lunes, 8 de julio de 2019

Emilie Sagée y el fenómeno de Bicorporeidad



Para Allan Kardec, el fenómeno de bicorporeidad es una variedad de las manifestaciones visuales, los cuales no se apartan del orden de los fenómenos naturales y el mismo se basa en el principio de que todo lo que se ha dicho sobre las propiedades del periespíritu después de la muerte también se aplica al periespíritu de los vivos. Aislado del cuerpo, el Espíritu de una persona viva puede aparecer del mismo modo que el Espíritu de una persona que ha muerto, y presentar todas las apariencias de la realidad. Además, por las mismas causas que ya explicamos, puede adquirir una tangibilidad momentánea. Ese fenómeno, designado con el nombre de bicorporeidad, ha dado lugar a las historias de hombres dobles, es decir, de individuos cuya presencia simultánea ha sido comprobada en dos lugares diferentes[1].

La historia de Emilie Sagée, representó, para la época del fenómeno, todo un reto en los anales de los estudios parapsicológicos o paranormales; su historia fue documentada por el autor escocés Robert Dale Owen, autor de la obra Footfalls on the Boundary of Another World (Pisadas en la Frontera de otro Mundo) en 1849.

Para Emilie Sagée, este fenómeno simbolizó una especie de maldición, pues gracias al mismo fue despedida 18 veces de las instituciones en las que laboraba como maestra de escuela. Quienes ofrecieron detalles de su personalidad consideraban que era una mujer guapa, inteligente y simpática y, de acuerdo a quienes conocían de sus capacidades, muy buena profesora.

Entre las muchas historias que se entretejieron en torno a ella, pasamos a contar la siguiente: “Pocas semanas después de su instalación en el colegio empezaron a correr sobre ella, entre sus discípulas, rumores un tanto extraños. Cuando una decía haberla visto en tal parte del colegio, otra aseguraba haberla encontrado en otra parte, en igual momento, y la conclusión siempre era la misma: “¡Pero si eso no es posible! Si acabo de encontrarme con ella en la escalera, etc., etc.

Creyóse primero en errores, pero como el hecho no cesaba de repetirse, las jóvenes lo comentaban cada vez más. Los profesores contestaban que todo aquello no tenía sentido común, y que no había que concederle la menor importancia.


Pero las cosas no tardaron en complicarse. Emilie Sagée daba un día lección a trece de aquellas jóvenes, entre las que se encontraba la señorita de Güldenstubbé. Para mejor hacerles una demostración, escribió en la pizarra el pasaje que debían explicar, y las discípulas vieron de pronto, presa de terror, dos señoritas Sagée, una junto a la otra: “Eran exactamente iguales y hacían los mismos gestos”. La sola diferencia consistía en que la verdadera señorita Sagée tenía un pedazo de tiza en la mano y escribía en realidad, mientras que su “doble” no lo tenía y se limitaba a imitar los movimientos que hacía la otra para escribir.

La sensación en todo el colegio fue enorme. Tanto más, cuanto “que todas las jóvenes, sin excepción, habían visto la segunda forma “y estaban perfectamente de acuerdo en la descripción que hacían del fenómeno”.

Pero el incidente más notable fue ciertamente el siguiente:

“Un día se encontraban todas las pensionistas, en número de 42, reunidas en una estancia y ocupadas en labores de bordado. Era una gran sala situada en la planta baja, con cuatro grandes ventanales. Las colegialas estaban todas sentadas alrededor de la mesa y podían ver cuánto sucedía en el jardín. Mientras trabajaba veían a la señorita Sagée ocupada en coger flores, no lejos de la casa. Al extremo de la mesa se sentaba una profesora, encargada de guardar el orden, ocupando un sillón de marroquín verde. En un momento determinado, esta profesora se ausentó, y el sillón quedó vacío, pero por poco tiempo, porque las jóvenes vieron de pronto, sentada en él, a la señorita Sagée. Inmediatamente dirigieron las miradas hacia el jardín, y la vieron que seguía cogiendo flores, con la sola diferencia de que sus movimientos eran más lentos y pesados, parecidos a los de una “persona abatida por el sueño” o “agotada por la fatiga”.

Dirigieron de nuevo sus ojos hacia el sillón, donde el “doble” continuaba sentado, silencioso e inmóvil. Como se encontraban habituados a estas extrañas manifestaciones, dos discípulas de las más atrevidas se aproximaron al sillón, y al tocar la aparición “creyeron encontrar una resistencia parecida a la que ofrecía un ligero tejido de muselina o crespón.

Una de ellas hasta se atrevió a colocarse delante del “sillón, y atravesar realmente una parte de la forma”, a pesar de lo cual, ésta duró todavía un poco de tiempo y después se desvaneció gradualmente. Al mismo tiempo se observó que la señorita Sagée continuaba cogiendo flores con su vivacidad natural. “Las 42 colegialas comprobaron el fenómeno de la misma manera”.

Camilo Flammarion comenta lo que ocurrió en el colegio después de aquello. Parece ser que los padres de las niñas, alarmados ante un suceso tan extraño, retiraron a sus hijas de aquel colegio para internarlas en otros donde la vida fuese más de éste mundo. De las 42 muchachas que se encontraban en el “Pensionado de Neuwelcke” en 1845, quedaron sólo 12, dieciocho meses después. La señorita Sagée, a pesar de haber demostrado buena conducta y una excelente dote para la educación, fue despedida inmediatamente por el director. La señorita Güldenstubbé, hija del barón Güldenstubbé, dijo haber escuchado a la profesora, instantes antes de ser despedida, las siguientes palabras: “¡Dios mío, con ésta son diecinueve las veces que, desde los dieciséis años, me veo obligada a abandonar mi colocación!”

