martes, 27 de abril de 2021
miércoles, 31 de marzo de 2021
LA GRAN EPOPEYA DEL HOMO SAPIENS EN LA BÚSQUEDA DE LA PERFECCIÓN MORAL
Por: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco
de Asís
Santa Marta - Colombia
Alcanzar el estado de hominidad, representa para el principio espiritual, el gran culmen o desafío evolutivo que le permitió, sencillo e ignorante, iniciar su largo recorrido hacia las cumbres espirituales en su proceso de desarrollo. La conquista de la inteligencia, como atributo del Espíritu, es un salto importante en la ley del progreso, entendiendo que los principios de solidaridad entre los individuos, permite que aquellos más avezados en los procesos intelectuales, terminan ayudando, a través del contacto social, a quienes se rezagan en sus luchas evolutivas.
Según Allan Kardec, “no conocemos el origen y modo de creación de los Espíritus, solo podemos estipular que fueron creados simples e ignorantes, sin instrucción y sin conocimientos del bien y del mal, pero perfectibles y con una aptitud pareja para conocerlo todo con el correr del tiempo. En sus comienzos, viven una especie de infancia, sin voluntad propia y con una conciencia incompleta de su existencia[1]”.
Para León Denis, el alma fue “creada por amor, creada para amar, por cautiva y encerrada que esté en una forma restringida y frágil, tan grande, que del ímpetu de su pensamiento puede abarcar el infinito, el alma es una partícula de la ciencia divina proyectada en el mundo material”. Desde la hora de su descenso en la materia, ¿qué camino habrá seguido para remontarse hasta el punto actual de su carrera? Le ha sido necesario pasar por las vías obscuras, revestir varias formas, animar otros tantos organismos que luego rechazaba al final de cada existencia, como se efectúa con un vestido ya inútil. Todos esos cuerpos de carne han perecido, el soplo de los destinos ha dispersado su polvo; más el alma persiste, perdura, prosigue su marcha ascendente, recorre las innumerables estaciones de su viaje y se dirige hacia un fin grande y dichoso, un fin divino, que es la perfección[2]”.
Es apenas comprensible que, a medida que adquiere conciencia, lo que a su vez le permite la adquisición del libre albedrío, le ayuda a asumir una mayor percepción de su propia existencia y de su entorno, “los cuales le imprimen un nuevo curso a sus ideas, y la dotan de nuevas aptitudes y nuevas percepciones[3]”. “En este sentido, la conciencia está asociada a la actividad mental que implica un dominio por parte del propio individuo, sobre sus sentidos. Así, una persona consciente es aquella que tiene conocimiento de lo que ocurre consigo y en su entorno, mientras que la inconsciencia supone, que la persona no sea capaz de percibir lo que le sucede, ni lo que pasa a su alrededor[4]”.
De ahí la importancia de la comprensión de la Ley del Progreso, ya que todos estamos sujetos a ella. Por lo tanto, “todos los seres de la creación, sean animados o inanimados, están sometidos a él por la bondad de Dios, que desea que todo crezca y progrese[5]”. Por eso “quien pudiera acompañar a un mundo en sus diversas fases, desde el momento en que se aglomeraron los primeros átomos destinados a constituirlo, lo vería recorrer una escala incesante progresiva, pero de grados imperceptibles para cada generación, y ofrecer a sus habitantes una morada más agradable a medida que estos avanzan en el camino del progreso[6]”. Y es gracias a las enseñanzas de los Espíritus que hoy entendemos que “en los mundos inferiores la existencia es enteramente material, las pasiones reinan en ellos con soberanía, la vida moral es casi nula[7]”.
De acuerdo a André Luiz en su obra Evolución en dos Mundos, gracias a la “incesante repetición de los actos indispensables a su propio desarrollo, recubriéndose de materia densa en el plano físico y despojándose de ella con el fenómeno de la muerte, para revestirse de materia sutil en el plano extrafísico y renacer de nuevo en la corteza terrestre, en innumerables estadios de aprendizaje, el principio espiritual incorporó todas las conquistas de la inteligencia que han de brillar en el futuro en su cerebro, a través de las denominadas actividades reflejas del inconsciente”.
Nada fácil fue para el homínido de los primeros días, adaptar el instinto que prevalecía en él, a las nuevas concepciones que surgían en su mente ante la conquista de la razón y someterse, además, a los distintos cambios climáticos y a las adaptaciones evolutivas de un planeta igualmente en transformación.
