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| Imagen tomada de la página Web: https://www.elpensante.com/el-enigma-de-los-ataudes-deslizantes-de-barbados/ |
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| Dibujos de Nathan Lucas, posición inicial y posición en la que se encontraron en abril de 1820[1]. |
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| Dibujos de Nathan Lucas, posición inicial y posición en la que se encontraron en abril de 1820[1]. |
Por: Oscar Cervantes Velásquez
Desde los albores del tiempo, el hombre, recién instalado en la Tierra y enfrentado a un mundo cuyos fenómenos naturales contemplaba con asombro, comenzó a preguntarse por las causas primeras de cuanto acontecía a su alrededor. Ante lo desconocido, surgieron las inquietudes; ante el misterio, las preguntas; y ante la inmensidad de aquello que no podía comprender, nació en su intimidad la necesidad de buscar un Ser superior que pudiera ofrecer respuestas a los innumerables interrogantes propios de quien comienza a transitar por los caminos de la evolución.
Era el despertar de una conciencia todavía incipiente, que se sentía huérfana de un Padre al cual pudiera acudir en medio de sus necesidades existenciales. El hombre buscaba a Dios mucho antes de comprenderlo; lo intuía antes de poder explicarlo. Y quizá en esa búsqueda, imperfecta pero sincera, comenzó uno de los más grandes procesos de la evolución espiritual de la humanidad: el encuentro gradual de la criatura con su Creador.
Como respuesta a esas primeras inquietudes surgió la mitología, convertida en instrumento simbólico para intentar explicar los misterios de la naturaleza, la creación del universo y todo aquello que escapaba a la comprensión racional. La limitada evolución intelecto-moral de aquellos pueblos hacía que los fenómenos naturales fueran interpretados desde una perspectiva predominantemente imaginativa, atribuyéndoles voluntad, personalidad y características humanas.
Sin embargo, tal como lo informa la espiritualidad, “toda la mitología pagana no es en realidad más que un gran cuadro alegórico de las diversas caras, buenas y malas, de la humanidad. Para quien busca su sentido, se trata de un curso completo de la más profunda filosofía, como sucede con las fábulas modernas. Lo absurdo residía en que se tomara la forma por el fondo[1]”.
La humanidad, en efecto, necesitaba aprender a distinguir el símbolo de la realidad, la forma del contenido, la alegoría de la verdad que intentaba expresar. Detrás de los dioses múltiples, de las fuerzas de la naturaleza personificadas y de los relatos aparentemente fantásticos, se encontraba el esfuerzo de una conciencia que comenzaba, lentamente, a levantar la mirada hacia lo trascendente.
En la búsqueda de ese vínculo que pudiera unirlo al Ser Supremo aparecieron las religiones. Ellas contribuyeron a moldear el pensamiento humano y a aproximarlo progresivamente a los llamados “misterios” de la divinidad. Numerosas culturas y pueblos antiguos, amparados en sus concepciones religiosas, encontraron en ellas una forma de interpretar el mundo, comprender la naturaleza y otorgar un sentido a la existencia.
La religión fue, así, uno de los instrumentos mediante los cuales la humanidad comenzó a salir de la absoluta oscuridad de lo desconocido. No obstante, como toda construcción humana, también estuvo condicionada por el grado de comprensión alcanzado por cada pueblo y por cada época.
De ahí que “aquellas religiones que no entendieron la creación, punto de partida de todos los credos religiosos, han equivocado sus dogmas: los que no creyeron en un Dios todopoderoso, imaginaron muchos dioses; esas otras que no atribuyeron a Dios la bondad suprema crearon un dios colérico, parcial y vindicativo[2]”.
El hombre, al intentar comprender a Dios, muchas veces terminó proyectando sobre Él sus propias limitaciones. Creó dioses semejantes a sí mismo: celosos, vengativos, caprichosos, guerreros o complacientes. De alguna manera, construyó una imagen de la divinidad conforme a su propia condición moral. No había alcanzado todavía la comprensión suficiente para entender que Dios no podía ser una ampliación de las imperfecciones humanas.
