domingo, 10 de noviembre de 2019

REENCARNACIÓN


No terminaremos este estudio de la vida en el espacio, sin indicar, de una manera somera, de acuerdo con qué reglas se efectúa la reencarnación. Todas las almas que no han podido emanciparse de las influencias terrenales deben renacer en este mundo para trabajar en él por su mejoramiento; éste es el caso de la inmensa mayoría. Como las demás fases de la vida de los seres, la reencarnación está sometida a leyes: el grado de pureza del periespíritu y la afinidad molecular que determinan la clasificación de los espíritus en el espacio fijan también las condiciones de la reencarnación. Los semejantes se atraen. En Virtud de esta ley de atracción y de armonía, los espíritus del mismo orden, de caracteres y de tendencias análogas, se aproximan, se siguen a través de sus múltiples existencias, se encarnan en conjunto y constituyen familias homogéneas.

Cuando la hora de reencarnar ha llegado, el espíritu se siente arrastrado por una fuerza irresistible, por una misteriosa afinidad, hacia el ambiente que le conviene. Es ésta una hora de angustia más temible que la de la muerte. En realidad, la muerte no es más que la liberación de los vínculos carnales, la entrada en una vida más libre, más intensa. La encarnación, por el contrario, es la pérdida de esa vida de libertad, un aminoramiento del ser mismo, el paso de los claros espacios a la prisión oscura, el descendimiento a un abismo de lodo y de miseria donde el ser será sometido a necesidades tiránicas y sin número. Por eso es por lo que el disgusto, el espanto, el anonadamiento profundo del espíritu, en el umbral de este mundo tenebroso, son fáciles de concebir: es más penoso, es más doloroso renacer que morir.

* * * *

La reencarnación se produce por un aproximamiento graduado, por una asimilación de las moléculas materiales en el periespíritu, la cual se reduce, se condensa, se hace pesada progresivamente, hasta que, por una asociación suficiente de la materia, constituye una envoltura carnal, un cuerpo humano.

El periespíritu desempeña así el papel de un molde fluídico, elástico, que presta su forma a la materia. De ahí se deducen, en su mayor parte, las condiciones fisiológicas del renacimiento. Las cualidades o los defectos del molde reaparecen en él cuerpo físico, que no es, en la mayoría de los casos, sino una fea y grosera copia del periespíritu.

En cuanto comienza la asimilación molecular que ha de dar nacimiento al cuerpo, la turbación sobrecoge al espíritu; una torpeza, una especie de aniquilamiento le invade poco a poco. Sus facultades se velan, una tras otra; su memoria se desvanece y su conciencia se duerme. El espíritu queda como sepultado bajo una espesa crisálida.

Entregada a la vida terrena, durante un largo período, el alma deberá preparar el organismo nuevo, adaptarlo a las funciones necesarias. Sólo después de veinte o treinta años de tanteos, de esfuerzos instintivos, recobrará el uso de sus facultades, disminuidas, por cierto, por la materia, y podrá, con más resolución, hacer la travesía peligrosa de la existencia. El hombre poco esclarecido llora y se lamenta sobre las tumbas -esas puertas abiertas hacia el infinito-. Familiarizado con las leyes de arriba, para las cunas debería reservar su piedad. El vagido del niño que acaba de nacer, ¿no es como la queja del espíritu ante las tristes perspectivas de la vida?

Las leyes inflexibles de la naturaleza, o, más bien, los efectos que resultan del pasado del ser deciden su reencarnación. El espíritu inferior, ignorante de estas leyes, despreocupado de su porvenir, sufre maquinalmente su suerte y vuelve a ocupar su puesto en la tierra bajo el impulso de una fuerza que no trata siquiera de conocer. El espíritu avanzado se inspira con los ejemplos que le rodean en la vida fluídica, recoge las advertencias de sus guías espirituales, sopesa las condiciones buenas o malas de su reaparición en este mundo, prevé los obstáculos y las dificultades del camino, se traza un programa y adopta enérgicas resoluciones para realizarlo. No vuelve a descender a la carne sino seguro de contar con el apoyo de los invisibles, seguro de que le ayudarán a realizar su nueva tarea. En este caso, el espíritu no soporta exclusivamente el peso de la fatalidad. Su elección puede ejercerse dentro de ciertos límites, de manera que se acelere su marcha.

Por esto, el espíritu esclarecido escoge con preferencia una existencia laboriosa, una vida de lucha y abnegación. Sabe que, gracias a ella, su adelanto será más rápido. La tierra es el verdadero purgatorio. Es preciso renacer y sufrir para despojarse de los vicios, para borrar las faltas o los crímenes del pasado. De ahí las enfermedades crueles, largas y dolorosas, y la pérdida de la razón.

El abuso de las elevadas facultades -el orgullo, el egoísmo- se expía con el renacimiento en organismos incompletos, en cuerpos deformes y sufrientes. El espíritu acepta esta inmolación pasajera, porque constituye a sus ojos el pago de la rehabilitación, el Único medio de adquirir la modestia y la humildad; consiente en privarse momentáneamente del talento, de los conocimientos que constituyeron su gloria; consiente en descender a un cuerpo impotente, dotado de órganos defectuosos, y en convertirse en un objeto de irrisión o de piedad.

Respetemos a los idiotas, a los achacosos y a los locos. ¡Que el dolor sea sagrado para nosotros! En esos sepulcros de carne, un espíritu vela y sufre, pues en su personalidad íntima tiene conciencia de su miseria y de su abyección. Temamos nosotros mismos merecer su suerte por nuestros excesos. Pero esos dones de la inteligencia, que el alma abandona para humillarse, volverá a recobrarlos a la muerte, porque constituyen su propiedad, sus bienes, y nada de cuanto adquirió mediante sus esfuerzos puede perderse ni aminorarse. Los recobrará, y, con ellos, las cualidades, las virtudes nuevas recogidas en el sacrificio y que formarán su corona de luz en el seno de los espacios.

Así, pues, todo se paga y todo se rescata. Los pensamientos, deseos culpables tienen sus consecuencias en la vida fluídica; pero las faltas realizadas en la carne deben expiarse en la carne. Todas nuestras existencias se unen; el bien y el mal repercuten, a través del tiempo. Si los torpes y los malos parecen terminar su vida en la abundancia y en la paz, sepamos que llegará la hora de la justicia, y que los sufrimientos que ellos causaron recaerán sobre ellos.