“Su cuerpo astral –escribió el investigador Charles Du Pret- fue visto por todo el colegio de señoritas, mientras duró su estancia en aquella institución.

Este suceso además de la publicación hecha por Robert Dale Howen, a quien se lo había referido la baronesa Julia Güldenstubbé, luego apareció en la revista “Light” en 1883 en su página 366, y muchos investigadores psíquicos lo recogieron en sus escritos.



[1] Allan Kardec, El Libro de los Médiums, Cap. VII, Bicorporeidad y Transfiguración.

domingo, 23 de junio de 2019

¿POSEEN LAS PLANTAS PERCEPCIÓN EXTRASENSORIAL?


Toda la historia del progreso científico está llena de hombres que investigan fenómenos en cuya existencia la ciencia oficial no creía.

Margaret Mead


Cleve Backster, experto en detectores de mentiras, dedicó varios años a la investigación extensiva de las aplicaciones del reflejo psicogalvánico (RPG), que se refiere a los cambios de la respiración, presión sanguínea, pulso y propiedades eléctricas de la piel. Todos estos cambios son medidos por unos aparatos conocidos como polígrafos, llamados comúnmente “detectores de mentiras”. Cualquier cambio de humor o de estado mental de una persona se refleja en unos trazados que efectúa la máquina.

Backster adquirió celebridad por sus conocimientos en este campo, particularmente por su técnica de leer los trazados del detector de mentiras. Su método se utiliza actualmente en la Polygraph School del ejército de los Estados Unidos. Como antiguo miembro del servicio de contraespionaje y de la CIA fue requerido en 1964 para identificar ante el Congreso sobre la utilización de los detectores de mentiras por parte del gobierno. Backster dirige todavía una escuela en la que se enseñan las técnicas de detección de mentiras, pero ha organizado también la Backster Research Foundation, destinada a realizar estudios que sirven para hallar el indicio de un posible denominador común que vincule entre sí a todos los seres vivos.

En un vulgar edificio de oficinas situado a pocos pasos de las rutilantes luces de Times Square, dio comienzo lo que quizás sea una de las más insólitas revoluciones de este siglo. Porque desde allí Cleve Backster sorprendió a la comunidad científica con sus primeras y extrañas observaciones sobre la sensibilidad de las plantas. Estas observaciones junto con otros rigurosos experimentos realizados en todo el país, dieron como resultado una potencial revolución conceptual que sacudió las creencias arraigadas desde hacía mucho tiempo en los científicos de todo el mundo. ¿Era cierto que las plantas podían responder a los pensamientos de un hombre mediante telepatía? ¿Había demostrado Backster que las plantas poseían un poder psíquico?

La idea que las plantas tuvieran sentimientos y fueran capaces de comunicarse con los hombres parecía poco probable; sin embargo, intrigaba a los escépticos que todavía se reían al pensarlo y, al mismo tiempo, confortaba a los que creían en la sensibilidad de las plantas. ¿Qué sucedió en el frío invierno de 1966, que causara tal alboroto? ¿Había planeado Backster un deliberado ataque contra las viejas concepciones y creencias?

Nada de eso. Simplemente, un día, cansado del trabajo rutinario de comprobar líneas ondulantes sobre largas hojas de papel que pasaban por su polígrafo, decidió, por capricho, probar un experimento. Cleve Backster se dispuso a ver si era posible medir la velocidad con que el agua subía desde las raíces de una planta hasta sus hojas. Para hacerlo, conectó una planta al polígrafo.

Habitualmente Backster conectaba los electrodos a los dedos del sujeto, pero esta vez los colocó a ambos lados de una hoja grande y carnosa de Dracaena massangeana que tenía en su oficina.  Con la ayuda de una goma gruesa, unió firmemente los electrodos a la hoja. Tras ajustar su posición, empezó a obtener una lectura de resistencias que apareció como un trazado en el papel del polígrafo.


Cleve Backster y el espécimen de Dracaena massangeana, sobre la que realizó el experimento.


Durante casi cincuenta y seis minutos, Backster registró la respuesta de la planta. Esto no habría tenido importancia si el investigador no hubiera visto que el trazado del polígrafo se inclinaba hacia abajo desde el comienzo del experimento, lo cual era exactamente lo contrario de lo que esperaba. Además, solo un minuto después de haber empezado el original experimento, descubrió algo fascinante: el trazado que obtenía en el polígrafo duplicaba virtualmente la respuesta observada en los seres humanos al “experimentar un leve estímulo agradable”. Lo que Backster se disponía a registrar – la velocidad de ascensión del agua en una planta – perdió interés comparado con lo que ahora observaba.

¿Era la planta capaz de sentir emoción? ¿Reaccionaba con muestras de satisfacción y placer ante el hecho de recibir agua? ¿Qué sucedía exactamente?

El trazado era tan parecido al obtenido en las respuestas humanas que intrigó al curioso científico. Su atención se concentró en la exploración de la posibilidad que existiera una similitud entre determinados aspectos del trazado… y segmentos verificados de trazado específicamente indicativos de una reacción emocional en los seres humanos.

Este paso puede parecer inusitado, pero era natural en un hombre que ha trabajado durante años en el campo de la detección de mentiras. El científico sabía que cualquier amenaza al bienestar de una persona puede provocar una aguda reacción emocional. El miedo y la ansiedad causan una respuesta inmediata en los sujetos conectados a un polígrafo.

¿Poseen memoria las plantas?

La idea que las plantas tienen memoria hace poner los pelos de punta a muchos científicos. Los informes provenientes del Japón, según los cuales una planta es capaz de contar, pueden parecer cómicos, pero el experimento de Backster con sus estudiantes sugiere la posibilidad que las plantas retengan información durante un corto periodo de tiempo y reaccionen de un modo “inteligente” ante esta información. 

