Como ya se ha mencionado, el
sexo, así como cualquier otra función que se manifiesta en nuestra maquinaria
orgánica, debe ser utilizado con el respeto que debemos dedicar a los demás
mecanismos fisiológicos. Encargado de perpetuar la especie, su práctica se
reviste de significados profundos, al propiciar la reproducción,
particularmente en la especie humana. Igualmente, portador de hormonas
fisiológicas y psicológicas, por el placer que proporciona, merece el
involucramiento del amor, sin el cual se convierte en un automatismo orgánico
desprovisto de consecuencias más elevadas. Además, por el hecho de involucrar a
otra persona, en las relaciones saludables, siempre se torna responsable de los
efectos psicológicos que vinculan a una con la otra. Su uso promiscuo e
irresponsable siempre genera trastornos morales, sociales y emocionales
profundos, de los que padece nuestra sociedad, algunos de los cuales serán transferido
más allá de la tumba.
Cuando observamos la
promiscuidad sexual, notamos que la persona cambia de pareja, pero no cambia de
comportamiento. Y busca en la nueva pareja (masculina o femenina) aquello que
faltaba en la anterior. Es la búsqueda de lo nuevo, de lo diferente, que pronto
se volverá normal, repetitivo y agotador. Y, como consecuencia, el individuo
pasa a usar la función sexual como alimento de variación constante, sin jamás
alcanzar una satisfacción plena.
¿Cómo debemos comportarnos
al ser testigos de la prostitución? Nos corresponde asumir una actitud de
compasión hacia aquellos que viven del sexo. En la actualidad, la prostitución
ha asumido una gran variedad de formas, pues no se encuentra solo en el burdel,
en las calles oscuras de la ciudad o en los moteles elegantes de la periferia,
sino también en apartamentos de lujo donde desfilan ases y estrellas que
conmueven al mundo y que son atormentados sexuales.
Esa variedad infinita de
formas de prostitución, aunque no siempre sea asalariada, continúa siendo un
trastorno de compostura moral. Cuando decimos que no es asalariada, es porque
no hay un precio establecido en una tabla a la entrada del burdel, pero el
precio se cobra de otra manera. Cuántas personas se prostituyen para alcanzar
un lugar destacado en la sociedad: en la política, en las artes, en las
relaciones sociales en general, en aspiraciones de cualquier naturaleza.
Reciben como pago apartamentos de lujo, joyas de alto valor, automóviles,
abrigos de pieles raras… Nunca, sin embargo, la paz interior. Porque al cambiar
de pareja, la persona viaja hacia nuevas experiencias con el sentimiento
desgarrado, sabiendo que no es amada. Si esa persona es socialmente influyente,
sabe que quienes le hablan de amor desean su luz para proyectarse con ese
brillo. Y cuando le proponen una unión conyugal, casi siempre es para ganar
notoriedad en los medios, para divorciarse después, cuando nuevamente serán
objeto del sensacionalismo de los medios de comunicación.
Todo esto son trastornos
psicológicos del área sexual por ausencia de amor. ¡Examinemos el paisaje
afectivo de los grandes campeones del sexo y veremos cuán solitarios son!
Pero la vida es muy severa
cuando se la irrespeta.
Yo conocí a una actriz de
televisión en el esplendor de su gloria. Una joven hermosa que hacía
telenovelas, realmente atractiva, no solo en la pantalla, sino también como
persona. El medio en que vivió y las experiencias que tuvo ciertamente la
corrompieron. En poco tiempo, además de lo que ganaba como actriz en una
posición de gran destaque en todo el país, prefirió optar también por
relaciones extravagantes. En la misma época, conocí también a una familia muy
rica, en la que el hijo, bastante esnob, poseedor de una gran fortuna, se
permitía recibir desde Río de Janeiro y São Paulo vuelos especiales hacia su
hacienda para relacionarse con actrices de renombre nacional o internacional,
aquellas figuras más provocativas y famosas del mundo sexual. Para llevar a
cabo esas orgías, invitaba a amigos igualmente ociosos y atormentados.
En una de las ocasiones en
que estuve en su ciudad, su madre me dijo:
—Divaldo, ¡no sabes el
tormento en el que me encuentro!
Me relató el drama,
explicando que su hijo estaba recibiendo, entre otras personas, a esa actriz
específica a la que me refiero.
Pasaron algunos años… La
desesperación, la sed y la voracidad de esa joven, ciertamente vampirizada,
hicieron que ella indicara en los avisos y álbumes en los que se ofrecía para
ser elegida, la forma de pago que debían usar sus clientes. Llegó incluso a
señalar que aceptaba tarjetas de crédito.
¡Veamos cómo son los dramas
de la criatura humana!
Cuando leí el anuncio,
comencé a orar por ella. Me invadió una inmensa compasión, como si fuera mi
propia hija.
Poco después, contrajo el
VIH. Imaginemos las dificultades de una persona seropositiva en aquellos días
duros de los años 1980. Fue despedida de su trabajo, porque los demás actores
se negaban a realizar escenas románticas con ella, ya que creían que la saliva
del beso sería vehículo de contagio. También comenzó a ser excluida de los
grandes círculos sociales. Tiempo después, dio una entrevista con el corazón
desgarrado por la amargura. Porque ahora, ni pagando lograba conseguir un
compañero. Finalmente, se suicidó.
He orado por esa joven
durante más de diez años. En ese largo período, tuvimos un contacto psíquico, y
ella me contó su drama, su voluptuosidad, la alucinación que continuaba
atormentándola. Era portadora de un deseo sexual incontrolable, hoy clasificado
como compulsión sexual. Por lo tanto, insatisfecha y atormentada por un
trastorno psíquico, especialmente como consecuencia de los abortos practicados
en esa misma existencia, sus víctimas no la perdonaban. La llevaron al suicidio
y la estaban explotando en el mundo espiritual.
Cuando encontramos a una
persona bella, atractiva y disputada por muchos, estamos lejos de conocer los
conflictos de su mundo íntimo.

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