miércoles, 17 de enero de 2018

Nuestro encuentro con Dios

Por: Oscar Cervantes Velásquez

Desde los albores del tiempo, el hombre, recién instalado en la Tierra y enfrentado a un mundo cuyos fenómenos naturales contemplaba con asombro, comenzó a preguntarse por las causas primeras de cuanto acontecía a su alrededor. Ante lo desconocido, surgieron las inquietudes; ante el misterio, las preguntas; y ante la inmensidad de aquello que no podía comprender, nació en su intimidad la necesidad de buscar un Ser superior que pudiera ofrecer respuestas a los innumerables interrogantes propios de quien comienza a transitar por los caminos de la evolución.

Era el despertar de una conciencia todavía incipiente, que se sentía huérfana de un Padre al cual pudiera acudir en medio de sus necesidades existenciales. El hombre buscaba a Dios mucho antes de comprenderlo; lo intuía antes de poder explicarlo. Y quizá en esa búsqueda, imperfecta pero sincera, comenzó uno de los más grandes procesos de la evolución espiritual de la humanidad: el encuentro gradual de la criatura con su Creador.

Como respuesta a esas primeras inquietudes surgió la mitología, convertida en instrumento simbólico para intentar explicar los misterios de la naturaleza, la creación del universo y todo aquello que escapaba a la comprensión racional. La limitada evolución intelecto-moral de aquellos pueblos hacía que los fenómenos naturales fueran interpretados desde una perspectiva predominantemente imaginativa, atribuyéndoles voluntad, personalidad y características humanas.

Sin embargo, tal como lo informa la espiritualidad, “toda la mitología pagana no es en realidad más que un gran cuadro alegórico de las diversas caras, buenas y malas, de la humanidad. Para quien busca su sentido, se trata de un curso completo de la más profunda filosofía, como sucede con las fábulas modernas. Lo absurdo residía en que se tomara la forma por el fondo[1]”.

La humanidad, en efecto, necesitaba aprender a distinguir el símbolo de la realidad, la forma del contenido, la alegoría de la verdad que intentaba expresar. Detrás de los dioses múltiples, de las fuerzas de la naturaleza personificadas y de los relatos aparentemente fantásticos, se encontraba el esfuerzo de una conciencia que comenzaba, lentamente, a levantar la mirada hacia lo trascendente.

En la búsqueda de ese vínculo que pudiera unirlo al Ser Supremo aparecieron las religiones. Ellas contribuyeron a moldear el pensamiento humano y a aproximarlo progresivamente a los llamados “misterios” de la divinidad. Numerosas culturas y pueblos antiguos, amparados en sus concepciones religiosas, encontraron en ellas una forma de interpretar el mundo, comprender la naturaleza y otorgar un sentido a la existencia.

La religión fue, así, uno de los instrumentos mediante los cuales la humanidad comenzó a salir de la absoluta oscuridad de lo desconocido. No obstante, como toda construcción humana, también estuvo condicionada por el grado de comprensión alcanzado por cada pueblo y por cada época.

De ahí que “aquellas religiones que no entendieron la creación, punto de partida de todos los credos religiosos, han equivocado sus dogmas: los que no creyeron en un Dios todopoderoso, imaginaron muchos dioses; esas otras que no atribuyeron a Dios la bondad suprema crearon un dios colérico, parcial y vindicativo[2]”.

El hombre, al intentar comprender a Dios, muchas veces terminó proyectando sobre Él sus propias limitaciones. Creó dioses semejantes a sí mismo: celosos, vengativos, caprichosos, guerreros o complacientes. De alguna manera, construyó una imagen de la divinidad conforme a su propia condición moral. No había alcanzado todavía la comprensión suficiente para entender que Dios no podía ser una ampliación de las imperfecciones humanas.

De esta manera, en pleno auge del politeísmo, surgió la necesidad de que la humanidad comenzara a albergar la concepción de la unicidad divina. Y el pueblo hebreo se convirtió en uno de los instrumentos de los que Dios se valió para impulsar esa revelación.

Se inicia entonces un nuevo ciclo en la historia espiritual de la humanidad. En el seno de la cultura hebrea, todavía influenciada notablemente por concepciones politeístas, fue consolidándose progresivamente la idea de un Dios único. El pacto o alianza celebrado con Abraham, mediante el cual Dios le promete la tierra de Canaán a él y a su descendencia, constituye uno de los momentos fundamentales de ese proceso.

Asegura el Génesis que, a la edad de 99 años, Yahvé se apareció a Abram y le dijo:

Por mi parte, he aquí mi alianza contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos. No te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham, pues padre de muchedumbre de pueblos te he constituido. Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de ti. Y estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad. Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos[3]”.

Posteriormente surge la figura de Moisés, quien “por inspiración y observación estableció los códigos esenciales al proceso de liberación de la sombra[4]”, recibiendo las Tablas de la Ley en el monte Sinaí.

Moisés se convierte también en legislador civil de un pueblo indómito, sometido durante largo tiempo a la servidumbre y a los condicionamientos de una cultura profundamente marcada por la violencia y la desigualdad. Ante aquella realidad, se vio “obligado a contener, por el miedo, a un pueblo naturalmente turbulento e indisciplinado, en el cual tenía que combatir abusos arraigados y prejuicios adquiridos en la servidumbre de Egipto. Para dar autoridad a sus leyes, debió atribuirles origen divino, como lo hicieron todos los legisladores de los pueblos primitivos; la autoridad del hombre debía apoyarse en la autoridad de Dios; más sólo la idea de un Dios terrible podía impresionar a hombres ignorantes, en quienes el sentido moral y el sentimiento de una delicada justicia estaban aún poco desarrollados. Es evidente que el que había establecido en sus mandamientos: “Tú no matarás; tú no harás mal a tu prójimo”, no podía contradecirse elevando a deber el exterminio. Las leyes mosaicas propiamente dichas tenían, pues, un carácter esencialmente transitorio[5]”.

