lunes, 5 de enero de 2015

Sexo y sexualidad, entre los impulsos de la etapa primitiva del ser y el equilibrio de la razón



Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer”. Esta frase extraída del poema “Canción de otoño en primavera” de la autoría del poeta nicaragüense Rubén Darío, me sirve de abrebocas para el tema que queremos desarrollar, pretendiendo buscar respuestas al complejo enigma del uso del sexo por el ser humano, en las diferentes etapas de su vida como encarnado.


Fotografía tomada de la Web http://galleryhip.com/etapas-del-desarrollo-humano.html

El ser humano a lo largo de su historia ha usado y abusado del sexo, involucrándose de esta manera en serios compromisos que lo vinculan con el despilfarro de las energías genésicas.  No existen dudas respecto a la forma en que la sexualidad ha evolucionado de la mano con la mentalidad del ser humano. Desde la prehistoria, donde las necesidades del impulso reproductivo era una manifestación natural del deseo del macho atraído por el aroma de las mujeres, hasta los reatos sexuales derivados de las imposiciones religiosas que convirtieron el sexo en algo pecaminoso y tabú, generando prohibiciones coercitivas que derivaron en represión y persecuciones en nombre de Dios. 

Actualmente, ante el auge tomado por los medios de comunicación como el Internet, el uso masivo de celulares y la televisión abierta, desde el niño, pasando por el joven y la irresponsabilidad de algunos adultos, el ser humano tiene un fácil acceso a contenidos de sexo explícito que generan desinformación y desequilibrios difíciles de superar, causando necesidades apremiantes, que necesitan ser drenadas.



En nuestra larga historia como docente, hemos sido testigo de cómo adolescentes desorientados desde sus hogares, se involucran desde muy temprana edad en un coctel peligroso para su futuro espiritual que pasa por el consumo de alcohol, la iniciación a las drogas y los embarazos no deseados debido a la falta de orientación.



Y es que el ser humano en su larga lucha por alcanzar niveles de crecimiento espiritual, reformando sus valores morales, se ha movido entre la intemperancia y el frenesí de la juventud y las apremiantes necesidades de la mayoridad, donde el adulto mayor varón, termina siendo denominado peyorativamente como “viejo verde”, al no comprender que el declive sexual forma parte de un proceso normal en el ser humano. Sin embargo para muchos de estos adultos mayores apareció en 1998 la pastilla azul o viagra, solucionándoles en parte, los serios problemas que representaban para su ego masculino sus problemas de impotencia a causa de la edad.



En el campo de la educación del instinto sexual, el Espiritismo a través del Espíritu Emmanuel, en “El Consolador prometido por Jesús”, psicografiado por Chico Xavier, nos elucida que “En vez de la educación sexual para la satisfacción de los instintos, es imprescindible que los hombres eduquen su alma para la comprensión sagrada del sexo”.  Asegurando que, “Cada vez que una persona convida a la otra a la comunión sexual, o que acepta de alguien una propuesta en este sentido, por afinidad y confianza, se establece entre los dos un circuito de energías por lo cual los dos se alimentan psíquicamente de esas energías recíprocamente”.



El sexo como departamento orgánico programado por la divinidad para la reproducción de las especies, le permite al Espíritu acumular experiencias en el campo de la sexualidad, asumiendo la polaridad masculina o femenina sin detrimento de sus adquisiciones del pasado, en la constante búsqueda del mandato divino de alcanzar la plenitud espiritual. Pero, la clave del éxito en las diferentes experiencias reencarnatorias, con relación a la programación de los sexos, es su conducta moral. Los reconocemos por las experiencias vivenciadas por Espíritus que luego de dejar la envoltura corporal, a través del fenómeno natural denominado muerte, reaparecen en el Mundo de los Espíritus cargados de aflicciones, remordimientos y el sufrimiento natural de aquel que reconoce haber sido inferior al compromiso que asumió al regresar a las luchas terrenas; también los encontramos felices y dichosos por haber alcanzados niveles de progreso inherentes a su condición espiritual.



Reconocemos en Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis, uno de los principales investigadores del psiquismo humano y su actitud comportamental ante el sexo, estableciendo “las fases psicosexuales”, las cuales se desarrollan en cinco etapas, sosteniendo que el ser humano desde su nacimiento posee una libido instintiva (energía sexual). Para Sigmund Freud, las experiencias que mayor influencia ejercen en la vida sexual del ser humano y en especial la infancia y la adolescencia, tienen que ver con el manejo de la libido y la atención prestada por el mismo a las partes sensibles del cuerpo humano, denominándolas zonas erógenas parciales. Estas zonas corresponden en su orden a la boca, el ano, y los órganos genitales, las cuales seguirán ejerciendo su influencia en el ejercicio de la sexualidad en nuestra etapa como adultos.



