F. Altamir Da Cunha
¿Cómo convivir con el vacío
inmenso generado por la pérdida de un ser querido? ¿Cómo aceptar una separación
sin fin de alguien a quien amamos tanto?
Estas son las preguntas que
pueblan con frecuencia las mentes de quienes se han visto sorprendidos por el
fenómeno de la muerte, segando la vida de amigos y parientes. Son criaturas
que, hasta entonces, mantenían viva la llama de la esperanza en una permanencia
más larga de la persona amada en su compañía. Sin embargo, de repente, su
partida se convirtió en una experiencia amarga.
Innegablemente, es un dolor
inmenso; y se vuelve difícil el intento de enmascarar el sufrimiento y contener
las lágrimas. No obstante, no se puede olvidar que la falta de resignación no
solo causa sufrimiento en los que permanecen en el cuerpo, sino también en el
ser que partió.
En El Libro de los
Espíritus, pregunta 936, Allan Kardec interrogó a la Espiritualidad respecto al
asunto:
¿Cómo
es que los dolores inconsolables de los que sobreviven afectan a los Espíritus cuya
desencarnación se llora? “El Espíritu es sensible al recuerdo y a la nostalgia
de quienes le eran queridos en la Tierra; pero un dolor incesante e irrazonable
lo toca penosamente, porque, en ese dolor excesivo, ve falta de fe en el futuro
y de confianza en Dios y, por consiguiente, un obstáculo para el adelanto de
los que lo lloran y tal vez para su reunión con estos”.
Sin embargo, no se puede
olvidar que la inconformidad causante de tanto sufrimiento es fruto del
desconocimiento respecto al fenómeno.
Todavía predomina, en la
gran mayoría de los habitantes del planeta, la ignorancia respecto a su doble
constitución: espíritu y materia. En esa condición, es común dirigir toda la
atención hacia la vida material, olvidándose que ella es transitoria, e
ingenuamente se desconsidera la vida espiritual y su perpetuidad.
El "conoceréis la
verdad y la verdad os hará libres", conforme a la enseñanza del Maestro
Jesús, se aplica muy bien al contexto, pues el conocimiento respecto a la
interrelación entre vida, muerte y espiritualidad liberará, definitivamente, a
la Humanidad de ese innecesario y perjudicial sentimiento de pérdida.
En realidad, la muerte no
representa una pérdida ni una separación sin fin, sino apenas el retorno al
mundo de origen. Allí se dará el reencuentro con los que nos antecedieron y con
los que, más tarde o más temprano, también regresarán allá.
Pérdida es una etiqueta
carente de sentido, ya que incluso las criaturas que son puestas bajo nuestra
custodia, a las cuales llamamos hijos, no nos pertenecen: pertenecen a Dios.
Dios, en cualquier momento, podrá llamarlos de vuelta; y nosotros, aunque sintamos
el dolor de la nostalgia, debemos estar agradecidos por el tiempo en que los
tuvimos a nuestro lado.
Disertó muy bien sobre el
asunto Gibran Khalil Gibran en El Profeta:
Vuestros
hijos no son vuestros hijos. Son los hijos y las hijas del anhelo de la Vida
por sí misma. Vienen a través de vosotros, pero no son de vosotros. Y aunque
conviven con vosotros, no os pertenecen. Podéis otorgarles vuestro amor, pero
no vuestros pensamientos, porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Por lo tanto, de la misma
forma que no sufrimos una pérdida cuando devolvemos un objeto valioso a alguien
que nos lo prestó, no debemos imaginar que sufrimos una pérdida con la muerte
de un ser querido. Sufrimos apenas el dolor de la ausencia, que será diluida
bajo la acción de la esperanza en el reencuentro, que ciertamente sucederá.
En un momento tan difícil
como el que se relaciona con el retorno de un ser querido a la Espiritualidad,
no olvidemos el ejemplo de María, la madre de Jesús: con los ojos fijos en el
hijo amado, que nada había hecho para merecer muerte tan ignominiosa, lloraba
serenamente con la esperanza de que Él apenas regresaba a su verdadero Padre.

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