Era una “época marcada por la predominancia sombra colectiva”. Como expresa Juana de Ángelis[6], se tornaba indispensable establecer trayectorias de gran vigor moral, mediante un proceso que representaba un avance significativo con relación a la Ley del Talión, aquella que establecía la punición conforme al tipo de delito cometido: ojo por ojo, diente por diente.

La humanidad avanzaba, aunque lentamente. Cada revelación constituía un peldaño en la larga ascensión espiritual del hombre. Dios no se revelaba de una sola vez, porque la criatura tampoco estaba preparada para comprenderlo en toda su plenitud. La revelación acompañaba, así, el desarrollo de la conciencia humana. 

Con la segunda y la tercera revelación se produce un profundo desmarque de aquellas concepciones que presentaban a Dios a la medida de los pueblos y de su propio nivel evolutivo. Con Jesús surge una nueva posibilidad: el reencuentro con Dios mediante una enseñanza centrada en el sentimiento, en el amor al Creador y, de manera inseparable, en el amor al prójimo.

La llegada de Jesús a la Tierra representa, por ello, uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia espiritual humana. Él viene a “enfrentar la ignorancia predominante trayendo el mensaje de amor que jamás fuera presentado antes en la formulación de la cual Él era portador[7]”.

Con Jesús, Dios deja de ser solamente el legislador distante que establece normas y castigos, para comenzar a ser comprendido como el Padre amoroso que espera el retorno de sus hijos. La relación con la divinidad adquiere una dimensión profundamente interior. Ya no basta con obedecer una ley externa: es necesario transformar el corazón.

Sin embargo, el hombre, ser pasajero, limitado en el tiempo y en el espacio, puede vivir la religión sin alcanzar la religiosidad. Y cuando esto sucede, el concepto de Dios corre el riesgo de perderse entre la complejidad de las fórmulas vacías, del culto externo y de las manifestaciones ruidosas que sustituyen la experiencia íntima de lo sagrado.

Los cantos, los rituales y las manifestaciones exteriores pueden adquirir valor cuando expresan una auténtica experiencia espiritual; pero cuando se convierten en sustitutos de la transformación interior, terminan alejando al hombre de aquello que verdaderamente busca.

La idolatría no consiste únicamente en postrarse ante imágenes. También puede existir cuando convertimos las formas externas en el objeto principal de nuestra relación con Dios y olvidamos que el verdadero templo se encuentra en la intimidad de la conciencia.

El hombre necesita, entonces, recuperar el silencio interior, la meditación y la reflexión. Necesita volver sobre sí mismo, penetrar en las profundidades de su propia conciencia y descubrir allí la presencia de una realidad superior que lo invita permanentemente a transformarse.

Bajo ese clima de orfandad espiritual, muchos terminan viviendo una existencia desprovista de esperanza, sin convicciones profundas y sin la necesaria madurez espiritual para comprender el significado de su tránsito por la Tierra.

Se hace necesario, por tanto, que el ser humano se identifique con su propia conciencia y busque en ella la religiosidad interior que habrá de aproximarlo a Dios en toda su plenitud.

Por eso, ante las indagaciones del maestro Kardec acerca de dónde están escritas las leyes de Dios, la espiritualidad superior responde con una frase de extraordinaria profundidad: “En la conciencia”.

No se trata simplemente de una respuesta. Es una invitación al viaje interior.

La ley divina no está únicamente escrita en los libros, en los templos o en las tradiciones religiosas. Se encuentra inscrita en lo profundo del ser, como una semilla que aguarda el momento de germinar. El proceso evolutivo consiste precisamente en permitir que esa semilla divina crezca, se desarrolle y transforme progresivamente nuestra existencia.

Es entonces cuando podemos comprender la profunda afirmación de Pablo: él ya no vivía para sí mismo, sino que era “Cristo quien vivía en él”.

La transformación espiritual comienza cuando dejamos de preguntarnos solamente dónde está Dios y empezamos a preguntarnos qué debemos hacer para permitir que Dios se manifieste en nosotros.

Ante esta aseveración de Pablo, podemos asegurar, de acuerdo con el pensamiento de León Denis, “que no se puede demostrar la existencia de Dios con pruebas directas y sensibles, pues Dios no cae bajo el dominio de los sentidos. La divinidad ha desaparecido bajo un velo misterioso, tal vez para obligarnos a buscarla, lo cual constituye, por cierto, el ejercicio más noble y fecundo de nuestra facultad de pensar, y también para dejarnos el mérito de descubrirla[8]”.

La búsqueda de Dios es, por tanto, mucho más que una cuestión intelectual. Es una experiencia existencial. No podemos reducir lo divino a una fórmula, porque aquello que pretendemos encontrar trasciende las limitaciones de nuestros sentidos y de nuestra actual capacidad de comprensión.

Dios se convierte así en la gran búsqueda del Espíritu inmortal.

Cuando Jesús de Nazaret nos enseña: “Yo soy el camino, la verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por mí[9]”, comprendemos que el largo viaje que conduce a Dios guarda una relación directa con los objetivos de nuestra encarnación: la perfección.