Su experimento era muy simple. Pidió a seis estudiantes que le ayudaran a demostrar la capacidad de las plantas para recordar sucesos pasados. Uno de ellos fue escogido al azar para matar una planta en presencia de otra en una habitación en la que no había nadie más. Ni Backster ni los otros cinco estudiantes sabían quién era el encargado de hacerlo. El estudiante elegido se introdujo a hurtadillas en la habitación que contenía las dos plantas y destruyó una de ellas. Luego Backster pidió a los estudiantes que entraran en la habitación de uno en uno.

Entre tanto había conectado la planta superviviente a un polígrafo para ver si reaccionaba ante el asesino. Cada uno de los estudiantes entró en la habitación, y aquella no mostró respuesta alguna hacia ellos. Pero cuando el culpable entró, la planta pareció enloquecer, según mostró el frenético trazado del polígrafo.

Backster pudo descubrir al estudiante culpable, el que mutiló la planta, observando la reacción de otra planta que presenció el crimen. ¿Increíble?

¿Se trataba de memoria? ¿Era telepatía? Es posible, por supuesto, que la planta respondiera ante los sentimientos del estudiante culpable, pero este dijo que no había sentido ninguna angustia ni culpabilidad por el hecho de haber destruido una planta. Es imposible saber si aquella realmente “recordó” al destructor o si reaccionó a sus emociones, pero, por fortuna, hay otros experimentos que indican la presencia de memoria en los vegetales.


Tomado de la obra: “El poder psíquico de las plantas”, de John Whitman, Ediciones Martínez Roca, 1980.

domingo, 16 de junio de 2019

PRÁCTICAS MÁGICO RELIGIOSAS EN COLOMBIA


Rogerio Velásquez


Es común oír en los pueblos el Alto y bajo Chocó que tal o cual enfermedad proviene de las influencias de un enemigo. Cuando la familia nada logra con los remedios habituales del pasado, se acude al hombre que reúne el doble atributo de curandero especializado y de brujo propiamente. Esta última condición le da capacidad de enterarse de lo que se dice en su contra y de reconstruir la vida de su paciente mediante indagaciones sigilosas. Para salvar al que sufre, el hechicero ejerce férrea disciplina no solo en la persona que piensa curar sino también sobre el conjunto que rodea al embrujado.

Por el color de la orina se sacan las alteraciones de la salud. Al agitar el líquido se presentan, en desfile casi milagroso, las toses rebeldes y las fiebres nocturnas, los desarreglos estomacales y las llagas incurables provenientes de rastro cogido y puyado con huesos de culebra; la incontinencia de orina y los peces y gusanos en la vía digestiva; las tramas de los mordidos por serpientes venenosas y los dolores de cabeza a causa de la sangre cortada; partos mal atendidos y problemas menstruales; impotencia sexual, tuberculosis, cardiasis, diarreas, tétanos, pasmos, susto, ojo, todo nada en el licor excrementicio que hace espumas que revientan con el vaivén de las sacudidas.

Conocido el mal, se entra a determinar si lo que aflige viene de Dios o de la magia. Para ello se da al quejoso tragos y fricciones de agua bendita con reliquias de santo o se coloca en la parte que duele una medalla de Santa Lucía, abogada de la peste. Un sahumerio de ramo pascual con hojas de ruda y altamisa. Incienso y mirra, reemplaza, en algunos lugares, las prácticas anteriores. Si la dolencia es un hecho natural, ocurrirá una visible mejoría, en cuyo caso se seguirá el tratamiento iniciado o aconsejado por el médico. Si el enfermo se agrava, el achaque será obra del diablo, notoria filiación de poderes extraños, en extremo peligrosos.

Los dolores acaecidos por venganza y envidia también son tratados por estos curanderos. Para conocer estos actos mágicos hay ensalmos y búsqueda del autor para conocerlo en sus capacidades y en su fuerza sugestiva. Divididos los enemigos de la víctima en grupos de a tres, se van descartando nombres y posibilidades hasta llegar al verdadero. Cuando se acierta o se ha creído acertar con el causante del desaguisado, un familiar del caído o el curandero que lo trata, va a donde el brujo y le ruega cure al que padece. Si accede, el enfermo está salvado. De lo contrario, la conjura surtirá sus efectos y el escogido perecerá devorado, además de la indisposición, por la angustia secreta de sus propios temores.

Usase asimismo la magia para hacer sufrir a las madres impidiéndoles los partos o reteniendo las placentas. Un cambio de los maderos que se consumen en el fogón de la casa donde yace la enferma; cerrar con llave la puerta del cuarto que sostiene la parturienta; cerrar un candado, pensando en que esto va a ser dañino a la alumbradora, son hechos suficientes para poner en apuros a la hembra que está en trance. Para destruir estas patrañas se rezan las oraciones a San Ramón Nonato, abogado de las que paren, o se invoca la bendición de San Francisco, que dice:

“El señor te guarde y bendiga y vuelva a ti tu rostro. El señor haga de ti misericordia y te dé paz. El señor a ti N.N. dé su santa bendición. Amén”.

El que reza hará cruces al llegar a rostro, paz y bendición. Luego se baña la imagen del santo y se da el agua a la enferma.

Si no está muy tramada, el niño saldrá de su encierro vivo o muerto, de pies o de cabeza, con todas sus tachas raciales y sus virtudes divinas.