De esta manera, Freud describió 5 etapas de desarrollo en el ser humano: el estado oral (de 0 a 1 años), la fase anal (de 2 a 3 años), la fase genital o fálica (de 3 a 4 años), la fase de latencia de 5 años a la pubertad y después la etapa genital madura, a la edad adulta.



A pesar de que Freud no fue más allá del materialismo científico de la época, trasfiriendo para la libido (deseo sexual) la responsabilidad de casi todos los trastornos, rompió con el puritanismo del s. XIX abriendo el campo para las futuras contribuciones, especialmente las de su discípulo Carl Jung, que se aparta definitivamente del maestro austriaco, al concebir la libido como energía general de la propia vida, no manifestándose necesariamente, según él, sólo como energía sexual, sino que puede también ser energía creadora, artística, etc. Las aportaciones espiritualistas y, especialmente, la revelación espiritista, sintoniza con los postulados arriba señalados, afirmando que todo lo que se agita, crece y germina es energía creadora, ya sea una planta, un impulso o la fuerza de una idea[1].



Para poder comprender la importancia que tiene los estudios realizados por Freud y sus predecesores y las enseñanzas que nos ofrece la Doctrina Espírita, nos remitimos al artículo “Sexo, Sexualidad y Amor”, de la obra Hacia las Estrellas, psicografiada por Divaldo Pereira Franco y de la autoría de Humberto Mariotti, quien en su mensaje asegura que:



Se puede utilizar el sexo por instinto o corrupción de costumbres, sin que ejercite la sexualidad. El sexo atiende a impulsos de la etapa primitiva del ser, mientras que la sexualidad obedece al equilibrio de la razón, que establece las condiciones necesarias para su aplicación. En la sexualidad se hace indispensable el amor, que se manifiesta por medio de los sentimientos y que alcanza las expresiones que se canalizan en favor de la función sexual”.



Mariotti completa estas orientaciones afirmando que “para dichas realizaciones – la sexualidad y el sexo -, la mente es factor de vital importancia, puesto que es la estimuladora de las funciones pertinentes a ambas. Normalmente se practican actos sexuales sin el equilibrio de la sexualidad, así como sin amor, aunque se informe que sexo y amor son cosas idénticas”.



Allan Kardec durante la organización doctrinaria de los libros de la Codificación, recibió muchas comunicaciones de Espíritus del Tercer Orden de la Escala Espírita, Espíritus Imperfectos, en los cuales predomina la materia sobre el Espíritu y su inclinación hacia el mal; además, el orgullo, el egoísmo y la sensualidad caracterizan su comportamiento. En la obra “El Cielo y el Infierno”, Cap. IV, Espíritus Sufridores, “Los lamentos de un hombre sensual”, Instrucciones del guía del médium, encontramos la siguiente comunicación que nos explica la situación del Espíritu en el Mundo Espiritual:



“¿Sabéis cuál es la situación de esos hombres de vida sensual, que no han dado a su Espíritu otra actividad aparte de la de inventar nuevos placeres? La influencia de la materia los acompaña más allá de la tumba, y la muerte no pone término a esos apetitos que, estimulados por la vista –tan limitada como lo fue en la Tierra–, en vano procuran satisfacer. Como nunca han buscado el alimento espiritual, su alma deambula en el vacío, sin una meta, sin esperanza, presa de esa ansiedad propia del hombre que no tiene delante de sí más que la perspectiva de un desierto sin límites. La nulidad de las ocupaciones intelectuales durante la vida del cuerpo acarrea naturalmente la nulidad del trabajo espiritual después de la muerte. Dado que ya no pueden saciar al cuerpo, sólo les resta satisfacer al Espíritu. De ahí un tedio mortal cuyo término no llegan a ver, y en cuyo lugar preferirían la nada. Pero la nada no existe… Pudieron matar al cuerpo, pero no pueden aniquilar al Espíritu. Es preciso, pues, que padezcan esos tormentos morales hasta que, vencidos por el cansancio, se decidan a dirigir su mirada hacia Dios”.



De esta comunicación rescatamos la afirmación “es preciso, pues, que padezcan esos tormentos morales” de los cuales se sienten presos los Espíritus sensualistas, al punto de ocasionar graves disturbios en el área genésica a muchísimos encarnados que se sintonizan con ellos, por sus preferencias sexuales, buscando la oportunidad propicia para vampirizarlos.