La existencia corporal deja entonces de ser un simple tránsito entre el nacimiento y la muerte para convertirse en una etapa de aprendizaje, reparación y crecimiento espiritual. Encarnamos para evolucionar; evolucionamos para aproximarnos a la perfección; y, a medida que avanzamos en dirección a ella, nos acercamos inevitablemente a Dios.

Estamos vinculados, por tanto, a un verdadero tropismo divino. Así como la planta busca instintivamente la luz, el Espíritu humano, consciente o inconscientemente, se dirige hacia la fuente de toda verdad y de todo amor.

En ese camino encontramos en el Evangelio las más hermosas lecciones capaces de penetrar nuestro espíritu todavía indolente en el bien. Por ello, hacemos de sus enseñanzas la ruta segura para “convertirlo en compañero de la oración, en libro escolar en el aprendizaje de cada día, en fuente inspiradora de nuestras más humildes acciones en el trabajo común y en código de las buenas maneras en el intercambio fraternal[10]”.

El Evangelio deja entonces de ser un libro que se lee ocasionalmente para convertirse en una experiencia que se vive cotidianamente.

No basta con conocer a Jesús: es necesario vivir sus enseñanzas.

No basta con hablar de amor: es necesario amar.

No basta con buscar a Dios en las alturas: es necesario descubrirlo en la conciencia, en el prójimo, en el servicio, en el perdón y en cada oportunidad que la vida nos ofrece para vencer nuestras propias imperfecciones.

Entonces, no más excusas para nuestro encuentro con Dios.

Ese encuentro no depende de que el mundo cambie primero. Depende de nuestra transformación interior.

En medio de la gran noche que todavía oscurece los caminos de muchos de nuestros compañeros de jornada, tenemos el deber de mantener encendida la luz del discernimiento. Esa luz no nos convierte en dueños de la verdad; nos convierte, apenas, en servidores de aquellos que todavía buscan su propio camino.

Si hemos avanzado algunos pasos, tenemos también la responsabilidad de ayudar a quienes permanecen en la retaguardia. No para juzgarlos, sino para extenderles la mano; no para imponerles nuestras certezas, sino para compartir con ellos la luz que un día también recibimos.

Nuestros pasos comienzan a encaminarse hacia los montes de la elevación espiritual, no por privilegio, sino por esfuerzo; no por gracia gratuita, sino por mérito conquistado en las pequeñas batallas de cada día.

Y mientras ascendemos, comprendemos finalmente que el encuentro con Dios no es un acontecimiento que nos espera al final del camino.

Es el camino mismo.

Cada acto de amor y de renuncia al egoísmo es un paso hacia Él.

Cada perdón concedido, cada gesto de fraternidad, cada pensamiento elevado y cada esfuerzo sincero por vencer nuestras imperfecciones constituyen pequeñas aproximaciones a la Fuente de donde procedemos y hacia la cual, inevitablemente, nos dirigimos.

Porque somos Espíritus en marcha. Y mientras caminamos, aprendemos que avanzar sin luz es imposible. Pero también descubrimos que la luz que buscamos en Dios comienza, silenciosamente, a encenderse dentro de nosotros.

Ese es, en definitiva, nuestro encuentro con Dios.

 


[1]  Allan Kardec, La Génesis, Cap. XII, Caracteres de los milagros.

[2]  Allan Kardec, La Génesis, cap. II, Dios.

[3] Gen. 17, 4-8.

[4] Juana de Ángelis/Divaldo Franco, Leyes Soberanas, Cap. 1. El Evangelio a la luz de la psicología profunda. Ediciones Juana de Ángelis, 2012.

[5] Allan Kardec, El Evangelio según el Espiritismo, Cap. I, No he venido a derogar la ley.

[6] Juana de Ángelis/Divaldo Franco, Leyes Soberanas, Cap. 1. El Evangelio a la luz de la psicología profunda. Ediciones Juana de Ángelis, 2012.

[7] Ibídem

[8]  León Denis, Después de la muerte. Cap. IX, El universo y Dios. Editorial Cima, 1995.

[9] Juan 14, 6.

[10] Chico Xavier/Emmanuel, Camino, Verdad y Vida. Editora Mensaje Fraternal, 1986.

sábado, 6 de enero de 2018

Conciencia Espírita

Humberto de Campos

Dice usted que no comprende el motivo de tantas lamentaciones, en las comunicaciones de los Espíritas desencarnados. Fulano, que dejo una buena estela de servicio, regresa escribiendo que no actúo entre los hombres como era debido; zutano, conocido por su elevado patrón de virtudes, regresa, a través de varios médiums, a quejarse del tiempo perdido… Y usted anota, después de interesantes comentarios: “Tengo la impresión de que nuestros hermanos regresan, del más allá, atormentados por terribles complejos de culpa. ¿Cómo explicar este fenómeno?”.

Crea, mi querido hermano, que tengo personalmente por los Espíritas la más tierna admiración. Infatigables constructores del progreso y obreros del Cristianismo Redivivo. Sin embargo, recibieron tanta libertad para la interpretación de las enseñanzas de Jesús que, sinceramente, no conozco en este mundo personas de fe más razonable, ante los problemas de la vida y del Universo. Cargando grandes recursos intelectuales, es justo que guarden la preocupación de realizar mucho más, a favor de tantos hermanos en la Tierra, detenidos en ilusiones e inhibiciones en el campo de las creencias.

