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miércoles, 28 de julio de 2010

LIBRO: "RETROSPECTIVA BIOGRAFICA DEL Dr. LUIS ZEA URIBE"





El Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís" a través de su Departamento Doctrinario a sacado a la luz pública el libro "Retrospectiva Biográfica del Dr. Luís Zea Uribe", como un homenaje a este insigne cultor de la Doctrina Espírita y considerado por el movimiento espiritista nacional como Pionero del Espiritismo Colombiano.

El libro, prologado por Colombia Montoya de Martínez, destaca los aspectos más importantes del Dr. Zea Uribe en sus facetas como profesional de la medicina, político, escritor y espiritista. Además, resalta la importante labor desarrollada en sus investigaciones en el campo de la mediúmnidad y su aporte a las letras espíritas con su obra "Mirando el Misterio".

Su autor, responsable de este blog, invita a todos los amantes de la cultura espírita a apoyar con su compra a la Fundación Oasis de Amor, proyecto de servicio fraternal de nuestra Casa Espírita "Francisco de Asís".

miércoles, 28 de noviembre de 2007

LA MUJER, EDUCADORA POR EXCELENCIA

Por: Oscar Cervantes Velásquez
Santa Marta - Colombia


Procrear es una ley biológica. Ser padres implica, además, adquirir conocimientos, asumir deberes y responsabilidades para con nuestros hijos y nuestra familia.

Tener hijos, ser padres, es una función natural, pero hacer de ellos personas conscientes, responsables, honestas, solidarias y libres es otra cosa. Y es que la labor educativa que se realiza en el hogar es irreemplazable e intransferible, porque toda conducta se graba en la psiquis del niño y, cuanto antes nos preparemos y nos ocupemos de educarlos, mejor los estaremos capacitando para su progreso consciente y para la concreción de sus objetivos de vida.

Somos responsables ante Dios del cuidado y encauzamiento de esos seres que hoy son nuestros hijos y de quienes somos sus “modelos naturales”, por estar las veinticuatro horas influenciándolos directa o indirectamente, a través de la palabra o del ejemplo, de la presencia o de la ausencia.

Educar es preparar al individuo para vivir dentro de los patrones morales e intelectuales vigentes en determinado momento y en determinada sociedad. La madre debe sustentar la educación de los hijos, enseñándoles la sana convivencia por medio de la evangelización, siguiendo el modelo de Cristo. Evangelizar a un niño o a una persona adulta es, pues, enseñarle a convivir con sus semejantes dentro de los patrones de la moral cristiana.

La naturaleza dio a la madre el amor a sus hijos, en beneficio de la conservación de estos. Sin embargo, en los animales ese amor se limita a sus necesidades materiales y cesa cuando los cuidados ya no son necesarios. En el hombre, persiste durante toda la vida e implica una devoción y una abnegación que, incluso, sobrevive a la muerte y acompaña al hijo hasta más allá de la tumba.

El corazón materno es un cuenco de amor en el que se manifiesta la vida; de ahí que se comprenda que el amor maternal está en las leyes de la naturaleza. Pero, sin lugar a duda, la misión de las madres no siempre es un mar de rosas, sino que, por el contrario, es una tarea espinosa, donde la renuncia y las lágrimas son ingredientes fundamentales. En el ambiente doméstico, el corazón de la mujer debe ser el exponente divino de toda la comprensión espiritual y de todos los sacrificios por la paz de la familia.

Al instituir la familia, quiso Dios, en su infinita sabiduría, confiar a la madre la sublime misión de ser la dispensadora de afecto, infundiendo en su corazón reservas inexorables de abnegación, cariño y paciencia con las cuales acudir a las necesidades del hijo, sin desatender los reclamos del padre, asegurando, de este modo, la condición básica de la supervivencia familiar. Para el hijo, el amor materno es tan indispensable como el sol lo es para la vida de las plantas. Si le falta ese amor, su desarrollo físico, mental, afectivo y espiritual estará comprometido por toda la existencia, de forma insalvable, ya que nada, absolutamente nada, podrá compensarlo.

A la madre incumbe promover la integración familiar, fusionando a unos con otros en la amistad y en la cooperación, ofreciendo a todos su sonrisa estimulante, su palabra de coraje y el calor de su ternura. Sin embargo, en la sociedad actual, la modernidad —en algunos casos— está encontrando hogares sin madres, que lucharon mucho para huir de él, alegando la necesidad de trabajar para ayudar en la economía doméstica. Puro pretexto. Muchas veces, lo que ellas ganan no basta para pagar a la empleada que se queda en su lugar, junto a sus hijos. El objetivo de la fuga de las tareas domésticas es, algunas veces, la búsqueda de placeres ocultos en el anonimato de las multitudes que caracterizan, especialmente, a las grandes ciudades.

Los niños que crecen sin madres, cuidados por un servicio sin ningún vínculo afectivo con ellos, forman esa legión de personas inseguras, enfermas y desequilibradas que acaban siendo una carga onerosa para la sociedad en todos los sentidos.