Hombre: resígnate, pues, y soporta con valor los padecimientos inevitables, si bien fecundos, que borran tus manchas y te preparan un porvenir mejor. Imita al labrador, que camina encorvado bajo el sol ardiente o mordido por el cierzo, y cuyo sudor riega el suelo, el suelo surcado, desgarrado como tu corazón por el diente de hierro, pero de donde saldrá la mies dorada que hará su felicidad.

Evita los desfallecimientos que te conducirían a ponerte el yugo de la materia y pesarían sobre tus vidas futuras. Sé bueno y virtuoso, a fin de no dejarte prender por el temible engranaje del mal y de sus consecuencias. Huye de los goces envilecedores, de las discordias y de las vanas agitaciones de la multitud. No es en las discusiones estériles, en las rivalidades, en la codicia de los honores y de los bienes donde encontrarás la sabiduría y la satisfacción de ti mismo, sino en el trabajo y en la práctica de la caridad, en la meditación solitaria, en el estudio recogido enfrente de tu propia conciencia y de la naturaleza -ese libro admirable que lleva la firma de Dios.


Tomado del libro: Después de la Muerte.

sábado, 19 de octubre de 2019

Y LLEGA UN HOMBRE...

Allan Kardec (1804 - 1869)



En el cementerio parisino de Père Lachaise, existe desde 1869 una tumba bajo una extraña construcción en forma de dolmen[1]. En ella están esculpidas estas palabras: “Nacer, morir, volver a nacer para evolucionar. Esta es la ley”.

Desde hace más de un siglo constituye la meta de una continua, diaria e incesante peregrinación, cuyos protagonistas son hombre de toda fe y condición, unidos en un único sentimiento de homenaje, de afecto y de reconocimiento que se mezcla con una vaga nostalgia. ¿Por qué?

Las razones de esa convergencia tan difundida y profunda, son humanas y espirituales al mismo tiempo: bajo aquel mármol, en esa tierra, reposan los despojos mortales de un hombre que dio impulso a un movimiento claramente religioso en su planteamiento, que reunió desconsolados, adoloridos, descontentos – que deseaban ardientemente el consuelo en una respuesta a sus interrogantes comunes. A ello este hombre ofreció una oportunidad, más bien la oportunidad, para creer, al fin con fundadas razones, en la sobrevivencia del espíritu después de la muerte del cuerpo.

Ese concepto, uno de los más sentidos, buscados y deseados por la humanidad, por primera vez fue, si así se puede decir, traducido en una filosofía y en una moral que tenía en si un gran secreto: su simplicidad, su carácter inmediato y su adaptabilidad a todas las opiniones, creencias, deseos. Para los estudiosos modernos, dicha religión, dicha metafísica y dicha moral pueden parecer superadas, mejor dicho, lo están realmente; pero se les debe reconocer, y por consiguiente al hombre que tuvo la incontestable capacidad de traducirla en conceptos claros y convincentes, el mérito indiscutible – como dice Sudré en su Tratado de Parapsicología – de haber creado un movimiento experimental y de haber abierto de ese modo los caminos a la metapsíquica, es decir, a la parapsicología.

¿Quién era aquel hombre cuyos restos mortales reposan en París?

Su verdadero nombre era Hyppolite León Dénizard Rivail. Pero para sus millones de seguidores él tuvo otro y único nombre, un seudónimo: Allan Kardec. Su fecha de nacimiento- una especie de día de Navidad para los más entusiastas – fue el 3 de octubre de 1804 (en Lyón, como se ha dicho).

Hasta 1854 – año en el que en su camino comenzaron a moverse y a hablar las mesas, de las que el fluido, el periespíritu de los desencarnados hacía inteligible el lenguaje y el idioma a aquellos que lo supiesen interpretar – su vida fue muy ordenada, convencional, chata y descolorida. Ciertamente no era esa la vida que podría esperarse para un hombre a quien luego le correspondería una misión tan mesiánica.

Sus primeros cincuenta años de vida no tienen ningún rayo de luz, ningún chispazo, nada distinto de la gris tranquilidad propia de un cualquiera de los millones de padres de familia de cincuenta años que poblaron y pueblan el mundo. Hijo de burgueses acomodados – abogados y magistrados – (pero a través de él no se sabe casi nada de su familia), estudió en la escuela del famosísimo educador Jean Henry Pestalozzi, en Yverdon, a orillas del lago Neuchatel (Suiza). Le educación que recibió allí lo hizo tolerante, observador, serio y estudioso, así como también severo y ordenado, cualidades todas que hicieron célebre y renombrado al gran educador suizo, alumno espiritual de Jean Jacques Rousseau. Así como para Mesmer, en el también Suiza deja la huella del propio orden y del propio pragmatismo.

Al dejar el colegio de Yverdon, Hyppolite Rivail volvió a Francia; probablemente residió algunos años en Lyon (desde 1818 hasta 1824, pero no se sabe con certeza); con toda seguridad en 1824 estaba en París, donde publicó su primera obra: un Tratado de aritmética en el que más de alguien vio la primera manifestación de un intelecto y de un método pedagógicos nuevos y genuinos. Trabajo y estudió duramente, cultivando y enseñando casi exclusivamente las disciplinas científicas, por cuanto se declaró poco inclinado a las filosóficas y literarias. ¡Soberbia burla de la vida, para un hombre que más tarde fundaría una filosofía y una moral como la suya! A los 28 años se casó con una dama, vecina de su casa, casi nueve años mayor que él, hija de un acaudalado notario: la señorita Amélie Gabrielle Boudet, también profesora.

La vocación pedagógica común ciertamente unió a ambos y llenó sus vidas en aquellos años. Fundaron un instituto que se colocó a la vanguardia debido a los nuevos métodos de instrucción, contando con la colaboración de un tío de él, un Denizard. Dos años después, sin embargo, a causa de dificultades financieras personales debidas al parecer a fuertes pérdidas en el juego, el tío renunció a la empresa retirando su cuota de capital. Los Rivail se quedaron apenas con unos centavos que, mal utilizados en un asunto comercial, se volatilizaron en un desastre completo. Siguió entonces una época de dificultades y de duro y oscuro trabajo, durante el cual los dos cónyuges dirigieron sus mayores esfuerzos y su más férrea voluntad al logro de un objetivo común: recuperarse, para volver a tomar el camino interrumpido hacia el ideal de una moderna pedagogía. Afortunadamente pudieron lograrlo y en un poco más de un año de diversos trabajos, oscuros fatigosos y hasta humildes – el cómo traductor, administrador (al parecer de un teatro) y oficinista, ella como maestra y copista – pudieron iniciar en la propia casa cursos de física, química, astronomía y anatomía, completamente gratuitos, en los cuales prodigaron todo su entusiasmo. Continuaron así durante años hasta que, en 1854, ocurrió un hecho que revolucionó totalmente la vida de Rivail, llevándolo – literalmente – “desde el polvo a los altares”.

