sábado, 25 de mayo de 2019

AVES DE RAPIÑA



Por: J. Herculano Pires

Una de las formas de vampirismo es el que transforma a los hombres en gavilanes, peligrosas aves de rapiña que viven rodeando, hambrientos e insaciables, al rebaño humano. Fascinados por el dinero, se dejan envolver por la herrumbre de la usura, que los corroe sin cesar. Hay dos tipos bien definidos en el aviario humano: el gavilancito de vuelo corto, rastrero, de ojos vivos y estrechos, melifluo en los gestos y en el hablar, discretos y rápidos en los golpes contra los bienes del prójimo; el gavilán es atrevido, de alas puntudas y largas, que sabe parar en el aire, casi inmovilizado en su equilibro aéreo, para acechar al rebaño descuidado. Ambos forman el complot del rapiñaje y la usura. Según la ley general del vampirismo, traen en su alma, al nacer, las marcas corrosivas de la explotación a sus semejantes, de sus encarnaciones pasadas, y traen también, el cortejo de carroñeros adictos que los estimulan y se sirven de ellos para saciar el vicio de la rapiña con sus propias garras. Tal como ocurre en los vicios sexuales, poseen el instinto congénito de la avaricia y la codicia, pero también pueden contagiarse entre los avaros, logrando adquirir la rapiña, cuando solo traían tendencias hacia ese campo de la criminalidad.

Estos son los acaparadores de la riqueza perecible de los hombres. Se tornan verduscos epidérmicamente y adquieren una tonalidad metálica en la voz. Tienen, en su trato personal, la dulzura maliciosa de un párroco y se frotan las manos como si enrollasen notas para ocultarlas entre el cuenco de sus manos, que Dios nos dio para tomar el agua de las fuentes. Disponen de un olfato especial para descubrir focos de angustia y necesidad donde existen bienes que empeñar. Acechan durante meses y años a personas que luchan con sacrificio para salvar una pequeña propiedad o los últimos bienes de una familia en ruina, soltando el golpe en el momento exacto en que la víctima tiene la soga en el cuello. No la tiran porque eso no es lo que les conviene. Prefieren salvar bondadosamente a la víctima, que podrá serle útil más tarde y llevarse solo los bienes. ¡Y cuántas víctimas quedan agradecidas con Dios, que les envió la ayuda en el momento exacto de la necesidad!

Pero los gavilanes pagan caro sus placeres mórbidos. Son criaturas que sufren las angustias de su propia mezquindad. Sus lazos mentales, como ciertos grilletes policiales, se aprietan automáticamente a su alrededor cuando pretenden agrandarlos. La corrosión de la codicia les envenena la sangre y el ácido de la usura los ciega fatalmente. Pasan hacia la vida espiritual como miopes o ciegos que no consiguen ver más que las miserables fascinaciones terrenas, como si no hubiesen dejado el cuerpo carnal. Los gavilanes atrevidos cuando se encuentran frente a sus rivales, no se olvidan de las disputas terrenas y forman con ellos los bandos delirantes de vampiros del robo, robándose mutuamente y seduciendo a criaturas débiles con las fascinaciones mentirosas del pasado.

En los sistemas educativos de la Tierra se podría hacer mucho contra este flagelo, con métodos de observación y control de las tendencias y vocación de los niños. Pero, ¿cómo dar a la educación ese recurso preventivo, cuando ni los mismos Maestros espíritas, en su gran mayoría, no se sensibilizan con el ideal de la Educación Espírita? Todos los intentos para el desarrollo de esta Nueva Educación mueren a falta de interés. En la educación familiar, donde la observación de los niños debe ser permanente, nadie se acuerda de estas cuestiones y generalmente nos cae en gracia las manifestaciones ingenuas de los hijos, sin menor atención a las consecuencias futuras. En las escuelas de educación media y superior lo que se desarrolla con facilidad es la competición que prepara a los estudiantes para la disputa y las luchas en torno a prioridades y preferencias. Todo puede ser prevenido y evitado, más los adultos no tienen tiempo para ocuparse de eso. Hay un abismo entre la infancia y la adolescencia, por un lado, y los padres y maestros por el otro. Un abismo tan profundo y fatal como el que separaba al Rico y a Lázaro en la parábola evangélica. Mientras no nos convenzamos que Kardec tenía la razón que el problema de la Tierra es fundamentalmente de educación, no saldremos del círculo vicioso de una religiosidad egoísta. Si quisiéramos para nuestros hijos un mundo mejor, tenemos que mejorarlo ahora, porque son ellos quienes a van a hacer el mundo del mañana, no nosotros. Si quisiéramos librarlos del vampirismo que, en el sistema actual, tiende a aumentar en progresión geométrica, tenemos que ofrecerles por lo menos la progresión aritmética de nuevos procesos educacionales. En un encuentro de jóvenes espíritas, en la que fui invitado para pronunciar una conferencia, tratamos el problema de la Educación Espírita, una profesora espírita se mostró indignada y después se retiró, volteándonos la cara cuando nos encontramos en la salida. Nos informaron después que ella se había enfadado porque sostuve que la Educación Espírita era un absurdo. Otra joven profesora presentó una tesis al III Congreso Educacional Espírita Paulista, en contra de la propuesta del temario sobre Pedagogía Espírita, y tuvo quien la defendiera en la plenaria. Con esa mentalidad, infundada (no fundada) en la más completa ignorancia de las materias básicas de su propio oficio, el profesorado espírita solo puede hacer el papel del ciego del Evangelio que conduce a otros ciegos al barranco. Las numerosas escuelas espíritas instaladas en los últimos años en Brasil y particularmente en Sao Paulo, estarán destinadas a perecer como inútiles. Somos caminantes del desierto que rechazamos los oasis porque no creemos que en el oasis pueda existir agua.