Suponiendo que no haya quien diga o rece lo anterior, aparecerán las ceremonias. Un limón caliente pasado por las manos de los que habitan la casa, anulará el sortilegio. A medida que los circunstantes trasladan el fruto de un sitio a otro para no quemarse, el enredo se irá debilitando hasta que la mujer pueda cumplir con las obligaciones. Tragos de agua hervida con conchas de piangua hechas carbones, más paja de las cuatro esquinas de la casa, rompen también la tramoya que detiene el alumbramiento. Estos secretos los pondrán en marcha los que ofician de parteros.

En las mordeduras de culebras, el curandero hace de las suyas cuando presume pasos de enemigos. Dos zambullidas del picado en un río, con la cara vuelta hacia la desembocadura, y otra con la vista al nacimiento del mismo, más tres tragos de agua, cortan las trampas y rompen las picardías. No podía ocurrir de otra manera. Son los tres clavos de Cristo, los que se han invocado. Si la sangre asoma por los poros, se hace escupir al enfermo sobre una olla de barro seca y bien caliente o sobre un plato de loza sin usar. Si la sangre mana por el miembro viril, se obliga al enfermo a que orine sobre la llama de un tizón. Con estas operaciones se corta la hemorragia y se piensa en la curación.

Tomado de la obra: "La medicina popular en la costa colombiana del pacífico".

viernes, 7 de junio de 2019

EL TREN CONDUCIDO POR UN MUERTO

Casos Extraordinarios

Sin duda alguna, uno de los acontecimientos más extraordinarios de la historia reciente del ferrocarril es el que se produjo en Bélgica en el año 1950. Un tren de pasajeros recorrió su trayecto cotidiano sin que nadie lo condujera. Su maquinista estaba muerto.

Parece una historia increíble, sobre todo si tenemos en cuenta que los hechos ocurrieron en una época en que los trenes sólo funcionaban manualmente, ya que todavía no disponían de mecanismo electrónicos.

El maquinista enfermo

Uno de los protagonistas fue el tren de las 8:10 h, compuesto de cuatro vagones arrastrados por una máquina de vapor. Este tren efectuaba diariamente un viaje de media hora de duración (15 millas de distancia), entre la ciudad de Antwerp y Bruselas.
La locomotora que en 1950 fue protagonista de unos hechos poco claros que dejaron estupefactos tanto a la opinión pública como a los especialistas que investigaron el caso.

El maquinista titular era Gaston Meyer. Llegó a la estación a las 6:30 h de la madrugada para preparar el plan de trabajo. Era un buen profesional y un hombre sano de 30 años. Sin embargo, aquel día Meyer no se encontraba bien, había pasado una mala noche y tenía fiebre. Comentó el hecho con su compañero, el revisor Jacques Linden, de 41 años, que notó su palidez. Le aconsejó que hablara con el superintendente de operaciones para que le reemplazaran. Meyer no quiso dejar el trabajo y optó por conducir el tren.

El extraño viaje

Gaston Meyer se subió a la pequeña cabina de la locomotora a las 7:45 h de la mañana, puso en marcha el tren y lo condujo hasta la vía número 5. Allí empezaron a subir los pasajeros. Un minuto más tarde de la hora prevista el tren arrancó de la estación de Antwerp con rumbo a la capital.


El recorrido, aunque corto, era complejo. Había muchas estaciones en las que tenía que parar o aminorar la marcha. Además, tenía diversos paso a nivel y multitud de indicaciones en las que debía efectuar señales acústicas. Iba precedido de otro tren y tras él, a cuatro minutos, venía el siguiente.

El tren circulaba a la velocidad habitual cuando transcurridos cinco minutos de la salida sufrió una brusca disminución de velocidad. Uno de los pasajeros, Paul Harmel, ejecutivo de una empresa textil, recibió un fuerte golpe a consecuencia del frenazo. Fueron sólo unos segundos, nuevamente el tren aumentó su velocidad rumbo a Bruselas.

Cuando el tren llegó a Blanchefleur, primera estación del recorrido, se detuvo y subieron algunos pasajeros como cada mañana. El empleado del andén, al pasar frente a la locomotora, vio que el conductor tenía la cabeza baja, y pensó que quizás estaba observando algo del panel de instrumento. Un minuto después el tren se puso en marcha.

Durante el trayecto, Jacques Linden, el revisor, oyó que el tren pitaba normalmente en las señales correspondientes. Siguiendo el plan de ruta, el tren de las 8:10 h aminoraba la marcha en los lugares señalados y paraba en las estaciones previstas.

La locomotora sin conductor

En una zona peligrosa del recorrido se encontraba el vigilante ferroviario Maurice Tancre. Colocó una serie de señales para que el tren aminorara la marcha. Así lo hizo, el convoy transitó a poca velocidad, pero al pasar la locomotora a la altura del vigilante a éste se le heló la sangre. En la cabina del maquinista no había nadie. El tren marchaba solo. Avisó rápidamente por teléfono al próximo punto de control para advertir lo que estaba sucediendo.

Un cambio de agujas como este, condujo al tren hasta una línea muerta donde finalmente se detuvo. Este espectacular caso forma parte de los anales de la historia del ferrocarril y muchos de sus protagonistas todavía recuerdan el día que subieron al tren y rayando los límites de lo imposible hicieron su recorrido como si nada ocurriera.

En el siguiente puesto de vigilancia, otro ferroviario, M. Leblac, esperó al tren con señales de peligro. Inexplicablemente, el tren de pasó sin parar y Leblac se dio cuenta que efectivamente la locomotora iba sin conductor. El vigilante estupefacto avisó a la próxima estación, Vermeylen, la penúltima antes de llegar a la estación de Bruselas.

El jefe de estación de Vermeylen era León Vreven. Este mandó colocar señales de parada inmediata y encauzar al tren a una vía muerta. A los pocos minutos la máquina apareció. Ante la presencia de las señales redujo su marcha y se detuvo en la vía muerta. El jefe Vreren se dirigió hacia la locomotora apresuradamente. Subió, abrió la puerta, y allí se encontró el cuerpo de Gaston Meyer, caído sobre el cuadro de mandos. El conductor estaba muerto.

