martes, 21 de febrero de 2023

ESTADÍSTICA DE LOS SUICIDIOS

 


Revista Espírita –Periódico de Estudios Psicológicos,

5.o año, n.o 7, julio de 1.862

 

Se lee en el Siècle del ... de mayo de 1.862: «En la Comédie sociale au dix-neuvième siècle, el nuevo libro que el señor B. Gastineau acaba de publicar con la editorial Dentu, encontramos esta curiosa estadística de los suicidios:» Se ha calculado que, desde el inicio del siglo, el número de los suicidios en Francia no se eleva a menos de 300 000; y esa estimación tal vez no alcance la verdad, pues la estadística sólo proporciona resultados completos a partir del año 1.836. De 1.836 a 1.852, es decir, en un período de diecisiete años, hubo 52.126 suicidios, un promedio de 3.066 al año. En 1.858, se contaron 3.903 suicidios, de los cuales 853 fueron de mujeres y 3.050 de hombres; en fin, siguiendo la última estadística que vimos en el curso del año 1.859, 3.899 personas se suicidaron, a saber 3057 hombres y 842 mujeres.

» Al constatar que el número de suicidios aumenta cada año, el señor Gastineau deplora, en términos elocuentes, la triste monomanías que parece haberse apoderado de la especie humana».

He aquí una oración fúnebre realizada muy rápidamente sobre los infelices suicidas. La cuestión nos parece, sin embargo, suficientemente grave como para merecer un examen serio. Tal como están las cosas, el suicidio ya no es un hecho aislado y accidental; con toda razón, puede ser considerado como un mal social, una verdadera calamidad. Ahora bien, un mal que se lleva regularmente de 3.000 a 4000 personas al año sólo en un país y que sigue una progresión creciente no se debe a una causa fortuita; hay necesariamente una raíz, de la misma manera que cuando se ve a un gran número de personas que mueren de la misma enfermedad; esto debe llamar la atención de la ciencia y despertar la preocupación de la autoridad. En semejante caso, las personas se limitan a constatar, en general, el tipo de muerte y el modo empleado para causársela, mientras que ignoran el elemento esencial, el único que puede ayudar a encontrar el remedio: el motivo determinante de cada suicidio; se llegaría a constatar así la causa predominante; pero, a menos que haya circunstancias bien caracterizadas, se considera más simple y más expeditivo sobrecargar a la categoría de los monomaníacos y de los maníacos.

Indudablemente, hay suicidios por monomanía, cometidos fuera del imperio de la razón, como aquellos, por ejemplo, que ocurren en la locura, en el delirio, en la embriaguez; aquí la causa es puramente fisiológica. Pero, al lado de eso, se encuentra la categoría, mucho más numerosa, de los suicidios voluntarios, cometidos con premeditación y con pleno conocimiento de causa. Ciertas personas piensan que el suicida jamás está completamente en su buen juicio; es un error, con el que estuvimos de acuerdo en otro tiempo, pero que ha caído ante una observación más atenta. Es bastante racional, de hecho, pensar que, al estar el instinto de conservación en la naturaleza, la destrucción voluntaria debe ser algo que está en contra de la naturaleza y que tal es el motivo por el cual se ve frecuentemente ese instinto prevalecer, en el último momento, sobre la voluntad de morir; de donde se ha concluido que, para cometer ese acto, es necesario que ya se haya perdido toda la razón. Sin duda, hay muchos suicidas que son dominados, en ese instante, por una especie de vértigo y sucumben a un primer momento de exaltación; si el instinto de conservación prevalece al final, son como las personas que salen de la embriaguez y vuelven a apegarse a la vida. Pero es muy evidente también que muchos se matan a sangre fría y con previa reflexión. La prueba de eso está en las precauciones calculadas que toman, en el orden que ponen en sus negocios de manera razonada, lo que no es una característica de la locura.

Haremos observar, de paso, un rasgo característico del suicidio: es que los actos de esa naturaleza cometidos en los lugares completamente aislados y deshabitados son excesivamente raros. El hombre perdido en los desiertos o sobre el océano morirá de privaciones, pero no se suicidará, incluso cuando no espere ningún socorro. Aquel que quiere quitarse voluntariamente la vida aprovecha bien el momento en el que está solo para no ser detenido en su propósito, pero lo hace de preferencia en los centros populosos, donde su cuerpo tiene, por lo menos, alguna posibilidad de ser encontrado. Uno se lanzará de lo alto de un monumento en el centro de una ciudad, lo que no haría de lo alto de un acantilado, donde se perdería todo rastro de él; otro se ahorcará en el bosque de Boulogne, lo que no haría en una selva por donde nadie pasa. El suicida desea sobremanera que no se le impida suicidarse, pero quiere que se sepa, tarde o temprano, que se ha suicidado; le parece que ese recuerdo de las personas lo vincula al mundo que ha deseado abandonar, tanto es así que la idea de la nada absoluta tiene algo más espantoso que la propia muerte. He aquí un curioso ejemplo en apoyo a esa teoría.

Hacia 1815, un rico inglés vino a visitar las famosas cataratas del Rin y se fue tan entusiasmado que regresó a Inglaterra para poner en orden sus negocios, después de algunos meses volvió y se precipitó en el abismo. Es indudablemente un acto de originalidad, pero dudamos fuertemente que él se habría lanzado, del mismo modo, en el Niágara si nadie hubiera podido saberlo. Una característica singular provocó el acto; pero la idea de que se iba a hablar de él determinó la elección del lugar y el momento; así, si su cuerpo no pudiera ser encontrado, el recuerdo por lo menos no perecería.

A falta de una estadística oficial que dé la exacta proporción de los diferentes motivos de suicidio, no hay duda de que los casos más numerosos son determinados por los reveses de la fortuna, las decepciones, las penas de toda naturaleza. En ese caso, el suicidio no es un acto de locura, sino de desesperación. Al lado de esos motivos que se podrían llamar serios, hay evidentemente los fútiles, sin mencionar la indefinible pérdida de gusto por la vida, en medio de los disfrutes, como aquel que acabamos de citar. Lo que es cierto es que todos aquellos que se suicidan sólo recurren a tal extremo porque, con o sin razón, no están contentos. Sin duda, no es dado a nadie remediar esa causa primera, pero lo que se debe lamentar es la facilidad con la que las personas ceden, después de algún tiempo, a ese fatal arrastre; es eso, sobre todo, lo que debe llamar la atención y lo que es, en nuestra opinión, perfectamente remediable.