Apoyándonos nuevamente en André Luiz y la obra ya mencionada, nos relata que “entre el alma que pregunta, la existencia que se dilata, la ansiedad que se agrava y el Espíritu que responde al Espíritu en el campo de la intuición pura, se esboza una inmensa lucha… El hombre que partía la piedra y que se escondía en su caverna, esclavizando a los elementos con la violencia de la fiera y matando indiscriminadamente para vivir, instado por los Instructores Amigos que amparan su camino, comenzó a indagar sobre la causa de las cosas... Constreñido a aceptar los principios de la renovación y el progreso, se refugió en el amor-egoísmo, en la intimidad de su prole, que entretiene su campo íntimo, ayudándolo a pensar. Se observa como tocado por una extraña metamorfosis. Reconoce, instintivamente, que no podría guiarse más por la excitabilidad de sus tejidos orgánicos o por los apetitos furiosos heredados de los animales... Desligado lentamente de los lazos más fuertes que lo ataban a las Inteligencias Divinas que tutelaron su desarrollo, para afirmarse sobre sus propias directrices, se siente solo y abatido ante la grandeza del Universo”.
Continúa André Luiz aseverando que, “Si en el círculo humano la inteligencia es seguida por la razón y la razón por la responsabilidad, en las líneas de la civilización, bajo las señales de la cultura observamos que, en las etapas pretéritas del transformismo, el reflejo precede al instinto, así como el instinto precede a la actividad reflexiva, que es base de la inteligencia en los depósitos del conocimiento adquirido por recapitulación y transmisión incesantes en los millares de milenios en que el principio espiritual atraviesa lentamente los círculos elementales de la Naturaleza, cual sustancia viva, de forma en forma, hasta configurarse en el individuo humano, en tránsito hacia la madurez sublimada en la gradación angélica”.
De esa manera, observamos que en la línea del tiempo ese ser, poco a poco va ganando experiencia y aprendiendo sobre la base del error y el acierto a ganarle la batalla a todos los obstáculos que le surgían en sus ansias de progreso, elaborando herramientas cada más especializadas, para domar el abrupto paisaje de la vida que lo obligaba a avanzar con pasos firmes a la conquista de sí mismo. Y afirma André Luiz, “La idea moral de la vida comienza a preocupar a su cabeza”.
Y como asegura la mentora espiritual Juana de Ángelis, “heredero del instinto en que se demoró por largos periodos de experiencia y aún sumergido en sus inducciones, el Espíritu crece, desembarazándose de las amarras de vigorosos impulsos en los que se enreda para la conquista de aptitudes en las cuales se desarrolla… Encontrándose innatas en el Espíritu las tendencias, compete a la educación la tarea de desarrollar las que se presentan positivas y corregir las inclinaciones que inducen a la caída moral, a la repetición de los errores y de las manifestaciones más viles, que las conquistas de la razón enseñaron a superar… La propia vida le facultó al Espíritu, en largos milenios de observación, averiguar lo que es mejor o peor para sí mismo, auxiliándolo en el establecimiento de un cuadro de valores, del que se valdrá para su tranquilidad interior. Trayendo reminiscencias del intervalo que media entre una y otra reencarnación, a pesar de los inconvenientes que haya vivido, elige los recursos con los que se puede realizar mejor impidiéndole, al mismo tiempo, deslices y caídas en los subterráneos de la aflicción. Asimismo, inspirado por los Espíritus promotores del progreso en el mundo, asimila las ideas cautivantes y consoladoras, entregándose a la tarea del autoperfeccionamiento[8]”.
Termina la autora espiritual reafirmándonos que, “los Espíritus Superiores, que son pedagogos eminentes, enseñan las reglas del buen comportamiento a los hombres, a la manera de educadores que ejemplifican después de haber pasado por las mismas fajas de sombras, ignorancia y dolor, de las que ya se liberaron” … Debemos, pues, educar la mente, el cuerpo, el alma, como un proceso de adaptación a los superiores peldaños de la vida espiritual hacia donde nos dirigimos. La educación, disciplinando y enriqueciendo de preciosos recursos al ser, lo eleva a la vida, tranquilo y dichoso, sin ligarse a las regiones inferiores de donde procede. Fascinado por el impulso de la verdad, que es sabiduría y amor, después de las obligadas dificultades iniciales, se le torna más fácil ascender y adquirir la felicidad[9]”.
Atendiendo a la expresado por Juana de Ángelis, y comprendiendo que solo la educación desarrolla las potencias del Espíritu, recordemos lo expresado por el eximio codificador de la Doctrina Espírita Allan Kardec, “Hay un elemento que no se resaltó bastante, y sin el cual la ciencia económica no pasa de ser una teoría: la educación. No la educación intelectual, sino la moral, y ni siquiera la educación moral aprendida en los libros, sino la que consiste en el arte de formar la personalidad, aquella que crea los hábitos adquiridos”. Y ampliando aún más su pensamiento asegura que “Es por la educación, más que por la instrucción, que se transformará la humanidad”.
