritu recorre el espacio y entra en relación más directa con los otros Espíritus[1]. El sueño es el recuerdo de los hechos y acontecimientos ocurridos mientras dormimos.  

Estudiosos aseguran que dormimos más de un tercio de nuestras vidas, siendo  la actividad onírica, una experiencia de enriquecimiento espiritual. Para la Doctrina Espírita mientras el hombre duerme, el Espíritu jamás está inactivo y muchas veces tiene el recuerdo del pasado y a veces la predicción del futuro.

Entre los antiguos y particularmente entre los hebreos, la interpretación de los sueños tomaba la connotación de presagios, revelación de verdades ocultas y algunas veces como exhortaciones o avisos de parte de Dios. Es ya famosa la interpretación que hizo José al faraón de Egipto, el cual quedó intrigado y sin respuesta correcta por parte de los sabios, adivinos y magos que tenía a su disposición. En el sueño el faraón observa que, “en el primer sueño, el rey ve salir del río Nilo siete vacas gordas y sanas seguidas por siete vacas flacas y enfermas. Entonces, las vacas flacas se tragan a las gordas. En el segundo sueño ve siete espigas grandes y cargadas de grano, tras lo cual ve siete espigas delgadas y marchitas que se tragan a las primeras[2]”. El desenlace de esta historia es bien conocida por el mundo cristiano.

No podemos tratar el tema de los sueños sin mencionar al médico neurólogo Sigmund Freud, reconocido como padre del psicoanálisis. Freud “planteaba que los sueños son una expresión alucinatoria de deseos no reconocidos y por consecuencia, una vía privilegiada de acceso al inconsciente. De esta forma, los sueños servirían para comunicar todo aquello que la mente consciente no puede aceptar. Aquellos deseos inconscientes que no se quieren reconocer, se expresarían en forma simbólica a través de los sueños”.

“Para Sigmund Freud la infancia es un periodo clave de nuestra vida psíquica, hasta el punto que de adultos la mayoría de los sueños se relacionan con los deseos, traumas y recuerdos de la infancia.  Los sueños serían un recordatorio constante de aquello que la consciencia ha reprimido y que nos negamos a aceptar. En definitiva, el sueño es una herramienta psíquica para conseguir franquear la barrera que hay entre el inconsciente, la memoria profunda y el consciente[3]”.

Es imposible desconocer o desligar la información recibida a través de la actividad onírica del subconsciente. Gustavo Geley en su obra “Del Inconsciente al Consciente”, afirma que, “con los trabajos contemporáneos, el psiquismo subconsciente aparece cada vez más complejo y variado. Su papel resalta nítida y preponderante en todos los dominios de la vida intelectual y afectiva”.

Y continúa, “la tesis bien conocida del Dr. Chabaneix, “el subconsciente en los artistas, en los sabios y en los escritores”, da cierto número de ejemplos particularmente salientes. En realidad los ejemplos son innumerables. Se puede decir que no hay artista, no hay sabio ni escritor de algún valor, que no conozca por experiencia personal, por poco apto que sea para la auto observación, la importancia sin igual del subconsciente”.

Juana de Ángelis, la reconocida mentora espiritual de Divaldo Franco, considera al “subconsciente como parte del inconsciente, aflorando a la conciencia con sus contenidos, alterando el comportamiento humano… Es él quien se manifiesta en los sueños”[4].

De Ángelis considera que, “la complejidad de los sueños ha merecido de los especialistas en el área del psiquismo valiosas colocaciones, en continuas tentativas de interpretarlos. Originados en su mayoría, en el área del subconsciente, revelan más al respecto del ser humano de lo que se puede sospechar en un análisis apresurado. En esa faja están archivadas las memorias de los acontecimientos vividos, así como aquellos que fueron observados desde la infancia, que se liberan en los momentos del sueño y se presentan en formas variadas, inclusive, perturbadoras.