Frecuentemente, uno se pregunta si hay cobardía o valor en el suicidio. Hay indudablemente cobardía en flaquear ante las pruebas de la vida; pero hay valor al afrontar los dolores y las angustias de la muerte; esos dos puntos nos parecen contener todo el problema del suicidio.

Por más punzantes que sean las opresiones de la muerte, la persona las afronta y las soporta si está incitada por el ejemplo. Es la historia del recluta que, al estar solo, retrocede ante el disparo, mientras que es estimulado al ver que los otros avanzan sin temor. Sucede lo mismo en el suicidio; la visión de aquellos que se liberan, por ese medio, de los aborrecimientos y del hastío de la vida deja dicho que ese momento ha pasado rápidamente. Aquellos a quienes el temor del sufrimiento los abría detenido se dicen que ya que tantas personas lo hacen así, se puede hacer muy bien como ellas; que vale más sufrir algunos minutos que sufrir durante años. Es en ese sentido solamente que el suicidio es contagioso; el contagio no está ni en los fluidos ni en las atracciones; está en el ejemplo que hace que se familiarice con la idea de la muerte y con el empleo de los medios para causársela. Eso es tan verdadero que cuando un suicidio ocurre de una cierta manera, no es raro ver varios del mismo tipo que sucedan en serie. La historia de la famosa garita en la que catorce militares se ahorcaron sucesivamente en poco tiempo no tenía otra causa. El medio estaba allí ante los ojos; parecía cómodo y, aunque aquellos hombres hubieran tenido pocos deseos de terminar con su vida, han aprovechado ese medio; la propia visión de la garita podía hacer nacer la idea de eso. Al ser relatado el hecho a Napoleón, él ordenó quemar la fatal garita; el medio ya no estaba más allí ante los ojos y el mal se detuvo.

La publicidad dada a los suicidios produce sobre las masas el efecto de la garita; incita, estimula, hace que uno se familiarice con la idea, hasta la provoca. Bajo ese aspecto, consideramos los relatos de ese tipo, que los periódicos menudean, como una de las causas incitantes del suicidio: dan el valor para la muerte. Sucede lo mismo con los relatos de crímenes, por medio de los cuales se pica la curiosidad pública; producen, por ejemplo, un verdadero contagio moral; jamás han frenado a un criminal, más bien, al contrario, han desarrollado a más de uno.

Examinemos, ahora, el suicidio desde otro punto de vista. Decimos que, cualesquiera que sean los motivos particulares, tiene siempre por causa un descontento. Ahora bien, aquel que está seguro de sentirse infeliz solamente por un día y de sentirse mejor los días siguientes adquiere paciencia fácilmente; solamente se desespera si no ve término a sus sufrimientos. ¿Qué es, pues, la vida humana con relación a la eternidad sino menos que un día? Pero para aquel que no cree en la eternidad, que cree que todo en él se acaba con la vida, si es colmado por penas e infortunios, sólo ve un final en la muerte; al no esperar nada, considera completamente natural, incluso muy lógico, abreviar sus sufrimientos por medio del suicidio.

La incredulidad, la simple duda sobre el porvenir, las ideas materialistas, en suma, son los más grandes estímulos para el suicidio: proporcionan la cobardía moral. Y cuando se ve a hombres de ciencia que se apoyan en la autoridad de su saber para esforzarse en probar a sus oyentes o a sus lectores que nada tienen que esperar después de la muerte, ¿no es conducirlos a esta consecuencia de que, si son infelices, nada mejor tienen que hacer sino matarse? ¿Qué les podrían decir para disuadirlos de eso? ¿Qué compensación pueden ofrecerles? ¿Qué esperanza pueden darles? Ninguna otra cosa sino la nada; de donde se debe concluir que si la nada es el remedio heroico, la única perspectiva, vale más caer inmediatamente que más tarde y sufrir, así, por menos tiempo. La propagación de las ideas materialistas es, pues, el veneno que inocula en un gran número de personas el pensamiento del suicidio y aquellos que se hacen los apóstoles de esas ideas asumen sobre sí mismos una terrible responsabilidad.

A eso se objetará, sin duda, que no todos los suicidas son materialistas, ya que hay personas que se matan para ir más rápidamente al Cielo y otras para reunirse más temprano con aquellos que han amado. Eso es verdadero, pero es indudablemente el número más pequeño, de lo que las personas se convencerían si hubiera una estadística hecha de manera concienzuda sobre las causas íntimas de todos los suicidios. Sea lo que sea, si las personas que ceden a ese pensamiento creen en la vida futura, es evidente que se hacen de ella una idea completamente falsa y la manera en la que se la presenta, en general, no es apropiada para dar una idea más exacta. El Espiritismo no solamente viene a confirmar la teoría de la vida futura, sino también a probarla por los hechos más patentes que sea posible tener: el testimonio de aquellos mismos que están en la vida futura. El Espiritismo hace más: nos la muestra, bajo aspectos característicos tan racionales, tan lógicos, que el razonamiento viene al apoyo de la fe. Al ya no ser permitida la duda, el aspecto de la vida cambia; su importancia disminuye en razón de la certidumbre que se adquiere de un porvenir más próspero; para el creyente, la vida se prolonga indefinidamente, más allá de la tumba; de eso vienen la paciencia y la resignación, que lo disuaden de manera completamente natural del pensamiento del suicidio; de eso viene, en pocas palabras, el valor moral.

El Espiritismo tiene aún, bajo ese aspecto, otro resultado igualmente positivo y tal vez más determinante. La religión dice bien que suicidarse es un pecado mortal por el cual se es castigado; ¿pero cómo? Por llamas eternas, en las que ya no se cree. El Espiritismo nos muestra a los propios suicidas, que vienen a rendir cuentas de su posición infeliz, pero con esta diferencia: las penas varían según las circunstancias agravantes o atenuantes, lo que está más de acuerdo con la justicia de Dios; las penas, en lugar de ser uniformes, son la consecuencia natural de la causa que ha provocado la falta, y uno no se puede impedir ver en eso una soberana justicia distributiva y equitativa. Entre los suicidas, hay aquellos cuyo sufrimiento, aun siendo solamente temporal en lugar de eterno, no deja de ser terrible y hace reflexionar a quienquiera que estuviera tentado a partir de acá antes de la orden de Dios. El Espírita tiene, pues, como contrapeso al pensamiento del suicidio, varios motivos: la certidumbre de una vida futura, en la que él sabe que será tanto más feliz cuanto más infeliz y más resignado haya sido en la Tierra; la certidumbre de que, al abreviar su vida, llega exactamente a un resultado completamente diferente de aquél que esperaba alcanzar; de que se libera de un mal para caer en uno peor, más largo y más terrible; de que no volverá a ver, en el otro mundo, a las personas que reciben su afecto, con quienes desearía reunirse; de donde se deduce la consecuencia de que el suicidio es algo contra sus propios intereses. Por eso, el número de suicidios impedidos por el Espiritismo es considerable y se puede concluir que, cuando todo el mundo sea Espírita, ya no habrá suicidios voluntarios, y eso llegará más temprano de lo que se cree. Por lo tanto, al comparar los resultados de las doctrinas materialista y espírita desde el único punto de vista del suicidio, se concluye que la lógica de una doctrina conduce a él, mientras la lógica de la otra hace que uno se desvíe de él, lo que está confirmado por la experiencia.