Se cuenta que, Allan Kardec, cuando reunía los textos con el que nacería “El Libro de los Espíritus”, cierta noche se recogió en su lecho, impresionado con un sueño con Lutero, del que recibiera noticias. El que en su tiempo fuera el gran reformador, tenía la convicción de haber estado en el paraíso, cogiendo informes en torno a la felicidad celestial.

Conmovido, el Codificador de la Doctrina Espírita, durante el reposo, viese también fuera del cuerpo, en singular desdoblamiento… Junto a él, identificó a un enviado de los Planos Sublimes que lo transportó, de golpe, a nebulosa región, donde gemían millares de entidades en sufrimiento aterrador. Llorando de aflicción, se unían en gritos de cólera y blasfemias, a las que le seguían carcajadas de locura.

Atónito, Kardec recordó a los tiranos de la Historia e inquirió, espantado:

¿Yacen aquí los crucificadores de Jesús?

-     Ninguno de ellos – informó el guía solícito -, porque aunque responsables, desconocían, en esencia, el mal que practicaban. El propio Maestro los ayudó a desembarazarse del remordimiento, consiguiéndoles bendecidas reencarnaciones, en las que rescataron ante la Ley.

-     ¿Y los emperadores romanos? Con seguridad padecerán en estos sitios aquellos mismos suplicios que impusieran a la Humanidad.

-     Nada de eso. Hombres de la categoría de Tiberio o Calígula no poseían la mínima noción de espiritualidad. Algunos de ellos, después de estados regenerativos en la Tierra, ya se elevaron a las esferas superiores, mientras que otros se demoran, hasta hoy, internados en el campo físico, en camino de la redención.

-     ¿Acaso, andarán presos en estos valles sombríos – pregunto el visitante – los verdugos de los cristianos, en los siglos primitivos del Evangelio?

-     De ninguna manera – replicó el lúcido acompañante -, los verdugos de los seguidores de Jesús, en los días apostólicos, eran hombres y mujeres casi salvajes, a pesar del tinte de civilizados que ostentaban… Todos fueran llevados a la reencarnación, para que adquirieran instrucción y entendimiento.

El Codificador del Espiritismo pensó en los conquistadores de la Antigüedad, Atila, Aníbal, Alarico I, Gengis Khan… Sin embargo, antes de enunciar una nueva pregunta, el mensajero agregó, respondiéndole la consulta mental:

-     No vagan por aquí los guerreros que recuerdas… Ellos nada sabían de las realidades del espíritu y, por eso, recibieron piadoso amparo, dirigidos hacia el renacimiento carnal, entrando en lides expiatorias, acorde a los débitos contraídos…

-     Entonces, dime – rogó Kardec, emocionado -, ¿qué sufrientes son estos, cuyos gemidos e imprecaciones me cortan el alma?

Y el orientador esclareció, imperturbable:

-    Tenemos junto a nosotros los que estaban en el mundo plenamente educados en cuanto a los imperativos del Bien y de la Verdad, y que huyeron deliberadamente de ella, especialmente a los Cristianos infieles de todas las épocas, perfectos conocedores de la lección y del ejemplo de Cristo y que se entregaran al mal por libre voluntad… Para ellos, un nuevo renacimiento en la Tierra, es siempre más difícil…

Impresionado con la inesperada observación, Kardec regresó al cuerpo y, de inmediato, se levantó y escribió la pregunta que presentaría, en la noche siguiente, a examen de los mentores de la obra en construcción y que figura como la número 642 de “El Libro de los Espíritus”: ¿Basta con no hacer el mal para ser grato a Dios y asegurarse tal situación en el porvenir?, indagación esta a la que los instructores respondieron: “No. Hay que realizar el bien, dentro del límite de las propias fuerzas. Porque cada cual responderá de todo el mal que haya hecho a causa del bien que él no realizo”.

Según es fácil percibir, mi amigo, con principios tan claros y tan lógicos, es natural que la conciencia Espírita, en comparación con las ideas dominantes de la gran mayoría de las religiones, sea muy diferente. 


ESPÍRITU HERMANO X
Chico Xavier – Libro “Cartas y Crónicas” – N° 7, edición FEB



martes, 5 de diciembre de 2017

Dialogando con los muertos

J. Herculano Pires

Conversar con los muertos es practicar la Necromancia. Es incidir en la condena bíblica de ese arte satánico. Es practicar una herejía e incurrir en las penas divinas. El espírita es un nigromante, un hechicero, un individuo que regresa al pasado asirio, egipcio, greco-romano, a la era del paganismo. El espírita, nigromante confeso, es pagano, se mantiene aún en el tiempo en que el Cristianismo no había aparecido en la Tierra.

Ese es el raciocinio de varios cristianos que nos escriben, católicos, protestantes, evangélicos. Muchos de ellos son piadosamente cristianos y quieren salvarnos del fuego del infierno. Menos mal que no estamos en el tiempo de la Inquisición y ellos no pueden salvarnos del fuego eterno, quemándonos caritativamente en una hoguera en la plaza pública.

Pero esa buena gente no es culpable de pensar así. Desde que el Espiritismo apareció, a mediados del siglo pasado, hasta hoy, sacerdotes y pastores, obispos, cardenales, arzobispos, misioneros y santos confesores, llenos de piedad y fe, vienen predicando en ese tono a sus rebaños. Las inocentes ovejas aprenden, aterradas, que los lobos de Satanás rondan el redil de las iglesias con sus artimañas. Y como en general no saben lo que es Necromancia, imaginan cosas terríficas acerca del significado de esa extraña palabra.