Pero no es solo en el medio espírita que se presenta esta situación tan desastrosa. Un viejo profesor, en función de fiscalizador de la enseñanza media, al oír una conferencia del Prof. Ney Lobo, nos declaró asustado: “Solo ahora he comprendido la diferencia entre Educación y Pedagogía”. Pasó su vida enseñando lo que no conocía, pues colocó la rutina de la enseñanza y de su burocracia administrativa por encima de las cuestiones culturales. En una facultad de Derecho (espírita) el director nos dijo que no podía tratar el Espiritismo, por ser materia extracurricular. Ignoraba la existencia de importantes trabajos espíritas sobre Derecho como la tesis de Ortiz en la Universidad de la Habana, con que ese famoso discípulo de Lombroso conquistó la cátedra de Derecho Penal. No queremos que una Facultad de Derecho enseñe el Espiritismo, pero es evidente que, en la materia curricular de Derecho Penal, la Facultad Espírita tenga el deber de incluir información valiosa que se ajuste perfectamente a las exigencias universitarias, sobre todo que Ortiz consideraba, en la tesis, editada también en portugués, que el Derecho Penal Espírita estaba adelantado un siglo sobre el convencional. Las escuelas espíritas tienen el deber de aportar su contribución doctrinaria a la Cultura actual que, según reconocen los pedagogos mundiales, se encuentra en fase de cambio acelerado.

El temor de tratar asuntos culturales espíritas en las propias escuelas espíritas constituye uno de los muchos residuos del preconcepto contra el Espiritismo mantenido por la Iglesia durante siglos. Si los espíritas no luchan contra esos residuos, ellos permanecerán en nuestra cultura, con graves perjuicios para los estudiantes que se forman en nuestras escuelas. Ciertos profesores le temen a la fundación de una Universidad Espírita – absolutamente necesaria en términos de cultura – por el simple miedo de generar inquietudes en el área universitaria, afectándolos de alguna manera. Esta es una actitud de comodidad y cobardía, que atenta contra la convicción espírita y la integridad moral del profesorado espírita.

Los graves problemas del vampirismo no serán resueltos sin la valiente acción de los espíritas en todos los campos de la Cultura y la Educación. La misma Ciencia, en su desarrollo actual, ha tenido que penetrar en los problemas espíritas, particularmente en las áreas de la Física y de la Parapsicología, comprobando de manera definitiva la existencia de los fenómenos mediúmnicos y de su importancia para el conocimiento pleno y veraz del mundo en que vivimos y de la verdadera naturaleza y destino del hombre.

Sin el reconocimiento científico de la reencarnación, y por tanto sin la posibilidad de considerar al niño como un ser que trajo consigo, al nacer, un largo bagaje de experiencias y conocimientos en los archivos del inconsciente, no se puede formular un concepto precioso de educación y la forma en que él debe ser orientado. El concepto espírita del educando como un reencarnado, permite el análisis de su condición actual en el mundo humano, la comprensión lógica de sus dificultades y de los peligros que corre en esta nueva existencia. De otro lado, el mismo hecho de encontrarnos en vísperas de la Era Cósmica, de investigaciones y viajes espaciales, exige la introducción del estudio preparatorio de los fenómenos paranormales en las escuelas de todo el mundo. Una Educación para la Era Cósmica requiere la aplicación de los principios fundamentales del Espiritismo en las escuelas. La percepción extrasensorial ya fue considerada por los norteamericanos y los rusos como instrumento indispensable en los viajes siderales. Como lo comprobó Mitchel, en el Apolo 14, con sus transmisiones telepáticas de la Luna hacia la Tierra, solo a través de la telepatía son posibles las indispensables comunicaciones entre las naves espaciales a grandes distancias. La preparación de los astronautas exige la educación de las facultades paranormales de los candidatos.

Todo se encadena en el Universo, como enseña Kardec, en una secuencia que la realidad impone a nuestro conocimiento. Y cuanto más descubrimos esta realidad, más se proyecta ella en todas las dimensiones de nuestra cultura. El nacimiento de una criatura, su educación y preparación para la vida, incluyendo los problemas del vampirismo, abarcan toda la problemática de la conquista del Cosmos y de nuestra posibilidad de enfrentar y dominar la inmensidad del infinito con las facultades paranormales (mediúmnicas) que traemos latentes en nuestros espíritus y listas a ser desarrolladas. Solo las criaturas desprovistas del mínimo sentido común no percibirán que la Era Cósmica también marca el advenimiento de la Era Espírita. No son los gobiernos del mundo, sino las leyes de Dios que determinan esos progresos inevitables. Los hombres tratan esos problemas pensando en el aumento de sus poderes, pero las leyes naturales sirven al Poder de Dios.