Por ello, cuando Kardec, preguntando a los espíritus sobre la importancia de la infancia para el hombre, recibió como respuesta que los espíritus entran en la vida corporal para perfeccionarse y mejorarse, y que la debilidad de la edad primaria los hace flexibles y accesibles a los consejos de la experiencia y de quienes deben hacerlos progresar. Entonces es cuando puede reformarse su carácter y reprimirse sus malas costumbres, y esta es la misión que Dios ha confiado a los padres, misión sagrada de la que habrán de rendir cuentas.

El mentor espiritual Emmanuel, a través de la psicografía de Chico Xavier, nos enseña en la obra “El consolador prometido por Jesús” que:

La mujer cristiana enciende la verdadera luz para el camino de sus hijos a lo largo de la vida. La misión de la madre se resume en dar siempre el amor de Dios, Padre de Infinita Bondad, que depositó en el corazón de las madres la sagrada esencia de la vida. La madre terrestre debe comprender ante todo que sus hijos, primeramente, son hijos de Dios.

Desde la infancia tiene que ir preparándolos para el trabajo y la lucha que les aguardan. Ya en sus años iniciales debe enseñar al niño a huir del abismo de la libertad sin restricción, controlando sus actitudes y poniendo orden en su mente, pues esa es la oportunidad más propicia para sentar las bases de su vida.

Ha de sentir a los de otras madres como si fuesen los suyos, sin abrigar en modo alguno la falsa creencia de que los hijos de ella son mejores y están mejor dotados que los de los demás. Enseñará la más pura tolerancia, pero no dejará de ser enérgica cuando sea esto necesario en el proceso de la educación, vista la heterogeneidad de las tendencias y la diversidad de temperamentos que hay entre los niños.

Se sacrificará por la paz de sus hijos, de todos los modos a su alcance, sin quebrantar la pauta de grandeza espiritual de su tarea, enseñándoles que todo dolor es respetable, que todo trabajo edificante es divino y que toda dilapidación constituye una falta grave. Le enseñará el respeto por el infortunio ajeno, a fin de que ellos también sean amparados en el mundo, en la hora de amargura que les espera, hora común a todos los seres. En los problemas del dolor y el trabajo, de la prueba y la experiencia, no debe conceder la razón a ninguna queja de sus hijos sin antes analizar desapasionada y minuciosamente la cuestión, y elevará los sentimientos de ellos hacia Dios, sin permitirles estacionarse en la futilidad o en los prejuicios morales de las situaciones transitorias del mundo.

Será en el hogar el buen consejo sin parcialidad, el estímulo al trabajo y la fuente de armonía para todos. Buscará en la piadosa Madre de Jesús el símbolo de las virtudes cristianas, transmitiendo a los que la rodean los dones sublimes de la humildad y la perseverancia, sin preocuparse en absoluto por las pequeñas glorias efímeras de la vida material.

Al cumplir ese programa de esfuerzo evangélico, aun suponiendo que fracasen todas sus consagraciones y renunciamientos, corresponde a las madres incomprendidas entregar el fruto de sus labores a Dios y prescindir de todo juicio del mundo, pues el Padre de Misericordia sabrá evaluar sus sacrificios y bendecirá las penas que les han tocado en la sagrada institución de la vida familiar».


BIBLIOGRAFÍA

1. La vida en familia — Emmanuel/Chico Xavier.

2. El consolador prometido por Jesús — Emmanuel/Chico Xavier.

 

 

lunes, 11 de junio de 2007

EL FENÓMENO DE LA MUERTE DESDE DIFERENTES CULTURAS

Por: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta - Colombia


El fenómeno biológico de la muerte, desde la aparición del hombre en la Tierra, ha sido observada en algunas culturas como la continuidad de la vida, relacionándolas con las creencias religiosas acerca de la naturaleza de la muerte y la existencia de una vida después de ella y, en algunas otras, como la negación absoluta de la misma, especialmente en la cultura occidental, donde las religiones han influido notoriamente sobre sus adeptos creándoles un cielo o un infierno donde estarán irremediablemente destinados hasta el fin de los tiempos.

Todo el ritual que acompaña a la desencarnación del ser implican importantes funciones psicológicas, sociológicas y simbólicas para los miembros de una colectividad y tiene que ver, no sólo con la preparación y despedida del cadáver, sino también con la completa satisfacción de los familiares y la permanencia del espíritu del fallecido entre ellos.

En todos los pueblos primitivos se han encontrado vestigios de la creencia en la inmortalidad del alma, sin que esos grupos étnicos 
mantuvieran jamás, cualquier contacto entre ellos. Habitando distintos puntos del planeta y desarrollando su propia cultura, en ellos se presentan los mismos cultos, basadas en la certeza de un principio creador, justo y sabio, que recibe, para juzgar, a aquellos que retornan de la Tierra después de la muerte física.

La mitología de cada país es un inmenso océano de hechos espirituales, en el cual desembocan infinidad de ríos del conocimiento que terminan por confundirse, en relación a la continuación de la vida después del desgaste carnal.