Y ese homo sapiens, erigido como Espíritu sencillo e ignorante, prosigue su ascensión espiritual en el planeta Tierra sumido en los procesos transformadores propios de la Ley de Evolución. En este nuevo amanecer de una nueva era, donde los procesos regeneradores, que sirven de transición entre los mundos de expiación y prueba y los mundos felices, “el alma que se arrepiente encuentra en estos mundos, la calma y el reposo, mientras concluye su purificación. No cabe duda de que en esos mundos el hombre aún se encuentra sujeto a las leyes que rigen la materia. La humanidad experimenta sensaciones y deseos como los vuestros, pero está liberada de las pasiones desordenadas de las que sois esclavos. En ella ya no existe el orgullo que hace callar al corazón. La envidia que lo tortura y el odio que lo ahoga. La palabra amor está escrita en todas las frentes. Una equidad plena rige las relaciones sociales. Todos reconocen a Dios y procuran dirigirse a Él mediante el cumplimiento de sus leyes… Con todo, en esos mundos aún no existe la perfecta felicidad, sino la aurora de la felicidad. El hombre todavía es de carne y, por eso mismo, está sujeto a vicisitudes de los cuales están eximidos los seres completamente desmaterializados. Aún tiene que sufrir pruebas, pero sin las punzantes angustias de la expiación. Esos mundos, comparados con la Tierra, son muy felices y, muchos de vosotros estaríais satisfechos de quedaros allí, porque representan la calma después de la tempestad, la convalecencia después de una cruel enfermedad[10]”.
Recurrimos al Espíritu de Manoel Philomeno de Miranda y la obra psicografiada por Divaldo P. Franco, Amanecer de una Nueva Era, para comprender la magnitud de los procesos de transformación en que está inmerso el planeta Tierra y de los cuales estamos siendo testigos en estos momentos álgidos de la Humanidad terrestre. En el capítulo 16 de dicha obra, el Espíritu de Francisco de Asís, nos esclarece acerca de la necesidad que tenemos de involucrarnos profundamente, quienes, desde la órbita de la Doctrina Espírita, jugamos papel fundamental en la orientación y esclarecimiento de encarnados y desencarnados que frecuentan nuestras casas espíritas:
“Si las mentes humanas, en lugar de cultivar el egoísmo, la insensatez, la perversidad, emitieran ondas de bondad y de compasión, de amor y de misericordia, por cierto, se alterarían los fenómenos programados para el gran cambio que ya se está operando… Las más vigorosas convulsiones planetarias son necesarias para que se produzca un cambio beneficioso en el clima, en la estabilidad relativa de las grandes placas tectónicas, en las organizaciones sociales y comunitarias, con los recursos agrarios y alimenticios naturales para mantener en el futuro, a las poblaciones sin hambre y sin miseria, a diferencia de lo que ocurre en la actualidad…
“Comprendida la transitoriedad de la experiencia física, la psicosfera del planeta será muy diferente, porque las emisiones del pensamiento alterarán las fajas vibratorias actuales y contribuirán a la armonía de todos, al aprovechamiento del tiempo disponible, con una dichosa preparación para hacer frente a las transformaciones… El amor de Nuestro Padre y la ternura de Jesús para con su rebaño aliviarán la gravedad de los acontecimientos, mediante la compasión y la misericordia, que también acompañarán a la severidad de la ley del progreso.
“Todos nosotros, desencarnados y encarnados, nos encontramos comprometidos con el programa de la transición planetaria para mejor. Por esa razón, todos debemos empeñarnos en el trabajo de transformación moral interior, envolviéndonos en luz, para que ninguna sombra pueda causarnos trastornos o llevarnos a dificultar la marcha de la evolución… Por cierto, los Espíritus que aún se hallan presos a las pasiones degradantes -en razón de su primitivismo- sintonizarán con otras ondas vibratorias, propias de mundos inferiores, y se transferirán hacia ellos por afinidad, para convertirse allí en trabajadores positivos debido a los recursos que ya poseen, en comparación con esas regiones más atrasadas, en las cuales aprenderán las lecciones de la humildad y del buen proceder. Todo se encadena en las leyes divinas, y nunca faltan los recursos superiores para el desarrollo moral del espíritu. En ese inmenso proceso de transformación molecular, hasta el instante de la angelitud, hay medios que hacen propicio el crecimiento intelectual y moral, sin las graves imposiciones punitivas ni los lamentables privilegios para algunos en detrimento de los otros”.