El autovampirismo y el animismo se asemejan en las causas, en el contenido y en los efectos, siendo considerados en al ámbito espírita (particularmente entre nosotros, en el Brasil y en toda América Latina) como elementos perturbadores de la práctica espirita, pero en verdad constituyen procesos de gran valía para el estudio doctrinario como elementos de prueba de los principios fundamentales de la doctrina. Tanto en uno como en otro estamos ante procesos autofágicos, determinados por el solipsismo[1], por el ensimismamiento del ser, en su apego natural a condiciones hipnotizantes de las fases de onto-desarrollo. Por eso Jesús advirtió: “Quien quiera salvar su vida, la perderá, más quien la pierde por amor a mí, ese se salvará”.

En el autovampirismo la víctima de sí mismo se come por dentro, devora y succiona sus entrañas. Es un fenómeno típicamente endopport-sensorial, excitado por las sensaciones internas de las exigencias genéticas del cuerpo. El ritmo repetitivo de la actividad sexual sube la libido como un monstruo enfadado e insaciable, dominando todas las sensaciones y alcanzando la mente, donde la visión espiritual es perturbada y contagiada, entregándose al delirio de las imágenes alucinantes de gozos y éxtasis sensoriales. Es la propia víctima que atrae, entonces, a los vampiros que empiezan a asediarla. Se forma así el circulo vicioso que lleva a la víctima a su autodestrucción. El coraje interno, cargado de fuerzas hipnóticas, se expande y profundiza con la infestación de los elementos exógenos atraídos y mantenidos en cautiverio por la víctima. Por eso, el obsesado gadareno respondió a Jesús, que preguntaba por el nombre: “Yo me llamo legión”.

Ese terrible proceso autofágico se eternizaría en una progresión alucinante, si Jesús no lo detuviese con su autoridad espiritual. Lo importante es notar que todos los elementos de ese proceso vienen del pasado, probando trágicamente, a los ojos de los investigadores, la existencia de la reencarnación individual y en grupos, y la necesidad de los trabajos mediúmnicos de desobsesión. Sin conocer y sin aceptar (anticientíficamente) la realidad de estas situaciones, los psicólogos y psiquiatras modernos no encuentran la forma de resolver los casos que son llevados a sus clínicas y terminan apelando hacia las tentativas absurdas y criminales de revestir de una normalidad falsa y de consecuencias fatales las condiciones evidentemente anormales y patológicas de las víctimas. En las sesiones espíritas, con el ambiente mediúmnico apropiado, el círculo vicioso es sometido a la presión de las corrientes de ectoplasma emanado de los médiums (de que trató el Dr. Geley) y de los flujos de pensamiento benéficos y tranquilizantes de sus participantes. De esta manera, y con la ayuda de las entidades superiores que atienden los esfuerzos fraternos de las criaturas comprometidas en el caso, la voracidad negativa se deshace, correspondiendo a la víctima de ahí en adelante, no retroceder en su decisión de liberarse. La sabiduría popular expresa esta situación con el conocido dicho: “Ayúdate que el cielo te ayudará”.

En los casos de animismo en las manifestaciones espíritas comunes, tenemos la misma situación regresiva. El médium cayendo en trance, pierde parcial o totalmente el dominio de la mente y se sumerge en los residuos de sus experiencias pasadas. Una de las personalidades anteriores se reconstruye en su afectividad subliminal y resurge en la manifestación mediúmnica. Richet en Francia e Imoda en Italia verificaron casos de sincronía de personalidades en una misma manifestación; más recientemente algunos parapsicólogos eminentes, como Carington (Cambrigde) y Soal (Londres) verificaron la influencia de patrones de memoria proyectándose en las manifestaciones. En grupos de personas humildes e ignorantes, esas manifestaciones serían condenadas como anímicas y el médium sufriría la presión del grupo sobre él, como si estuviese cometiendo fraude.

En el caso de manifestación de personalidades anteriores totales, se trata de una catarsis total, que Freud ni siquiera soñó. Esa personalidad, formada de recuerdos subliminales, pasa a la consciencia supraliminar y se manifiesta por una razón evidente: ella pesaba en la economía psíquica del médium e influía negativamente en el comportamiento actual. En vez de ser expulsada de la sesión como figura perturbadora, debía ser tratada con la debida comprensión para ser disipada en la memoria del médium. Los casos de doble personalidad pertenecen, generalmente, a este campo de interferencias, cuando no se encuadran simplemente en la clase de manifestaciones mediúmnicas conscientes, por incorporación simple. Charcot analizó en una de sus clases, uno de estos casos, como relata Miguel Vives, pero recomendando a sus discípulos que no se adelantasen en la formulación de ninguna teoría. El maestro se confesaba en la condición de Edipo ante los enigmas de la esfinge. Hoy, en la Universidad de Moscú, el Prof. Wladimir Raikov investiga seriamente estos casos, afirmando que ellos afectan fuertemente el comportamiento de muchas personas que recurren a la Psiquiatría sin conseguir nada. La solución de todos esos misterios es uno solo: la mediúmnidad, que Kardec usó para abrir las puertas del futuro a la investigación científica sería.