Para aumentar el pánico, ciertos diccionarios dicen que Necromancia es Espiritismo. El propio gran Diccionario Etimológico y Prosódico de la Lengua Portuguesa, del ilustre Prof. Silveira Bueno, comete ese engaño. Delante de tantos pronunciamientos de personalidades ilustres, de autoridades eclesiásticas y universitarias, ¿qué puede hacer una oveja inocente, sino temblar y balar hasta la hora de la esquila?

La necromancia es una rama de la magia antigua, de los llamados artes mágicos de la Antigüedad. A través de ritos especiales, de prácticas mágicas primitivas, los hechiceros de antaño obligaban a los muertos a subir a la tierra - o sea, a salir de los túmulos, como se ve en el episodio bíblico de la Pitonisa de Endor - para hacer adivinaciones y pronósticos. Los espíritas no usan nada de eso. No practican ritos de especie alguna, ni pueden obligar a ningún muerto a salir del túmulo para una charla a la media noche. Los espíritas dialogan con los espíritus, que no son muertos, sino vivos, criaturas de Dios más vivas que los llamados vivos de la Tierra. Jesús mostró la diferencia que existe entre Necromancia, arte mágico de los tiempos de ignorancia, y Espiritismo, doctrina racional y científica de los tiempos de luz, al evocar a Elías y Moisés en el Monte Tabor para conversar con ellos delante de los apóstolos. Y el apóstol Pablo nos cuenta, en Corintios I, al tratar de los dones espirituales, como eran hechas las sesiones espíritas del Cristianismo apostólico, en que los cristianos conversaban con los espíritus para su edificación espiritual. Confundir Necromancia con Espiritismo es ignorancia, lo que Dios perdona, o mala fe, lo que no tiene perdón, porque es el pecado contra el espíritu de que habla el Evangelio y que tiene que ser pagado por el pecador.

Tomado de: El Hombre Nuevo de J. Herculano Pires
Traducción al español: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís

Santa Marta - Colombia

viernes, 25 de agosto de 2017

PERIESPÍRITU O PSICOSOMA


Vimos respecto de la estructura espiritual o zona del inconsciente que, a pesar de ser una región energética, estaría constituida de zonas perfectamente definidas. En nuestros estudios representan las fajas del inconsciente puro, inconsciente pasado e inconsciente actual (grabado 1).

La psiquis en esquema: El cuerpo físico representa el consciente y el superconsciente. Las demás capas, el inconsciente o espíritu.
Todas ellas demarcadas por el cuerpo mental. Tales zonas serian la consecuencia de campos energéticos, estructuralmente diferentes, presentando funciones bien específicas. Por ser campos vibratorios, estarían sujetos a expansiones que, a su vez, chocarían en la intimidad del cuerpo físico como un extractor de aquellas energías.

Las expansiones energéticas, a la manera de un velo, constituirían un envoltorio, un recubrimiento, que resguardaría las zonas del inconsciente o campo espiritual. Con eso, el psicosoma sería un envoltorio intermediario entre la zona espiritual y la zona física, sirviendo de filtro en la dosificación y adaptación de las energías espirituales con la organización física. Por envolver al espíritu o al psiquismo de profundidad, fue denominado periespíritu o psicosoma (*).

La organización psíquica profunda, con sus diversas capas que sufren condensación a medida que nos aproximamos a la periferia o cuerpo físico, emitiría expansiones, cuyo conjunto representaría el "cuerpo del espíritu" — cuerpo mental. De esos cimientos, posiblemente, partirían las formaciones energéticas del periespíritu o psicosoma, el más condensado de esos cuerpos energéticos, solamente suplantado (en condensación) por el cuerpo físico que, en un sentido geográfico, envuelve a toda la organización.  Dijimos en otro lugar: "Las capas energéticas se van superponiendo al foco central del YO, centro del inconsciente puro, envolviéndolo, a la manera de verdaderos pliegues van circunscribiendo, cerrando, aislando las irradiaciones energéticas de las zonas profundas, que serían las más purificadas. Así, la energética más sutil, pura, de origen en el inconsciente puro, solo alcanzará la periferia, en la zona más externa del inconsciente actual, por el filtraje en las diversas paredes energéticas que, aunque sin modificar las posibilidades del centro emisor, le dan, sin embargo, la tonalidad apropiada. La razón de todo estriba en el hecho de que los centros nerviosos de toda la zona consciente, teniendo necesidad de amparo y orientación en sus respectivos trabajos, por la zona inconsciente o espiritual, reciben la energética del YO con la vibración que la materia soporte y se halle más afín: eso sólo se conseguirá si las vibraciones puras del centro vital en el inconsciente puro sufran adaptaciones, verdaderas condensaciones, antes de alcanzar las telas de sus manifestaciones en el consciente".

Esa organización periespiritual o (del) psicosoma se infiltraría en los vórtices energéticos de los genes de los cromosomas que, por eso, pasarían a ser los paneles de las manifestaciones de las energías profundas que cargamos. Por tanto, los núcleos de las células físicas serían las zonas por donde las energías espirituales podrían mostrar su influencia y orientación en la materia. El psicosoma poseería organización funcional muy superior a la materia, influenciándola, al punto de pensar, con lógica, que esta sería el resultado de aquella. Nunca podríamos concluir que la materia del cuerpo físico, a través de su bioquimismo, pudiese originar las fuerzas del inconsciente que poseemos; de hecho, con ese pensamiento materialista procura la psicología de nuestros días fundamentar sus métodos, inclusive los del psicoanálisis. Sabemos, por las consecuencias de la experimentación psicológica y parapsicológica, de la ampliación funcional de los campos psíquicos del inconsciente o espiritual y de la relativa pobreza del campo intelectual de la zona consciente. Siendo la función consciente menor y más reducida que los campos espirituales o del inconsciente, jamás podríamos concluir que el menor contuviese al mayor y le diese origen; todo lo contrario, el mayor en funciones, estructura y dirige las funciones del menor. De ahí, pensamos en las dificultades de la psicología en desarrollar métodos de investigación psíquica tomando como base la zona consciencial y de ella haciendo la fuente de origen de toda su fenomenología.