En su juventud Rivail se había ocupado de fenómenos magnéticos e hipnóticos, siguiendo los rumbos trazados por Mesmer y Puységur, había ensayado experiencias con sonámbulos y había repetido los experimentos de los cultores del momento, pero no había profundizado en absoluto en el asunto, que lo interesaba solo desde un punto de vista puramente de observación y curiosidad científica.

Un amigo suyo, llamado Fortier, magnetizador de profesión, le habló de aquellas extrañas, trastornantes y perturbadoras cosas que estaban ocurriendo, ya en toda Europa y que provenían del otro lado del océano. Rivail oyó así hablar por primera vez de los espíritus en 1854, pero parece que su primera reacción fue un encogimiento de hombros. Con aquella mente racional, ordenada, de formación suiza, es completamente creíble la famosa frase que algún historiador le ha atribuido: “Creeré en eso (en las mesitas movedizas y parlantes) cuando lo haya visto y cuando se me haya demostrado que una mesa tiene un cerebro para pensar, nervios para sentir y que puede hacerse sonámbula. Hasta ese momento, permítanme considerarlo como un relato fantástico, y luego habría agregado: “La idea de una mesita que habla no me convence de ninguna manera”. Como futuro mesías, no se puede dejar de decirlo, el suyo no era ciertamente un alarde de convicción.

De todos modos, sin embargo, algunos meses más tarde otro amigo, un corso llamado Carlotti, lo asedió hablándole por algunas horas de las mesitas inteligentes; finalmente comenzó a nacer en él algo oscuro, una especie de deseo mal guardado, una curiosidad, casi un reto.

Se dirigió una noche a reunirse con Fortier y su médium Madame Roger, y en aquella casa conoció a Madame Plainemaisony a Monsieur Patier, un culto funcionario reposado, pacato, serio: convincente justamente gracias a esas cualidades, Rivail comenzó a recibir una especie de iniciación a los misterios del Espiritismo, a tal punto que su curiosidad creció notablemente y se soltó en él el resorte del interés, por lo menos al nivel en el que podía congeniar: el de la observación científica. En mayo de 1855, en la casa de Mme. Plainemaison, estando presente el cordial señor Patier, Rivail participó en su primera reunión “experimental”, de la que sin embargo nunca se conocieron los resultados.

“Pude entrever – afirmará él más adelante – algo verdadero bajo aquellas aparentes futilidades, algo así como la revelación de nuevas leyes que me prometí profundizar”, y lo hará, a partir de aquel momento, frecuentando otras casas de “contagiados”, entre ellas las de los Baudin y sobre todo la de los Roustan. Sirviéndose del trabajo de dotadas médiums, el lionés comenzó a tomarle el gusto a una llamada “investigación experimental”, tanto que llegó a aceptar cierto encargo de algunos amigos, un encargo que fue el chispazo – la “pequeña chispa, gran llamarada” de Dante – para emprender lo que luego sería el objetivo único de la segunda mitad de su vida.

Un grupo de personas que desde hacía tiempo se dedicaba a la evocación de las entidades, había recogido por escrito el fruto de una larga serie de experiencias anteriores de confraternización espiritual con los desencarnados. Era una colección cincuenta cuadernos llenos de frases, de pensamientos y de diálogos; en apariencia era un material tan carente de comienzo y final, que ninguno de ellos sabía qué hacer con él, hasta que un día alguien tuvo la idea – conociendo la precisión y la minuciosidad del carácter de Rivail – de confiarle aquel conjunto de escritos, deshilvanado y fragmentado, para que él viese que cosa se podía sacar de allí. Del grupo mencionado formaba parte también Victorien Sardou, el famoso dramaturgo de una de cuyas obras Puccini extrajo el argumento de su famosa Tosca. El maestro – científico hizo una revisión del material y al parecer su primera reacción fue de espanto: el desorden era tal que no se sabía dónde meter mano y seguramente habría renunciado a la empresa si una noche no hubiese ocurrido algo extraordinario y radical, si no fatal, para él: algo que ha permitido la transmisión de grandes revelaciones a la posteridad.

A través de la médium mademoiselle Japhet, se presentó a Rivail una entidad que declaró llamarse “Z” y que, dirigiéndose a él, le reveló haberlo conocido en otra vida anterior. El hecho había ocurrido en los bosques de Bretaña, en la antigua Galia, y Rivail era entonces un druida, un bardo, un sacerdote inspirado y muy poderoso que sin embargo tenía otro nombre: se llamaba Allan Kardec y era muy amigo de la entidad que se manifestaba, cuya identidad no obstante jamás fue revelada. En nombre de su antigua amistad, el espíritu le encarecía considerar el trabajo de reordenamiento de los cuadernos de las comunicaciones en posesión suya, como una especie de misión a la que la propia entidad colaboraría de la manera más activa y amistosa, teniendo en vista un objetivo de excepcional importancia para la humanidad.

Un hecho parecido habría provocado la curiosidad de cualquiera, estimulándolo y alentándolo; dada la mentalidad de educador nato y entusiasta de Rivail, hay que creer que tal hecho dado el “vamos” definitivo a su futura obra, desde el momento que también le habían sido dado un blasón espiritual y un lenguaje noble de los que ni siquiera sospechaba.

“El rey ha muerto, viva el rey”, se ha dicho siempre; bien, desde aquel momento Hippolyte Rivail había muerto y se deberá celebrar solo a Allan Kardec, el nuevo rey. La semilla había sido arrojada y no tardó en dar sus frutos.

En dos años, meditando concienzudamente cada comunicación, planteando nuevas preguntas a las entidades a través de las médiums que colaboraban con él, presentándoles nuevos problemas, Kardec se dio cuenta que el material que poseía, enriquecido obligadamente mediante un adecuado ordenamiento, podía constituir un cuerpo unitario de doctrinas, con su lógica, su moral y su filosofía. Al comienzo era solamente un borrador sin orden ni lógica; se transformó lentamente en una especie de doctrina, que no tardó en asumir la “D” mayúscula, y en eso en verdad metieron mano el cielo y la tierra. Las entidades, los espíritus más elevados, iluminaron con su sabiduría el trabajo que Kardec proponía, meditaba, redactaba y puntualizaba.