Por ese medio, se dirá, ¿destruiréis la hipocondría, esa causa de tantos suicidios no motivados, de ese invencible hastío de la vida que nada parece justificar? Esa causa es eminentemente fisiológica, mientras que las otras son morales. Ahora bien, el Espiritismo curando solamente éstas, ya haría mucho; la primera es, propiamente hablando, de competencia de la ciencia, a la cual la podríamos dejar, diciéndole: «Curamos lo que nos incumbe, ¿por qué no curáis lo que es de vuestra competencia?» Ahora bien, no vacilaríamos en responder afirmativamente esta pregunta.

Ciertas afecciones orgánicas son mantenidas evidentemente e incluso provocadas por las disposiciones morales. El hastío de la vida es, con más frecuencia, el fruto de la saciedad. La persona que ha consumido todo, al no ver nada más allá, está en la posición del ebrio que, al haber vaciado su botella y al no encontrar nada más en ella, la rompe. Los abusos y los excesos de todo tipo conducen forzosamente a un debilitamiento y a un trastorno en las funciones vitales; de eso viene una multitud de enfermedades cuya fuente es desconocida y que se creen causas, pero que sólo son consecuencias; de eso sobreviene también un sentimiento de languidez y de desaliento. ¿Qué le falta al hipocondríaco para combatir sus ideas melancólicas? Un objetivo en la vida, un móvil en su actividad. ¿Qué objetivo puede tener si no cree en nada? El Espírita hace más que creer en el porvenir: sabe, no por los ojos de la fe, sino por los ejemplos que tiene ante sí mismo, que la vida futura, de la que no puede escapar, es feliz o infeliz, según el empleo que hace de la vida corpórea; que la felicidad allí es proporcional al bien que se ha hecho. Ahora bien, seguro de vivir después de la muerte y de vivir por mucho más tiempo que en la Tierra, le es completamente natural pensar en ser, en la vida futura, lo más feliz posible; seguro, además, de ser infeliz en la vida futura si no hace nada bueno, o incluso si, al no hacer nada malo, nada hace en absoluto, comprende la necesidad de estar ocupado, lo que mejor lo preserva de la hipocondría. Con la certidumbre del porvenir, tiene un objetivo; con la duda, no lo tiene. El aburrimiento le gana y él acaba con la vida porque nada más espera. Permítasenos una comparación un poco trivial, pero a la cual no le falta analogía con esto. Un hombre ha pasado una hora en un espectáculo; si cree que todo ha acabado, se levanta y se va; pero si sabe que falta por presentarse todavía algo mejor y más largo de lo que ha visto, se quedará, aunque sea en el peor lugar: la espera por lo mejor triunfará en él sobre la fatiga.

Las mismas causas que conducen al suicidio producen también la locura. El remedio del suicidio es también el remedio de la locura, como lo hemos demostrado en otra parte. Desafortunadamente, mientras la medicina sólo tome en cuenta el elemento material, se privará de todas las luces que la llevaría al elemento espiritual, que desempeña un papel muy activo en un gran número de afecciones.

El Espiritismo nos revela, además, la causa primera del suicidio y sólo él podía hacerlo. Las tribulaciones de la vida son a la vez expiaciones por las faltas pasadas de las existencias y pruebas para el porvenir. El propio Espíritu las elige con miras a su adelantamiento; pero puede suceder que, una vez en la práctica, considera la carga demasiado pesada y retrocede ante su cumplimiento; es entonces que recurre al suicidio, lo que lo retrasa en lugar de hacerlo avanzar. Sucede, aun, que a un Espíritu que se suicidó en una encarnación anterior, como expiación le haya sido impuesto, en su nueva existencia, tener que luchar contra la tendencia al suicidio; si sale vencedor, avanza; si sucumbe, le será necesario recomenzar una vida tal vez más penosa aún que la anterior y deberá luchar igualmente hasta que haya triunfado, pues toda recompensa en la otra vida es el fruto de una victoria, y quien dice victoria dice lucha. El Espírita extrae, por lo tanto, de la certidumbre que tiene de esa situación una fuerza de perseverancia que ninguna otra filosofía podría darle.

A. K.


viernes, 3 de febrero de 2023

PARÁBOLA DE LA OVEJA PERDIDA

 


“¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve e irá a buscar la extraviada? Y si la encuentra, os aseguro que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. De la misma manera, vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de esos pequeñuelos”.

 (Mateo, XVIII, 12-14 – Lucas, XV, 3-7).

Esta fabulosa parábola parece ser la solemne protesta de la mala interpretación que los sacerdotes han dado a la palabra de Cristo. No hace mucho, nos escribió un padre romano diciéndonos ser una estupidez negar las penas eternas del Infierno, cuando en los Evangelios encontramos, por lo menos, quince veces la confirmación de esa eternidad; y concluye que ella no es una enseñanza de la Iglesia, sino enseñanza del propio Evangelio.

Jesús preveía ciertamente que sus enseñanzas y pensamiento íntimo serían desnaturalizados por los hombres constituidos en asociaciones religiosas, y quiso, en cierta forma, dejar bien patente a los ojos de todos que Él no podía ser Representante de un Dios que, proclamando el amor y la necesidad indispensable del perdón para la remisión de los pecados, impusiese, a los hijos por Él creados, castigos indefinibles y eternos.

La parábola muestra muy claramente que las almas extraviadas no quedarán perdidas en el laberinto de las pasiones, ni en los abismos donde abundan los abrojos. Como la oveja extraviada, ellas serán buscadas, aunque sea preciso dejar de cuidar a aquellas que alcanzaron ya una altura considerable, aunque las noventa y nueve ovejas queden estacionadas en un lugar del monte, los encargados del rebaño saldrán al campo en busca de la que se perdió.