 El misterio del maquinista

          Tras examinar el cadáver, el forense preguntó cómo había llegado hasta ahí el cuerpo del maquinista. Naturalmente le dijeron que él mismo había conducido el tren hasta la estación. El médico, perplejo, contestó: eso es imposible, este hombre lleva muerto más de media hora. La autopsia posterior confirmó las palabras del forense.

Se abrió una investigación del caso. Lo único claro que ésta reveló fue que el 3 de septiembre de 1950 el tren de las 8:10 h hizo recorrido habitual con un maquinista cadáver.

Tomado de la obra: "Enciclopedia de la Parapsicología y Ciencias Ocultas"
Salvat Editores, 1974.

jueves, 30 de mayo de 2019

ADIVINACIÓN: EL USO DE PLANTAS PARA VER EL FUTURO

Hongo "Amanita muscaria", también conocido como matamoscas o falsa oronja.


Colón tomó tierra por primera vez en el Nuevo Mundo en la isla de San Salvador, una de las setecientas que forman las Bahamas, en el Océano Atlántico. El descubridor halló que los indios habían desbrozado terrenos para cultivar huertos, huertas de árboles y cereales. Durante su viaje entre San Salvador y Fernandina, conocida hoy como Long Island, en las Bahamas, se encontró con un hombre que iba en una canoa y que llevaba con él un poco de pan, una calabaza con agua, algunas pipas de arcilla y un manojo de hojas secas.

Estas hojas, conocidas como “cohiba”, las fumaban los lucayanos en unas insólitas pipas en forma de Y. La pipa tenía el nombre de “tabaco”. Los europeos por error, dieron el nombre a la planta de la pipa en que se fumaba. Los lucayanos usaban el tabaco como materia intoxicante en sus ceremonias destinadas a inspirar profecías[1]. El jefe local, Cacibú, fumando “cohiba” y hablando por boca del “zemi” Yocahaguana, hizo la sorprendente predicción que vendrían “unos hombres que irían vestidos, mandarían sobre ellos y los matarían, y ellos morirían de hambre”.

La religión de los lucayanos era parecida a la de los actuales indios araucanos de Sudamérica. Toda la naturaleza era deificada, incluidos los árboles, las piedras y el agua, los cuales poseían un espíritu especial llamado “zemi”. Con el fin de controlar el mundo de los espíritus, los lucayanos hacían imágenes de los “zemis” con piedra, conchas, madera y tejido. Los indios creían que el hombre provenía de las cavernas, a las que consideraban lugares sagrados. Existía la creencia que en ciertas cuevas habitaban “zemis”.

Aunque Colón descubrió un Nuevo Mundo, en sus notas sobre el “cohiba” y los espíritus naturales no hace más que confirmar la similitud cultural entre los dos mundos. En una época u otra, la mayoría de las culturas han creído en los espíritus de la naturaleza y en los poderes proféticos de las plantas.

En el mundo pagano, todo jefe o rey estaba rodeado de adivinos, magos, hechiceros, augures y astrólogos. A veces, un hombre excepcional reunía el solo todas estas facetas. Había diversas maneras de emplear las plantas para predecir el futuro. Algunos adivinos observaban el aspecto de unas nueces que se asaban en el fuego o cómo se marchitaban unas hojas de higuera. Otros descubrían un significado en los brotes de las cebollas o en el sonido de los pétalos de la rosa al golpear uno contra el otro –práctica, ésta, común en la antigua Grecia-. Otros, en fin, comían habas en los funerales porque, de este modo creían establecer un vínculo oculto entre el mundo físico y el espiritual.

El más famoso de todos los adivinos era la Pitia, u oráculo de Delfos. Al hombre moderno podría parecerle extraño que los griegos, inventores virtuales del término “racionalismo”, consultaran un oráculo durante gran parte de su historia. Los griegos creían que aquel podía, de un modo u otro, comunicarse con los dioses o alguna forma de inteligencia superior. El oráculo era siempre una mujer, quien, según se dice, comía hojas de laurel e inhalaba los humos que salían de una profunda grieta. Esto lo situaba en un estado de trance durante el cual tenía visiones y podía “responder” a todas las preguntas que se le hiciera con respecto a asuntos futuros y proféticos”.

Aunque se solía pintar histérico o medio loco, el oráculo bien pudo estar extremadamente sereno en sus deliberaciones. Fuese el que fuese su estado durante sus visiones proféticas, el oráculo se convirtió en la fuerza más poderosa de la antigua Grecia y sus zonas vecinas a orillas del Mediterráneo. El oráculo era, en muchos aspectos, la versión antigua del chamán moderno.

Los exploradores que se abrieron paso por Siberia durante los siglos XVIII y XIX, hallaron a hombres dotados de una “sabiduría supranormal”. Las tribus turanias y mongolas practicaban entonces el “chamanismo”, considerado hoy día como una combinación de magia y ciencia.

Mediante esta práctica, el hombre podía tomar contacto con fuerzas espirituales con el fin de prevenir accidentes, aliviar el dolor en las enfermedades, prever el futuro, etc. Al igual que los indios descubiertos por Colón, estas tribus creían que todos los objetos poseían un espíritu. Todas las cosas estaban vivas, con capacidad para pensar y para sentir.

El hombre se veía impotente ante su medio natural, al que solo podía controlar mediante la intervención del chamán, quién tenía contacto directo con el mundo de los espíritus. Por esta razón, el chamán era una persona muy especial y poderosa, y tenía que atravesar por el más riguroso aprendizaje antes de conseguir esta posición.