Los espíritus más elevados y eminentes pugnaron para aparecer y manifestarse a Kardec a través de las médiums que lo asistían; vale la pena recordar algunos, desde San Juan Evangelista a San Agustín, desde San Vicente a San Luís, a Sócrates, Platón, Fénelon, Swedenborg, Benjamín Franklin, a quienes se añadió otro, muy particular, que se hacía llamar “espíritu de la verdad”. Este último se transformó en el más fiel y activo colaborador de Kardec, asistiéndolo repetidamente y por largo tiempo, llegando a veces a corregir los errores después de la redacción de los textos.

Finalmente, todo aquel preludio condujo a la obra de este hombre a su lógico punto de llegada: después de cerca de dos años, exactamente el 18 de abril de 1857, el mensaje del druida reencarnado era difundido a la humanidad. Le Livre des Esprits (“El Libro de los Espíritus”) vió la luz y tuvo un éxito estrepitoso – 15 ediciones durante la vida del autor, seguida por otras 50 antes que terminara el siglo- a pesar del riesgo que el autor había corrido, encargándose de todos los gastos, porque al comienzo no había encontrado ningún editor que se manifestase dispuesto a realizar la publicación.

Desde aquel momento, tal como la había sido predicho por una de sus amigas médiums, la “tiara espiritual” se posó sobre su cabeza y la serie de sus obras siguió apareciendo poco a poco, completando la summa[2] de su doctrina; entre sus diversas obras (todas dictadas siempre por los espíritus) hay que citar El Libro de los Médiums en 1861, El Evangelio según el Espiritismo en 1864 y El Génesis, los milagros y las profecías según el Espiritismo en 1868. También en 1868 nació la “Révue Spirite” un periódico en el cual Kardec se proponía continuar difundiéndose cada vez más sus ideas, si la muerte no lo hubiese arrebatado al mundo al año siguiente, en plena actividad y lucidez; la revista, de todos modos, sirvió a los continuadores de su obra para remachar y enriquecer el mensaje universal del Maestro.

El conjunto de las obras de Kardec tuvo un éxito verdaderamente estrepitoso, tanto desde el punto de vista editorial como del doctrinario. Tirajes astronómicos para la época en que nacieron las obras, y notables incluso para nuestros días, fueron alcanzados para cada uno de los volúmenes y avalanchas de nuevos seguidores fueron a engrosar las filas de los ya convertidos, dando otra vez – aunque no fuese necesario – una prueba de cuán grande ha sido para la humanidad la necesidad de creer, de sumergirse, de vivir en lo irracional, en lo trascendental, en lo desconocido, en lo oculto, en lo misterioso, donde buscar y encontrar las respuestas a las propias, íntimas y personales interrogantes existenciales.



[1] Monumento funerario megalítico, muy difundido por Europa, constituido por dos grandes bloques de piedra colocados en forma de soporte vertical con un tercero puesto horizontal arriba, como cubierta.
[2] Del latín, que significa agregado de cosas, acción y efecto de añadir, agregar. Nota del autor del blog.

jueves, 10 de octubre de 2019

MISTIFICACIÓN Y ANIMISMO



La palabra mistificar significa “abusar de la credulidad de; engañar, ilusionar, burlar, estafar, embaucar, sorprender”. Quien quiera que se dedique a la práctica mediúmnica debe estar atento a este hecho.

Existe la mistificación provocada por el encarnado y la que es promovida por los no encarnados. En ambos casos, es necesaria mucha cautela y firmeza para no dejarse engañar.

“(…) Las mistificaciones constituyen los escollos más desagradables del Espiritismo práctico” (…). Para evitarlas, “(…) existe un medio sencillo: que no pidáis al Espiritismo más que lo que os pueda dar (…)”. Ahora bien, sabiendo que la finalidad mayor del Espiritismo es el mejoramiento moral de la Humanidad, si no nos apartamos de este objetivo, difícilmente seremos engañados, (…) porque no existe más que una manera de comprender la verdadera moral, la que todo hombre con sentido común puede admitir (…)”.

Si entendemos que los Espíritus superiores procuran siempre instruirnos y guiarnos por el camino del bien, sabremos rechazar cualquier instrucción que pueda proporcionarnos ventajas materiales o favorecer nuestras pasiones mezquinas.

Los Espíritus livianos son los que “(…) se complacen en causar pequeños contratiempos y alegrías superficiales e intrigas, de inducir malévolamente al error, por medio de mistificaciones y de sutilezas (…)”.

“La astucia de los Espíritus mistificadores supera a veces todo lo que se pueda imaginar. El arte con que disponen sus baterías y combinan los medios de persuadir, sería algo curioso si no fuera más allá de las simples bromas; sin embargo, las mistificaciones pueden tener consecuencias desagradables para los que no estén prevenidos. (…) Entre los recursos que esos Espíritus emplean, deben colocarse en la primera fila, por ser los más frecuentes, los que tienen por finalidad tentar la codicia, como la revelación de supuestos tesoros ocultos, el anuncio de herencias u otras fuentes de riquezas. Además, deben considerarse sospechosas, a primera vista, las predicciones con época determinada, así como todas las indicaciones precisas relativas a intereses materiales. Corresponde que no se den los pasos prescriptos o aconsejados por los Espíritus, cuando el fin no sea eminentemente racional; que nunca se deje alguien deslumbrar por los nombres que los Espíritus toman para dar apariencia de veracidad a sus palabras; desconfiar de las teorías y sistemas científicos osados; en fin, de todo lo que se aparte del objetivo moral de las manifestaciones (…)”.

De manera general, estos son medios para evitar las mistificaciones.

¿Qué es animismo?

Animismo es el estado en que opera el Espíritu del médium y no el del no encarnado.

“(…) El estancamiento de nuestra mente, hoy, en determinadas situaciones, puede motivar, en el futuro, la manifestación de fenómenos anímicos, del mismo modo que tal estancamiento o fijación, si fue realizado en el pasado, se exterioriza en el presente (…).

Por lo tanto, muchas veces, lo que se asemeja a un trance mediúmnico, con todas las apariencias de que existe la interferencia de un Espíritu, no es más que el médium, por supuesto el médium desequilibrado, que revive escenas y acontecimientos tomados de su propio mundo subconsciente, fenómeno este motivado por el contacto magnético, por la aproximación de entidades que comparten sus remotas experiencias (…)”.

“(…) No debemos confundir mistificación con animismo. En la primera tenemos la mentira; en el segundo, el desequilibrio psíquico”.

“(…) Muchos compañeros que se han enrolado en el servicio de implantación de la Nueva Era, bajo la égida del Espiritismo, han convertido la teoría animista en un obstáculo injustificable, que les ha bloqueado preciosas oportunidades de realización del bien; por lo tanto, no corresponde que adoptemos como adecuadas las palabras “mistificación inconsciente o subconsciente” para bautizar al fenómeno (…).”

