Destacamos la necesidad de
moderación y equilibrio ante los momentos menos felices de los demás; sin
embargo, hay ocasiones en que las baterías de la crítica apuntan contra
nosotros.
Tanto de amigos como de
adversarios, oímos recriminaciones y reprimendas y, no pocas veces, caemos
mentalmente en la rebeldía o la depresión.
Sin embargo, la amargura y
el abatimiento no producen nada constructivo. Ante cualquier dificultad, la
irritación o el desánimo solo oscurecen las situaciones o complican los
problemas.
Cuando somos objeto de
acusaciones y censuras, conviene realizar un minucioso examen de conciencia.
Hagamos la pausa necesaria en nuestras actividades para orar y reflexionar,
escudriñando lo más profundo de nuestra propia alma.
Analicemos, sin la menor
compasión por nosotros mismos, todos los acontecimientos que determinan nuestra
orientación y conducta, sopesando con rigurosa sinceridad los hechos y las
intenciones que motivaron las advertencias en cuestión. Si nuestra conciencia
señala fallas de nuestra parte, tengamos el valor suficiente para repararlas,
ya sea pidiendo disculpas a los ofendidos o buscando los medios para subsanar
los perjuicios que hayamos causado. Sin embargo, si reconocemos que estamos
atentos al deber que la vida nos asigna, si nuestra intención y nuestro
comportamiento nos dan seguridad respecto al camino correcto que recorremos en
beneficio de todos y no exclusivamente en provecho propio, sepamos mantenernos
en paz y aceptar la situación. Y, aunque nos rodeen las quejas y el tumulto,
sigamos adelante en la ejecución del trabajo que nos corresponde, sin
desesperación ni resentimiento, convencidos de que, por encima del consuelo de
ser comprendidos de inmediato, prevalece la tranquilidad de conciencia que nace
del cumplimiento de nuestras obligaciones.
TRES CONCLUSIONES
El tiempo concedido al
Espíritu para una reencarnación, por largo que sea, siempre es corto en
comparación con el servicio que estamos llamados a realizar. De ahí la
importancia de aprovechar las horas.
Meditemos sobre el gasto
excesivo de energías en que incurrimos a la ligera al ocuparnos de asuntos que
corresponden a otros.
¿Cuántos miles de minutos y
de frases derrochamos por década, sin la menor utilidad, tratando temas y
cuestiones que no nos conciernen?
Para evitar esa pérdida
inútil, reflexionemos sobre tres conclusiones de interés fundamental.
Lo que los demás piensan –
Lo que los demás piensan son ideas suyas. No podemos disponer de su mente para
imponerles interpretaciones de la vida.
Un indígena y un físico
contemplan la luz y mantienen conceptos absolutamente antagónicos entre sí.
Lo mismo ocurre en la vida
moral. Necesitamos nutrir el cerebro con pensamientos limpios, pero no está en
nuestro poder exigir que nuestros semejantes piensen como nosotros.
Lo que los demás dicen – Las
palabras de amigos y adversarios, de conocidos y desconocidos, son creaciones
verbales que les pertenecen.
Se expresan como pueden y
comentan los acontecimientos cotidianos con los sentimientos dignos o menos
dignos que albergan.
En efecto, es nuestro deber
cultivar una conversación sensata; sin embargo, no disponemos de medios para
interferir en la expresión personal de quienes nos rodean, por muy queridos que
nos sean.
Lo que los demás hacen – La
actividad de nuestros hermanos es fruto de las elecciones y decisiones que les
corresponden.
Sabemos que la Sabiduría
Divina no nos creó para ser copias unos de otros. Cada conciencia es un ámbito
independiente.
Los seres que nos rodean
seguramente actúan con excelentes intenciones en una u otra esfera de trabajo
y, si todavía no logran comprender el mérito de la sinceridad y del servicio al
prójimo, ese es un problema que les pertenece a ellos y no a nosotros.
Es fácil deducir que no
podemos eludir la acción ennoblecedora en beneficio de nosotros mismos, pero no
nos corresponde imponernos en las decisiones ajenas, que el propio Creador deja
libres.
Por ello, cooperemos con los
demás y recibamos de ellos la ayuda que necesitamos, respetando a todos, pero
sin perder tiempo en lo que puedan pensar, decir y hacer. En suma, respeto
hacia los demás y responsabilidad para nosotros mismos.