Los primeros entierros de que se tienen evidencias son de grupos de Homo sapiens. Además, se conoce de restos arqueológicos que indican que ya el hombre de Neandertal pintaba a sus muertos con ocre rojo. Otras prácticas como lavar el cuerpo, vestirlo con ropas especiales y adornarlo con objetos religiosos o amuletos son muy comunes en muchos pueblos. A veces, al fallecido se le atan los pies, tal vez con la intención de impedir que el espíritu salga del cuerpo. Otro tipo de tratamiento realizado con mayor meticulosidad, es el del embalsamamiento, que nació, casi con seguridad, en el antiguo Egipto. Los egipcios creían que el cuerpo tenía que estar intacto para que el alma pudiera pasar a la siguiente vida, y para conservarlo desarrollaron el proceso de la momificación. 

Para cultura como los Sumerios, el difunto entraba en el Kur, el “Gran Abajo”,  allí presentaba ofrendas a los dioses con los que se quería conciliar. Luego, era acogido por otros muertos con los que viviría en el “País sin Retorno”.

En el caso de los Egipcios, el alma del difunto accedía al reino de Am-Duat, donde se beneficiaba de los favores de Osiris, dios de la inmortalidad. Pero antes de vivir en paz para toda la eternidad, el alma tenía que sufrir varias pruebas reveladas en el Libro de los Muertos, llamado así por los arqueólogos que encontraron el manuscrito, pero que sería más correcto traducir como Libro de la Salida a la Luz del Día. En el antiguo Egipto, la muerte no era considerada como un final en sí mismo, sino como un nacimiento.

En la cultura egipcia, los funerales de los gobernantes representaban un evento religioso para la población, y las pirámides eran un símbolo y prueba de la autoridad real, pues los faraones encarnaban la autoridad espiritual y temporal y su muerte ponía en peligro todos estos elementos.

En la India, la creencia en la reencarnación se basa en un sistema complejo que permite saber si el alma del difunto volverá o no a la Tierra. Según el Hinduismo, existen 16 puertas divididas en tres grupos por las que el alma puede salir. Según el grupo de puertas por las que se escapa, podrá acceder el difunto a un reino superior, tal vez renacerá, o bien, finalmente se transfigurará y entrará definitivamente en un ciclo de renacimientos. Además, llegado al lugar previsto para la ceremonia funeraria, el cortejo se paseaba alrededor del féretro y antiguamente, en algunos grupos, la viuda realizaba el suttee, es decir, se autoincineraba en la pira funeraria del marido. Finalmente las cenizas se depositaban en un río considerado sagrado.

En Grecia, Egipto y la China, los esclavos, muchas veces eran enterrados con sus amos, ya que se creía que en la otra vida el muerto iba a seguir necesitando sus servicios.

En Tailandia, después de la cremación del monarca, el nuevo rey y los miembros de la familia real tradicionalmente buscaban entre las cenizas fragmentos de huesos. Estas reliquias se convertirían en objetos de culto que, de forma indirecta, significaban la continuidad de la presencia y autoridad del monarca fallecido.

Pueblos griegos y latinos representaban a la muerte como una figura triste, con una antorcha apagada. En el cristianismo, se simboliza con un esqueleto armado de una guadaña.

Según el antropólogo B. Malinowski, los nativos de las islas Trobriand, cuando celebran su fiesta anual de la Milamala, tienen especial cuidado de no exponer al aire ningún tipo de punta, extremo de lanza u objetos punzantes, ya que estos podrían dañar a los espíritus de sus difuntos, que en tal fecha acuden en masa a sus poblados para celebrar con ellos tan importante efemérides.

En la sociedad occidental moderna se realiza este proceso para evitar que los familiares tengan que enfrentarse con el proceso de putrefacción de los restos. El ritual funerario varia acorde con las costumbres de cada pueblo y en todas las sociedades se prepara el cadáver antes de colocarlo en el féretro, y su despedida está en función de las creencias religiosas, el clima, la geografía y el rango social. La cremación se práctica en algunas culturas con la intención de liberar el espíritu del muerto. La exposición al aire libre es común en las regiones árticas y entre los parsis (seguidores de la antigua religión persa, el zoroastrismo), donde también tiene un significado religioso. Practicas menos comunes son arrojar el cadáver al agua después de un traslado en barco y el canibalismo.

En el caso de las sociedades precolombinas de América, la muerte era un acontecimiento muy ritualizado, lo que obligaba a ceremonias de todo tipo, acompañadas de ofrendas, alimentos y objetos de acompañamiento y regalos de mucha utilidad durante el largo viaje que se iniciaba tras la muerte.

Entre los Mayas se diferenciaba el enterramiento según la clase y categoría del muerte. La gente ordinaria se enterraba bajo el piso de la casa, pero los nobles solían ser incinerados y sobre sus tumbas se erigían templos funerarios.

Los Aztecas, que creían en la existencia de paraísos e infiernos, preparaban a los difuntos para un largo camino lleno de obstáculos. Tenían que pelear para poder llegar al final y ofrecer obsequios y regalos al señor de los muertos, que decidía su destino final.

Entre los indígenas americanos se creía que el alma de los difuntos viajaba a otra parte del universo, donde disfrutaba de una vida placentera mientras que desarrollaba las actividades cotidianas. El alma de los desdichados o perversos, vagaba por los alrededores de sus antiguas viviendas, provocando desgracias.