La persona pasible de animismo es un «(…) enfermo mental, que requiere nuestro mayor cariño para recuperarse. Para curar su inquietud, sin embargo, no nos bastan los diagnósticos complicados o las meras definiciones técnicas en el campo verbal, si falta el calor de la asistencia amistosa”.

“(…) En el fenómeno anímico el médium se expresa como si allí estuviera, realmente, un Espíritu para comunicarse.

El médium en tales condiciones debe ser tratado con la misma atención que suministramos a los sufridores que se comunican (…).

El médium proclive al animismo es un recipiente defectuoso que puede ser reparado y restituido al servicio, mediante la comprensión del dirigente o destituido por su falta de comprensión.

De no ser comprendido, puede ser víctima de la obsesión (…)”.


Para mayores estudios acerca del tema Animismo, sugerimos la lectura de las siguientes obras:

ü    AKSAKOF, Alejandro. Animismo y Espiritismo.
ü    BOZZANO, Ernesto. ¿Animismo o Espiritismo?


Tomado del Estudio Sistematizado de la Doctrina Espírita.

lunes, 30 de septiembre de 2019

TRAICIONES


Tomado del libro: Allan Kardec, La Biografia.
Marcel Souto Maior

Hasta entonces, habría años de pruebas, de acuerdo con el guión elaborado por el Espíritu de la Verdad. Al lanzar El Libro de los Espíritus y asumir la identidad de Allan Kardec, Rivail se preparó para los contraataques de la ciencia, la prensa y la religión.

Ya en el texto introductorio de la obra, se anticipó a las críticas para desafiar a los antagonistas. No por casualidad intituló su artículo como “Refutación de varias objeciones” – título eliminado en la segunda edición del libro.

Los detractores lanzarán una mirada justa a los seguidores de la creencia espírita y verán si entre ellos solo se hayan ignorantes, y si el inmenso número de hombres de mérito y respeto que la han abrazado les permitirá legarla a las filas de las creencias de las criadas. De ellos, por el carácter y el conocimiento, tal vez valga la pena decir: si ellos afirman la doctrina espírita, es necesario que al menos contenga algo de cierto.


Kardec lanzó dos acusaciones contra los científicos que renegaban de los fenómenos espíritas: preconcepto contra “cosas desconocidas” y apego estrecho a su especialidad, sin considerar nuevas causas y nuevos efectos:

El hombre que se ha formado en una especialidad, sujeta a ella sus ideas. (…) Por lo tanto, consultaré con gusto y confianza a un químico sobre análisis químico, a un físico sobre la energía eléctrica y a un mecánico sobre una fuerza motriz; pero los eruditos me permitirán (…) que yo preste atención a su opinión negativa sobre el espiritismo, o que lo aprecie tanto como el juicio de un arquitecto acerca de una cuestión de música.

Las primeras reacciones indeseables llegaron poco después de la publicación del libro, y de donde el profesor menos esperaba: de los propios colaboradores. Al lanzar su obra – o, mejor dicho, la obra de los espíritus superiores -, Rivail no había dado crédito alguno a las hermanas Caroline y Julie Baudin, a Ruth Japhet y a otros médiums también consultados.

Ruth Japhet no se conformó. Según sus cuentas, las tres cuartas partes del libro se debieron a su mediúmnidad y a sus manuscritos, por lo que la omisión de su nombre era inadmisible. En un desahogo al escritor ruso Alexander Aksakof, Ruth se quejaba que ni siquiera se había ganado un ejemplar del libro y que no había recibido sus manuscritos cuando se los pidió al profesor.

Aksakof haría estas revelaciones en un artículo publicado en el periódico Spiritualist Newspaper en 1875. Rivail que había muerte seis años antes –no pudo defenderse, ni a través de mensajes mediúmnicos.

Dieciocho años después de la publicación de El Libro de los Espíritus, Ruth seguía insatisfecha con la falta de crédito y consideración, pero en ningún momento de su entrevista negó la comunicación con los espíritus ni la autenticidad de los mensajes atribuidos al más allá.

A los amigos y colaboradores más cercanos, Rivail les había dado la siguiente explicación por la omisión de los nombres y de las médiums en los libros: quería preservar la identidad de ellas para salvarlas de una exposición innecesaria. Además, la autoría de la obra debería ser atribuida a los espíritus y no a los intermediarios – hasta para evitar riesgos como la vanidad y el orgullo, perjudiciales para quienes se proponen servir de canal desinteresado con el más allá.

A juzgar por uno de los mensajes de los espíritus a Allan Kardec, impreso en la primera edición del libro – y también suprimido de la segunda -, la relación del maestro con lo invisible fue mucho más allá de las intermediaciones de Ruth y asumió contornos algo invasivos:

-      Estaremos contigo todas las veces que nos lo pidas y tú también estarás a nuestro servicio cada vez que te llamemos.

En anotaciones personales – reveladas después de su muerte, en Obras Póstumas -, Rivail daría más detalles sobre esta relación con el otro mundo:

Más de diez médiums prestaron concurso a este trabajo. De la comparación y de la fusión de todas las respuestas, coordinadas, clasificadas y muchas veces retocadas en el silencio de la meditación, fue que elaboré la primera edición de El Libro de los Espíritus.

       Al ser ignorada, despreciada o simplemente preservada por Rivail, Ruth Japhet pudo haberse librado de los riesgos a los que se enfrentaron sus colegas estadounidenses más famosas: las hermanas Fox, consideradas por muchos como las “precursoras del espiritualismo moderno. La celebridad les costó caro.


Traducción: Oscar Cervantes Velásquez
Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís
Santa Marta - Colombia
Septiembre 30 de 2019


domingo, 22 de septiembre de 2019

PLURALIDAD DE LAS EXISTENCIAS CORPORALES


Por: Allan Kardec

De los diversos fundamentos profesados por el Espiritismo, el más controvertido es indiscutiblemente el de la pluralidad de las existencias corporales o, dicho de otra manera, el de la reencarnación. Aunque esta opinión sea ahora compartida por un número muy grande de personas, y aunque nosotros ya hayamos tratado varias veces la cuestión, creemos un deber –en razón de su extrema gravedad– examinarla aquí de una forma más profunda, a fin de responder a las diversas objeciones que ha suscitado. Antes de entrar en el fondo de la cuestión, nos parecen indispensables algunas observaciones preliminares.