Los campos periespirituales serían mucho más avanzados que los campos del consciente. Los primeros comandarían los segundos, teniendo, de esa manera, una organización estructural especial de la que se nos escapan los detalles. Varios estudios han demostrado la existencia, en el periespíritu, de discos energéticos (chacras), como verdaderos controladores de las corrientes de energías centrífugas (del espíritu hacia la materia) o centrípetas (de la materia hacia el espíritu), que ahí se instalan como manifestaciones de la propia vida. Esos discos energéticos comandarían, con sus "superfunciones", las diversas zonas nerviosas y de modo particular el sistema neurovegetativo, convidando, a través de los genes, al código genético, al trabajo ajustado y bien ordenado de la arquitectura neuroendocrina.

Las energías de esa zona periespiritual, en su penetración por todo el cuerpo físico, se transfunden por la periferia corpórea, en pequeña extensión, mostrando un campo externo bien evidente (aura). Ese campo ya fue fotografiado por el método Kirlian (aurografía) y está siendo apreciada frente a sus modificaciones en las oscilaciones emocionales y en las desestructuraciones patológicas. Los rusos lo denominaron campo bioplásmico y los americanos campo psi plasma. La futura psicología encontrará en esas emanaciones periféricas grandes posibilidades de estudio y experimentación, ampliando el campo del conocimiento e interpretando mejor la ciencia del espíritu.

No podríamos dejar de ventilar las posibilidades de la existencia de un campo energético apropiado, entre el periespíritu, el cuerpo físico y el doble etérico. Sería una zona vibratoria ocupando posición destacada frente a los fenómenos conocidos como materialización.


Creemos que el campo energético de esa zona, en sus expansiones con la del periespíritu, se entrelace en las irradiaciones del campo físico y proporciona excelente material en la formulación de los fenómenos psicocinéticos y otros tantos de esa esfera parapsicológica. Con eso, podríamos explicar muchas de las curas que los llamados pases magnéticos pueden propiciar, en auténticas transfusiones de energías - expansiones del aura humana.

Tomado del libro Fuerzas Sexuales del Alma
Jorge Andrea Dos Santos
Traducción al español: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta - Colombia

viernes, 14 de julio de 2017

El Espíritu por un lado y el cuerpo del otro


Conversación con el Espíritu de una persona viva

Nuestro honorable colega, el Sr. Conde de R… C… nos ha dirigido la carta siguiente, fechada el 23 de noviembre último:

“Sr. Presidente,

“He oído decir que ciertos médicos, entusiastas de su arte y deseosos de contribuir al progreso de la ciencia tornándose así útiles para la humanidad, han, mediante testamento, legado su cuerpo al escalpelo de las salas anatómicas. La experiencia a la cual he asistido de evocar a una persona viva (sesión de la Sociedad del 14 de octubre de 1859) no me ha parecido lo suficientemente instructiva, porque se trataba de un asunto personal: poner en comunicación un padre vivo con su hija muerta. He pensado que lo que algunos médicos han hecho con el cuerpo, un miembro de la Sociedad podía hacerlo con el alma, en vida, poniéndose a su disposición para un ensayo de ese género. Podríais quizás, preparando de antemano preguntas que, esta vez, no tendrían nada de personal, obtener algo más de luz sobre el hecho del aislamiento del alma y del cuerpo. Aprovechando una indisposición que me retiene en casa, vengo a ofrecerme como sujeto de estudio, si os parece a bien. El viernes que viene pues, si no recibo una contraorden, me acostaré a las nueve de la noche, y pienso que a las nueve y media podréis llamarme, etc.”.

Nos hemos apresurado a aceptar el ofrecimiento del Sr. Conde de R… C… en tanto en cuanto que, poniéndose a nuestra disposición, pensamos que su Espíritu se prestaría con más facilidad a nuestras pesquisas; por otro lado, su instrucción, la superioridad de su inteligencia (lo que, entre paréntesis, no le impide ser un buen espírita) y la experiencia que ha adquirido en sus viajes alrededor del mundo como capitán de la marina imperial, podía hacernos esperar de su parte una más clara apreciación de su estado: nuestra espera no ha sido baldía. Hemos tenido pues, con él, las dos comunicaciones siguientes, la primera, el 25 de noviembre, y la segunda, el 2 de diciembre de 1859.

(Sociedad; 25 de noviembre de 1859)
1. Evocación. – R.: Estoy aquí.

2. ¿Tenéis en este momento consciencia del deseo que me habéis expresado de ser evocado? – R.: Perfectamente.

3. ¿En qué lugar os encontráis aquí? – R.: Entre vos y el médium.

4. ¿Nos veis tan claramente como cuando asistís en persona a nuestras sesiones? – R.: Aproximadamente, pero algo borroso; no estoy bien dormido.