Es de destacar, que la Iglesia Católica instituyó el 2 de noviembre como el Día de los Difuntos, cuyo objetivo es interceder ante Dios con oraciones, sacrificios y limosnas por las almas del purgatorio para que abandonen esta morada y vayan al cielo. Fue declarado por primera vez en los monasterios Cluniacenses en el año 998.

En culturas como la mejicana, se cree que las almas de los muertos vienen a visitar a sus amigos y familiares, por ello acuden a los cementerios para arreglar las tumbas y colocar flores, velas y alimentos. Para ellos, no es un día de duelo, sino de celebración, con desfiles mercadillos y conciertos.

A través de la antropología se ha logrado determinar que existen cuatro elementos simbólicos principales en las prácticas funerarias. El primer simbolismo es el color negro, el cual es asociado con la muerte en algunas culturas y en la actualidad esta ampliamente difundido. El segundo elemento es el pelo de los familiares, que puede estar rapado o, por el contrario, largo y desordenado en señal de tristeza. El tercer elemento son las actividades ruidosas con golpes de tambor o cualquier otro instrumento y el cuarto elemento, es la utilización de algunas prácticas mundanas en la procesión con el cadáver.

En las sociedades occidentales modernas, los rituales funerarios engloban velatorios, procesiones, tañido de campanas, celebración de un rito religioso y la lectura de un panegírico. El deseo de mantener viva la memoria del difunto ha dado lugar a muchos tipos de actos, como la conservación de una parte del cuerpo como reliquia, la construcción de mausoleos, la lectura de elegías y la inscripción de un epitafio en la tumba. Uno de los más intrigantes problemas humanos ha sido la interpretación del hombre sobre la vida después del fenómeno de la muerte, saber si la vida se acaba cuando sufre la transformación material ha constituido un gran desafío para la inteligencia.

La documentación es preciosa y muy amplia, y es periódicamente reexaminada y aumentada con nuevos hechos y datos que la enriquecen cada vez más. Si la vida fuera destruida con la muerte, ella no tendría sentido en sí misma, ni finalidad, en razón de su fragilidad y brevedad.

Para los materialistas, la muerte es el fin de todo, pues la vida se reduce a nacer y morir: no creen que algo sobreviva después de la muerte, ni en el alma o espíritu, no creen en Dios, y por consecuencia creen que extinguida la vida material todo se acaba. Los materialistas son tan orgullosos que no admiten la posibilidad que exista alguien superior a ellos, e ahí la causa de no creer en Dios.

Los espiritualistas creen que existe un alma o espíritu que sobrevive después de la muerte física, pero su destino está definido por su conducta en una única existencia. Para ella sólo hay dos posibilidades: el cielo eterno para quienes hicieron el bien o el infierno eterno, para quienes hicieron el mal.

No creen que los muertos puedan comunicarse con los vivos, porque Moisés lo prohibió (Deuteronomio 18:10 - 12 y Levítico 19:31 y 20:27). Ahora, si Moisés lo prohibió es porque era posible comunicarse con ellos, pues nadie prohíbe algo imposible. Y, si los muertos van al cielo o al infierno de acuerdo a su comportamiento en la vida, ¿porqué entonces, vamos al cementerio a recordarlos y orar por ellos? Se supone que ellos no nos oyen más, o no podemos interceder por ellos, puesto que su suerte está irremediablemente definida. Jesús, nos mostró que podía ser posible el intercambio entre vivos y muertos, conversando con Elías y Moisés en el Monte Tabor.

La demostración mediúmnica de la inmortalidad del alma, proporciona valor al hombre, cuyos horizontes se hacen más amplios y lejanos, asignándole posibilidades infinitas y realizaciones sin término.

Desde entonces, los valores éticos se agigantan y el amor adquiere una dimensión ilimitada, uniendo a todos los seres bajo el árbol de la fraternidad que impulsa a la búsqueda de la felicidad por medio del trabajo y de la lucha que subliman.

Vemos a madres de criminales que lloran por sus hijos que están presos, pidiendo a Dios su regeneración. Jesús, el amigo excelso, nos enseñó que debemos perdonar siempre, ¿porqué Dios, que es más perfecto y bueno que nosotros, no nos perdonaría nuestros errores? Dios nos perdona siempre. Si caminamos en el error, con certeza iremos a zonas de sufrimiento, pero saldremos de allí, arrepintiéndonos y reparando el mal que realizamos. Si nos vamos para el “infierno” o los “umbrales de la vida”, no es porque Dios nos castigó, sino porque transgredimos las Leyes de Dios, y esta ley, como todas las otras, da una reacción a cada acción que practicamos.

Para la cultura Espírita, la muerte no existe, pues somos espíritus inmortales y solo cambiamos de plano cuando dejamos la vida física, ya que retornamos a nuestra patria espiritual. Para nosotros no existe ni el cielo, ni el infierno, solo estados de conciencia. Es decir, quienes son buenos, tienen la conciencia tranquila y viven en paz; pero para aquellos que persisten en el camino del error y del mal, sufrirán penas morales por los actos practicados y solo saldrán de ese estado, cuando se arrepientan y reparen el mal que hicieron.