De las aves de rapiña a las manifestaciones de doble personalidad, y no pocas veces los casos de esquizofrenia, las investigaciones de la Ciencia Espírita y de la Metapsíquica, y ahora las de la Parapsicología, forman toda una secuencia que no puede ser despreciada por los que pretenden realmente ayudar al avance científico. El desprecio por ese acervo riquísimo demuestra, como decía Kardec, la liviandad del espíritu humano. Descartes advirtió a los investigadores sobre dos peligros fatales; la precipitación y el prejuicio, recordando que tenemos la tendencia errónea de confundir el alma con el cuerpo. Los investigadores no lo escucharon y hoy asistimos al pandemonio de las más lamentables confusiones. Los sistemas han caído hace mucho tiempo en el campo filosófico, pero los sistemáticos pretenden aún sustentar su frágil y engañosa estructura, oponiéndose a sus pequeños sistemas de materia plática a la dura e irreductible realidad de los hechos. Necesitamos comprender que la terquedad humana siempre tiende a ceder ante el avance de los conocimientos.


Tomado del libro: "Vampirismo" de J. Herculano Pires
Traducción al español: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta - Colombia
Mayo 25 de 2019





[1] Doctrina filosófica que defiende que el sujeto pensante no puede afirmar ninguna existencia salvo la suya propia. Nota del traductor.

domingo, 19 de mayo de 2019

AUTOMATISMO DE LA ESCRITURA




    Entre las manifestaciones espiritistas, una de las más convincentes para quien las haga objeto de su estudio, es sin duda alguna la escritura mecánica, llamada también automática. Sentir el brazo agitado por movimientos de cuyo control no se es dueño; ver la propia mano escribir bajo la influencia de otra voluntad que la nuestra; escribir sin interrupción páginas enteras cuyo sentido se ignora, son hechos apropiados para hacer creer que se está bajo la influencia de una potencia extraña, con la cual indudablemente se desea entrar en más amplio conocimiento. Sin embargo, no se llega instantáneamente a ese resultado y a veces son necesarios numerosos ensayos antes de poder escribir corrientemente. He aquí una instructiva narración que refleja con fidelidad las fases por que se pasa generalmente. La debemos al Dr. Cyriax, director del “Spiritualistische Blaetter”.


Relata el autor que deseando colocarse a cubierto de toda superchería, resolvió estudiar en familia el fenómeno de las mesas giratorias. Durante veinte sesiones no obtuvo resultado alguno, circunstancia que casi lo determinó a abandonar su estudio, pero a la vigésima primera… Cedámosle la palabra:


“En esta vigésima primera sesión sentí de improviso una sensación particular, tan pronto de calor como de frío; noté seguidamente que una corriente de aire frío me pasaba sobre el rostro y las manos y luego, que mi brazo izquierdo se adormecía. Pero la impresión que ahora experimentaba era totalmente distinta de la de fatiga que había notado durante las anteriores sesiones, de la cual podía despojarme cambiando de postura, moviendo el brazo, las manos o los dedos. Ahora mi brazo se hallaba, por así decir, paralizado y mi voluntad era impotente para mover siquiera los dedos; tuve seguidamente la sensación de que alguien ponía mi brazo en movimiento y cualquiera fuera su rapidez no lograba detenerlo.


Como esos movimientos tenían analogía con los que efectuamos habitualmente para escribir, mi esposa alcanzó papel y lápiz que colocó sobre la mesa; de improviso mi mano se apoderó del lápiz y durante algunos minutos trazó signos en el aire con increíble rapidez hasta el punto que los asistentes debieron retirarse un tanto para no ser alcanzados; luego la mano se abatió bruscamente sobre el papel, golpeó violentamente y quebró la punta del lápiz. En ese instante en que mi mano se apoyaba sobre la mesa, comprendía perfectamente que mi voluntad había sido por completo ajena a los movimientos que acababa de ejecutar, lo mismo que a la presente situación de reposo; el hecho evidente era que no había podido detener mis movimientos y que tampoco podía entonces sacar el brazo de la inercia en que permanecía, como si no me perteneciera.


Colocado nuevamente el lápiz al alcance de mi mano, ésta se apoderó de él y comenzó a garabatear hojas y más hojas de papel cubriéndolas de grandes rayas y desgarraduras; luego se calmó, y ante el profundo asombro de todos nosotros comenzó a hacer ejercicios de escritura del mismo modo que los escolares: al principio fueron rayas, después palotes y luego las letras N, M, A, C. etc.; finalmente la letra O, sobre la cual se detuvo mayor tiempo hasta que la fuerza que animaba el brazo logró mover la mano en círculo, ejercicio que continuó hasta alcanzar gran rapidez. Después la fuerza se extinguió, la agitación del brazo cesó, sentí una nueva corriente de aire frío a través del cuerpo y la mano, e inmediatamente toda fatiga y dolor desaparecieron”.


Aun cuando el Dr. Cyriax residía en América en la época de sus primeros ensayos, su descripción concuerda por completo con la que hace Allan Kardec de los comienzos de la escritura mecánica. He aquí, en efecto, lo que dice el gran iniciador:


“El primer indicio de una disposición para escribir es una especie de estremecimiento en el brazo y la mano; poco a poco ésta es arrastrada por un impulso que no se puede resistir. Lo corriente es que el comienzo no trace más que rasgos; luego los caracteres aparecen de más en más definidos y la escritura finaliza por realizarse con la rapidez de la escritura corriente. En todos los casos es necesario abandonar la mano a su movimiento natural, sin resistencia ni impulso alguno.