De esa manera, nuestro homo sapiens, continua su gran peregrinaje por la costra terrestre en busca de la perfección, liberándose de las amarras de los instintos, que preponderan aún en muchos, llevándolos a extasiarse en el lodazal de las sensaciones y pasiones que coartan las aspiraciones superiores, mientras muchos otros, afinizados con el pensamiento del Cristo, caminan seguros, conquistando los sentimientos que lo llevarán a la plenitud del amor, con la certeza de que tarde o temprano el Evangelio redentor permeará el psiquismo colectivo como oportunidad bendita de regeneración espiritual, que nos permita avanzar en dirección a la perfección, que hoy pretendemos alcanzar.
Pero, “¿en qué consiste esa perfección? Jesús lo dijo: Amemos a nuestros enemigos, hagamos el bien a los que nos odian, oremos por los que nos persiguen. Él enseña con eso que la esencia de la perfección es la caridad en su más amplia acepción, porque implica las demás virtudes[11]”.
Y como dice Allan Kardec, “la meta final de todos los Espíritus es el logro de la perfección, y el resultado de la misma es el goce de la felicidad suprema; a ella llegan todos, con mayor o menor premura, según el uso que hayan hecho de su libre albedrío[12]”.
[1] Allan Kardec, Obras Póstumas,
primera parte, ítem 15, pág. 26, Editora Argentina 18 de Abril.
[2] León Denis, El problema del Ser y el
Destino, primera parte, evolución y finalidad del alma, pág. 109, Editora Kier,
Argentina.
[3] Allan Kardec, La Génesis, los
milagros y las predicciones según el Espiritismo, capítulo III, el bien y el
mal, ítem 24, pág. 92, edición CONFECOL.
[4] https://steemit.com/virtudes/@superacion50/las-virtudes-el-camino-hacia-la-perfeccion-moral-y-espiritual-del-hombre-primera-parte
[5]
Allan Kardec, El Evangelio
según el Espiritismo, cap. III, Hay muchas moradas en la casa de mi Padre,
Progresión de los mundos, pág. 87, EDICEI.
[6]
Ibidem.
[7]
Allan Kardec, El Evangelio
según el Espiritismo, cap. III, Hay muchas moradas en la casa de mi Padre,
Diferentes categorías de mundos habitados, ítem 19, pág. 87, EDICEI.
[8] Divaldo P. Franco/Juana de Ángelis,
En el Borde del Infinito, Necesidad de evolucionar, pág. 46, Instituto de
Difusión Espírita.
[9] Ibidem.
[10]
Allan Kardec, El Evangelio
según el Espiritismo, cap. III, Hay muchas moradas en la casa de mi padre, Mundos
regeneradores, ítem 16, pág. 85, EDICEI.
[11]
Allan Kardec, El Evangelio
según el Espiritismo, cap. XVII, Sed perfectos, caracteres de la perfección,
ítem 2, pág. 322, EDICEI.
[12]
Allan Kardec, Obras Póstumas,
primera parte, ítem 17, pág. 26, Editora Argentina 18 de Abril.
sábado, 23 de enero de 2021
MUCHO SE PEDIRÁ A QUIEN MUCHO RECIBIÓ
“Aquel servidor que supo de
la voluntad de su señor y que, sin embargo, no estuvo listo y no hizo lo que
quería su señor, será rudamente castigado. Pero el que no supo de su voluntad e
hizo cosas dignas de castigo, recibirá una pena menor. Mucho se pedirá a aquel
a quien mucho se haya dado, y mayores cuentas se pedirán a aquel a quien se
hayan confiado más cosas.” (San Lucas, 12:47 y 48).
“Vine a este mundo para
cumplir con un juicio; a fin de que los que no ven, vean; y los que ven, se
vuelvan ciegos”. Algunos fariseos que estaban con Él, al oír esas palabras le
dijeron: “¿Acaso también nosotros somos ciegos?” Jesús les respondió: “Si
fuerais ciegos, no tendríais pecados; pero ahora, como decís que veis, vuestro
pecado permanece en vosotros”. (San Juan, 9:39 a 41).
Estas máximas encuentran su
aplicación, de modo especial, en la enseñanza de los Espíritus. Quien conoce
los preceptos de Cristo y no los practica, por cierto, es culpable. No obstante,
aparte de que el Evangelio que contiene esos preceptos está difundido
exclusivamente en el ámbito de las sectas cristianas, incluso dentro de esas
mismas sectas, ¡cuántas personas hay que no lo leen, y entre las que lo leen, cuántas
hay que no lo comprenden! De ahí resulta que las palabras de Jesús son
desaprovechadas por la mayoría de los hombres.