La Tierra ya no es el punto final, la estancia única para el ser, sino que es una escuela para el aprendizaje y para la adquisición de la experiencia, lo cual, junto trabaja a favor del perfeccionamiento del espíritu.

El dolor deja de ser un castigo de la vida para transformarse en inevitable efecto de la opción personal de cada cual, que escoge tal o cual camino, de paz o de violencia, de esfuerzo o pereza para crecer y progresar.

Por eso, el día de los muertos, recordémonos siempre de nuestros familiares y amigos desencarnados, con alegría. Y no nos olvidemos de prepararnos para nuestra partida de este mundo, mejorando nuestra conducta moral ante nuestro prójimo y procurando no apegarnos mucho a los bienes terrenales, para que cuando regresemos al mundo espiritual podamos llegar con nuestra conciencia tranquila.

La mentora espiritual Juana de Angelis, en su libro “Autodescubrimiento”, nos enseña que “el dolor ante la muerte de un ser querido, es consecuencia entre otros factores, de atavismos psicológicos, filosóficos y religiosos, que no educaron al individuo a considerar natural, como lo es, al acontecimiento que forma parte del proceso orgánico para el cual la vida se expresa”.

“La propia conceptuación de la muerte como fin, es frágil e insostenible, porque nada se extermina y los muertos no han interrumpido el flujo existencial. Se transfieren de onda vibratoria, se dislocan temporariamente, pero no se aniquilan. Continúan viviendo, se comunican con aquellos que quedaron en la Tierra , establecen nuevos lazos de intercambio, aguardan a los afectos y los reciben, a su vez, cuando desencarnan”.

“Es justo que se sufra el dolor de la separación, que se llore la ausencia, que se interrogue en silencio cómo se encontrará en la nueva situación el ser amado. No obstante, la desesperación no se justifica, por no ecuacionar ni llenar el vacío que queda”.

“Manifestar el dolor mediante los recuerdos felices, señalados por el rocío de las lágrimas, revivir episodios marcantes con ternura, repartir los haberes con los necesitados en su memoria, envolverlos en oraciones y crecer íntimamente, son recursos valiosos para la liberación de las amarguras consecuentes de la muerte”.

Con la Doctrina Espírita existe “la esperanza del reencuentro, de la comunicación y gracias al afecto preservado, se ilumina, se suaviza y mantiene sólo las señales de la gratitud por haber disfrutado de esa presencia querida”.

lunes, 4 de junio de 2007

DE HYDESVILLE AL ESPIRITISMO

HERMANAS FOX

Por: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta - Colombia

El hombre siempre se ha enfrentado a la dualidad “materialismo-espiritualismo”, donde el materialismo, por la fuerza de atracción que ejerce sobre su psíquis y las sensaciones de la materialidad sobre su cuerpo físico, ha jugado un papel preponderante a la hora de negar la existencia del alma en el ser humano. Peor aún, cuando surgen corrientes como el ateísmo (materialismo) que “pretende negar la existencia de todo tipo de divinidad fundante o presente; concepción esta que proviene de los griegos, especialmente de Demócrito y Leucipo, según la cual el cinismo, el epicureísmo y el hedonismo deben remitir al hombre al goce intramundano, sin deberle cuentas a ninguna deidad que no fuera la propia individualidad”[1].

El materialismo filosófico llegó al absurdo de negar la vida espiritual mediante el Positivismo, con Augusto Comte, y más tarde con Littré, que utilizaba el sofisma: “El cerebro es el agente del pensamiento y cuando aquél muere éste se acaba”[2]

Por otra parte, “siguiendo otra dirección, se destacan Sócrates, Platón y Aristóteles que establecieron la corriente idealista o espiritualista, informando que hay en el Universo un primer-motor o mundo de las ideas de donde el ser procede y al cual vuelve cuando ocurre la muerte corporal. Es decir, que el hombre está constituido por el ser – el espíritu inmortal – y por el no ser – la materia”[3].

Partiendo de estos dos conceptos fundamentales, a la hora de comprender la importancia que tiene el surgimiento de la Doctrina Espírita en el seno de nuestra humanidad terrestre, todo el que cree que hay algo más allá de la materia es espiritualista, pero no por ello cree en la existencia de los Espíritus o en sus comunicaciones con el mundo invisible.

El problema de la creencia o no en el alma humana ha sido discutido durante mucho tiempo, sin embargo, los fenómenos de ultratumba los encontramos en el fondo de todas las creencias, manifestando de esa manera la ligazón entre los mundos material e inmaterial. No obstante, en muchas sociedades el estudio de estos fenómenos era privilegio de algunos iniciados, ocultando al común de la gente el resultado de sus investigaciones.

León Denís, en su magnífica obra “Cristianismo y Espiritismo” apoya nuestras inquietudes cuando afirma: “El problema del Más Allá surge ante el Espíritu humano con una fuerza, una autoridad y una persistencia tales, como nada semejante se haya producido quizás antes en la historia, pues jamás se había visto un conjunto de hechos y de fenómenos, considerados al principio como imposibles y no despertando en el pensamiento de la mayoría de nuestros contemporáneos más que antipatía y desdén, acabar por imponerse a la atención y el examen de los más competentes y autorizados”[4].