Algunos médiums escriben corrientemente y con facilidad desde el comienzo, a veces desde la primera sesión, cosa por otra parte bastante rara; otros hacen palotes y verdaderos ejercicios caligráficos durante largo tiempo”.


Tomado de la obra: "Investigaciones sobre la mediúmnidad", de Gabriel Delanne. Editorial Constanza, Buenos Aires, Argentina, 1948.

martes, 14 de mayo de 2019

EL SECRETO DE LA JUVENTUD


EL SECRETO DE LA JUVENTUD

Autor: Hermano X



Un ángel hermoso de la Justicia, en la escala de tiempo, recibió una pequeña multitud de espíritus recién desencarnados en la tierra.


Todos eran personas maduras, alrededor de las cuales el Ministro de la Ley debería emitir un juicio rápido, como introducción a un análisis más amplio, así como un magistrado en la Tierra que, en la fase inicial de un caso, puede ordenar una acción correctiva.


Ancianos artríticos y dementes, abatidos y decrépitos, demostrando evidentes signos de angustia, se congregaban allí, manteniendo las características de la enfermedad que les habían marcado el cuerpo.


Muchos lloraban como niños asustados, otros apretaban sus corazones con la mano derecha rígida, mientras que otros se levantaban con inmensa dificultad, arrastrándose, temblorosos….


Las sensaciones de la carne los herían en lo más íntimo, deteniendo su ser, en los amargos recuerdos que traían del mundo.


Conducidos a examen, bajo la custodia de benefactores abnegados, acusaban esa o aquella diferencia para mejorar, recibiendo una hoja explicativa para el inicio de las nuevas tareas que los aguardaban en el plano espiritual.


Ahora, era un psicópata recobrando la lucidez; después, era un hemipléjico retomando el equilibrio ...


Sin embargo, las huellas de la vejez corporal perseveraron casi intactas, ciertamente, largo tiempo en la nueva vida para ser debidamente desintegradas.


En último lugar, sin embargo, se acercó al Ángel una pobre viejita, humilde y triste.


Sus cabellos plateados y las arrugas que desfiguraban su rostro denunciaban unos ochenta años de lucha física.


Sin embargo, traída a la gran balanza, ¡oh! ¡Divina sorpresa! ... De nota en nota, se hacía más joven, hasta que, bendecida por la sonrisa del Angélico evaluador, la extraña anciana se convirtió en una bella niña y muchacha, en sus veinte primaverales años.


Toda la asamblea vibró de felicidad, ante el inolvidable cuadro.


Intrigado, me acerqué a un antiguo consejero y le pregunté la razón de la inesperada metamorfosis.


El esclarecido mentor, pidió la ficha de la celestial criatura, para sacarme de mi ignorancia, y, en la hoja blanca y ligera, pude leer, admirado:


Nombre - Leocádia Silva.
Profesión - Educadora.
Existencia Terrestre - 701.280 horas.
Aplicación de las Horas:


Servicio de auto-asistencia para una justa garantía en el campo de la evolución:


1 - Juventud Laboriosa ....... 175.200 horas
2 - Magisterio digno ........... 65.700 horas
3 - Alimentación e higiene ... 43.800 horas
4 - Estudio provechoso y actividades religiosas .... 41.900 horas
5 - Descanso necesario para rehacerme ... 109.500 horas


Servicio extra, completamente gratuito, en favor del prójimo:


1 - Devoción a los necesitados ....... 85.100 horas
2 - Movimiento fraterno en misiones de ayuda ... 32.840 horas
3 - Noches de vigilia en solidaridad a los enfermos ... 33.000 horas
4 - Conversación sana en el amparo moral genuino ... 54.750 horas
5 - Diversas tareas de caridad ....... 59.490 horas


Total, horas: 701.280 horas.


- ¿Lo has entendido? - dijo el consejero, sonriendo.


Y ante mi ineludible asombro, concluyó:

- El que da de su propio tiempo, para el beneficio de los demás, no cuenta el tiempo o la edad, en el sentido del envejecimiento. Leocadia renunció a todas sus horas disponibles para ayudar a los hermanos del mundo. Sus días no pesan, por lo tanto, sobre los hombros de su alma......


Mi interlocutor partió, alegre, para felicitar a la heroína, y contemplando embelesado, el rostro radiante del Sublime Mensajero que presidió el Gran Encuentro, comprendí por qué los Ángeles del Amor Divino revelan en sí mismos, la suprema belleza de la eterna juventud.


Tomado del libro: “Cuentos de la Vida” por el Hermano X, psicografiado por Chico Xavier.
Traducción: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta, Colombia


jueves, 2 de mayo de 2019

Y TÚ ¿QUÉ TAN CERCA ESTÁS DEL CIELO?

Por: Oscar Cervantes Velásquez


El cielo, ese lugar prometido a los justos después del fenómeno biológico de la muerte, se hace un lugar imposible de alcanzar para muchos de los que transitamos, como encarnados, el planeta Tierra. Mientras nos mantengamos alejados de nuestras responsabilidades morales, respecto a Dios y ante nuestra propia conciencia, seguiremos sometidos a la tiranía del mal uso del libre albedrío.

