Siguiendo con nuestras elucidaciones en torno a mi llegada al movimiento espírita en la ciudad de Santa Marta, anotadas en el artículo anterior "Anecdotario Espírita", luego de algunos meses de participación en el Centro Espírita André Luiz — CEAL tomamos la decisión de retirarnos a raíz de ciertas situaciones personales, por lo que presenté mi carta de renuncia como miembro del mismo. Tiempo después, otros hermanos decidieron tomar el mismo camino y desligarse del centro. Con ese pequeño grupo, nos seguimos reuniendo en distintos lugares, decididos a no perder el impulso espiritual que habíamos cultivado con tanto esfuerzo.
Fue
entonces cuando supimos que la Sociedad Espiritista de Santa Marta — SESMAR
iniciaría un curso de mediúmnidad, programado para comenzar el 8 de mayo de
1993. Nos integramos con entusiasmo, y así comenzó una etapa profundamente
enriquecedora en esta institución espírita. No cabe duda de que el ambiente de
estudio y trabajo que allí se respiraba —bajo la dirección, en aquel entonces,
de Enrique Roca Navarro— nos ayudó a comprender mejor la belleza del compromiso
espiritual asumido con seriedad y entrega, siempre en nombre del Maestro Jesús.
Con
el paso del tiempo, nuestra participación se intensificó y, en octubre de 1993,
recibimos la credencial de socios activos de SESMAR. Para mí, aquello fue un
hito vital, una afirmación de que estaba dando un giro significativo a mi
existencia. A comienzos de 1994, después de la elección de la nueva Junta Directiva,
me propusieron asumir la coordinación del grupo juvenil de la Sociedad. Acepté
con alegría, pues mi experiencia como docente me había preparado para trabajar
con jóvenes, especialmente con aquellos que enfrentaban desafíos de
comportamiento.
Por
esos días, algunos estudiantes del Departamento de Agropecuaria del INEM Simón
Bolívar —donde laboraba— se unieron al grupo juvenil. Entre ellos: Arnulfo
Benavides Trigos, Ubaldo Rodríguez de Ávila, Roberto Ribón y Benito Vega. Hoy,
Ubaldo aún continúa firme en el movimiento espírita. Compartimos experiencias
memorables hasta el año 2000, cuando nos retiramos de SESMAR para emprender un
nuevo proyecto: el Centro de Estudios Espíritas Francisco de Asís.
A
SESMAR le debemos lo que somos como espíritas. Fue nuestra universidad
espiritual. En sus aulas invisibles, recibimos el apoyo y la inspiración de
personas inolvidables: Carmen Peralta de Gómez, José Oliver Oliver, Delia
Reales de Martínez, Eduardo Munive y muchos otros.
Gracias
a doña Carmen Peralta, inicié mi camino en el mundo de las traducciones de
obras espíritas del portugués al español. Ella recibía material doctrinario en
portugués por correo aéreo y notaba la necesidad de poner ese contenido al
alcance de los hispanohablantes. Fue así como me regaló un pequeño diccionario
“Michaelis” portugués-español y me animó a comenzar. Desde entonces, ese gesto
se convirtió en un viaje de aprendizaje que ha contribuido enormemente a mi
formación doctrinaria. Hoy, después de años de estudio y dedicación, contamos
con una sólida experiencia en traducción, fruto de esa semilla inicial.
Jamás
podremos olvidar a SESMAR. Allí vivimos experiencias que marcaron nuestras
almas. Algunas de ellas las comparto ahora, con la esperanza de que puedan
ofrecer enseñanza y reflexión.
El
caso del amigo invisible
Corría
el año 1990 cuando se presentó a SESMAR una señora con su pequeña hija, quien
vivía una extraña experiencia: la del “amigo invisible”. Según las
explicaciones psicológicas, muchos niños entre los 2 y 3 años desarrollan una
imaginación activa, creando amigos imaginarios como parte de su mundo interior.
Pero este caso parecía diferente.
La
niña, cuidada por su abuela mientras la madre trabajaba, mantenía constantes
interacciones con su supuesto amigo invisible. A pesar de ciertos disgustos que
este le causaba, la abuela los minimizaba, considerándolos parte del juego.
Todo
cambió una mañana, cuando subieron a una buseta del servicio público. La niña,
con gran convicción, le pidió a su abuela que no se sentara en un asiento
específico porque allí “estaba su amigo”. La firmeza de la afirmación, en
presencia de otros pasajeros, alertó a la abuela, quien comunicó la situación a
su hija. Gracias a una amiga que conocía a SESMAR, pudieron acudir a la
institución y recibir atención espiritual.
Durante
la atención fraterna, nuestras intuiciones apuntaban a la presencia real de un
Espíritu perturbador. Pedí entonces la ayuda de nuestra hermana Yolanda Arias
—quien ya habita la patria espiritual—, dotada de mediúmnidad vidente. Le
pregunté:
—Yolanda,
¿qué ves?
Y
ella respondió sin dudar:
—Veo
un niño… pero ya no lo es. Es un hombre. Y está molesto.
Aquella
confirmación bastó para tomar el camino a seguir en el tratamiento espiritual
correspondiente al caso. Se aplicaron las terapias espiritistas propias de la Doctrina
Espírita, y se reveló que ese “niño” era en realidad un Espíritu que pretendía
engañar a la pequeña con su ropaje infantil. Existía un vínculo kármico entre
ambos. Afortunadamente, gracias a la intervención del equipo espiritual de
SESMAR, se logró brindar la asistencia necesaria y la niña fue liberada de
aquella influencia.
El
Espíritu agresivo
En
otra ocasión, llegó a SESMAR la señora O. con perturbaciones profundas. Era
víctima de manifestaciones espirituales que la dominaban, tornándola agresiva
con sus familiares, y adoptaba comportamientos y voz propios de un varón.
Después
de una primera atención fraterna, se le recomendó un tratamiento espiritual.
Una noche, durante la sesión de pases —o fluidoterapia— el obsesor la tomó
violentamente y trató de agredirme frente a los presentes. Tomé entonces el
Evangelio y leí un pasaje al azar, ofreciendo el respectivo adoctrinamiento.
Poco a poco, el Espíritu se fue calmando.
Uno
de los médiums presentes describió al espíritu obsesor como un hombre alto, de
complexión robusta y rostro airado, profundamente molesto por la intervención
que la Casa Espírita realizaba en beneficio de nuestra hermana. Según expresó,
buscaba vengarse por hechos que eran completamente desconocidos para nosotros,
pero que para él representaban una oportunidad de desquite. Semanas más tarde,
se manifestó nuevamente en la sala de conferencias, esta vez con mayor
violencia: rompió un retrato enmarcado de Allan Kardec, generando temor entre
los asistentes. Una nueva lectura del Evangelio, acompañada de un
adoctrinamiento amoroso, logró calmarlo nuevamente.
Con
el tiempo, y gracias a la constancia en el tratamiento espiritual, la señora
logró liberarse de aquella influencia y recuperar su paz interior.
A
SESMAR le debemos el despertar de nuestra conciencia espírita. Fue la
cuna de nuestras primeras responsabilidades, el taller donde el alma empezó a
esculpirse a sí misma, bajo la luz del Evangelio redivivo. Y aunque hoy
nuestros pasos nos han llevado a otros senderos dentro del movimiento espírita,
la huella de aquella casa perdura en lo profundo de nuestro corazón.
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