La enseñanza de los
Espíritus, que reproduce esas máximas bajo diferentes aspectos, que las
desarrolla y las comenta con el fin de ponerlas al alcance de todos, tiene la
particularidad de que no está circunscripta. Todos, sean letrados o iletrados,
creyentes o incrédulos, cristianos o no, pueden recibirla, puesto que los
Espíritus se comunican en todas partes. Ninguno de los que reciben esa
enseñanza, directamente o por intermedio de otros, puede alegar desconocimiento,
como tampoco puede excusarse con su falta de instrucción, ni con la oscuridad
del sentido alegórico de esas máximas. Aquel, pues, que no saca provecho de
ellas para mejorar, que las admira como a cosas interesantes y curiosas, sin
que penetren en su corazón, que no se vuelve menos vano, ni menos orgulloso, ni
menos egoísta, ni menos apegado a los bienes materiales, ni mejor para con su
prójimo, es mucho más culpable, porque cuenta con más elementos para conocer la
verdad.
Los médiums que obtienen
buenas comunicaciones son aún más reprensibles si persisten en el mal, porque muchas
veces redactan su propia condena y porque, si no los cegara el orgullo,
reconocerían que los Espíritus se dirigen a ellos mismos. No obstante, en vez
de tomar para sí las lecciones que escriben, o que otros escriben, su única preocupación
es aplicarlas a las demás personas, con lo que confirman estas palabras de
Jesús: “Veis una paja en el ojo de vuestro hermano, y no veis la viga que está
en el vuestro”.
Mediante este otro precepto:
“Si fueseis ciegos no tendríais pecados”, Jesús da a entender que la
culpabilidad es proporcional a las luces que la persona posee. Ahora bien, los
fariseos, que tenían la pretensión de ser, como en efecto lo eran, el sector
más ilustrado de la nación, eran más reprensibles a los ojos de Dios que el
pueblo ignorante. Lo mismo sucede en la actualidad.
A los espíritas, pues, se
les pedirá mucho, porque han recibido mucho; como también se dará mucho a los
que hayan asimilado las enseñanzas.
El primer pensamiento del
espírita sincero debe ser el de intentar saber si, en los consejos que dan los
Espíritus, hay algo que le concierne.
El espiritismo viene a
multiplicar el número de los llamados. A través de la fe que infunde, también
multiplicará el número de los escogidos.
domingo, 13 de diciembre de 2020
SE RECONOCE AL CRISTIANO POR SUS OBRAS
No todos los que me dicen: ‘¡Señor! ¡Señor!’, entrarán en el reino de los Cielos, sino sólo los que hacen la voluntad de mi Padre que está en los Cielos.”
Escuchad estas palabras del Maestro, todos vosotros, los que rechazáis la doctrina espírita como una obra del demonio. Abrid vuestros oídos; el momento de escuchar ha llegado.
¿Bastará
con que uséis la librea del Señor para ser sus fieles servidores? ¿Bastará con
que alguien diga: “Soy cristiano”, para que sirva a Cristo? Buscad a los
verdaderos cristianos y los reconoceréis por sus obras. “Un árbol bueno no
puede dar frutos malos, ni un árbol malo puede dar frutos buenos.” “Todo árbol
que no da buenos frutos es cortado y arrojado al fuego.” Esas son las palabras
del Maestro. Discípulos de Cristo, comprendedlas correctamente. ¿Cuáles son los
frutos que debe dar el árbol del cristianismo, árbol vigoroso, cuyo espeso
follaje cubre con su sombra una parte del mundo, pero que no ha abrigado aún a
todos los que deben reunirse alrededor suyo? Los frutos del árbol de la vida
son frutos de vida, de esperanza y de fe. El cristianismo, tal como lo ha hecho
desde muchos siglos atrás, sigue predicando esas divinas virtudes, y procura
esparcir sus frutos. Con todo, ¡cuán pocos los recogen! El árbol es siempre
bueno, pero los jardineros son ineficaces. Han querido adaptarlo a sus ideas,
han querido modelarlo según sus necesidades; lo han tallado, reducido y
mutilado; sus ramas estériles no dan frutos malos, pero ya no producen. El
viajero sediento, que se detiene bajo su sombra en busca del fruto de la
esperanza que le devuelva la fuerza y el valor, sólo observa ramas secas que
anuncian la tempestad. En vano solicita el fruto de vida al árbol de la vida:
debilitadas, las hojas caen. La mano del hombre las ha maltratado tanto, que
las quemó.
