sábado, 5 de julio de 2025

LA SOCIEDAD ESPIRITISTA DE SANTA MARTA — SESMAR

 


Siguiendo con nuestras elucidaciones en torno a mi llegada al movimiento espírita en la ciudad de Santa Marta, anotadas en el artículo anterior "Anecdotario Espírita", luego de algunos meses de participación en el Centro Espírita André Luiz — CEAL tomamos la decisión de retirarnos a raíz de ciertas situaciones personales, por lo que presenté mi carta de renuncia como miembro del mismo. Tiempo después, otros hermanos decidieron tomar el mismo camino y desligarse del centro. Con ese pequeño grupo, nos seguimos reuniendo en distintos lugares, decididos a no perder el impulso espiritual que habíamos cultivado con tanto esfuerzo.

Fue entonces cuando supimos que la Sociedad Espiritista de Santa Marta — SESMAR iniciaría un curso de mediúmnidad, programado para comenzar el 8 de mayo de 1993. Nos integramos con entusiasmo, y así comenzó una etapa profundamente enriquecedora en esta institución espírita. No cabe duda de que el ambiente de estudio y trabajo que allí se respiraba —bajo la dirección, en aquel entonces, de Enrique Roca Navarro— nos ayudó a comprender mejor la belleza del compromiso espiritual asumido con seriedad y entrega, siempre en nombre del Maestro Jesús.

Con el paso del tiempo, nuestra participación se intensificó y, en octubre de 1993, recibimos la credencial de socios activos de SESMAR. Para mí, aquello fue un hito vital, una afirmación de que estaba dando un giro significativo a mi existencia. A comienzos de 1994, después de la elección de la nueva Junta Directiva, me propusieron asumir la coordinación del grupo juvenil de la Sociedad. Acepté con alegría, pues mi experiencia como docente me había preparado para trabajar con jóvenes, especialmente con aquellos que enfrentaban desafíos de comportamiento.

Por esos días, algunos estudiantes del Departamento de Agropecuaria del INEM Simón Bolívar —donde laboraba— se unieron al grupo juvenil. Entre ellos: Arnulfo Benavides Trigos, Ubaldo Rodríguez de Ávila, Roberto Ribón y Benito Vega. Hoy, Ubaldo aún continúa firme en el movimiento espírita. Compartimos experiencias memorables hasta el año 2000, cuando nos retiramos de SESMAR para emprender un nuevo proyecto: el Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís.

A SESMAR le debemos lo que somos como espíritas. Fue nuestra universidad espiritual. En sus aulas invisibles, recibimos el apoyo y la inspiración de personas inolvidables: Carmen Peralta de Gómez, José Oliver Oliver, Delia Reales de Martínez, Eduardo Munive y muchos otros.

 

Gracias a doña Carmen Peralta, inicié mi camino en el mundo de las traducciones de obras espíritas del portugués al español. Ella recibía material doctrinario en portugués por correo aéreo y notaba la necesidad de poner ese contenido al alcance de los hispanohablantes. Fue así como me regaló un pequeño diccionario “Michaelis” portugués-español y me animó a comenzar. Desde entonces, ese gesto se convirtió en un viaje de aprendizaje que ha contribuido enormemente a mi formación doctrinaria. Hoy, después de años de estudio y dedicación, contamos con una sólida experiencia en traducción, fruto de esa semilla inicial.

Jamás podremos olvidar a SESMAR. Allí vivimos experiencias que marcaron nuestras almas. Algunas de ellas las comparto ahora, con la esperanza de que puedan ofrecer enseñanza y reflexión.

El caso del amigo invisible

Corría el año 1990 cuando se presentó a SESMAR una señora con su pequeña hija, quien vivía una extraña experiencia: la del “amigo invisible”. Según las explicaciones psicológicas, muchos niños entre los 2 y 3 años desarrollan una imaginación activa, creando amigos imaginarios como parte de su mundo interior. Pero este caso parecía diferente.

La niña, cuidada por su abuela mientras la madre trabajaba, mantenía constantes interacciones con su supuesto amigo invisible. A pesar de ciertos disgustos que este le causaba, la abuela los minimizaba, considerándolos parte del juego.

Todo cambió una mañana, cuando subieron a una buseta del servicio público. La niña, con gran convicción, le pidió a su abuela que no se sentara en un asiento específico porque allí “estaba su amigo”. La firmeza de la afirmación, en presencia de otros pasajeros, alertó a la abuela, quien comunicó la situación a su hija. Gracias a una amiga que conocía a SESMAR, pudieron acudir a la institución y recibir atención espiritual.

Durante la atención fraterna, nuestras intuiciones apuntaban a la presencia real de un Espíritu perturbador. Pedí entonces la ayuda de nuestra hermana Yolanda Arias —quien ya habita la patria espiritual—, dotada de mediúmnidad vidente. Le pregunté:

—Yolanda, ¿qué ves?

Y ella respondió sin dudar:

—Veo un niño… pero ya no lo es. Es un hombre. Y está molesto.

Aquella confirmación bastó para tomar el camino a seguir en el tratamiento espiritual correspondiente al caso. Se aplicaron las terapias espiritistas propias de la Doctrina Espírita, y se reveló que ese “niño” era en realidad un Espíritu que pretendía engañar a la pequeña con su ropaje infantil. Existía un vínculo kármico entre ambos. Afortunadamente, gracias a la intervención del equipo espiritual de SESMAR, se logró brindar la asistencia necesaria y la niña fue liberada de aquella influencia.

El Espíritu agresivo

En otra ocasión, llegó a SESMAR la señora O. con perturbaciones profundas. Era víctima de manifestaciones espirituales que la dominaban, tornándola agresiva con sus familiares, y adoptaba comportamientos y voz propios de un varón.

Después de una primera atención fraterna, se le recomendó un tratamiento espiritual. Una noche, durante la sesión de pases —o fluidoterapia— el obsesor la tomó violentamente y trató de agredirme frente a los presentes. Tomé entonces el Evangelio y leí un pasaje al azar, ofreciendo el respectivo adoctrinamiento. Poco a poco, el Espíritu se fue calmando.

Uno de los médiums presentes describió al espíritu obsesor como un hombre alto, de complexión robusta y rostro airado, profundamente molesto por la intervención que la Casa Espírita realizaba en beneficio de nuestra hermana. Según expresó, buscaba vengarse por hechos que eran completamente desconocidos para nosotros, pero que para él representaban una oportunidad de desquite. Semanas más tarde, se manifestó nuevamente en la sala de conferencias, esta vez con mayor violencia: rompió un retrato enmarcado de Allan Kardec, generando temor entre los asistentes. Una nueva lectura del Evangelio, acompañada de un adoctrinamiento amoroso, logró calmarlo nuevamente.

Con el tiempo, y gracias a la constancia en el tratamiento espiritual, la señora logró liberarse de aquella influencia y recuperar su paz interior.

A SESMAR le debemos el despertar de nuestra conciencia espírita. Fue la cuna de nuestras primeras responsabilidades, el taller donde el alma empezó a esculpirse a sí misma, bajo la luz del Evangelio redivivo. Y aunque hoy nuestros pasos nos han llevado a otros senderos dentro del movimiento espírita, la huella de aquella casa perdura en lo profundo de nuestro corazón.


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