De esta manera, en pleno auge del politeísmo, surgió la necesidad de que la humanidad comenzara a albergar la concepción de la unicidad divina. Y el pueblo hebreo se convirtió en uno de los instrumentos de los que Dios se valió para impulsar esa revelación.
Se inicia entonces un nuevo ciclo en la historia espiritual de la humanidad. En el seno de la cultura hebrea, todavía influenciada notablemente por concepciones politeístas, fue consolidándose progresivamente la idea de un Dios único. El pacto o alianza celebrado con Abraham, mediante el cual Dios le promete la tierra de Canaán a él y a su descendencia, constituye uno de los momentos fundamentales de ese proceso.
Asegura el
Génesis que, a la edad de 99 años, Yahvé se apareció a Abram y le dijo:
“Por mi parte, he aquí mi alianza contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos. No te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham, pues padre de muchedumbre de pueblos te he constituido. Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de ti. Y estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad. Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos[3]”.
Posteriormente surge la figura de Moisés, quien “por inspiración y observación estableció los códigos esenciales al proceso de liberación de la sombra[4]”, recibiendo las Tablas de la Ley en el monte Sinaí.
Moisés se convierte también en legislador civil de un pueblo indómito, sometido durante largo tiempo a la servidumbre y a los condicionamientos de una cultura profundamente marcada por la violencia y la desigualdad. Ante aquella realidad, se vio “obligado a contener, por el miedo, a un pueblo naturalmente turbulento e indisciplinado, en el cual tenía que combatir abusos arraigados y prejuicios adquiridos en la servidumbre de Egipto. Para dar autoridad a sus leyes, debió atribuirles origen divino, como lo hicieron todos los legisladores de los pueblos primitivos; la autoridad del hombre debía apoyarse en la autoridad de Dios; más sólo la idea de un Dios terrible podía impresionar a hombres ignorantes, en quienes el sentido moral y el sentimiento de una delicada justicia estaban aún poco desarrollados. Es evidente que el que había establecido en sus mandamientos: “Tú no matarás; tú no harás mal a tu prójimo”, no podía contradecirse elevando a deber el exterminio. Las leyes mosaicas propiamente dichas tenían, pues, un carácter esencialmente transitorio[5]”.
Era una “época marcada por la predominancia sombra colectiva”. Como expresa Juana de Ángelis[6], se tornaba indispensable establecer trayectorias de gran vigor moral, mediante un proceso que representaba un avance significativo con relación a la Ley del Talión, aquella que establecía la punición conforme al tipo de delito cometido: ojo por ojo, diente por diente.
La humanidad avanzaba, aunque lentamente. Cada revelación constituía un peldaño en la larga ascensión espiritual del hombre. Dios no se revelaba de una sola vez, porque la criatura tampoco estaba preparada para comprenderlo en toda su plenitud. La revelación acompañaba, así, el desarrollo de la conciencia humana.
Con la segunda y la tercera revelación se produce un profundo desmarque de aquellas concepciones que presentaban a Dios a la medida de los pueblos y de su propio nivel evolutivo. Con Jesús surge una nueva posibilidad: el reencuentro con Dios mediante una enseñanza centrada en el sentimiento, en el amor al Creador y, de manera inseparable, en el amor al prójimo.
La llegada de Jesús a la Tierra representa, por ello, uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia espiritual humana. Él viene a “enfrentar la ignorancia predominante trayendo el mensaje de amor que jamás fuera presentado antes en la formulación de la cual Él era portador[7]”.
Con Jesús, Dios deja de ser solamente el legislador distante que establece normas y castigos, para comenzar a ser comprendido como el Padre amoroso que espera el retorno de sus hijos. La relación con la divinidad adquiere una dimensión profundamente interior. Ya no basta con obedecer una ley externa: es necesario transformar el corazón.