El Padre no quiere la muerte del impío; no quiere la condenación del malo, del ingrato, del injusto, sino su regeneración, su salvación, su vida y su felicidad.

Aunque sea necesario, para la regeneración del Espíritu, nacer él en la Tierra sin una mano o sin un pie, entrar en la vida manco o lisiado; aunque le sea preciso renacer en el mundo ciego, por causa de los “tropiezos”, por causa de los “escándalos”, su salvación es tan cierta como la de la oveja que se había perdido y es recordada en la parábola, porque todos esos pobres que arrastran el peso del dolor, sus guías y protectores los asisten para conducirlos al puerto seguro de la eterna bonanza.

Lector amigo: cuando os hablen los sacerdotes del Infierno eterno, preguntadles qué relación tiene la Parábola de la Oveja Perdida con ese dogma monstruoso, que desnaturaliza e inutiliza todos los atributos divinos.


Tomado del libro: "Parábolas y enseñanzas de Jesús"

Cairbar Schutel

domingo, 15 de enero de 2023

EXISTE EN NUESTRA PSIQUE UNA DESCONOCIDA DIMENSIÓN - Jung y el Espiritismo

 Ángel Almazán de Gracia

Publicado en Karma 7 – Barcelona, Octubre de 1984

Los fenómenos espiritistas han sido estudiados por diferentes científicos. Muchos de ellos, de prestigio internacional. Basta citar a los Premios Nobel, William Crookes y Charles Richet, para evidenciar la seriedad científica de tales investigaciones. Entre las personalidades que han tratado de encontrar la naturaleza de los fenómenos mediúmnicos se encuentra el psicólogo suizo, Carl Gustav Jung (1875-1961). 

 

Jung, poseía una profunda erudición y una amplia cultura humanista. Durante los años comprendidos entre 1907 y 1912, fue el discípulo predilecto de Freud de quien se separó por discrepar acerca de la liido sexual. Para Jung, la libido era un seudónimo de la energía psíquica que tanto impulsa al ser humano hacia el instinto como hacia la más alta espiritualidad. Tras separarse de Freud definitivamente en 1913, creó la llamada Psicología Analítica y se dedicó a interpretar la alquimia, los símbolos, mitos y fenómenos parapsicológicos.

 

El primer contacto que tuvo Jung con el espiritismo fue en su época de universitario. Por aquel entonces, Jung tenía 21 años y leyó todo tipo de libros referentes al espiritismo que pudo conseguir, incluidos siete volúmenes del famoso clarividente, Swendenborg. Y en el verano de 1898, estando en casa de sus padres, presenció -por vez primera- la fenomenología paranormal. El tablero de la mesa del comedor se rompió inexplicablemente por la mitad y un cuchillo de acero, que estaba guardado en un cajón, se partió en cuatro trozos.

 

Estos hechos le impresionaron vivamente y le impulsaron a investigar el espiritismo. Algunas semanas después, unos familiares le invitaron a participar en las sesiones espiritistas organizadas en torno a una prima suya de 15 años que moriría a los 27 años de tuberculosis. Una vez dentro de este círculo, Jung acudió regularmente todos los domingos durante dos años a las sesiones. Y sus observaciones las expuso años después, en 1902, en su tesis doctoral titulada Psicología y patología de los fenómenos llamados ocultos, donde viene a concluir que los espíritus eran complejos del inconsciente personal, con un importante grado autónomo, del inconsciente personal

 

Los Siete Sermones a los Muertos

 

 Durante el año 1916, diferentes fenómenos de polstergeist fueron presenciados por Jung y su familia en su vivienda de Küsnacht, Suiza. Su hija mayor vio una figura blanca atravesar la habitación y su otra hija le confesó asustada que algo había levantado su manta dos veces, mientras dormía. Luego, durante el día, el timbre de la puerta sonó estrepitosamente sin que nadie lo hubiese pulsado. Y en medio de este ambiente, Jung tuvo la sensación de que la atmósfera estaba enrarecida.

 

“Y de pronto -explica Jung en sus memorias- todo se llenó de espíritus. Estaban incluso bajo la puerta y se tenía la sensación de apenas poder respirar”. Naturalmente, le acuciaba la pregunta de qué es lo que pasaba. Y entonces ellos gritaron a coro: “Venimos de Jerusalén, donde no hallamos lo que buscábamos”. Ante este tipo de respuesta, Jung se sintió inspirado y durante tres tardes escribió el opúsculo gnóstico Siete Sermones a los Muertos. Los espíritus abandonaron el lugar una vez que terminó esta pequeña obra en la que -según el propio Jung- se preludiaba lo que tenía que comunicar al mundo acerca del inconsciente.

 

 Jung era también médium

 

 El empirismo científico de Jung le llevó a investigar de 1920 a 1925, diferentes fenómenos de psicocinesia, telecinesia y ectoplasmia producidos por el gran médium, Rudi Scheneider. También investigó al médium O. Schel. Pero además de la colaboración de estas dos personas, Jung pudo analizar, de una manera más directa los fenómenos espiritistas, en su propia persona. Como ya ha quedado de manifiesto, Jung a sus 41 años constató que era médium en el suceso de los Siete Sermones a los Muertos.

 

Pero a lo largo de su vida, Jung experimentó muchos otros fenómenos. Encontrándose solo en su torreón suizo de Bollingen a comienzos de 1924, escuchó, durante más de una hora, diferentes sonidos rítmicos que parecían provenir de los objetos existentes dentro del torreón, pero también de las plantas del jardín. Sonidos que denominó como melodías de la naturaleza. Y poco tiempo después, en la primavera de ese mismo año, mientras dormía tranquilamente en Bollingen, ruidos de pasos, risas y charlas le despertaron. Pero, al mirar a través de la ventana, descubrió que no había nadie fuera. Intrigado, preguntó a los lugareños que le contestaron que quienes le habían despertado formaban parte del “ejército de Wotan, de las almas descarriadas”, espíritus que solían rondar por aquellos lugares frecuentemente.

 

Y en 1944, a la edad de 69 años, Jung sufrió un infarto cardíaco durante el cual tuvo una experiencia extracorporal. De pronto se encontró en pleno espacio. Divisaba varios continentes desde una distancia -que luego comprobó- de casi 1.500 kms. de altura. Y en este estado encontró en el espacio una roca con un santón que le sirvieron para autoconocerse mejor. Pese a encontrarse muy bien fuera de su cuerpo, se vio obligado a regresar y durante tres semanas quedó defraudado al ver que estaba vivo. Y durante la convalecencia experimentó también diferentes fenómenos subjetivos o Psi-Gamma.