Las ideas precursoras de la Doctrina Espírita las encontramos en Sócrates y Platón, tal como aparecen en la introducción a "El Evangelio según el Espiritismo" y en muchos otros seres que, enfrentándose a una sociedad hipócrita y cohonestadora a la vez, rompieron las cadenas de la intolerancia y la insensatez para proclamar las ideas de la inmortalidad del alma.

Entre ellos destacamos a el sueco Emmanuel Swedwnborg, quien desde niño tuvo manifestaciones paranormales, las cuales se acentuaron al llegar a los cincuenta años de edad, legando para la posteridad sus visiones acerca de la vida en el mundo espiritual, confirmadas hoy por las informaciones que André Luiz nos hizo llegar a través de sus obras por medio de la psicografía de Chico Xavier.

En Andrew Jackson Davis, encontramos otro precursor de las ideas espíritas, quien en su obra “Penetralia previó la irrupción de la fenomenología mediúmnica que daría origen al movimiento espiritista, al cual se sumo con entusiasmo”[5]. Además, “entre sus anotaciones personales, aparece una fechada el 31 de marzo de 1848, en los siguientes términos:

"Esta mañana, hacia el amanecer, un hálito fresco pasó por mi rostro y oí una voz tierna y segura que me decía: Hermano, ha comenzado la buena labor; contempla la demostración viviente que se inicia. Me quedé divagando acerca del significado de tal mensaje”[6].

Surgen así las primeras manifestaciones del espiritualismo moderno, en Estados Unidos, país joven y menos sujeto que la vieja Europa al espíritu de rutina y a los prejuicios del pasado, tal como afirma León Denís, en la aldea de Hydesville, en el condado de Wayne, puerto de Nueva York, donde a través de golpes o “raps” la familia Fox asiste a la alborada de un nuevo amanecer para la humanidad, la comunicación con el espíritu de Charles Rosma, buhonero (vendedor ambulante), quien había sido asesinado para robarle la mercancía por parte de los anteriores inquilinos de la casa, el matrimonio Bell.

“Una criada de los Bell, Lucrecia Pulver, declaró que vio al vendedor y lo describió; dice como llegó a la casa y refiere su misteriosa desaparición. Una vez descendió al sótano y su pié se enterró en un hueco y al decirle a su patrón, él le dijo que debían ser ratones, y fue rápidamente a hacer las reparaciones necesarias. Ella vio en mano de sus patrones algunos objetos de la caja del vendedor ambulante”.

“El 23 de noviembre de 1904. el Jornal de Boston deba la noticia de que el esqueleto del hombre que posiblemente producía los golpes, oídas inicialmente por las en 1848, fuera encontrado y las mismas estaban, por lo tanto, eximidas de cualquier duda con respecto al descubrimiento de la comunicación con los Espíritus”.

Diversas comisiones se formaron en la época de los acontecimientos, con la finalidad de estudiar los extraños fenómenos y desenmascarar el fraude atribuido a las Fox. Se verificó que ellos ocurrían en presencia de las pequeñas y se les atribuyó el poder de la mediumnidad. Sin embargo, ninguna comisión consiguió demostrar que se trataba de fraude. Los hechos eran absolutamente verídicos, aunque hubiesen sometido a las pequeñas a los más rigurosos y severos exámenes, alcanzando a veces los límites de la brutalidad.

Las Hermanas Fox fueron presionadas. La iglesia las excomulgó, por haber hecho pacto con el demonio. Fueron acusadas de embusteras y muchas veces amenazadas físicamente.

En 1888, al conmemorar los 40 años de los fenómenos de Hydesville, Margareth Fox ilusionada por promesas de favores económicos por parte del cardenal Maning, hizo publicar un reportaje en el New York Herald en el que afirma que los fenómenos que realizaron eran fraudulentos. Sin embargo, al año siguiente, arrepentida de su falta de honestidad para con el Espiritismo, reúne a una gran cantidad de público en el salón de música de Nueva York y se retracta de sus declaraciones anteriores, no sólo afirmando que los fenómenos de Hydesville eran reales, sino provocando una serie de fenómenos físicos en el salón.

“La retractación fue publicada en la época. Consta en el Ligth y en el diario americano New York Press, del 20 de mayo de 1889” [7].

El ejemplo de las hermanas Fox cundió de tal modo que en 1854 había ya en Estados Unidos más de tres millones de fieles dirigidos por médiums, buena parte de los cuales desembarcó en 1853 en Europa para extender sus redes por el viejo continente. Numerosas celebridades de la época como Alejandro Dumas, Victor Hugo, Gustave Flaubert, Aldous Huxley o Thomas Mann se interesaron por la doctrina. Y otros como Conan Doyle, se convirtieron fervientemente a ella tras asistir a sesiones espiritistas en las que se producían levantamientos de mesas, o apariciones y materializaciones de fantasmas.