Curiosa es la historia del mancebo rico quien se acerca al Maestro de Galilea y le pregunta:

  •    "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?"
  •       ¿Por qué me llamas bueno? —respondió Jesús—. Nadie es bueno sino solo Dios. Ya sabes los mandamientos: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no presentes falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre” (Mc. 10, 17).

La respuesta dada por Jesús no tiene nada de extraño para quien relaciona el decálogo con el tipo de comportamiento esperado de los hombres con respecto a Dios y, fundamentalmente con su prójimo. Es la enseñanza del Maestro en su más viva acepción, esto lo corroboramos en esta otra enseñanza que nos recuerda nuestros deberes para con nuestros semejantes:

  •    Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde el principio del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; no tenía techo, y me hospedasteis; estuve desnudo, y me vestisteis; estuve enfermo, y me visitasteis; estuve en prisión, y fuisteis a verme [1]”.

Para saber que tan cerca estamos del cielo prometido, debemos revisar nuestra actitud para con el prójimo, desde el más cercano, la familia, hasta aquel que se aleja de nuestro círculo familiar, es decir, el resto de la humanidad. ¿Será que nuestras acciones se acercan a estas enseñanzas? ¿Será que ese cielo añorado, se nos escapa por el egoísmo y el orgullo, que cual espejismo opaca nuestra sensibilidad cristiana? O quizás, ¿no hemos recibido la educación espiritual necesaria para comprender la lealtad que le demos a cada uno de los mandamientos?

Hoy comprendemos que ese cielo que nos hicieron creer, a lo largo de los siglos, no es un lugar circunscrito ni un sitio especial donde eternamente gozaremos la inefable dicha de contemplar a Dios, no, “el cielo es el espacio universal, son los planetas, las estrellas y los mundos superiores donde los Espíritus gozan de la plenitud de sus facultades, sin padecer de las tribulaciones de la vida material ni las angustias inherentes a la inferioridad[2]”.

El cielo que tanto anhelamos se encuentra más allá del mundo corporal, al cual estamos habituados, es el mundo espiritual o de las inteligencias incorpóreas, el cual preexiste y sobrevive a todo. En pocas palabras, cuando morimos, regresamos al mundo espiritual, donde nos sentiremos felices o desgraciados, según el bien o el mal que hayamos realizado. Luego, la cercanía a ese idílico cielo esperado, dependerá del cumplimiento que le hayamos dado a los mandamientos ofrecidos por Dios a la humanidad.

Entonces, regresemos a la frase que da título a este post: Y tú ¿Qué tan cerca estás del cielo?
      



[1] Evangelio según el Espiritismo, cap. 15, Fuera de la caridad no hay salvación, Editora Edicei.
[2] Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, pregunta 1016, Edicei.

sábado, 27 de abril de 2019

LA CARNE ES DÉBIL


Por: Allan Kardec

Estudio fisiológico y moral.

Hay inclinaciones viciosas que son evidentemente inherentes al espíritu, porque tienen más relación con la gran parte moral que con la física. Otras más bien parecen consecuencia del organismo, y por este motivo, uno se cree menos responsable, por ejemplo: las predisposiciones a la cólera, a la indolencia, a la sensualidad, etc.

Se reconoce hoy perfectamente por los filósofos espiritualistas que los órganos cerebrales, correspondiendo a las diversas aptitudes, deben su desarrollo a la actividad de su espíritu, y que así este desarrollado es un efecto y no una causa. Un hombre no es músico porque tenga la protuberancia de la música, sino que tiene esta protuberancia porque su espíritu es músico.

Si la actividad del espíritu obra sobre el cerebro, debe obrar igualmente sobre las otras partes del organismo. De este modo, el espíritu es el artífice que arregla su propio cuerpo, por decirlo así, a fin de amoldarlo a sus necesidades y a la manifestación de sus tendencias. Sentado esto, la perfección del cuerpo de las razas adelantadas no será producto de creaciones distintas, sino resultado del trabajo del espíritu, que perfecciona su instrumento a medida que aumenta sus facultades.

Por una consecuencia natural de este principio, las disposiciones morales del espíritu deben modificar las cualidades de la sangre, darle más o menos actividad, provocar secreciones más o menos abundantes de bilis u otros fluidos. Así es, por ejemplo, que al glotón se le hace la boca agua a la vista de un bocado apetitoso. En este caso, no es el bocado el que puede sobreexcitar el órgano del gusto, puesto que no hay contacto, sino el espíritu, que obra en virtud de la sensibilidad que se le ha despertado, con la acción del pensamiento, sobre este órgano, mientras que, en otro, la vista de aquel bocado no produce ningún efecto. Por la misma razón una persona sensible derrama lágrimas fácilmente. La abundancia de las lágrimas no da la sensibilidad al espíritu, sino que la sensibilidad del espíritu provoca la secreción abundante de las lágrimas. El organismo, bajo el impulso de la sensualidad, se ha apropiado esta disposición normal del espíritu, como se ha apropiado la del espíritu del glotón.