5. ¿Cómo tenéis consciencia de vuestra individualidad aquí presente, mientras que vuestro cuerpo está en vuestra cama? – R.: Mi cuerpo es solo accesorio para mí en este momento, soy YO quien está aquí.

Comentario: Soy YO quien está aquí es una respuesta a destacar; para él, el cuerpo no es una parte esencial de su ser; esa parte, es el Espíritu, que constituye su Yo; su Yo y su cuerpo son dos cosas distintas.

6. ¿Podéis transportaros instantáneamente y a voluntad de aquí a vuestra casa y de vuestra casa aquí? – R.: Sí.

7. ¿Yendo de vuestra casa hasta aquí y recíprocamente, tenéis consciencia del trayecto que efectuáis? ¿Veis los objetos que se encuentran en vuestra ruta? – R.: Podría, pero declino el hacerlo, al no estar interesado en ello.

8. ¿El estado en que os encontráis, es semejante al de un sonámbulo? – R.: No del todo; mi cuerpo duerme, es decir casi inerte; el sonámbulo no duerme; sus facultades orgánicas son modificadas y no inhibidas.

9. ¿El Espíritu evocado de una persona viva podría indicar remedios medicinales como un sonámbulo? – R.: Si los conoce, o si está en relación con un Espíritu que los conoce, si; si no, no.

10. ¿El recuerdo de vuestra existencia corporal está claramente presente a vuestra memoria? – R.: Muy claramente.

11. ¿Podría citarnos alguna de vuestras ocupaciones más sobresaliente de la jornada? – R.: Podría, pero no lo haré, y lamento el haber propuesto esta pregunta. (Había rogado que se le hiciera una pregunta de ese estilo como prueba).
12. ¿Es como Espíritu que lamentáis haber propuesto esta pregunta? – R.: Como Espíritu.

13. ¿Por qué lo lamentáis? – R.: Porque comprendo mejor la justeza de que sea prohibido la mayor parte del tiempo.

14. ¿Podría describirnos vuestra habitación? – R.: Ciertamente, y la de mi conserje también.

15. ¡Y bien! ¿Entonces seréis tan amable de describirnos vuestra habitación o la de vuestro conserje? – R.: He dicho que podría, pero poder no es querer.

16. ¿Cuál es la enfermedad que le retiene en casa? – R.: La gota.

17. ¿Hay un remedio para la gota? Si lo conoce, sería tan amable de indicarlo, ya que sería prestar un gran servicio. – R.: Podría, pero me guardaré muy bien de ello; el remedio podría ser peor que el mal.

18. Peor o no, por favor indíquelo, aunque no lo usemos. – R.: Hay varios, entre ellos el cólquico.

Comentario: Despierto, el Sr. de R… ha reconocido no haber jamás oído hablar de esa planta como específico anti-gota.

19. ¿En su estado actual podría ver el peligro que fuese a correr un amigo, y podría ir en su ayuda? – R.: Podría; lo inspiraría, si escuchara mi inspiración, y aún con más fruto si fuese médium.

20. Ya que os evocamos según vuestro deseo, y que os placéis en poneros a nuestra disposición para nuestros estudios, describidnos lo mejor posible, y hacednos comprender, si es posible, el estado en que os encontráis. – R.: Me encuentro en un estado de lo más feliz y satisfactorio que se pueda sentir. ¿Habéis tenido alguna vez uno de esos sueños donde el calor de los ropajes de la cama os hace creer que sois delicadamente acunado en los aires, o en las tibias aguas de una corriente, nulamente preocupados de vuestros movimientos, sin consciencia alguna de extremidades pesadas e incomodas de mover o arrastrar, en una palabra, sin ninguna necesidad para satisfacer; no sintiendo ni el aguijón del hambre, ni el de la sed? Me encuentro en ese estado cerca de vosotros; y aún solo os he dado una pequeña idea de lo que siento.

21. ¿El estado actual de vuestro cuerpo sufre alguna modificación fisiológica, como consecuencia de la ausencia del Espíritu? – R.: De ninguna manera; me encuentro en el estado que llamáis primer sueño; sueño pesado y profundo que experimentamos todos, y durante el cual nos alejamos del cuerpo.

Comentario: El sueño, que no era muy profundo al inicio de la comunicación, ha avanzado poco a poco, como consecuencia intrínseca del desprendimiento del Espíritu que deja al cuerpo en un estado de profunda relajación.

22. ¿Si, como consecuencia de un brusco movimiento, se despertara vuestro cuerpo mientras vuestro Espíritu está aquí, que sucedería? – R.: Lo que es brusco para el hombre es extremadamente lento para el Espíritu, que siempre tiene tiempo de ser advertido.

23. ¿La felicidad que nos habéis descrito y de la cual gozáis en vuestro estado de libertad tiene alguna relación con las agradables sensaciones que se experimentan algunas veces en los primeros momentos de la asfixia? El Sr. S…, que ha tenido la satisfacción de sentirlas (involuntariamente), os dirige esta pregunta. – R.: No anda mal encaminado; en la muerte por asfixia existe un instante análogo a aquel del cual hablamos, pero en este caso el Espíritu solo pierde lucidez, mientras que aquí se acrecienta considerablemente.

24. ¿Vuestro Espíritu se mantiene aún ligado por algún lazo a vuestro cuerpo? – R.: Sí, tengo perfecta consciencia de ello.

25. ¿A qué podéis comparar ese lazo? – R.: A nada que conozcáis, si no es a una luz fosforescente, en su aspecto, si podríais verlo, pero que no produce ninguna sensación sobre mí.