Sin embargo, el hombre, ser pasajero, limitado en el tiempo y en el espacio, puede vivir la religión sin alcanzar la religiosidad. Y cuando esto sucede, el concepto de Dios corre el riesgo de perderse entre la complejidad de las fórmulas vacías, del culto externo y de las manifestaciones ruidosas que sustituyen la experiencia íntima de lo sagrado.
Los cantos, los rituales y las manifestaciones exteriores pueden adquirir valor cuando expresan una auténtica experiencia espiritual; pero cuando se convierten en sustitutos de la transformación interior, terminan alejando al hombre de aquello que verdaderamente busca.
La idolatría no consiste únicamente en postrarse ante imágenes. También puede existir cuando convertimos las formas externas en el objeto principal de nuestra relación con Dios y olvidamos que el verdadero templo se encuentra en la intimidad de la conciencia.
El hombre necesita, entonces, recuperar el silencio interior, la meditación y la reflexión. Necesita volver sobre sí mismo, penetrar en las profundidades de su propia conciencia y descubrir allí la presencia de una realidad superior que lo invita permanentemente a transformarse.
Bajo ese clima de orfandad espiritual, muchos terminan viviendo una existencia desprovista de esperanza, sin convicciones profundas y sin la necesaria madurez espiritual para comprender el significado de su tránsito por la Tierra.
Se hace necesario, por tanto, que el ser humano se identifique con su propia conciencia y busque en ella la religiosidad interior que habrá de aproximarlo a Dios en toda su plenitud.
Por eso, ante las indagaciones del maestro Kardec acerca de dónde están escritas las leyes de Dios, la espiritualidad superior responde con una frase de extraordinaria profundidad: “En la conciencia”.
No se trata simplemente de una respuesta. Es una invitación al viaje interior.
La ley divina no está únicamente escrita en los libros, en los templos o en las tradiciones religiosas. Se encuentra inscrita en lo profundo del ser, como una semilla que aguarda el momento de germinar. El proceso evolutivo consiste precisamente en permitir que esa semilla divina crezca, se desarrolle y transforme progresivamente nuestra existencia.
Es entonces
cuando podemos comprender la profunda afirmación de Pablo: él ya no vivía para
sí mismo, sino que era “Cristo quien vivía en él”.
La transformación espiritual comienza cuando dejamos de preguntarnos solamente dónde está Dios y empezamos a preguntarnos qué debemos hacer para permitir que Dios se manifieste en nosotros.
Ante esta aseveración de Pablo, podemos asegurar, de acuerdo con el pensamiento de León Denis, “que no se puede demostrar la existencia de Dios con pruebas directas y sensibles, pues Dios no cae bajo el dominio de los sentidos. La divinidad ha desaparecido bajo un velo misterioso, tal vez para obligarnos a buscarla, lo cual constituye, por cierto, el ejercicio más noble y fecundo de nuestra facultad de pensar, y también para dejarnos el mérito de descubrirla[8]”.
La búsqueda de Dios es, por tanto, mucho más que una cuestión intelectual. Es una experiencia existencial. No podemos reducir lo divino a una fórmula, porque aquello que pretendemos encontrar trasciende las limitaciones de nuestros sentidos y de nuestra actual capacidad de comprensión.
Dios se convierte así en la gran búsqueda del Espíritu inmortal.
Cuando Jesús de Nazaret nos enseña: “Yo soy el camino, la verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por mí[9]”, comprendemos que el largo viaje que conduce a Dios guarda una relación directa con los objetivos de nuestra encarnación: la perfección.
La existencia corporal deja entonces de ser un simple tránsito entre el nacimiento y la muerte para convertirse en una etapa de aprendizaje, reparación y crecimiento espiritual. Encarnamos para evolucionar; evolucionamos para aproximarnos a la perfección; y, a medida que avanzamos en dirección a ella, nos acercamos inevitablemente a Dios.
Estamos vinculados, por tanto, a un verdadero tropismo divino. Así como la planta busca instintivamente la luz, el Espíritu humano, consciente o inconscientemente, se dirige hacia la fuente de toda verdad y de todo amor.