Algunas personas dicen que el dogma de la reencarnación no es de modo alguno nuevo: que ha sido resucitado de Pitágoras. Nosotros nunca hemos dicho que la Doctrina Espírita fuese una invención moderna; al ser el Espiritismo una de las leyes de la naturaleza, ha debido existir desde el origen de los tiempos, y por nuestra parte siempre nos hemos esforzado en probar que de Él se encuentran rastros en la más remota antigüedad. Como se sabe, Pitágoras no es el autor del sistema de la metempsicosis; él la ha extraído de los filósofos hindúes y de los egipcios, donde existía desde tiempos inmemoriales. La idea de la transmigración de las almas era, pues, una creencia común admitida por los hombres más eminentes. ¿Por cuál medio les ha llegado? ¿Ha sido por revelación o por intuición? No lo sabemos; pero, como quiera que sea, una idea no atraviesa las edades y no es aceptada por las inteligencias de élite si no tiene su lado serio. Por lo tanto, la antigüedad de esta doctrina sería más bien una prueba que una objeción. Sin embargo, como igualmente sabemos, entre la metempsicosis de los Antiguos y la moderna doctrina de la reencarnación existe una gran diferencia: que los Espíritus rechazan de la manera más absoluta la transmigración del hombre en los animales y recíprocamente.

Sin duda –dicen también algunos contradictores– vos estabais imbuido de esas ideas, y he aquí por qué los Espíritus han seguido vuestro mismo parecer. Esto es un error que prueba, una vez más, el peligro de los juicios precipitados y sin examen. Si estas personas, antes de juzgar, se hubiesen tomado el trabajo de leer lo que hemos escrito sobre Espiritismo, habrían evitado hacer una objeción con demasiada liviandad. Repetiremos, pues, lo que hemos dicho al respecto: cuando la doctrina de la reencarnación nos fue enseñada por los Espíritus, estaba tan lejos de nuestro pensamiento que habíamos hecho sobre los antecedentes del alma un sistema completamente diferente, y además compartido por muchas personas. Por lo tanto, la Doctrina de los Espíritus nos ha sorprendido en este aspecto; diremos más: nos ha contrariado, porque echó por tierra nuestras propias ideas; como se ve, estaba lejos de ser un reflejo de éstas. Eso no es todo; no cedimos al primer choque; combatimos, defendimos nuestra opinión, planteamos objeciones y sólo nos rendimos ante la evidencia cuando percibimos la insuficiencia de nuestro sistema para resolver todas las cuestiones que este tema aborda.

A los ojos de algunas personas, sin duda, la palabra evidencia parecerá singular en semejante materia; pero no será impropia para aquellos que están habituados a examinar los fenómenos espíritas. Para el observador atento hay hechos que, aunque no sean de una naturaleza absolutamente material, no por esto dejan de constituir una verdadera evidencia, o al menos una evidencia moral. No es aquí el lugar para explicar esos hechos; solamente un estudio continuo y perseverante puede hacerlos comprensibles; nuestro objetivo era únicamente refutar la idea de que esta doctrina no es más que la traducción de nuestro pensamiento. Tenemos aún otra refutación a realizar: es que no sólo a nosotros ha sido enseñada; lo ha sido en muchos otros lugares, en Francia como en el extranjero: en Alemania, en Holanda, en Rusia, etc., y esto incluso antes de la publicación de El Libro de los Espíritus. Agreguemos todavía que, desde que nos hemos consagrado al estudio del Espiritismo, hemos obtenido comunicaciones a través de más de cincuenta médiums psicógrafos, psicofónicos, videntes, etc., más o menos esclarecidos, de una inteligencia normal más o menos limitada, algunos hasta completamente iletrados, y por consecuencia enteramente ajenos a las materias filosóficas, siendo que en ningún caso los Espíritus se desmintieron sobre esta cuestión; sucede lo mismo en todos los Círculos que conocemos, donde el mismo principio ha sido profesado. Bien sabemos que este argumento no es terminante, y es por eso que no insistiremos más de lo razonable.

Examinemos la cuestión desde otro punto de vista, haciendo abstracción de toda intervención de los Espíritus; por un instante dejemos a éstos a un lado; supongamos que esta teoría no haya provenido de ellos; supongamos incluso que jamás haya sido una cuestión de Espíritus. Por lo tanto, ubiquémonos momentáneamente en un terreno neutro, admitiendo que tengan el mismo grado de probabilidad tanto una como otra hipótesis: la de la pluralidad y la de la unicidad de las existencias corporales, y veamos de qué lado estarán la razón y nuestro propio interés.

Ciertas personas rechazan la idea de la reencarnación por el único motivo de que no les conviene, diciendo que tienen bastante con una sola existencia y que no querrían recomenzar otra semejante; conocemos a algunos a quienes el solo pensamiento de reaparecer en la Tierra los deja enfurecidos. No tenemos sino una cosa que preguntarles: si creen que Dios les ha pedido su opinión y consultado su gusto para regir el Universo. Ahora bien, una de dos: o la reencarnación existe o no existe; si existe, por más que la contradigan, les será necesario enfrentarla, y Dios no les va a pedir permiso para esto. Nos parece escuchar a un enfermo decir: He sufrido bastante hoy y no quiero sufrir más mañana. A pesar de su mal humor, no por eso ha de sufrir menos mañana y en los días siguientes, hasta que esté curado; por lo tanto, si aquéllos tuvieren que vivir de nuevo corporalmente, volverán a vivir, se reencarnarán; por más que se rebelen –como un niño que no quiere ir a la escuela o como un condenado a la prisión– les será necesario pasar por ello. Semejantes objeciones son demasiado pueriles para que merezcan un examen más serio. No obstante, les diremos para tranquilizarlos que lo que la Doctrina Espírita enseña sobre la reencarnación no es tan terrible como creen, y si la hubieran estudiado a fondo no estarían tan asustados; sabrían que la condición de esta nueva existencia depende de ellos mismos; que será feliz o infeliz según lo que hayan hecho en este mundo, y que pueden desde esta vida elevarse tan alto que no tendrán que temer más el volver a caer en el lodazal.