¡Abrid, pues, vuestros oídos y vuestros corazones, queridos míos! Cultivad ese árbol de vida, cuyos frutos confieren la vida eterna. Aquel que lo ha plantado os invita a tratarlo con amor, de modo que lleguéis a verlo dando frutos divinos en abundancia. Conservadlo tal como Cristo os lo entregó: no lo mutiléis. Él quiere que su sombra inmensa se extienda por todo el universo: no recortéis sus ramas. Sus frutos bienhechores caen abundantes para alimentar al viajero sediento que intenta llegar a destino. No recojáis esos frutos para almacenarlos y dejar que se pudran, para que no le sirvan a nadie. “Muchos son los llamados y pocos los escogidos.” Eso se debe a que hay monopolizadores del pan de la vida, así como los hay del pan material. No os incluyáis entre ellos. El árbol que da frutos buenos debe distribuirlos a todos. Id, pues, en busca de los que están hambrientos; ubicadlos bajo la copa del árbol y compartid con ellos el abrigo que os ofrece. “No se cosechan uvas de los espinos.” Así pues, amigos míos, alejaos de los que os llaman para mostraros los abrojos del camino. Seguid, en cambio, a los que os conducen a la sombra del árbol de la vida.
El divino Salvador, el justo por excelencia lo ha dicho, y sus palabras no pasarán: “No todos los que me dicen: ‘¡Señor! ¡Señor!’, entrarán en el reino de los Cielos, sino solamente aquellos que hacen la voluntad de mi Padre, que está en los Cielos”.
¡Que
el Señor de bendiciones os bendiga; que el Dios de luz os ilumine; que el árbol
de la vida os brinde sus frutos con abundancia! Creed y orad. (Simeón. Burdeos,
1863.)
miércoles, 25 de noviembre de 2020
CARIDAD PARA CON LOS CRIMINALES
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Imagen de referencia. |
La verdadera caridad es una
de las más sublimes enseñanzas que Dios ha impartido al mundo. Entre los verdaderos
discípulos de su doctrina debe existir una fraternidad absoluta. Debéis amar a
los desdichados, a los criminales, como criaturas de Dios a las cuales se les concederá
el perdón y la misericordia si se arrepienten, al igual que se os concederá a
vosotros mismos por las faltas que cometéis contra su ley. Pensad que vosotros
sois más reprensibles, más culpables que aquellos a quienes rehusáis el perdón
y la conmiseración, puesto que muchas veces ellos no conocen a Dios como
vosotros lo conocéis, y por eso se les pedirá menos que a vosotros.
No juzguéis, ¡oh!, no
juzguéis de ningún modo, queridos amigos, porque el juicio que vosotros
pronunciéis os será aplicado aún con mayor severidad, y tenéis necesidad de
indulgencia por los pecados que cometéis sin cesar. ¿No sabéis que hay muchas
acciones que son crímenes delante del Dios de pureza, y a las que el mundo ni
siquiera considera como faltas leves?
La verdadera caridad no
consiste solamente en la limosna que dais, ni en las palabras de consuelo con
que podéis acompañarla. No, no es sólo eso lo que Dios exige de vosotros. La
caridad sublime que Jesús enseñó consiste también en la benevolencia que
empleéis siempre y en todas las cosas para con vuestro prójimo. Incluso podéis
ejercitar esa sublime virtud en relación con seres que no tienen necesidad de
vuestras limosnas, pero a quienes las palabras de amor, de consuelo y de
estímulo conducirán al Señor.
Se acercan los tiempos, os
lo repito, en que la gran fraternidad reinará en este globo, y en que los
hombres obedecerán la ley de Cristo, la única ley que constituirá el freno y la
esperanza, y conducirá a las almas a la morada de los bienaventurados. Amaos,
pues, como los hijos de un mismo padre. No hagáis diferencia entre los otros desdichados,
porque Dios quiere que todos sean iguales. No despreciéis a nadie. Dios permite
que haya entre vosotros grandes criminales, a fin de que os sirvan de
enseñanza.
Muy pronto, cuando los
hombres sean inducidos a respetar las verdaderas leyes de Dios, ya no habrá
necesidad de esas enseñanzas, y todos los Espíritus impuros y rebeldes serán expulsados
hacia mundos inferiores, en armonía con sus inclinaciones.
Debéis a aquellos de quienes
hablo el socorro de vuestras oraciones: en eso consiste la verdadera caridad.
Nunca digáis de un criminal: “Es un miserable. Hay que eliminarlo de la Tierra.