El chamán podía ser un hombre o una mujer, el sexo importaba poco. Tampoco se prestaba atención a la edad, que podía variar entre los quince y los treinta y cinco años. Las cualidades más importantes eran, al parecer, una elevada sensibilidad y un deseo irresistible de ser escogido por la tribu para ese puesto.

Ser “escogido” significaba esencialmente sufrir una serie de rigurosas pruebas físicas y mentales. Mediante el ayuno, la soledad y la meditación, el chamán trataba de alcanzar un estado en el cual poseía un completo dominio de sus cuerpos físico y “espiritual”. Una vez creía haber alcanzado ese estado, era puesto a prueba por los ancianos de la tribu. Se le podía pedir, por ejemplo, que se desnudara, se zambullera por u agujero hecho en el hielo y saliera a la superficie por otros ocho agujeros. En el caso que sobreviviera, tendría que superar otras pruebas que implicarían la comunicación directa con los espíritus.

Para conseguir el estado de excitación necesario para tomar contacto con el mundo de los espíritus, el chamán danzaba durante horas al ritmo monótono y cadencioso de los tambores. Esta danza, que seguía a periodos de meditación y ayuno, se combinaba con el uso de drogas alucinógenas y se consideraba extremadamente peligrosa. A medida que el hombre danzaba, dando frecuentes saltos y gritando obscenidades, empezaba a penetrar en un estado alterado de consciencia en el cual podía “ver” cosas de otras partes del mundo. En resumen, podía trasladarse fuera de su cuerpo físico y estar en dos lugares al mismo tiempo, y podía, también conectar con los espíritus de otro mundo para conseguir la información necesaria para responder a las preguntas formuladas por los ancianos. Además, en este estado tenía poder sobre los espíritus que normalmente lo tenían sobre él. Podía forzarles a trabajar por el bien de la tribu.

La importancia del chamán en muchas tribus siberianas, así como en algunas tribus indias de Norteamérica[2], no puede ser subestimada. Él era el médico, el maestro, el jefe guerrero, el juez y el adivino, todo a la vez. Era su conocimiento secreto de otro mundo lo que le daba este poder. Podría decirse de él que, gracias al contacto directo con espíritus naturales y poderosos, poseía una “sabiduría y un poder supernormal”.

La adivinación también se da en Sudamérica. El ritual de la Ayahuasca es un ejemplo de ello. Ayahuasca es el nombre de una vid que contiene una savia narcótica capaz de causar alucinaciones y delirios. Los indios la utilizan en rituales mágicos y religiosos. El brujo puede emplearla como medio de adivinación o darla a algún enfermo. Cuando el “paciente” empieza a adormecerse, el brujo agita rítmicamente unas hojas ante él. Se dice que el movimiento de las hojas dirige el alma al pasado, al futuro o a algún lugar distante.

Wasson, uno de los principales expertos mundiales en hongos, y coautor junto con su difunta esposa de Mushrooms, Rusia and History, ha descubierto que los hongos juegan un importante papel en el poder psíquico de los chamanes capaces de ver el futuro. Existen todavía tres grandes áreas en las que los hombres comen hongos para obtener efectos psíquicos. Son las antes mencionadas de Siberia, donde se come la Amanita muscaria; el valle de Wahgi, en Nueva Guinea, donde los nativos comen un hongo llamado “nonda”, y la montañosa región de Oaxaca, al sur de México.

De estas tres zonas, México es, con mucho, la más apasionante. Allí se encuentran los cultos misteriosos de los hongos sagrados. Estos cultos podrían haber existido desde hace muchos siglos en forma de primitivos cultos de fertilidad[3], y el hongo quizá se veía como el resultado de la “unión sexual” de dos misteriosas y poderosas fuerzas naturales: la tierra y el rayo.

Los indios creían que cuando un rayo caía sobre la tierra, los hongos crecían. Los antiguos cultos seguramente estaban reservados a una élite, que guardaba sus secretos frente a la masa de no iniciados, como era común hace siglos. Los recientes descubrimientos de piedras en forma de hongo confirman la existencia de estos cultos en época muy anterior a la conquista española.

Wasson investigó atentamente y se documentó acerca de la existencia de estos cultos, sirviéndose tanto de los relatos que han llegado hasta nosotros como de sus observaciones personales. Una de las primeras descripciones del uso de hongos se halla en un pasaje que describe la coronación del rey azteca Moctezuma en 1502.

Citando a un fraile dominico que registró el acontecimiento con gran detalle, Wasson señala que después del sacrificio ritual, que dejó las escaleras del templo bañadas en sangre, los indios se retiraron para comer ciertos hongos crudos. Estos hongos les provocaban alucinaciones; en algunos casos les inducían al suicidio y, en otros, a ver el futuro.

Aunque el fraile dominico viera al diablo en estos hongos, los nahuas, nombre colectivo para la mayoría de las tribus (aztecas incluidos) que acabarían siendo conquistadas por los españoles, no pensaban lo mismo. Estas tribus tenían un nombre especial para los hongos inductores de síntomas asociados con lo sobrenatural: les llamaban teo-nanácatl. A diferencia del fraile dominico, los indios los respetaban y les daban culto, de igual manera que daban culto al cielo, a las estrellas y a las montañas, a todos los cuales veían como fuerzas formidables del universo. Se consideraba al cielo, estrellas, montañas y hongos como dotados de un alma o llenos de significado cósmico.

Había muchas variedades de hongos capaces de provocar alucinaciones. Todos ellos se clasificaban en el grupo general de hongos sagrados a los que se denominaba, también “carne de dios” o “sangre de Cristo”. Era una creencia común entre los indios convertidos el que los hongos crecieron allí donde cayeron gotas de la sangre del Salvador.