Suponemos que hablamos con personas que creen en algún futuro después de la muerte, y no con aquellas cuya perspectiva es la nada o que quieren ahogar el alma en un todo universal, sin individualidad, como las gotas de lluvia en el océano, lo que viene a ser casi lo mismo. Por lo tanto, si creéis en un algún futuro, sin duda no admitiréis que sea igual para todos; de otro modo, ¿dónde estaría la utilidad del bien? ¿Por qué el hombre habría de contenerse? ¿Por qué no habría de satisfacer todas sus pasiones, todos sus deseos, aunque fuese incluso a expensas del prójimo, ya que daría lo mismo? Vosotros creéis que este futuro será más o menos feliz o infeliz según lo que hayamos hecho durante la vida; ¿tenéis entonces el deseo de ser tan feliz como sea posible, ya que eso debe ser para toda la eternidad? ¿Tendríais, por ventura, la pretensión de ser uno de los hombres más perfectos que hayan existido en la Tierra, teniendo así de repente el derecho a la felicidad suprema de los elegidos? No. De esta manera admitís que hay hombres que valen más que vosotros y que tienen derecho a un lugar mejor, sin que por esto estéis entre los réprobos. ¡Pues bien! Colocaos por un instante con el pensamiento en esa situación intermedia que será la vuestra –como acabáis de concordar–, y suponed que alguien venga a deciros: Sufrís, no sois tan feliz como podríais serlo, mientras que tenéis delante vuestro a seres que gozan de una felicidad sin perturbaciones; ¿queréis cambiar vuestra posición por la de ellos? –Sin duda, diréis; ¿qué es necesario hacer? –Muy poco: recomenzar lo que habéis hecho mal y tratar de hacerlo mejor. –¿Dudaríais en aceptar, aunque fuera a costa de varias existencias de pruebas? Tomemos una comparación más prosaica. Si a un hombre que, sin estar en la última de las miserias, sufre no obstante privaciones como consecuencia de la mediocridad de sus recursos, viniesen a decirle: He aquí una inmensa fortuna que podréis disfrutar, siendo para esto preciso trabajar rudamente durante un minuto. Aunque él fuera el más perezoso de la Tierra, dirá sin dudar: Trabajemos un minuto, dos minutos, una hora, un día si es necesario; ¿qué importa eso si mi vida va acabar en la abundancia? Ahora bien, ¿qué es la duración de la vida corporal con relación a la eternidad? Menos que un minuto, menos que un segundo.

Hemos escuchado este razonamiento: Dios, que es soberanamente bueno, no puede imponer al hombre que recomience una serie de miserias y tribulaciones. Por ventura, ¿parecerá que hay más bondad en condenar al hombre a un sufrimiento perpetuo por algunos momentos de error, que en darle los medios para reparar sus faltas? «Dos fabricantes tenían cada cual un obrero que podía aspirar a volverse socio del patrón. Ahora bien, sucedió que ambos obreros emplearon una vez muy mal su jornada y merecieron ser despedidos. Uno de los dos fabricantes despidió a su obrero a pesar de sus súplicas, y éste –no habiendo encontrado trabajo– murió en la miseria. El otro dijo al suyo: Habéis perdido un día, me debéis por esto una compensación; habéis hecho mal vuestro trabajo, me debéis una reparación; os permito recomenzar; tratad de ejecutarlo bien y conservarás tu puesto, y podréis siempre aspirar a la posición superior que os he prometido». ¿Es necesario preguntar cuál de los dos fabricantes ha sido más humano? Dios, que es la propia clemencia, ¿sería más inexorable que un hombre? El pensamiento de que nuestro destino esté para siempre fijado por algunos años de prueba –aun cuando no siempre dependía de nosotros alcanzar la perfección en la Tierra– tiene algo de desconsolador, mientras que la idea contraria es eminentemente consoladora, ya que nos deja la esperanza. De este modo, sin pronunciarnos en pro o en contra de la pluralidad de las existencias, sin admitir una hipótesis más que otra, decimos que, si se nos permitiese elegir, no habría nadie que prefiriese un juicio sin apelación. Un filósofo ha dicho que si Dios no existiese sería necesario inventarlo para la felicidad del género humano; lo mismo se podría decir de la pluralidad de las existencias. Pero, como lo hemos dicho, Dios no nos pide nuestro permiso, no consulta nuestro gusto: esto es o no es; veamos de qué lado están las probabilidades y enfoquemos la cuestión desde otro punto de vista, siempre haciendo abstracción de la enseñanza de los Espíritus y únicamente como estudio filosófico.

Es evidente que si no existe reencarnación, sólo hay una existencia corporal; si nuestra actual existencia corporal es la única, el alma de cada hombre es creada al nacer, a menos que se admita la anterioridad del alma, en cuyo caso nos preguntaríamos qué era el alma antes del nacimiento, y si este estado no constituía de alguna forma una existencia. No hay término medio: o el alma existía o no existía antes del cuerpo; si existía, ¿cuál era su situación? ¿Tenía o no conciencia de sí misma? Si no tenía conciencia, es casi como si no existiera; si tenía individualidad, ¿era progresiva o estacionaria? En uno o en otro caso, ¿en qué grado había llegado al encarnar? Según la creencia vulgar, admitiendo que el alma nazca con el cuerpo o –lo que da lo mismo– que antes de su encarnación sólo tenga facultades negativas, efectuamos las siguientes preguntas:

  1. ¿Por qué el alma muestra aptitudes tan diversas e independientes de las ideas adquiridas a través de la educación?
  2. ¿De dónde viene esa aptitud fuera de lo normal que tienen ciertos niños de corta edad para tal arte o Ciencia, mientras que otros permanecen inferiores o mediocres durante toda su vida?
  3. ¿De dónde provienen las ideas innatas o intuitivas que existen en unos y no en otros?
  4. ¿De dónde vienen, en ciertos niños, esos instintos precoces de vicios o de virtudes, esos sentimientos innatos de dignidad o de bajeza que contrastan con el medio en el cual han nacido? 
  5. Haciendo abstracción de la educación, ¿por qué ciertos hombres son más adelantados que otros?
  6. ¿Por qué existen salvajes y hombres civilizados? Si tomáis a un niño hotentote recién nacido, y lo instruís en nuestros más renombrados liceos, ¿por qué nunca haréis de él un Laplace o un Newton?


Preguntamos cuál es la filosofía o la teosofía que puede resolver estos problemas. No cabe duda: o las almas son iguales al nacer o son desiguales. Si son iguales, ¿por qué esas aptitudes tan diversas? Se dirá que esto depende del organismo. Pero entonces es la más monstruosa y la más inmoral de las doctrinas. El hombre no es sino una máquina, un juguete de la materia; no tiene más la responsabilidad de sus actos; puede alegar que todo se debe a sus imperfecciones físicas. Si son desiguales, es que Dios las ha creado así; pero entonces, ¿por qué esta superioridad innata concedida a algunos? Esta parcialidad, ¿está de conformidad con la justicia de Dios y con el amor que por igual da a todas sus criaturas?