 

Igualmente, Jung llegó a ver el fantasma de su mujer y el de un maestro chino llamado Lau Nai Süan que había iniciado a Richard Wilheim, en el conocimiento de la filosofía del yoga chino y de la psicología del I Ching, libro que Wilheim traduciría y comentaría en su edición alemana y que fue prologado por Jung. También habría que mencionar que Jung tuvo diversas precogniciones así como visiones hipnagógicas ectoplásmicas.

La explicación junguiana del Espiritismo

Las primeras conclusiones de Jung acerca del espiritismo se encuentran en la ya mencionada tesis doctoral de 1902, así como en el ensayo titulado Los Fundamentos Psicológicos del Espiritismo que data de 1919. Posteriormente, complementó estas explicaciones con su teoría de la «sincronicidad» expuesta, con la ayuda del Premio Nobel de Física, W. Pauli, en la obra La Interpretación y Naturaleza de la Psique (1952). Y, por último, también se pueden encontrar algunas opiniones sobre los fenómenos mediúmnicos en sus memorias.

 

El espiritismo nace a finales del siglo XIX, en plena época racionalista. Incluso se dio la coincidencia que, en el mismo año en que suceden los mensajes tiptológicos con las hermanas Fox, Carlos Marx publica El Manifiesto Comunista (1848). El materialismo científico y el marxismo marginaron y hasta desecharon como absurdas a las creencias religiosas. Lo irracional y lo espiritual quedó aplastado por la diosa Razón. Esta preponderancia, en la cultura colectiva, de unos presupuestos materialistas y totalmente racionales, motivó una respuesta complementaria psíquico-espiritual surgida de las capas más profundas y arcaicas de la psique humana (llamada por Jung, Inconsciente Colectivo). Pues bien, entre los diversos movimientos espiritualistas que surgieron impetuosamente, como queriendo contrarrestar al materialismo, apareció el espiritismo.

 

El Inconsciente Colectivo, puede considerarse como aquel trasfondo de la psique donde se encuentran sintetizadas todas las creencias, impulsos, pautas de conducta y vivencias de la Humanidad a lo largo de su historia. Sus contenidos estructurales, los arquetipos, son núcleos energéticos que penetran de múltiples maneras, y siempre de forma arquetípica, en el campo de la consciencia.

 

Los arquetipos, precisamente por disponer de energía psíquica ya en sí, pueden fascinar al ego y apropiarse de la energía psíquica accesible por la consciencia, por el ego. Entonces se puede crear una disociación de la personalidad. Pues bien, serían, fundamentalmente, los arquetipos de la inmortalidad, de la magia y el de la reencarnación, junto con el arquetipo de los espíritus, quienes provocarían las manifestaciones mediúmnicas. Estos arquetipos, impulsarían a los contenidos afectivos del inconsciente personal (deseos, pensamientos, lecturas olvidadas, sentimientos, etc.) a salir del estado represivo en el que se encuentran. Arquetipos y contenidos afectivos del inconsciente personal saltarían al campo de la consciencia y se apropiarían de la energía psíquica del ego. Esto motivaría disociaciones de la personalidad y los fenómenos mediúmnicos quedarían al descubierto.

 

La percepción extrasensorial (telepatía, clarividencia, precognición, retrocognición, etc.) han sido explicadas por Jung con su teoría de la sincronicidad. Según Jung, existe en nuestra psique una parte que puede acceder a una especie de quinta dimensión psicoidea en la que existe un continuo espacio-tiempo y donde no existe la ley de causa y efecto. La teoría de la relatividad de Einstein y los últimos descubrimientos de la física cuántica así parecen presumirlo. Nuestro inconsciente puede acceder a esta esfera psicoidea sobre todo en los estados de trance mediúmnico e hipnótico, y provocar con ello, fenómenos de sincronicidad. Y entre éstos hay que incluir a los fenómenos espiritistas. Esta es, muy resumida, la aportación de Jung en el campo de las investigaciones sobre el Espiritismo.

sábado, 17 de diciembre de 2022

¡HASTA PRONTO!

Crónica de la desencarnación de Allan Kardec
Tumba de Allan Kardec en el cementerio Père Lachaise en París

Tomado del libro: Kardec, la biografia de Marcel Souto Maior

Es 31 de marzo de 1869, víspera de la mudanza, Kardec empacaba los libros y organizaba los documentos en el apartamento de la calle Sainte-Anne, 59, en medio de muebles en desorden y tapetes enrollados listos para ser transportados. Eran más de las once de la mañana cuando un empleado de la librería tocó a la puerta para buscar los ejemplares de la última edición de la Revista Espírita.

Cubierto por una elegante bata de dormir, Kardec entregó el paquete al visitante, se inclinó sobre sí mismo y cayó al suelo sin decir una palabra. Con 65 años de edad, el profesor Hyppolite Léon Denizard Rivail había muerto – o mejor dicho, más vivo que nunca, libre del peso de su cuerpo, a juzgar por las verdades definitivas que había lanzado los últimos quince años.

Llamado por los criados, el médium Delanne sería el primero en llegar. Presionó el pecho del maestro, aplicó sobre su cabeza y corazón pases magnéticos, y nada. Amélie volvió de la calle poco después y no consiguió contener las lágrimas ante el cuerpo del compañero, con quien conviviera a lo largo de 37 años. Los nuevos proyectos de vida, los planes de descanso juntos, todo quedó interrumpido.

Pero estaba escrito. Nada pasa por casualidad. El ciclo llegaba a su fin, de acuerdo con los planes de la espiritualidad. Mejor era enjugar las lágrimas y ocuparse de las despedidas. Pronto, creía Amélie, estarían juntos de nuevo.

Delanne y los criados colocaron el cuerpo ya frío sobre un colchón en la sala de estar y lo cubrieron con una manta de lana blanca. A sus pies, envueltos en medias, las pantuflas abandonadas.

¿Dónde estaría el Espíritu de Kardec en aquel momento? ¿En la sala, al lado de su mujer y del médium, delante de la chimenea encendida?  

¿Rodeado de los viejos amigos muertos antes de él y amparado por el médico Demerue? ¿Acogido por el Espíritu de la Verdad, por Zéfiro y otros colaboradores invisibles? ¿O en cualquier lugar, ya que la muerte sería solo el fin y reduciría a la nada a cada uno de nosotros?


-          Monsieur Allan Kardec est mort, on l’enterre vendredi. (El señor Allan Kardec ha muerto y será enterrado el viernes).