Siguiendo este orden de ideas, se comprende que un espíritu iracundo debe propender al temperamento bilioso. De esto se deduce que un hombre no es colérico porque sea bilioso, sino que es bilioso porque es colérico. Lo mismo sucede en cuanto a las otras disposiciones instintivas. Un espíritu perezoso e indolente dejará su organismo en un estado de atonía en relación con su carácter, mientras que si es activo y enérgico, dará a su sangre y a sus nervios cualidades muy diferentes. Es tan evidente la acción del espíritu sobre la parte física que se ven a menudo producirse graves desórdenes por efecto de violentas conmociones morales. La expresión común: La emoción le ha cambiado la sangre, no está tan carente de sentido como podría creerse. ¿Pero qué ha podido cambiar la sangre, sino las disposiciones morales del espíritu?

Se puede, pues, admitir que el temperamento es, al menos en parte, determinado por la naturaleza del espíritu, que es la causa y no el efecto. Decimos en parte, porque hay casos en que lo físico influye ciertamente sobre lo moral. Esto sucede cuando un estado mórbido o anormal se determina por una causa externa accidental, independiente del espíritu, como la temperatura, el clima, los vicios hereditarios de constitución, un malestar pasajero, etc. Entonces, puede estar afectada la moral del espíritu en sus manifestaciones por el estado patológico, sin que su naturaleza intrínseca se modifique.

Excusarse de sus defectos por la debilidad de la carne no es más que un subterfugio para eludir la responsabilidad. La carne sólo es débil porque el espíritu es débil, lo cual destruye la excusa y deja al espíritu la responsabilidad de sus actos. La carne no tiene pensamiento ni voluntad. No prevalece jamás sobre el espíritu, que es el ser pensante y voluntario. El espíritu es quien da a la carne las cualidades correspondientes a sus instintos, como un artista imprime a su obra material el sello de su genio. El espíritu, emancipado de los instintos de la bestialidad, se compone un cuerpo que no es un tirano para sus aspiraciones hacia la espiritualidad de su ser. Entonces es cuando el hombre come para vivir, porque vivir es una necesidad, pero no vive para comer.

Así pues, sobre el espíritu recae la responsabilidad moral de sus propios actos. Pero la razón manifiesta que las consecuencias de esta responsabilidad deben estar en relación con el desarrollo intelectual del espíritu. Cuanto más ilustrado es, menos excusa tiene, porque con la inteligencia y el sentido moral nacen las nociones del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto.

Esta ley explica el mal resultado de la medicina en ciertos casos. Desde luego que el temperamento es un efecto y no una causa, y los esfuerzos hechos para modificarlo se hallan necesariamente paralizados por las disposiciones morales del espíritu, que opone una resistencia inconsciente y neutraliza la acción terapéutica. Dad, si es posible, ánimo al medroso, y veréis cesar los efectos fisiológicos del miedo.

Es prueba, repito, la necesidad que tiene la medicina convencional de tener en cuenta la acción del elemento espiritual sobre el organismo (Revista Espírita, marzo 1866, p. 65).

martes, 9 de abril de 2019

¿CUÁL ES LA FORMA O APARIENCIA DEL PERIESPÍRITU



Allan Kardec obtuvo de los Espíritus Superiores, en respuesta a la pregunta 95 de El Libro de los Espíritus, la siguiente revelación:

“El periespíritu asume la forma que le guste al Espíritu. De esa manera, el Espíritu puede ser reconocido por el hombre. Esto ocurre cuando es visto, a veces, en los sueños o en estado de vigilia. Otras veces en las apariciones, cuando asume una forma visible e incluso palpable”.

Ya en la pregunta 150ª, Allan Kardec obtuvo de los Espíritus Superiores la afirmación que la aparición del periespíritu en la vida espiritual es la misma de la última encarnación.

“El alma, sin el cuerpo material, ve su individualidad a través del fluido que lo envuelve y que representa la apariencia de su última encarnación: su periespíritu”.

En las preguntas 284 a 290, Allan Kardec obtuvo las siguientes revelaciones adicionales sobre el mismo tema:

“Los Espíritus constatan su individualidad por el periespíritu, que hace de ellos seres diferentes entre sí, como el cuerpo entre los hombres”.

"Los Espíritus se reconocen por la apariencia del periespíritu: el hijo reconoce a su padre y un amigo reconoce al otro. (...) Entonces, los parientes y amigos van al encuentro del alma buena que aman, la saludan como al regreso de un viaje y le ayudan a desprenderse de los lazos corporales”.

En la pregunta 321-B, Allan Kardec obtuvo de los Espíritus superiores la siguiente confirmación de la forma humana del periespíritu:

"El día de la conmemoración de los muertos, los Espíritus acuden, al llamado del pensamiento de sus familiares y amigos, bajo la forma por la cual eran conocidos en vida. Así serían reconocidos, si pudiesen hacerse visibles y ser vistos".

De esta manera, el periespíritu conserva la forma y la apariencia de la última encarnación del Espíritu. Su cuerpo fluídico o espiritual se asemeja al cuerpo material que tenía cuando se encarnó, aunque sea de naturaleza fluídica o etérea. Esto permite a los Espíritus reconocerse y restablecer en la vida espiritual, por afecto mutuo, las relaciones de simpatía y amistad que han establecieron en la vida terrena.

Prueba de eso lo encontramos en el Capítulo II: Espíritus Felices, de la Segunda Parte del libro El Cielo y el Infierno: el Espíritu del señor Jobard respondió de la siguiente forma a la pregunta que Allan Kardec le dirigió:

Kardec: ¿Cómo os veríamos si lo pudiéramos hacer?