Pero cuando las hermanas Fox confesaron haber inventado su experiencia, o se descubrieron las trampas de algunos médiums, cuyos poderes aparecían y desaparecían cuando les venía en gana, la decepción comenzó a extenderse entre los adeptos del Espiritismo, si bien es cierto que algunos médiums fueron sometidos a control sin que pudiera hallarse en ellos ningún fraude. Fue tal el caso de Daniel Douglas Home, que podía tocar un acordeón sin poner sobre él sus manos, como atestiguó sir William Crookes. O el de Leonora Piper, cuyas dotes de mediumnidad fueron corroboradas por el psicólogo William James y otros treinta eminentes investigadores ingleses y norteamericanos como Frederich Myers y sir Oliver Lodge.

“Al comienzo, en los Estados Unidos de América, los Espíritus sólo se comunicaban por un proceso trabajoso y bastante demorado en el que alguien decía en voz alta el alfabeto y el Espíritu era invitado a manifestar por “raps” o golpes las letras, que reunidas, debían componer las palabras que quería decir. Era la telegrafía espiritual”.

“Los Espíritus indicaron, en 1850, una nueva manera de comunicación: bastaba simplemente que se colocasen alrededor de una mesa, encima de la cual se colocaban las manos. Levantando una de las patas, la mesa daría (en cuanto se recitaba el alfabeto) un golpe cada vez que fuera dicha la letra que servía al Espíritu para formar las palabras. Ese proceso aunque muy lento, producía resultados excelentes, y así se llegó a las mesas girantes y parlantes”.

“Hay que anotar que la mesa no se limitaba a levantarse sobre una pata para responder a las preguntas que se le hacían; se movían en todos los sentidos, giraba bajo los dedos de los investigadores, a veces se elevaba en el aire, sin que se descubriese las fuerzas que la suspendían”.

“El fenómeno de las mesas girantes se propagó rápidamente, y durante mucho tiempo entretuvo la curiosidad de los salones de la sociedad. Después, se aburrieron de ella, pues la gente frívola que sólo imita la moda, la consideró como simple distracción”.

Sin embargo, las personas observadoras y con criterio abandonaron las mesas girantes por haber “visto nacer en ellas algo serio, destinado a prevalecer”, y “pasaron a ocuparse de las consecuencias a que el fenómeno daba lugar, más importante en sus resultados. Dejaron el alfabeto por la ciencia, tal es el secreto de ese aparente abandono”. (…)

Las mesas girantes representarán siempre el punto de partida de la “Doctrina Espírita” y merecen, por eso, una explicación, para que, conociéndose las causas, sea facilitada la llave para descifrar los efectos más complejos”.

Las observaciones e investigaciones Espíritas realizadas por Allan Kardec, y otros sabios, demostraron que la causa inteligente era determinada por los Espíritus, que podían actuar sobre la materia, utilizando el fluido suministrado por los médiums, esto es, mediador o intermediario entre los Espíritus y los hombres, generando así, las manifestaciones físicas y las manifestaciones inteligentes.

Se perfeccionaron los procesos. Las comunicaciones de los Espíritus no se detuvieron en las manifestaciones de las mesas girantes. Evolucionaron hacia las cestas y las planchetas, a las cuales se le adaptaban lápices y las comunicaciones pasaron a ser escritas – era la psicografía indirecta. Posteriormente se eliminaron los instrumentos y apéndices: el médium, tomando directamente el lápiz, pasó a escribir por un impulso involuntario y casi febril – era la psicografía directa.[8].

A mediados del siglo XIX, Allan Kardec (pseudónimo del sabio francés Hippolyte León Denizard Rivail, colaborador de Pestalozzi, profesor de química, física, matemática, astronomía y autor de diversas obras didácticas adoptadas por la Universidad de Francia, miembro de varias academias de sabios, inclusive de la Academia Real D´Arras), a instancias de los Espíritus codificó la Doctrina Espírita, trayendo nuevos y más amplios conocimientos sobre la vida, el universo y las leyes que lo rigen.

Fueron los Espíritus Superiores, bajo la supervisión del Espíritu de Verdad, que trajeron esas informaciones y esclarecimientos, respondiendo a preguntas hechas por Kardec, las cuales se encuentran en "El Libro de los Espíritus", que fue publicado en París, el 18 de abril de 1857. Posteriormente surgieron "El Libro de los Médiums", "El Evangelio Según el Espiritismo", "El Cielo y el Infierno" y "La Génesis". Esos cinco libros representan la codificación de la Doctrina Espírita.

Son informaciones y esclarecimientos que muestran la vida y la evolución desde una óptica más amplia, cuyos mecanismos son verdaderamente justos, sabios y perfectos, y que encaja con todo lo que experimentamos en nuestro diario vivir; dándonos paz, serenidad, esperanza y consuelo.

El Espiritismo nos enseña una conducta más saludable para la mente y el cuerpo y una ética de vida más compatible con nuestras necesidades evolutivas; abre ante nuestra curiosidad y sed de saber, un universo infinito de nuevos conocimientos. Es como redescubrir la vida bajo nuevos y maravillosos enfoques, bajo nuevos colores y perspectivas.