Este fue el contenido del telegrama enviado por uno de los amigos de Kardec, el señor E. Muller, a los espiritistas de Lyon. La misma noche, otros compañeros de la Sociedad Espírita se alternarían junto al féretro en la larga vigilia en la sala de estar del apartamento revuelto. Desliens y Tailleur, Delanne y Morin.

Solo al mediodía del 2 de abril de 1869, el modesto coche funerario partió de la casa de Kardec rumbo al cementerio de Montmartre, el más antiguo de París. Una multitud de amigos y simpatizantes, estimada en 1.200 personas, acompaño el féretro, que atravesó las calles de Grammont, Laffitte y Fontaine, cruzando los grandes bulevares hasta alcanzar la tumba.

Amélie prefirió acompañar la ceremonia en silencio. El primero en tomar la palabra fue el señor Levent, vicepresidente de la Sociedad Parisiense de Estudios Espiritistas fundada por Kardec el 1° de abril de 1858. Hacia once años, todos los viernes, ellos se encontraban en las sesiones semanales de estudio de la doctrina y de contactos con el más allá conducidas, con rigor y serenidad, por el discípulo de Pestalozzi. Aquel día, Kardec – o Rivail – estaba “del otro lado”.

Al borde del sepulcro, Levent lanzó la pregunta al aire:


-          ¿Dónde está ahora nuestro maestro, siempre tan madrugador para el trabajo? 

Y osó cuestionar lo incuestionable:

 

-          ¿Era preciso que Dios llamara a sí al hombre que aún podía hacer tanto bien? ¿Él tan lleno de sabia inteligencia, aquel faro, en fin, que nos sacó de las tinieblas y nos mostró ese nuevo mundo, más vasto y admirable del que inmortalizó Cristóbal Colón?

Defensor intransigente de la justicia divina, Kardec habría dispensado tantos pesares y celebrado con alivio, los recuerdos que siguen:

 

-          Pero, tranquilizaos, señores, con este pensamiento tantas veces demostrado y recordado por nuestro presidente: “Nada es inútil en la naturaleza. Todo tiene su razón de ser; y lo que Dios hace siempre está bien hecho”.

El maestro, afirmaba Levent en su emocionado discurso, había cumplido su misión. Cabría a ellos dar continuidad a su obra, de acuerdo con sus planes y bajo su “efluvio bienhechor e inspirador”.

El siguiente en hablar fue el joven astrónomo Camilo Flammarion, tan admirado por Kardec. En su largo discurso, el autor de La Pluralidad de Mundos Habitados sacó en limpio la trayectoria del codificador y definió, con tres palabras, la personalidad del amigo: “el buen sentido encarnado”. 

Si estuviese cerca, Kardec aprobaría las descripciones sobre su destino:

 

-          Ahora tú ya has regresado a ese mundo de donde hemos venido, y recoges el fruto de tus estudios terrestres. (…) El cuerpo cae, el alma se conserva y regresa al espacio. Nos volveremos a encontrar en un mundo mejor. La inmortalidad es la luz de la vida, como este sol brillante es la de la naturaleza. Hasta la vista, mi querido Allan Kardec, hasta la vista.

Después de Flammarion, Alexandre Delanne tomó la palabra al pie del sepulcro, como representante de los “espiritistas de los centros distantes”. En el discurso, más bien sucinto, un emocionado agradecimiento al compañero de viaje, “pionero de la naturaleza humana”.

 

-          Agradecido por las lágrimas que enjugaste, por las angustias que calmaste y por la esperanza que hiciste brotar en las almas abatidas y desanimadas. Gracias, mil gracias.

El último discurso fue el del señor Muller. “Queridos y afligidos hermanos” – saludo a la multitud, con los ojos llorosos, justo antes de presentarse como portavoz de la viuda, Amélie, silenciosa y abatida, a su lado.

En esta despedida, Muller destacó la “tolerancia absoluta” de Kardec, y su intolerancia también:

 

-          Le tenía un horror a la pereza y la ociosidad. Y murió de pie, después de un inmenso trabajo.

Después de citar la célebre frase del maestro – "Fuera de la caridad no hay salvación” -, Muller enarboló la bandera que, según él, debería ser adoptada como estandarte por todos los compañeros: “Razón, trabajo, y solidaridad”.

 

-          ¡Coraje, pues! Honremos al filósofo y amigo, practicando sus máximas y trabajando, cada uno en la medida de sus fuerzas, para difundir los valores que nos encantaron y convencieron.

En la edición del Diario de París del día siguiente, 3 de abril de 1869, el periodista Pagès de Noyez rindió también su homenaje a Allan Kardec, El “hombre que, por sus obras, fundara el dogma presentido por las más antiguas sociedades”.

Adepto al espiritismo, el reportero – quien viera el cuerpo de Kardec sobre el colchón después de su muerte – escribía con extraña admiración a los periodistas que Kardec enfrentara a lo largo de su cruzada:

 

Kardec murió en su hora. Con él, se cerró el prólogo de una religión vivaz, que, irradiando más y más cada día, pronto iluminará a toda la humanidad.

El periodista pecó por exceso de optimismo o de esperanza.


Traducción: Oscar Cervantes Velásquez

Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís

Santa Marta - Colombia


jueves, 8 de diciembre de 2022

SOÑAR NADA NOS CUESTA

 

Imagén de referencia, tomada de la Web: https://www.inova.com.mx/blog/sonar-no-cuesta-nada-en-el-dia-mundial-de-sonar/

Por: Oscar Cervantes Velásquez

Tremenda sorpresa me llevé aquella noche cuando, sumergido en las apacibles profundidades del sueño, recibí una invitación inusual: ¡una visita al paraíso! Sí, ese paraíso del que tanto nos hablaron desde niños, pero que se nos antojaba casi inalcanzable, especialmente si crecimos dentro de principios cristianos que, con frecuencia, nos hicieron temer no estar a la altura de semejante destino.

Sin embargo, a lo hecho, pecho. Sin pensarlo mucho, acepté la invitación, con la esperanza de contemplar, por fin, las maravillas de ese tan anhelado edén.

Mas, para mi asombro, noté que allí no me esperaba San Pedro con sus llaves, como tantas veces lo imaginamos entre historietas y relatos religiosos. En su lugar, me encontré cara a cara con mi propia conciencia, esa compañera exigente y muchas veces implacable, que comenzó a recordarme cada uno de aquellos momentos en que, haciendo uso de mi libre albedrío, lo desperdicié en acciones que poco o nada contribuyeron a mi crecimiento espiritual.