Para los indios estos hongos representaban una fuerza poderosa que debía ser respetada y empleada con mucha prudencia, pero para los españoles que se los imaginaban como demonios capaces de influir en el hombre para aliarlo con el diablo, suponían una amenaza. ¡No es extraño que persiguieran los cultos de los hongos! Con todo, los indios continuaron con su práctica, mezclando magia y religión. En presencia de estas plantas singulares continuaban experimentando una sensación de misterio y maravilla.

Es imposible dar una descripción completa de los hongos mágicos o sagrados, porque varían según las regiones. Pueden ser rojos, dorados, tostados o de color castaño oscuro, casi negro. Todos crecen de modo silvestre en praderas, bosques, o en el borde de los caminos. A menudo se los encuentra en los excrementos de animales o cerca de estos.

Los hongos siempre se comen crudos y tienen un sabor acre y amargo que provoca náuseas en la persona que los come, pudiendo llegar a hacerle vomitar. Se dice que el resabio es particularmente desagradable, y a causa de esto los indios comían siempre miel antes de tomarlos. Hoy día, la miel es a menudo reemplazada por el chocolate.

Cuando los españoles invadieron México, hallaron estos cultos en la parte sur del país, a partir del valle de México. En aquella época, los indios se reunían por la noche para celebrar las ceremonias que, en algunos casos, pudieron consistir en una especie de orgia o culto de fertilidad. Pero la mayoría de estas reuniones eran ceremonias religiosas dirigidas por indios interesados en la utilización del hongo con propósitos adivinatorios.

Aunque negada durante años por muchos especialistas, en 1936 se descubrió la existencia de estos cultos en Huautla de Jiménez, un pueblo de Oaxaca. El informe lo comunicó Robert J. Weitlaner, y en 1938 se dio el caso de unos hombres blancos que fueron admitidos a presenciar una ceremonia.

Algunos años más tarde, Wasson fue a Huautla en busca de estos cultos, sus prácticas y sus ritos. Su objetivo último consistía en participar en una de las ceremonias. Wasson penetró en el país mazateca bajo el tórrido calor de finales de verano. Su primera parada fue en Teotitlán del Camino, una bulliciosa ciudad de mercado en la que la gente se reunía para traficar con las mercancías que acababan de traer a lomos de mulas y asnos.

Wasson y su grupo dejaron la ciudad y se adentraron en el territorio acompañados de un guía y provistos de mulas para transportar los bultos y los suministros. Después de una larga y agotadora caminata llegaron a San Bernardino, lugar colgado en la ladera de una montaña y que disfrutaba de una gran vista panorámica sobre el valle.

Wasson cuenta haber pasado por un lugar en el que estaban ahorcados unos ladrones, a lo que habían dejado colgando durante meses. Fue entonces cuando vio la pistola que llevaba el guía. Sin embargo, el viaje transcurrió sin ninguna escaramuza; fueron abriéndose paso a lo largo de los caminos de montaña[4] entre una vegetación espesa y lujuriante, pasaron por pequeños pueblos de casa con techumbre de paja, y finalmente llegaron a Huautla, donde fueron alojados en un reducido edificio. Aunque se alegraron de poder descansar, tuvieron que soportar los quejidos de una mujer gravemente enferma que yacía en un lecho junto a ellos.

El pueblo, con sus pocos centenares de habitantes, era tan pintoresco como peligroso eran sus alrededores. Las mujeres vestían, unas blusas de brillantes colores, conocidas como huipiles, y las gallinas y los pavos cloqueaban y escarbaban el sucio suelo. Aquel lugar de la montaña resultaba asombroso, y se caracterizaba por la ausencia de insectos, que abundaban en las regiones menos elevadas. Las colinas resplandecían con el verde de los árboles, y el perfume de las flores subtropicales añadía una fragancia especial al aire de las alturas.

Pero Wasson no había ido hasta allí para admirar un retiro de montaña. Lo que quería era encontrar un curandero. Las preguntas que hizo durante sus pesquisas lo acercaron un poco más a los secretos del hongo y de los cultos a él dedicados. Se enteró que los hongos eran designados por un nombre que, traducido, significaba “aquello que brota”. Un chamán, o alguien designado por este, recogía los amargos hongos por la mañana. El momento ideal para reunirse era, al parecer, durante la luna llena. La persona que recogiera los hongos debía estar “ceremonialmente” limpia, es decir, debía abstenerse de relaciones sexuales durante cinco días.

Los hongos podían ser comidos por el curandero o por un grupo de personas designadas por él. Cualquiera que los comiera debía estar tan limpio “ceremonialmente” como las persona que los había recogido. Alguien que consultara al hongo en estado de impureza corría el gran peligro de perder la vida o de volverse loco.

Wasson vio que el pasaje que leyó en las notas del fraile dominico era muy exacto, porque el hongo siempre se comía crudo y fresco. Generalmente no se limpiaba, aunque en algunos pueblos si se hacía y, en raros casos, se secaba para su uso posterior.

Había muchas personas que no deseaban “encontrarse” con el hongo y entonces pagaban al chamán para que lo hiciera en su lugar. Solo lo consultaban para cuestiones graves. El hongo, y no el chamán o curandero, era el que iba a hablarles de la ida y la muerte, de Dios, de su futuro, del bienestar de miembros distantes de su familia, de su salud, etc. El hongo hablaba a través del curandero. Por esta razón, este fue conocido en el lenguaje de los indios como “aquel que sabe”, aunque el chamán se limitaba a transmitir la información proveniente del hongo, que era quien en verdad respondía a las preguntas.

