jueves, 5 de noviembre de 2026

A LA HORA DE LA CRÍTICA

 


Destacamos la necesidad de moderación y equilibrio ante los momentos menos felices de los demás; sin embargo, hay ocasiones en que las baterías de la crítica apuntan contra nosotros.

Tanto de amigos como de adversarios, oímos recriminaciones y reprimendas y, no pocas veces, caemos mentalmente en la rebeldía o la depresión.

Sin embargo, la amargura y el abatimiento no producen nada constructivo. Ante cualquier dificultad, la irritación o el desánimo solo oscurecen las situaciones o complican los problemas.

Cuando somos objeto de acusaciones y censuras, conviene realizar un minucioso examen de conciencia. Hagamos la pausa necesaria en nuestras actividades para orar y reflexionar, escudriñando lo más profundo de nuestra propia alma.

Analicemos, sin la menor compasión por nosotros mismos, todos los acontecimientos que determinan nuestra orientación y conducta, sopesando con rigurosa sinceridad los hechos y las intenciones que motivaron las advertencias en cuestión. Si nuestra conciencia señala fallas de nuestra parte, tengamos el valor suficiente para repararlas, ya sea pidiendo disculpas a los ofendidos o buscando los medios para subsanar los perjuicios que hayamos causado. Sin embargo, si reconocemos que estamos atentos al deber que la vida nos asigna, si nuestra intención y nuestro comportamiento nos dan seguridad respecto al camino correcto que recorremos en beneficio de todos y no exclusivamente en provecho propio, sepamos mantenernos en paz y aceptar la situación. Y, aunque nos rodeen las quejas y el tumulto, sigamos adelante en la ejecución del trabajo que nos corresponde, sin desesperación ni resentimiento, convencidos de que, por encima del consuelo de ser comprendidos de inmediato, prevalece la tranquilidad de conciencia que nace del cumplimiento de nuestras obligaciones.

TRES CONCLUSIONES

El tiempo concedido al Espíritu para una reencarnación, por largo que sea, siempre es corto en comparación con el servicio que estamos llamados a realizar. De ahí la importancia de aprovechar las horas.

Meditemos sobre el gasto excesivo de energías en que incurrimos a la ligera al ocuparnos de asuntos que corresponden a otros.

¿Cuántos miles de minutos y de frases derrochamos por década, sin la menor utilidad, tratando temas y cuestiones que no nos conciernen?

Para evitar esa pérdida inútil, reflexionemos sobre tres conclusiones de interés fundamental.

Lo que los demás piensan – Lo que los demás piensan son ideas suyas. No podemos disponer de su mente para imponerles interpretaciones de la vida.

Un indígena y un físico contemplan la luz y mantienen conceptos absolutamente antagónicos entre sí.

Lo mismo ocurre en la vida moral. Necesitamos nutrir el cerebro con pensamientos limpios, pero no está en nuestro poder exigir que nuestros semejantes piensen como nosotros.

Lo que los demás dicen – Las palabras de amigos y adversarios, de conocidos y desconocidos, son creaciones verbales que les pertenecen.

Se expresan como pueden y comentan los acontecimientos cotidianos con los sentimientos dignos o menos dignos que albergan.

En efecto, es nuestro deber cultivar una conversación sensata; sin embargo, no disponemos de medios para interferir en la expresión personal de quienes nos rodean, por muy queridos que nos sean.

Lo que los demás hacen – La actividad de nuestros hermanos es fruto de las elecciones y decisiones que les corresponden.

Sabemos que la Sabiduría Divina no nos creó para ser copias unos de otros. Cada conciencia es un ámbito independiente.

Los seres que nos rodean seguramente actúan con excelentes intenciones en una u otra esfera de trabajo y, si todavía no logran comprender el mérito de la sinceridad y del servicio al prójimo, ese es un problema que les pertenece a ellos y no a nosotros.

Es fácil deducir que no podemos eludir la acción ennoblecedora en beneficio de nosotros mismos, pero no nos corresponde imponernos en las decisiones ajenas, que el propio Creador deja libres.

Por ello, cooperemos con los demás y recibamos de ellos la ayuda que necesitamos, respetando a todos, pero sin perder tiempo en lo que puedan pensar, decir y hacer. En suma, respeto hacia los demás y responsabilidad para nosotros mismos.


Tomado del libro "Estudia y Vive"
Psicografiado por Chico Xavier/Emmanuel/André Luiz

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