La finalidad esencial del Espiritismo es ayudar al ser humano en su evolución, recordándole las enseñanzas de Jesús y trayéndole todo un universo de nuevos conocimientos.

Vianna de Carvalho en la obra “Enfoques Espíritas”, psicografiada por Divaldo Pereira Franco, nos esclarece: “no obstante el respeto que nos merecen todas las corrientes del pensamiento espiritualista, particularmente las que derivaron del Cristianismo primitivo, la Doctrina Espírita cumple todas las cláusulas del anuncio de Jesús, clarificando sus enseñanzas, gracias a los postulados a través de los cuales se expresa.

Acentúa aún más: Al declarar que enviaría al Consolador para la Humanidad , a fin de que él repitiese Sus sabias lecciones y trajese otras que aún no podían aprenderse en aquellos días, el Maestro fue tácito en reconocer que nosotros, los hombres, olvidaríamos el incomparable mensaje y lo adulteraríamos, despojándolo de su significado profundo, careciendo, por consiguiente, de las condiciones mínimas para comprender en su totalidad la magnitud de la revelación”[9].

Es por ello que el Espiritismo llega a la humanidad en el momento propicio, cuando el conocimiento, traducido en un avance científico e intelectual, nos muestra el camino hacia la liberación del ser de las amarras de la ignorancia y la necesidad de iniciar su ascenso definitivo hacia el infinito de la espiritualidad buscando el progreso moral, sin el cual el hombre crece en la horizontalidad, sin penetrar en la verticalidad del conocimiento divino, tal como lo manifiesta Amalia Domingo.

Según Amalia Domingo Soler, los espíritus le dicen que: el Espiritismo es el alma en acción, es la fraternidad de los pueblos, es la vida del hombre dándoles las llaves del pasado, del presente y del porvenir; es un manantial que nunca se agotará, es la cuenta de la herencia que tenemos ganada, es la ley de las inteligencias, es el eco de los tiempos, es la civilización eterna, es el reflejo del pasado iluminando nuestro presente[10].

Allan Kardec en su obra La Génesis, expresa que: “El Espiritismo no crea la renovación social; la madurez de la Humanidad es la que hará de esa renovación una necesidad. Por su poder moralizador, por sus tendencias progresivas, por la amplitud de sus metas, por la generalidad de las cuestiones que abarca, el Espiritismo es más apto que cualquier otra doctrina, para secundar el movimiento de regeneración; por eso él es contemporáneo de ese movimiento”[11].

No queremos terminar estas divagaciones, acerca del gran camino recorrido por la Doctrina Espírita hasta nuestros días, sin recordar la enseñanza del Espíritu de Verdad en "El Evangelio según el Espiritismo", cuando nos expresa: “Mi Padre no quiere aniquilar la raza humana; quiere que, ayudándose unos a otros, muertos y vivos, es decir, muertos según la carne, porque la muerte no existe, os socorráis, y que no ya la voz de los profetas y de los apóstoles, sino la voz de aquellos que ya no están en la Tierra , se haga oír para gritaros: ¡Rogad y creed! Porque la muerte es la resurrección, y la vida es la prueba elegida, durante la cual vuestras virtudes cultivadas deben crecer y desarrollarse como el cedro”[12].

El Espiritismo llenó un gran vacío en el corazón de los hombres, quitándonos el velo que nos ocultaba las grandes verdades del espíritu, y hoy con el corazón henchido de fe y esperanza en un mañana mejor, entiende que en la patria espiritual está la verdadera esencia del ser inmortal en su camino hacia la perfección.

BIBLIOGRAFÍA
[1] Faro, Filosofía. Editorial Voluntad.
[2] Hacia las Estrellas, Aplicación del Conocimiento Espírita, Fernández Colavida. Librería Espírita “Alvorada” Editora. 1990, pág. 132 y 133.
[3] Hacia las Estrellas, La Victoria de la Vida , Fernández Colavida. Librería Espírita “Alvorada” Editora. 1990 Pág. 49 a 53.
[4] León Denís, Cristianismo y Espiritismo. Editora Argentina 18 de Abril. 1991, pág 137.
[5] Jon Aizpurúa, Historia de la Parapsicología. Edicomunicación S. A. 1989, pág. 90.
[6] Jon Aizpurúa, Fundamentos del Espiritismo. Movimiento de Cultura Espírita CIMA. 1991, pág. 43 – 44.
[7] Curso Básico de Espiritismo, Las Hermanas Fox. Asociación de Divulgadores del Espiritismo de Portugal.
[8] Curso Básico de Espiritismo, Las Mesas Girantes. Asociación de Divulgadores del Espiritismo de Portugal
[9] Vianna de Carvalho, Cristianismo y Espiritismo en Enfoques Espíritas. Librería Espírita “Alvorada” Editora. 1982. Pág. 13.
[10] Amalia Domingo Soler, El Estudio del Espiritismo en La Luz del Porvenir.
[11] Allan Kardec, La Génesis , 14a edición de la FEB – Cap. XVIII, ítem 25.
[12] Allan Kardec, El Evangelio según el Espiritismo 27a edición, Mensaje Fraternal – Cap. VI, ítem 5.

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