lunes, 6 de abril de 2026

ANTE LA PÉRDIDA DE UN SER QUERIDO

F. Altamir Da Cunha

¿Cómo convivir con el vacío inmenso generado por la pérdida de un ser querido? ¿Cómo aceptar una separación sin fin de alguien a quien amamos tanto?

Estas son las preguntas que pueblan con frecuencia las mentes de quienes se han visto sorprendidos por el fenómeno de la muerte, segando la vida de amigos y parientes. Son criaturas que, hasta entonces, mantenían viva la llama de la esperanza en una permanencia más larga de la persona amada en su compañía. Sin embargo, de repente, su partida se convirtió en una experiencia amarga.

Innegablemente, es un dolor inmenso; y se vuelve difícil el intento de enmascarar el sufrimiento y contener las lágrimas. No obstante, no se puede olvidar que la falta de resignación no solo causa sufrimiento en los que permanecen en el cuerpo, sino también en el ser que partió.

En El Libro de los Espíritus, pregunta 936, Allan Kardec interrogó a la Espiritualidad respecto al asunto:

¿Cómo es que los dolores inconsolables de los que sobreviven afectan a los Espíritus cuya desencarnación se llora? “El Espíritu es sensible al recuerdo y a la nostalgia de quienes le eran queridos en la Tierra; pero un dolor incesante e irrazonable lo toca penosamente, porque, en ese dolor excesivo, ve falta de fe en el futuro y de confianza en Dios y, por consiguiente, un obstáculo para el adelanto de los que lo lloran y tal vez para su reunión con estos”.

Sin embargo, no se puede olvidar que la inconformidad causante de tanto sufrimiento es fruto del desconocimiento respecto al fenómeno.

Todavía predomina, en la gran mayoría de los habitantes del planeta, la ignorancia respecto a su doble constitución: espíritu y materia. En esa condición, es común dirigir toda la atención hacia la vida material, olvidándose que ella es transitoria, e ingenuamente se desconsidera la vida espiritual y su perpetuidad.

El "conoceréis la verdad y la verdad os hará libres", conforme a la enseñanza del Maestro Jesús, se aplica muy bien al contexto, pues el conocimiento respecto a la interrelación entre vida, muerte y espiritualidad liberará, definitivamente, a la Humanidad de ese innecesario y perjudicial sentimiento de pérdida.

En realidad, la muerte no representa una pérdida ni una separación sin fin, sino apenas el retorno al mundo de origen. Allí se dará el reencuentro con los que nos antecedieron y con los que, más tarde o más temprano, también regresarán allá.

Pérdida es una etiqueta carente de sentido, ya que incluso las criaturas que son puestas bajo nuestra custodia, a las cuales llamamos hijos, no nos pertenecen: pertenecen a Dios. Dios, en cualquier momento, podrá llamarlos de vuelta; y nosotros, aunque sintamos el dolor de la nostalgia, debemos estar agradecidos por el tiempo en que los tuvimos a nuestro lado.

Disertó muy bien sobre el asunto Gibran Khalil Gibran en El Profeta:

Vuestros hijos no son vuestros hijos. Son los hijos y las hijas del anhelo de la Vida por sí misma. Vienen a través de vosotros, pero no son de vosotros. Y aunque conviven con vosotros, no os pertenecen. Podéis otorgarles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos, porque ellos tienen sus propios pensamientos.

Por lo tanto, de la misma forma que no sufrimos una pérdida cuando devolvemos un objeto valioso a alguien que nos lo prestó, no debemos imaginar que sufrimos una pérdida con la muerte de un ser querido. Sufrimos apenas el dolor de la ausencia, que será diluida bajo la acción de la esperanza en el reencuentro, que ciertamente sucederá.

En un momento tan difícil como el que se relaciona con el retorno de un ser querido a la Espiritualidad, no olvidemos el ejemplo de María, la madre de Jesús: con los ojos fijos en el hijo amado, que nada había hecho para merecer muerte tan ignominiosa, lloraba serenamente con la esperanza de que Él apenas regresaba a su verdadero Padre.

 


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