La muerte que se le impone es demasiado benigna para un ser de esa calaña”. No,
no es así como debéis hablar.
Contemplad a Jesús, vuestro
modelo. ¿Qué diría Él si viese a ese desdichado a su lado? Se compadecería de
él. Lo consideraría como un enfermo digno de lástima. Le tendería la mano.
Realmente, vosotros no podéis hacer lo mismo que Jesús, pero al menos podéis
rogar por ese criminal y asistir a su Espíritu durante los pocos instantes que
aún deba pasar en la Tierra. El arrepentimiento puede conmover su corazón, si
rogáis con fe. Es vuestro prójimo, al igual que el mejor de los hombres. Su
alma descarriada y rebelde fue creada, como la vuestra, para perfeccionarse.
Así pues, ayudadlo a salir del cenagal, y orad por él. (Elizabeth de Francia.
El Havre, 1862.)
Tomado de "El Evangelio según el Espiritismo"
Capítulo XI - Amar al prójimo como a sí mismo.
jueves, 22 de octubre de 2020
LA CÓLERA
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El orgullo os conduce a creeros más de lo que sois, a
no soportar una comparación que pueda rebajaros; a que os consideréis, por el
contrario, de tal modo por encima de vuestros hermanos, sea en cuanto a la
inteligencia o en la posición social, o incluso en lo que atañe a ventajas personales,
que el menor paralelo os irrita y os disgusta. ¿Qué sucede entonces? Os
entregáis a la cólera.
Buscad el origen de esos accesos de demencia pasajera que
os asemejan al bruto, y os hacen perder la sangre fría y la razón. Buscad, y
casi siempre encontraréis en la base el orgullo herido. ¿Acaso no es el
orgullo, herido por una contradicción, el que os hace invalidar las
observaciones justas, y rechazar, encolerizados, los más sabios consejos? Aun
la impaciencia, que tiene origen en contrariedades a menudo triviales, es
consecuencia de la importancia que cada uno atribuye a su personalidad, ante la
cual considera que todos deben inclinarse.
En su frenesí, el hombre encolerizado se enoja con todo:
con la naturaleza bruta, con los objetos inanimados, a los cuales rompe porque
no lo obedecen. ¡Ah! ¡Si en esos momentos pudiera observarse fríamente, se
horrorizaría de sí mismo, se vería muy ridículo! Con esto puede evaluar la impresión
que produce en los demás. Aunque no fuese más que por respeto a sí mismo,
debería esforzarse por vencer una inclinación que lo hace objeto de piedad.
Si pensara que la cólera no remedia nada, que
perjudica su salud e incluso compromete su vida, reconocería que él mismo es la
primera víctima de ella. No obstante, sobre todo, otra consideración debería
detenerlo: la de pensar que hace desdichados a todos los que lo rodean. Si
tiene corazón, ¿no será un motivo de remordimiento para él hacer sufrir a los seres
que más ama? ¡Y qué pena mortal si, en un arrebato de furia, cometiese un acto
que tuviera que reprocharse el resto de su vida!
En suma, la cólera no excluye ciertas cualidades del corazón,
pero impide hacer mucho bien y puede contribuir a que se haga mucho mal. Esto
debe bastar para inducir al hombre a que se esfuerce en dominarla. El espírita,
además, es instigado por otro motivo: la cólera es contraria a la caridad y a
la humildad cristianas. (Un Espíritu protector. Burdeos, 1863.)
Tomado de "El Evangelio según el Espiritismo", cap. IX - Bienaventurados los Mansos y pacíficos.
lunes, 12 de octubre de 2020
VEN A CONTEMPLAR LO INVISIBLE
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| Victor Hugo, imagen tomada de la Web: https://www.aboutespanol.com/victor-hugo-un-resumen-de-su-vida-y-obra-2174619 |
Uno de los escritores y poetas más célebres de Francia, Víctor
Hugo, no tenía dudas: los espíritus no solo existían, sino que ejercían sobre
nosotros una notable influencia.
Sustituir
el examen por el menosprecio es fácil, pero poco científico. El deber elemental
de la ciencia es verificar todos los fenómenos, pues la ciencia, si los ignora,
no tiene el derecho de reírse de ellos.
Ya
en 1853, el escritor asistiría a los prodigios de las mesas parlantes en
reuniones promovidas por la Sra. Girardin en Jersey, pequeña isla situada entre
Inglaterra y Francia. Periodista y escritora de romances y comedias, esposa del
político y fundador del periódico La Presse, Émile de Girardin, la anfitriona
dirigía las reuniones más concurridas y, al mismo tiempo, privadas de la época.