¡Cuánto dolor me causaron esos recuerdos! Jamás imaginé que aquella invitación al paraíso se convertiría en un reencuentro con las sombras de mi personalidad, con aquel yo egoísta e irreflexivo que tanto sufrimiento generó en quienes amaba, y también en aquellos que, sin formar parte de mi círculo afectivo, se cruzaron en mi camino.

Sin embargo, con el paso del tiempo, que allí transcurría con la sensación de días interminables, tuve la dicha de reencontrarme con seres queridos que creía descansaban en la paz del olvido, y vaya impresión me llevé al verlos activos y laboriosos, comprometidos en tareas de ayuda y servicio, en abierta contravía con la idea que solemos tener sobre la muerte y el descanso eterno. Además, para mi sorpresa, muchos rostros desconocidos se acercaban a saludarme con alegría, identificándome de inmediato y compartiendo conmigo la satisfacción de aquel encuentro, tan poco común para quienes ignoramos la importancia de conocer las realidades espirituales mientras caminamos aún en la carne.

Fue una experiencia hermosa, profundamente transformadora, y distante de las narraciones de quienes viven experiencias cercanas a la muerte. Lo que viví no fue un adiós, sino un encuentro con la vida en otra dimensión, tan real y vibrante como esta que conocemos.

Les aseguro que, si volviera a recibir una invitación semejante, la aceptaría con gusto y gratitud. Porque aquella breve experiencia me dejó aprendizajes invaluables y una visión totalmente distinta de lo que, con tanta ignorancia, solemos llamar “morir”.


martes, 6 de diciembre de 2022

CONSIDERACIONES DOCTRINALES SOBRE EL ESPÍRITU DE NAPOLEÓN I

 

Por: Enrique Eliseo Baldovino

Reveladora información contenida en la 1ª edición de “El Libro de los Espíritus”.


Estudiando las páginas históricas de la 1ª edición de Le Livre des Esprits, Libro de la Luz publicado por el ilustre Codificador, en París, el sábado 18 de abril de 1857, encontramos valiosos y reveladores datos en la Nota XVII de Allan Kardec a la pregunta Nº 500, colocado al final de los originales franceses en la página 170, cuyo facsímil presentamos en este artículo [ver reproducción de la página y las líneas en detalle], traduciendo luego el último párrafo directamente del francés al portugués (el apócope de santo, são , está en minúsculas en el francés original y lo traducimos):

 

 Nota XVII de Kardec a la pregunta Nº 500

 

 (...) “Varios espíritus participaron simultáneamente en estas instrucciones, a las cuales asistieron, tomando la palabra alternativamente y hablando cada uno de ellos en nombre de todos. Entre los que animaron personajes célebres mencionaremos a Juan el Evangelista, Sócrates, Fénelon, San Vicente de Paúl, Hahnemann, Franklin, Swedenborg, Napoleón I; y otros que habitan las más altas esferas (…).” (última letra negrita nuestra)[1] (1)

 

Prestemos mucha atención en el último nombre: Napoleón I, seguido del número romano (I) que indica el título de Emperador de los franceses, cuyo gobierno la Historia registro entre 1804 y 1815, período conocido como el Primer Imperio Francés[2].

 

Se trata del célebre general Napoleón Bonaparte (Ajaccio [Isla de Córcega], Francia, 08/15/1769 – Isla de Santa Elena, Inglaterra, 05/05/1821), quien, tras los lamentables días del Terror de la Revolución Francesa, tenía como misión, según el Espírito del Hermano X,[3] preservar la integridad del territorio francés (ante la invasión de las potencias extranjeras contrarias a la República, frente a la guerra civil en Francia) para el nacimiento de Hippolyte Léon Denizard Rivail quien, en 1857, adoptaría el seudónimo de Allan Kardec – el ilustre Codificador del Espiritismo –, cuyo Espíritu fue elegido por Jesús para traer a la Tierra al Consolador Prometido.

 

Tras conservar con éxito las fronteras francesas y consolidar los logros democráticos de la 1ª República Francesa (derechos humanos y ciudadanos, etc.), el general Bonaparte se dejó llevar por la ambición y la vanidad, invadiendo otras patrias con sus ejércitos (España, Rusia, Austria, Bélgica etc.), auto coronándose emperador de los franceses en 1804 y olvidando la gran tarea de poner en práctica los ideales de la Revolución de 1789: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Napoleón es derrotado por primera vez en 1814 por los países aliados (Rusia, Austria e Inglaterra) que tomaron París, restaurando el trono al rey francés Luis XVIII (hermano de Luis XVI, muerto en la guillotina), un período conocido como la Primera Restauración.

 

Por el Tratado de Fontainebleau, Napoleón I fue exiliado a la Isla de Elba, de donde huyó al año siguiente, retomando el poder imperial, período conocido en la Historia como Los Cien Días (del 20 de marzo al 22 de junio de 1815). Tras ser derrotado definitivamente por el general inglés Wellington en la batalla de Waterloo (Bélgica), el 18 de junio de 1815, Napoleón I se exilió nuevamente, ahora en la lejana isla de Santa Elena, donde murió en 1821, 6 años después del duro exilio. Esta segunda abdicación de Napoleón hace retornar al trono al ya citado Luis XVIII, período designado como la Segunda Restauración de los Borbones.

 

Ciertamente, mucho habrá pensado Napoleón durante aquellos largos años de exilio, impuesto por la Corona Británica. Después de haber conquistado muchas tierras y pueblos, y dominado gran parte de Europa, el antiguo general debió sufrir un triste final como soldado vencido, ante la estrecha visión de los hombres, pero con certeza esas horas fueron benditas para las necesarias y urgentes reflexiones de su espíritu inquieto.

 

Teniendo en cuenta que Napoleón I desencarnó en 1821, y dado que la 1ª edición de El Libro de los Espíritus en 1857, Bonaparte dispuso de varios años (aproximadamente 36) para renovarse espiritualmente y para volver en sí, como se dice en lenguaje evangélico, y participar de las instrucciones de la Espiritualidad, como consta en las páginas históricas de la citada 1ª edición. Los Espíritus también nos informan que Napoleón fue la reencarnación de Alejandro Magno (356 a. C. – 323) y de César (100 a. C. – 44), quienes, con sus conquistas militares, como generales ilustres, cambiaron la historia política y geográfica de la Humanidad

 

Espíritu de Napoleón, el diplomático.

 

En la Revista Espírita de septiembre de 1859, en el artículo intitulado: Conversaciones Familiares de Ultratumba – El General Hoche[4], nos proporciona al respecto otra importantísima información dada por el Espíritu Hoche, general que cuando encarnado (1768-1797) fue contemporáneo de Napoleón.