Al contrario, admitamos una sucesión de existencias anteriores progresivas y todo se explica. Los hombres traen al nacer la intuición de lo que han adquirido; están más o menos adelantados según el número de existencias que han recorrido y según estén más o menos alejados del punto de partida: exactamente como sucede en una reunión de individuos de todas las edades, cada uno tendrá un desarrollo proporcional al número de años que haya vivido; las existencias sucesivas serán –para la vida del alma– lo que los años son para la vida del cuerpo. Reunid un día a mil individuos que tengan desde uno a ochenta años; suponed que se arroje un velo sobre todos los días anteriores y que, en vuestra ignorancia, los creáis a todos nacidos en el mismo día: naturalmente os preguntaréis cómo es que unos son grandes y otros pequeños, algunos viejos y otros jóvenes, unos instruidos y otros todavía ignorantes; pero si la nube que os oculta el pasado se disipa, si aprendéis que todos ellos han vivido más o menos tiempo, todo os será explicado. Dios, en su justicia, no podría haber creado almas más perfectas que otras; pero, con la pluralidad de las existencias, la desigualdad que vemos nada tiene de contrario con la equidad más rigurosa: es que sólo vemos el presente y no el pasado. ¿Se basa este razonamiento en un sistema, en una suposición gratuita? No; hemos partido de un hecho patente e indiscutible: la desigualdad de las aptitudes y del desarrollo intelectual y moral, y encontramos este hecho inexplicable por todas las teorías que están en curso, mientras que la explicación de esto es simple, natural y lógica, a través de otra teoría. ¿Es racional preferir la que no explica a la que explica?

Con respecto a la sexta pregunta, se dirá sin duda que el hotentote es de una raza inferior: entonces preguntaremos si el hotentote es un hombre o no. Si es un hombre, ¿por qué Dios lo ha desheredado –a él y a su raza– de los privilegios concedidos a la raza caucásica? Si no es un hombre, ¿por qué tratar de volverlo cristiano? La Doctrina Espírita tiene más amplitud que todo esto; para ella no existen varias especies de hombres, sino que hay hombres cuyos Espíritus se encuentran en mayor o en menor atraso, pero susceptibles de progresar: ¿no está esto más de acuerdo con la justicia de Dios?

Acabamos de ver el alma en su pasado y en su presente; si la consideramos en su futuro, encontraremos las mismas dificultades.

  1. Si únicamente nuestra existencia actual debe decidir nuestro destino, ¿cuál será, en la vida futura, la posición respectiva del salvaje y del hombre civilizado? ¿Se encontrarán en un mismo nivel o estarán distanciados en lo que respecta a la felicidad eterna?
  2. El hombre que ha trabajado toda su vida para mejorarse, ¿está en el mismo nivel que aquel que ha permanecido inferior, no por su falta, sino porque no ha tenido ni el tiempo ni la posibilidad para mejorarse?
  3. El hombre que hace mal porque no ha podido esclarecerse, ¿es responsable de un estado de cosas que no dependían de él?
  4. Se trabaja para esclarecer a los hombres, para moralizarlos, para civilizarlos; pero por cada uno que se esclarece hay millones que mueren diariamente antes que la luz los haya alcanzado; ¿cuál es el destino de éstos? ¿Son tratados como réprobos? En caso contrario, ¿qué han hecho para merecer estar en el mismo nivel que los otros?
  5. ¿Cuál es el destino de los niños que mueren en corta edad antes de haber podido hacer el bien o el mal? Si están entre los elegidos, ¿por qué este favor sin haber hecho nada para merecerlo? ¿Por qué privilegio están exentos de las tribulaciones de la vida?


¿Existe una doctrina que pueda resolver estas cuestiones? Admitid las existencias consecutivas y todo se explica de conformidad con la justicia de Dios. Lo que no se ha podido hacer en una existencia se hará en otra; es así que nadie escapa a la ley del progreso, que cada uno será recompensado según su mérito real y que nadie está excluido de la felicidad suprema, a la cual puede aspirar, cualesquiera que sean los obstáculos que haya encontrado en su camino.

Estas preguntas podrían multiplicarse al infinito, porque son innumerables los problemas psicológicos y morales que sólo encuentran solución en la pluralidad de las existencias; nosotros nos hemos limitado a los más generales. Como quiera que sea, se dirá quizá que la doctrina de la reencarnación no es admitida por la Iglesia; que esto sería, entonces, el desmoronamiento de la religión. Nuestro objetivo no es tratar esa cuestión en este momento; nos basta con haber demostrado que aquel principio es eminentemente moral y racional. Más adelante mostraremos que la religión está menos distante de la reencarnación de lo que tal vez se piensa, y que con ella no sufriría más de lo que ha sufrido con el descubrimiento del movimiento de la Tierra y de los períodos geológicos que, a primera vista, han parecido dar un desmentido a los textos sagrados. La enseñanza de los Espíritus es eminentemente cristiana; se apoya en la inmortalidad del alma, en las penas y recompensas futuras, en el libre albedrío del hombre, en la moral del Cristo; por lo tanto, no es antirreligiosa.

Como lo dijimos, hemos razonado haciendo abstracción de toda enseñanza espírita que, para ciertas personas, no es una autoridad. Si nosotros –como tantos otros– hemos adoptado la opinión de la pluralidad de las existencias, no es solamente porque ella proviene de los Espíritus, sino porque nos ha parecido la más lógica y la única que resuelve las cuestiones hasta entonces insolubles. Si hubiese venido de un simple mortal la hubiéramos igualmente adoptado, y tampoco habríamos dudado en renunciar a nuestras propias ideas; desde el momento en que un error es demostrado, el amor propio tiene más a perder que a ganar al obstinarse en una idea falsa. Del mismo modo, nosotros la hubiésemos rechazado –aunque proviniera de los Espíritus– si nos hubiera parecido contraria a la razón, como hemos rechazado a tantas otras, porque sabemos por experiencia que no se debe aceptar a ciegas todo lo que viene de su parte, como tampoco lo que viene de parte de los hombres. Por lo tanto, nos queda por examinar la cuestión de la pluralidad de las existencias desde el punto de vista de la enseñanza de los Espíritus, de qué manera debemos entenderla y, en fin, responder a las objeciones más serias que se le puedan oponer; es lo que haremos en un próximo artículo.




Tomado de la Revista Espírita 1858

CARTA DE ALLAN KARDEC A UN PRISIONERO

Señor: He recibido la carta que me habéis escrito, la cual lamento que mis ocupaciones no me hayan permitido responder antes. A pesar de m...