Balzac,
amigo de Víctor Hugo, llegó a testimoniar algunos diálogos improbables a través
de las mesas mágicas de la joven señora. En los encuentros, visitantes tan
célebres como muertos trababan largos diálogos con los perplejos invitados.
En
la lista de interlocutores notables se destacaban Dante, Moliere, Rousseau,
Sócrates, Esquilo, Shakespeare y Maquiavelo. Galileo Galilei y Juana de Arco,
dos víctimas del Santo Oficio, también se manifestaban con frecuencia, para
deleite de Víctor Hugo, adversario férreo de los dogmas de la Iglesia. “Pensar
es dudar”, repetía él, mientras soñaba con una religión capaz de aceptar y unir
fieles de diferentes creencias.
El
19 de septiembre de 1854, un espíritu que se denominó Muerte convidó al futuro
escritor de Los Miserables a dar una nueva dimensión a su obra y a su vida:
Ven
a abordar lo inabordable, ven a contemplar lo invisible, ven a hallar lo
improbable, ven a franquear lo infranqueable, ven a justificar lo
injustificable, ven a realizar lo irreal, ven a probar lo improbable.
En
el poema A Villequear, el escritor da su testimonio de fe:
Yo
digo que la tumba que sobre los muertos se cierra
Abre
el firmamento
Y
aquello que aquí abajo creemos es el fin
Es
el comienzo.
Y en
carta a la Sra. Girardin, enviada el 4 de enero de 1855, agradeció por la
revelación de tantos “horizontes misteriosos”:
Las
mesas nos dicen, en efecto, cosas sorprendentes. Como desearía conversar con
usted, besarle las manos, los pies, las alas…
Para
los escépticos, tanto entusiasmo tenía una triste explicación: la muerte de la
hija de Víctor Hugo, Leopoldina y de su marido en un naufragio en el Rio Sena.
El espíritu de la joven había sido el primero en manifestarse cuando la señora
Gerardin apoyó una pequeña mesa de madera sobre una mesa más grande en la sala
de estar y pasó a intermediar los diálogos telegráficos con lo invisible:
-
¿Quién es?
-
Hija.
-
¿En qué pensó?
-
Muerta.
Víctor Hugo entró en la
conversación:
-
¿Dónde estás?
-
Luz.
-
¿Qué se debe hacer para ir a ti?
-
Amar.
En
París, sin la presencia de la Sra. Gerardin, el escritor y su mujer usaban sus
muebles para establecer contacto con el otro mundo. En una noche de tedio,
recurrieron a una mesa pata de gallo en busca de respuestas del más allá para
la siguiente cuestión metafísica: ¿Cuál es la función del hombre en la Tierra?
Después
de un tiempo, la mesa comenzó a temblar, hasta dar cinco golpes: letra E.
después fueron cuatro golpes más – letra D – y, enseguida, otras cinco, una
nueva E.
EDE.
Después
de una breve pausa, la mesa telegrafió las letras I, O, R, A – y se detuvo. A
palabra formada por los golpes no tenía el menor sentido: EDEIORA.
Preguntó
entonces la señora Víctor Hugo:
-
¿Es esta la respuesta a la pregunta?
-
Si.
-
¿No se trata de una palabra francesa?
-
No.
-
¿Es una palabra latina?
-
No.
-
¿Son varias palabras latinas?
-
Si.
Con
la ayuda de dos comas, el misterio fue descifrado: EDE, I, ORA. En buen latín:
coma, camine, ore. La fórmula de la vida y del papel del hombre en la Tierra,
según el visitante del más allá.
A
los amigos que insistían en dudar de sus
relatos y a los sabios que despreciaban los fenómenos, Víctor Hugo alertaba:
Si
abandonáis los hechos, tened cuidado. Los charlatanes allí se alojarán, y los
imbéciles también. No hay término medio: o ciencia o ignorancia. Abandonar los
fenómenos a la credulidad es traicionar la razón humana.
CARTA DE ALLAN KARDEC A UN PRISIONERO
Señor: He recibido la carta que me habéis escrito, la cual lamento que mis ocupaciones no me hayan permitido responder antes. A pesar de m...
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Allan Kardec obtuvo de los Espíritus Superiores, en respuesta a la pregunta 95 de El Libro de los Espíritus, la siguiente revelación:...
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Como es comprensible, la planificación para las reencarnaciones es casi infinita, y obedece a criterios que se derivan de las conquistas...
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Sí, treinta y tres años después, ofrezco un tributo de gratitud a la gloriosa Doctrina Espírita que, despertando conciencias y santificando ...