 

Después de la evocación de Allan Kardec, el histórico diálogo con el Espíritu Hoche se desarrolla en torno a la Guerra de Italia (1859, 2ª guerra de independencia italiana). El ilustre Codificador pregunta al Espíritu Hoche, por medio de la médium Sra. J…:

 

General Hoche

(Sociedad – 22 de julio de 1859)

(...) 3. Dijiste que estabas acompañando las operaciones militares en Italia; esto nos parece natural. ¿Podrías decirnos lo qué piensa al respecto?

 

R. – Ellas produjeron grandes resultados. En mi época peleábamos más tiempo.

 

4. Asistiendo a esa guerra, ¿en ella desempeñabas algún papel activo?

 

R.- No, simple espectador.

 

5. Cómo vos, ¿otros generales de vuestro tiempo estuvieron allí con vosotros?

 

R.- Sí, bien lo puedes imaginar.

 

6. ¿Podrías nombrar algunos?

 

R.- Sería inútil.

 

7. Dicen que Napoleón I estuvo allí presente, cosa que no tenemos dificultad en creer. En la época de las primeras guerras de Italia él era solo un general. ¿Podría decirnos si en esta él veía las cosas desde el punto de vista del general o del emperador?

 

R.- De ambos, incluso de un tercero: el diplomático. (…) La negrillas son nuestras).

 

Según el Diccionario Houaiss de la Lengua Portuguesa, diplomático es aquel que ejerce la diplomacia, que es la ciencia, el arte y la práctica de las relaciones internacionales entre Estados, en la hábil negociación de los problemas y de los asuntos diversos entre países en litigio.

 

Por lo tanto, todo buen diplomático tiene como objetivo llegar a un entendimiento justo entre los individuos y las naciones que representan, siendo embajadores de la paz. Entonces, el Espíritu de Napoleón I se dedicaba ahora a la ardua tarea de la diplomacia entre las patrias y sus hijos. Antes, como general y emperador, tenía el objetivo de dominar a los pueblos por la fuerza. Ahora era el turno del poder de las ideas e ideales superiores que, desde la Espiritualidad, su Espíritu renovado por el sufrimiento moral, quiso llamar a los hombres a la Libertad, a la Igualdad y especialmente a la Fraternidad, y este último ideal no había sido alcanzado por la referida Revolución.

 

Sabemos de la extrema prudencia y sabiduría de Allan Kardec, virtudes demostradas en muchas ocasiones durante su vida apostólica. Si el insigne Codificador quitó el nombre de Napoleón I de la 2ª y definitiva edición de Le Livre des Esprits, debió tener sus razones profundas, por razones obvias y porque, además, el estatuto de la Sociedad Parisina de Estudios Espíritas impedía la actividad política partidaria hiciese parte de la misma, por ser una Sociedad de carácter apolítica.

No olvidemos el contexto histórico de la época: el sobrino de Napoleón I estaba en el poder político francés en el momento de la Codificación. Se trataba de Charles Louis Napoleón Bonaparte (París, Francia , 20/04/1808 – Chislehurst [Kent], Inglaterra, 09/01/1873), quien, tras ser elegido presidente de Francia en 1848, traicionó los ideales republicanos convirtiéndose en emperador de los franceses en 1852, con el nombre de Napoleón III, inaugurando un nuevo período denominado Segundo Imperio Francés, que finaliza en 1870, al perder la guerra franco-prusiana.

 

Al final del Prolegómenos de la 2ª y definitiva edición de El Libro de los Espíritus, constan los siguientes nombres en el último parágrafo, página XLIII de los originales en francés:

 

“San Juan Evangelista, San Agustín, San Vicente de Paúl, San Luis, El Espíritu de Verdad, Sócrates, Platón, Fénelon, Franklin, Swedenborg, etc., etc.”[5].

 

El Espíritu de Napoleón I fue eliminado de esta lista de nombres, así como el de Hahnemann, con la adición de los Espíritus de San Agustín, San Luis, El Espíritu de Verdad y Platón. En la 1ª edición (con 501 preguntas y tres partes) hay 8 nombres, seguidos del pronombre indefinido otros, indicando por lo tanto “a otros [Espíritus] que habitan las más altas esferas”.

 

En la 2ª y definitiva edición (con 1019 preguntas y cuatro partes) constan 10 nombres, seguidos de las importantísimas abreviaturas, etc. etc., que indican que más Espíritus participaron de las instrucciones de la Espiritualidad, y tenemos la certeza que Napoleón I y Hahnemann se encuentran entre ellos, así como tantos otros nombres anónimos.

 

Con las consideraciones doctrinarias de este artículo, tuvimos la intención de registrar otra importante individualidad que hizo y que forma parte de los anales de la Espiritualidad: el Espíritu de Napoleón I.

 

Tomada de la Web: http://www.mundoespirita.com.br/?materia=consideracoes-doutrinarias-sobre-o-espirito-napoleao-i



[1] KARDEC, Allan. Le Livre des Esprits. 1ª edición, 176 páginas. París: E. DENTU, 18/04/1857. Palais Royal, Galerie d'Orléans, 13. Traducción de Enrique Eliseo Baldovino del último párrafo de la p. 170.

[2] KARDEC, Alan. Revista Espírita: Revista de Estudios Psicológicos. CEI: 2009, año II. Julio de 1859, traducido del francés al español por Enrique E. Baldovino, junto con investigaciones extraídas de las notas del traductor 153 y 231 sobre el Espíritu de Napoleón I y el General Hoche, respectivamente.

[3] XAVIER, Francisco C. Cartas y Crónicas. Por el Espíritu Hermano X. 8ª ed. Rio de Janeiro: FEB, 1991. Cap. 28 (Kardec y Napoleón), págs. 121-127.

[4] KARDEC, Alan. Revista Espírita: Revista de Estudios Psicológicos. Año II. Septiembre de 1859. 4ª ed. Río de Janeiro: febrero de 2005, págs. 364-368.

[5] KARDEC, Allan. Le Livre des Esprits. 2ª edición, íntegramente refundida y considerablemente ampliada, 475 páginas. París: DIDIER ET Cie, 1860. Palais Royal, Galerie d'Orléans, 31. Reproducción fotomecánica por IDE, edición FEB, Río de Janeiro, 1998.



CARTA DE ALLAN KARDEC A UN PRISIONERO

Señor: He recibido la carta que me habéis escrito, la cual lamento que mis ocupaciones no me hayan permitido responder antes. A pesar de m...