26. ¿Os afecta la luz de la misma forma; tiene la misma coloración que cuando veíais por los ojos? – R.: Absolutamente, ya que mis ojos sirven de alguna manera de ventana a la caja de mi cerebro.

27. ¿Percibís los sonidos con la misma claridad? – R.: Con más claridad aún, ya que percibo muchos que se os escapan.

28. ¿Cómo transmitís vuestro pensamiento al médium? – R.: Actúo sobre su mano para dirigirla ayudándome con una acción sobre el cerebro.

29. ¿Os servís del vocabulario existente en su cabeza, o le indicáis las palabras que debe escribir? – R.: Lo uno y lo otro, según mi conveniencia.

30. ¿El Espíritu cuyo cuerpo estuviera muerto sufriría las mismas dificultades para comunicarse a un médium completamente extraño a la lengua que hablaba en vida? – R.: Quizás menor, pero siempre existiría; ya os he dicho que, según la conveniencia, el Espíritu da al médium sus expresiones o utiliza las suyas.

31. ¿Vuestra presencia aquí fatiga vuestro cuerpo? – R.: De ninguna manera.

32. ¿Vuestro cuerpo sueña? – R.: No; es debido a eso, justamente, que no se fatiga; la persona de la cual habláis experimentaba por medio de sus órganos impresiones que se transmitían al Espíritu; era lo que la fatigaba; no experimento nada parecido.

Comentario: Hace alusión a una persona sobre la cual se hablaba en ese momento, y quien, en igual circunstancia, había dicho que su cuerpo se fatigaba, y había comparado su cuerpo a un globo cautivo cuyas sacudidas hacen estremecerse al poste que lo retiene.

Al día siguiente el Sr. De R… C… nos dijo haber soñado que se encontraba en la Sociedad entre el médium y nos; es evidentemente un recuerdo de la evocación. Es probable que en el momento de la pregunta no soñara, ya que ha respondido negativamente; o quizás también, y eso es más probable, no siendo el sueño más que un recuerdo de la actividad del Espíritu no es en realidad el cuerpo el que sueña, ya que el cuerpo no piensa. Ha podido pues, y así mismo debido responder negativamente, no sabiendo si, una vez despierto, su Espíritu se acordaría. Si su cuerpo hubiese soñado, mientras su Espíritu estaba ausente, es que el Espíritu habría tenido una doble presencia; más, no podía estar a la vez en la Sociedad y en su casa.

33. ¿Se encuentra vuestro Espíritu en el estado en el cual se encontrará a vuestra muerte? – R.: Muy similar; exceptuando el lazo que lo retiene al cuerpo.

34. ¿Tenéis consciencia de vuestras existencias anteriores? – R.: Muy confusamente: esta es también una circunstancia que olvidaba; después del desprendimiento completo que sigue a la muerte, los recuerdos son mucho más precisos; actualmente son más completos que en la vigilia, pero no lo suficiente para poder especificarlos de manera inteligible.

35. ¿Si, a vuestro despertar os presentáramos vuestros escritos, os daría consciencia de las respuestas que acabáis de dar? – R.: Podría encontrar en ellos algunos de mis pensamientos; pero muchos otros no encontrarían eco en mi pensamiento de la víspera.

36. ¿Podríais ejercer sobre vuestro cuerpo una influencia lo suficientemente grande como para despertaros? - R.: No.

37. ¿Podríais responder a una pregunta mental? – R.: Sí.

38. ¿Nos veis espiritualmente o físicamente? – R.: Lo uno y lo otro.

39. ¿Podríais visitar al hermano de vuestro padre, que dicen está en una isla de la Oceanía, y, como marino, podríais precisar la posición de esa isla? – R.: No puedo nada de todo eso.

40. ¿Qué pensáis ahora de vuestra interminable obra y de su finalidad? – R.: Pienso que debo proseguir con ella, así como con su finalidad; es todo lo que puedo decir.

Comentario: Había deseado que se le hiciera esa pregunta sobre un importante trabajo que ha iniciado sobre la marina.


41. Estaríamos encantados que tuviese a bien dirigir algunas palabras a vuestros colegas, una especie de pequeño discurso. – R.: Ya que tengo la ocasión, aprovecho para afirmaros, sobre mi fe en el porvenir del alma, que el error más grande que puede cometer el hombre es el de buscar experiencias y pruebas; esto es todo lo más perdonable a los hombres que se inician en el conocimiento del Espiritismo; ¿no se os ha repetido mil veces que hay que creer, porque se comprende y se ama la justicia y la verdad, y que si fuese dada satisfacción a una de esas pueriles demandas, aquellos que pretenden hacerlas para convencerse no tardarían en hacer nuevas peticiones al día siguiente, y que invariablemente gastaríais un tiempo precioso en hacer decir la buenaventura a los Espíritus? Lo comprendo ahora mucho mejor que despierto, y os puedo dar el sabio consejo de, cuando queráis obtener resultados de ese tipo, dirigiros a Espíritus golpeadores y a mesas parlantes que, no teniendo nada mejor que decir, pueden ocuparse de esos tipos de manifestaciones. Perdonadme la lección, pero tengo necesidad de ella como otros, y no me desagrada el dármela a mí mismo.

Tomado de la Revista Espírita de 1860

EL HOMBRE DE BIEN ANTE EL ASEDIO DE LAS FUERZAS ESPIRITUALES DEL MAL

    Oscar Cervantes Velásquez Santa Marta – Colombia 01/19/2026 El tema que pretendemos analizar representa uno de los mayores escol...