En ese camino encontramos en el Evangelio las más hermosas lecciones capaces de penetrar nuestro espíritu todavía indolente en el bien. Por ello, hacemos de sus enseñanzas la ruta segura para “convertirlo en compañero de la oración, en libro escolar en el aprendizaje de cada día, en fuente inspiradora de nuestras más humildes acciones en el trabajo común y en código de las buenas maneras en el intercambio fraternal[10]”.
El Evangelio deja entonces de ser un libro que se lee ocasionalmente para convertirse en una experiencia que se vive cotidianamente.
No basta con conocer a Jesús: es necesario vivir sus enseñanzas.
No basta con hablar de amor: es necesario amar.
No basta con buscar a Dios en las alturas: es necesario descubrirlo en la conciencia, en el prójimo, en el servicio, en el perdón y en cada oportunidad que la vida nos ofrece para vencer nuestras propias imperfecciones.
Entonces, no más excusas para nuestro encuentro con Dios.
Ese encuentro no depende de que el mundo cambie primero. Depende de nuestra transformación interior.
En medio de la gran noche que todavía oscurece los caminos de muchos de nuestros compañeros de jornada, tenemos el deber de mantener encendida la luz del discernimiento. Esa luz no nos convierte en dueños de la verdad; nos convierte, apenas, en servidores de aquellos que todavía buscan su propio camino.
Si hemos avanzado algunos pasos, tenemos también la responsabilidad de ayudar a quienes permanecen en la retaguardia. No para juzgarlos, sino para extenderles la mano; no para imponerles nuestras certezas, sino para compartir con ellos la luz que un día también recibimos.
Nuestros pasos comienzan a encaminarse hacia los montes de la elevación espiritual, no por privilegio, sino por esfuerzo; no por gracia gratuita, sino por mérito conquistado en las pequeñas batallas de cada día.
Y mientras ascendemos, comprendemos finalmente que el encuentro con Dios no es un acontecimiento que nos espera al final del camino.
Es el camino mismo.
Cada acto de amor y de renuncia al egoísmo es un paso hacia Él.
Cada perdón concedido, cada gesto de fraternidad, cada pensamiento elevado y cada esfuerzo sincero por vencer nuestras imperfecciones constituyen pequeñas aproximaciones a la Fuente de donde procedemos y hacia la cual, inevitablemente, nos dirigimos.
Porque
somos Espíritus en marcha. Y mientras caminamos, aprendemos que avanzar sin luz
es imposible. Pero también descubrimos que la luz que buscamos en Dios
comienza, silenciosamente, a encenderse dentro de nosotros.
Ese es, en definitiva, nuestro encuentro con Dios.
[1] Allan Kardec, La Génesis, Cap. XII, Caracteres
de los milagros.
[2] Allan Kardec, La Génesis, cap. II, Dios.
[3] Gen.
17, 4-8.
[4]
Juana de Ángelis/Divaldo Franco, Leyes Soberanas, Cap. 1. El Evangelio a la luz
de la psicología profunda. Ediciones Juana de Ángelis, 2012.
[5] Allan
Kardec, El Evangelio según el Espiritismo, Cap. I, No he venido a derogar la
ley.
[6]
Juana de Ángelis/Divaldo Franco, Leyes Soberanas, Cap. 1. El Evangelio a la luz
de la psicología profunda. Ediciones Juana de Ángelis, 2012.
[7] Ibídem
[8] León Denis, Después de la muerte. Cap. IX, El
universo y Dios. Editorial Cima, 1995.
[9] Juan
14, 6.
[10] Chico
Xavier/Emmanuel, Camino, Verdad y Vida. Editora Mensaje Fraternal, 1986.
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| Humberto de Campos |
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| J. Herculano Pires |
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La psiquis en esquema: El cuerpo
físico representa el consciente y el superconsciente. Las demás capas, el
inconsciente o espíritu.
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Oscar Cervantes Velásquez Santa Marta – Colombia 01/19/2026 El tema que pretendemos analizar representa uno de los mayores escol...