Wasson relata una consulta en la que un joven que se hallaba muy enfermo preguntó si iba a morir. El chamán, una mujer bonita y gentil, contestó que moriría. El hombre, resignado con su destino, tuvo poco más tarde un colapso y murió. Al parecer, la tona del joven había sido matada recientemente, y esto se consideraba un signo agorero. Una tona es un animal nacido al mismo tiempo que la persona. En el caso del joven, un puma había dado muerte a su tona. La interpretación del hongo fue: la muerte.

Continuando con su investigación, Wasson descubrió que los chamanes podían ser hombres o mujeres, y que sus métodos para consultar al hongo variaban de acuerdo con su tradiciones y experiencia. Los chamanes solo comían la cabeza del hongo. Antes de ingerirlo tomaban, por lo general, chocolate o algo dulce, pero otras veces no tomaban nada. El número máximo a ingerir era de veinte pares.

En ningún caso se comía un solo hongo, y la razón de esto parece ser de orden práctico. Gracias a su conocimiento de los variados efectos de la planta, el chamán podía contrarrestar el efecto de uno con el otro. Por esta razón, a menudo comía distintas clases de hongos a lo largo de la ceremonia.

En algunos casos el número de pares tenía un significado religioso o místico. Wasson observó que muchos curanderos tomaban los hongos en pares de nueve, trece y dieciocho, que, al parecer, correspondían al número de dioses (nueve) de su religión, el número de días (trece) de su semana, y al número de meses (dieciocho) de su año.

Una vez el chamán había ingerido los hongos, pedía las respuestas a las preguntas que se le habían planteado. En algunos casos cantaba, salmodiaba o murmuraba hasta que el hongo empezaba a hablar. Wasson vio que el chamán solo podía transmitir la respuesta del hongo en los dialectos indios, nunca en español. A veces, el curandero hablaba en “lenguas”, un lenguaje que no tenía significado para las personas que asistían a la ceremonia.

Ésta siempre se celebraba por la noche, de modo que fueran pocos los que se enteraran. Seguramente esta precaución era un residuo de los días de las persecuciones. Si un gallo cantaba o un perro ladraba, el hongo no hablaría, y la consulta se daba por terminada. Pero, cuando empezaba a hablar, lo hacía durante varias horas, y muchos indios creen que Jesucristo y el hongo son una sola entidad que le habla directamente a través del chamán.

Al ir adquiriendo Wasson todos estos conocimientos, le fue permitido, por fin, presenciar una complicada ceremonia en la que se le pidió que consultara al hongo. La única condición que el curandero le exigió fue que su actitud fuera de sinceridad y buena fe.

Wasson, que había estado anotando cuidadosamente las costumbres relativas al hongo, respetaba los tabúes y sentimientos de los indios. Su pregunta fue sobre su hijo. El hongo respondió diciéndole que aquel se encontraba bien, pero no en el lugar en que Wasson lo suponía.

El hongo le contó al explorador más cosas. Una persona de su familia iba a morir dentro de poco. Esta última y desalentadora noticia sorprendió al hombre, pues tenía una familia reducida y no sabía de nadie que estuviera enfermo.

Para su sorpresa, Wasson se enteró más tarde que uno de sus primos hermanos murió de modo inexplicable unos meses después de la predicción del curandero. El hombre, de poco más de cuarenta años, parecía hallarse en un perfecto estado de salud cuando murió. ¿Fue esto simple coincidencia o acaso el hongo “conocía” el futuro?

Wasson continuó su trabajo al año siguiente en el mismo México, pero en otra región. Entonces le fue permitido por primera vez, no solo asistir a una ceremonia, sino participaren ella. Su descripción lo acerca a uno a un rito que puede haber estado celebrándose desde hace cientos de años. Wasson cuenta que la ceremonia se realizó por la noche, cuando todo estaba tranquilo. Debido a su sabor repugnante comió rápidamente los hongos uno detrás de otro, dejando los rabillos en una jícara, o copa, colocada en el suelo frente al altar de la familia. Había una vela encendida.

Wasson dice que los hongos acostumbran actuar pronto, al cabo de quince a treinta minutos. Si no actúan, la costumbre es rezarle a los rabillos o encender más velas. Cuando los hongos empiezan a hacer su efecto, la persona empieza a hablar consigo mismo. En este punto es posible hacer preguntas, que el hongo responderá si uno es sincero en su demanda. Y añade: “Cuando todo va bien los hongos empiezan a hablar, y es probable que respondan, no solo a las preguntas formuladas, sino también a todas las demás”.

¡Cuán inquietante es el tono de esta frase!

¿Está vivo, todavía, el don de la profecía, gracias al poder psíquico de las plantas?


Tomado del libro: "El poder psíquico de las plantas" de John Whitman
Ediciones Martínez Roca, 1980.





[1] Los mexicanos también utilizaban, para adivinar el futuro, un tabaco conocido como “pisiete”, al cual en otro tiempo se consideraba dotado de un poder profético. Los aztecas y los toltecas eran adictos al tabaco e hicieron de él un culto porque la droga les producía un estado de serenidad.
[2] En América del Norte, los esquimales, los navajos y los Ojibwas creían intensamente en los espíritus d la naturaleza y en el poder de los chamanes.
[3] En algunas regiones de México, la palabra empleada para designar a los hongos es la misma para los genitales femeninos.
[4] Debido a la estrechez del camino, era difícil que pasaran dos caballos a la vez. Wasson refiere como el guía se comunicaba con los viajeros todavía invisibles mediante un lenguaje de silbidos, común en las zonas montañosas. Este lenguaje existe aún en la isla de La Palma, Canarias. En México, si bien los hombres podían conversar con este sistema, las mujeres tenían prohibido hacerlo, aunque lo comprendieran perfectamente.

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