Anhelos y miedos no digeridos, acontecimientos incomprendidos y palabras consideradas como gestos agresivos, educación castradora, interrogantes sin respuesta, que se transformaron en conflictos de la personalidad, prosiguen aguardando esclarecimientos y liberación, que se representan en el área de los sueños. Los más antiguos, al ser los más preservados por la manera repetida como han sido archivados, afloran con frecuencia, produciendo estados oníricos tumultuosos, que producen pavor y se transforman con el tiempo en problemas graves en la conducta y en las relaciones interpersonales. De la misma forma, las impresiones agradables y saludables, las victorias y alegrías, las aspiraciones realizadas y los deseos satisfechos acuden, en los momentos del sueño, produciendo agradables manifestaciones en forma de sueños”.

Y reafirma Juana de Ángelis lo que los Espíritus Superiores respondieron a Allan Kardec en la pregunta 402 de El Libro de los Espíritus, del capítulo VII, Emancipación del Alma: “Sin duda en muchos casos, el Yo Superior, el Espíritu, al dislocarse del cuerpo, realiza viajes y mantiene contactos con otros, cuyas impresiones son registradas por el cerebro y se presentan benéficas, gratificantes, en el campo onírico.

Igualmente, la libido representa un papel importante en ese campo en razón de los deseos, de las frustraciones y de los impulsos sexuales contenidos, mal dirigidos o excesivamente liberados.

Tales acontecimientos son automáticos, consecuentes con muchos factores como la exaltación, el estrés, la depresión, las fobias, los deseos… Todo deseo fuertemente accionado, libera del subconsciente las cargas archivadas, que retornan al campo de la consciencia como sueños, recuerdos, memorias”[5]…

De esta manera, la multiplicidad de escenas e imágenes que enriquecen nuestra actividad onírica, deben ser tratados con idoneidad para poder ser desencriptadas y decodificadas a través de la razón y lograr identificar el mensaje del subconsciente, drenándolos a través de la conciencia y así librarnos de fobias, manías, miedos y otras actividades perturbadoras, los cuales se convierten en conflictos existenciales difíciles de desarraigar de nuestra vida.

Cuenta la historia que, Abraham Lincoln vio, en sueños, escenas de su propio velatorio, una semana antes de ser asesinado, relatándolo al amigo Ward Lamon, quien escribió el episodio en su diario. En Plutarco se puede leer la trágica historia del asesinato de Julio César y el sueño premonitorio de su mujer Calpurnia, que hizo cuanto pudo para impedir que su marido fuera al senado. También Juana de Arco predijo su propia muerte al igual que David Fabricius, astrónomo alemán, predijo que moriría el 7 de Mayo de 1617, ese día tomó todas las precauciones para evitarlo y no salió de su casa. Por fin a las diez de la noche salió a tomar el aire y un campesino le mató.

Queremos finalizar estas apreciaciones sobre el complejo tema de los sueños citando a Gabriel Delanne, quien en su obra “La Evolución Anímica”, afirma que “el mecanismo de la memoria latente demuestra que muchos hechos completamente olvidados y que parecen haber sido destruidos para siempre han dejado un rastro indeleble en el subconsciente, que es la base de nuestra Individualidad indestructible: ¡el Espíritu!”.




[1] Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, pregunta 401
[2] Genesis 41:1-8.
[3] http://despertardivino.cl/site/interpretacion-de-suenos/leccion-no1/
[4] Divaldo Franco/Juana de Ángelis, Autodescubrimiento, El subconsciente. Ediciones Juana de Ángelis, Buenos Aires, pág. 57.
[5] Juana de Ángelis/Divaldo Franco, Autodescubrimiento, cap. VII, El Ser Subconsciente, Subconsciente y sueños. Ediciones Juana de Ángelis, Buenos Aires, Argentina, 1997.


¿QUÉ DIJO EL ESPÍRITU MANOEL PHILOMENO DE MIRANDA ACERCA DEL PERIESPÍRITU?

Imagen creada con IA   Las principales revelaciones del Espíritu Manoel Philomeno de Miranda acerca del periespíritu, transmitidas mediante ...