EXORDIO
Mucho se ha escrito sobre las causas de la violencia en Colombia; algunos textos basados en investigaciones veraces, otros, de forma sesgada desde el punto de vista político-social. Esto último, muchas veces, impide ver a profundidad las reales causas del desiderátum violento de una parte de nuestra sociedad, la cual, tarde o temprano, deberá enfrentarse a los desequilibrios generados en el campo emocional a causa de los hediondos crímenes a los que se halla vinculada.
Pretendemos sumergirnos en las profundidades abisales
de un problema inherente a la esencia espiritual de quienes, encarnados en
Colombia, han sido fuente constante del violento desequilibrio que nos
acongoja. Nos acompañan en esta experiencia, como siempre, los mentores
espirituales quienes, con sus inspiraciones y consejos, nos alientan a trabajar
para aportar luces esclarecedoras al germen de la violencia en nuestro país.
Colombia es un vasto territorio adornado de riquezas
naturales, ubicado en el continente americano, zona privilegiada por la
divinidad. Así lo narra el Espíritu Emmanuel en la obra “A camino de la Luz”:
“Cristo localiza, entonces, en América sus fecundas
esperanzas. El siglo XVI nace con el descubrimiento del nuevo continente, sin
que los europeos, en general, comprendiesen, en la época, la importancia de
semejante acontecimiento. Las riquezas fabulosas de la India deslumbran al
espíritu aventurero de aquel tiempo y las cabezas coronadas del Viejo Mundo no
habían entendido el significado moral del continente americano”.
Ante
semejante afirmación, me atrevería a asegurar que aún somos muchos los que no
hemos entendido el profundo alcance que representa la región americana para las
huestes espirituales que dirigen nuestro planeta.
Lo
anterior es ratificado por el Hermano X (Humberto de Campos) en la obra
psicografiada por Chico Xavier, “Brasil, corazón del mundo, patria del
Evangelio”, donde relata que:
“Cuando
Jesús llegó con su corte de ángeles y con Helil[1] al
continente que sería descubierto (América del Sur) a finales del siglo XIV,
cerca del año 1360, vislumbraron el Crucero del Sur y vieron que en Brasil
sería trasplantado el árbol del Evangelio que había sido tergiversado en
Palestina y Europa. Brasil tendría la forma de un corazón para abrigar a todos
aquellos que deseasen luchar por la Doctrina del Señor. La iniciativa tuvo como
consecuencia inmediata la reencarnación de Helil en la ciudad de Oporto, en
1394, para dar el impulso decisivo a las navegaciones atlánticas y proporcionar
el descubrimiento de América en 1492, por Cristóbal Colón, y en 1500 del
Brasil, por Pedro Álvarez Cabral. Se consolidaba así la voluntad de Jesús de
trasplantar el árbol del Evangelio a una nueva tierra[2]”.
Y
en esta nueva tierra surge, como consecuencia de todo un proceso histórico,
Colombia, enclavada en una posición privilegiada con relación a otros países de
la región. Es un territorio único por su biodiversidad y cultura; sin embargo,
ha sido constantemente asediado por los violentos, incluso antes de la llegada
de los conquistadores. De acuerdo con investigaciones antropológicas,
existieron en toda esta región americana tribus que sometían a otras a través
de la fuerza, como parte de un primitivismo ancestral donde el instinto se
ejercita a través de impulsos automáticos.
Aun
así, con la violenta llegada de los conquistadores a estas regiones, se
cumplían los designios de Jesús, tal como lo afirma Emmanuel:
“Los
delegados de Jesús, sin embargo, abstraídos de la crítica o del aplauso del
mundo, cumplen sus grandes deberes en el ámbito de las nuevas tierras. Bajo
determinaciones superiores, organizan las líneas evolutivas de las
nacionalidades que tendrían que florecer ahí en el porvenir”.
Y más adelante concluye:
“En
los campos exuberantes del continente americano están plantadas las simientes
de luz del árbol maravilloso de la civilización del futuro[3]”.
La
historia de Colombia representa, para legos y eruditos, un intenso campo de
estudio como ejemplo de democracia y de civilismo en América Latina. A pesar de
cargar como un lastre diecinueve años de lucha por su independencia, varias
guerras civiles, conflictos internacionales con países vecinos, la época de
"La Violencia", el nefasto bipartidismo y los conflictos resultantes
de la confrontación interna con guerrillas, paramilitares y bandas emergentes,
aún nos mantenemos como un país democrático y con ansias fervientes de salir
del atolladero violento en que nos mantienen unos pocos.
Valioso
aporte ofrece la comunicación con los Espíritus a través de la bendita mediúmnidad
para poder interpretar la razón por la cual muchos violentos recalcitrantes
—quienes, tras la máscara del patriotismo, la defensa de la soberanía o el
apoyo al pueblo, disfrazan deseos de venganza anidados en pasados vergonzosos—
están siendo retirados de las fajas vibratorias que ellos mismos crearon. Tras
su desencarnación, muchas veces violenta, son conducidos hacia otros planetas o
regiones del Universo[4],
donde reiniciarán, en condiciones más complejas, el largo camino de la
evolución que retrasaron por mantenerse en una belicosidad que poco o nada
aporta al florecimiento del amor. El amor es la premisa fundamental para que la
gloriosa epopeya del Espíritu inmortal pueda adquirir el estatus de Espíritu
Puro, como colofón a aquellos días pretéritos donde surgió, sencillo e
ignorante, hacia la conquista de la conciencia en el reino hominal.
Venturosos
días esperan al hombre que, ansioso, aspira a nuevos tiempos de renovación
moral del planeta. La visión espírita del Mundo de Regeneración es la antesala
al despertar de los sentimientos nobles que enaltecerán al ser, brindándole la
oportunidad del burilamiento de su Espíritu sin las ansias del
"tener". Comprendiendo que, al priorizar al "Ser", los
valores intrínsecos adormecidos lo llevarán a buscar en su prójimo momentos de
afectividad que lo impulsarán a ejercitar actos de nobleza, entenderá, por fin,
la premisa fundamental que nos plantea la Doctrina Espírita: “Fuera de la
caridad no hay salvación”.
Los invitamos
a participar en la lectura de esta obra, alejados de cualquier posición
sectaria o política que nos impida ver con exactitud la realidad de la
violencia en Colombia, desde una visión espiritual.
[1]
Enrique
de Sagres, Infante de
Portugal. Hijo del rey Juan I de Portugal y de Felipa de Lancaster, llamado El Navegante
y también conocido como Infante de Sagres o Infante Don Enrique. Espíritu encargado por Jesús
de los problemas sociológicos de la Tierra.
[2] Brasil, corazón del mundo, Patria del
Evangelio. Humberto de Campos/Chico Xavier. Ed. FEB.
[3]
A Camino de la Luz. Espíritu
Emmanuel, psicografía de Chico Xavier.
[4]
Leer “Amanecer de una Nueva
Era” de la autoría de Divaldo Franco/Philomeno de Miranda, cap. 9, El gran desafío”,
pág. 101, Revelación Editores.
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