Jobard: Me veríais con la apariencia del mismo Jobard que se sentaba a vuestra mesa.

En la Revista Espírita, Allan Kardec publicó el resultado de diversas evocaciones que hizo de varios Espíritus, a través de diferentes médiums. En ellas, los Espíritus evocados confirmaron que el periespíritu conservaba la misma forma y apariencia que tenían en la vida terrena. Como ejemplos, tenemos:

"No tengo más el cuerpo que tanto me hizo sufrir, pero tengo su apariencia (...) Ya me has visto muchas veces en tus sueños".

(Espíritu Júlia, enero de 1858, artículo: "¡Mamá, Aquí Estoy!").

“Me encuentro aquí bajo la apariencia de mi forma corpórea".

(Espíritu Georges, enero de 1858, artículo: "Una Conversación").

"Estoy aquí bajo la forma que tenía cuando vivo".

("El Tambor de Beresina", julio de 1858).

Además de eso, en el artículo "Apariciones", contenido en la Revista Espírita de diciembre de 1858, Allan Kardec registró lo siguiente:

·        El periespíritu no es obra de la imaginación, pues fueron los propios Espíritus los que lo revelaron. Su existencia puede ser constatada por los sentidos, porque pode ser visto y tocado, cuando pasa por una especie de condensación o por un cambio en la disposición molecular.

·   Separado del cuerpo material, el periespíritu tiene una forma determinada y limitada, y esta forma normal es la del cuerpo humano, aunque el Espíritu, a su voluntad, pueda darle las más variadas apariencias, por ser eminentemente plástico y flexible.

·       Los Espíritus generalmente aparecen a los hombres bajo una forma humana.

·   Los buenos Espíritus tienen ordinariamente una forma bella y regular: largos cabellos cayendo sobre las espaldas y amplias túnicas envolviendo al cuerpo. Pero si lo desean, ellos asumen exactamente todos los rasgos bajo los cuales fueron conocidos y, cuando sea necesario, la apariencia de la vestimenta.

En el artículo "Adrien, Médium Vidente", contenido en ese mismo número de la Revista Espírita, Allan Kardec mencionó que aquel extraordinario médium veía a los Espíritus bajo la forma humana, pudiendo hacer un retrato de sus características con notable semejanza. Así, gracias al periespíritu, el Espíritu es un ser real, con la forma y apariencia humana que tenía cuando encarnado.

Es bueno mencionar además que, en el artículo "Adrien, Médium Vidente, parte II", contenido en la Revista Espírita de enero de 1859, Allan Kardec reafirmó la forma humana del periespíritu con las siguientes palabras:

"La forma aparente de los Espíritus depende del periespíritu, cuya naturaleza, esencialmente flexible, se presta a todas las modificaciones que le quiera dar el Espíritu. Dejando el envoltorio material, el Espíritu lleva consigo su envoltorio etéreo, el cual constituye otra especie de cuerpo En su estado normal, tiene este cuerpo una forma humana, pero no calcado trazo a trazo sobre aquel que quedó, principalmente cuando fue dejado hace algún tiempo”.

"En los primeros instantes que siguen a la muerte y mientras existe un lazo entre las dos existencias, mayor es la similitud; ésta se apaga a medida que se opera el desprendimiento y que el Espíritu se vuelve más extraño a su último envoltorio. Sin embargo, él puede retomar siempre esa primera apariencia, tanto en cuanto a las facciones, como a la ropa, cuando juzga útil para darse a conocer; en general, sin embargo, esto requiere un gran esfuerzo de la voluntad. No es pues, de admirar que en ciertos casos la semejanza falla en algunos detalles: le bastan los rasgos principales”.

Además, en el artículo "La joven cataléptica de Suabia", contenido en la Revista Espírita de enero de 1866, Allan Kardec reafirmó de la siguiente manera la forma humana del periespíritu:

"Ella también ve a los que están muertos. Entonces, todavía queda algo. ¿Qué es lo que ella ve? No puede ser el cuerpo, que ya no existe; sin embargo, los ve con una forma humana, la que tuvieron en vida. Lo que ella ve es el alma vestida con su cuerpo fluídico o periespíritu”.

Aún, en el artículo "Fotografía del Pensamiento", publicado en la misma Revista, de junio de 1868, Allan Kardec presentó las consideraciones bajo la apariencia humana del periespíritu:

"Un espíritu se presenta a la vista de un encarnado dotado de visión psíquica, bajo la apariencia que tenía cuando vivo, en la época en que lo conocieron (...) su pensamiento reportándose a la época en que era así, el periespíritu toma instantáneamente las apariencias, que deja inmediatamente, desde que el pensamiento cesa de actuar. Si, pues, una vez fue negro y otro blanco, se presentará como negro o como blanco, conforme a las dos encarnaciones bajo la cual sea invocado, y a la cual se reportará su pensamiento”.

Con todos esos hechos espíritas, no queda la menor duda que el periespíritu conserva, en la vida espiritual, la forma y apariencia humana que tenía en la vida terrena. 


Tomado de la obra: "Periespíritu: lo que los Espíritus dijeron al respecto", de la autoría de Geziel Andrade.

Traducción al español: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta - Colombia
Abril 9 de 2019

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