Según Herculano Pires, tendencias y desvíos sexuales tienen procedencias diversas y sus raíces genésicas pueden venir de profundidades insondables. Él pondera que “la propia filogénesis del sexo, que comienza aparentemente en el reino mineral, pasando por el vegetal y el animal, para después llegar hasta el hombre, presentando enormes variaciones de formas, inclusive la autogénesis de los virus y de las células y la bisexualidad de los hermafroditas, justifica la aparición de desvíos sexuales congénitos[2].



Nuestras tendencias en el campo sexual, muestran claramente el patrimonio espiritual del cual somos portadores, lo cual se refleja en el periespíritu, el cual actúa como archivador de todas nuestras experiencias en el campo de la carne. He ahí porque el Maestro Kardec en La Génesis, ítem 18, nos orienta que: El periespíritu, por tanto, lleva impreso las cualidades morales de sus pensamientos y sentimientos, como huella inequívoca de la evolución moral y "...no cambiará, hasta tanto el espíritu no se modifique[3]".



Y esa modificación conlleva una profunda transformación en la conducta moral del hombre, planteamientos estos implícitos en la propuesta espírita, la cual encontramos en “El Evangelio según el Espiritismo”, cap. XVII, Sed Perfectos:



“Se reconoce al verdadero espiritista por su transformación moral y por los esfuerzos que realiza para dominar sus malas inclinaciones”.



El ejercicio responsable del sexo representa una de las mayores conquistas del Espíritu, como encarnado, alcanzado el “equilibrio de la razón” en el manejo de la sexualidad, de acuerdo a los planteamientos de Humberto Mariotti. Sin embargo, aún deambulan en la carne millones de Espíritus encarcelados en los vicios sexuales, primando el instinto animal por encima de la conciencia lúcida, siendo permeados permanentemente por desencarnados que sacian en ellos apetitos inconfesables.



Es nuestro deber evitar la censura y la condenación para quienes aún transitan por estos difíciles caminos, encarando con naturalidad, comprensión y tolerancia el difícil camino que han elegido seguir, entendiendo que cada quien se enfrentará, tarde o temprano, ante el tribunal de su conciencia. Recordemos que los vicios no son del cuerpo sino del espíritu que lo anima.



Todos, invariablemente, tendremos que enfrentarnos al esfuerzo del perfeccionamiento y la ascensión espiritual, correspondiendo de esa manera a los designios de la divinidad que espera por sus hijos, a través de los procesos regeneradores que sus leyes disciplinarias establecen.



Para los que aún transitan en las fajas inferiores de sus pasiones absorbentes y viciosas, André Luiz nos esclarece que: “El cautiverio en los tormentos del sexo no es problema que pueda ser solucionado por literatos o médicos actuando en el campo exterior, es cuestión del alma, que demanda proceso individual de cura, y sobre ésta, solo el espíritu resolverá en el tribunal de la propia conciencia. Es innegable que todo auxilio externo es valioso y respetable, pero debemos reconocer que los esclavos de las perturbaciones del campo sensorial solo serán liberados por sí mismos, es decir, por la dilatación del entendimiento, la comprensión de los sufrimientos ajenos y de las dificultades propias, por la aplicación, en fin, del “Amaos unos a otros”, en el adoctrinamiento como en lo íntimo del alma, con las mejores energías del cerebro y con los mejores sentimientos del corazón[4].



Y enfatiza que: “El éxtasis del santo fue un día simple impulso, como el diamante –gota celestial elegida para reflejar la claridad divina– vivió en el aluvión, ignorado entre piedras brutas. Claro está que, así como se pule el diamante para alcanzar el pedestal de la belleza, así también el instinto sexual, para coronarse con las glorias del éxtasis, ha de doblegarse a los imperativos de la responsabilidad, a las exigencias de la disciplina, a los dictámenes de la renuncia”[5].



Queremos finalizar estas líneas trayendo a colación las orientaciones de Joanna de Ángelis, cuando afirma que: “los seres humanos se dividen en hombres fisiológicos y hombres psicológicos. Los primeros, buscan satisfacer sus necesidades sensoriales, como comer, dormir y mantener relaciones sexuales. Los últimos no se restringirían a esas manifestaciones y, presentando valores más elevados, serían portadores de ideales superiores, o sea, objetivos existenciales mayores en las áreas del trabajo, de la educación, de la fraternidad, de la religiosidad etc. Además, los hombres psicológicos desarrollarían sus actividades fisiológicas con profundo respeto a sí mismos, al cuerpo físico de que son portadores y a los hermanos envueltos en esas manifestaciones, evitando excesos que pueden acarrear procesos kármicos de difícil resolución[6]. 



[1] Juan Manuel Ruiz, Amor y Energía Sexual. Conferencia ofrecida en diciembre del 2004 en el XII Congreso Espírita Nacional, realizado en España.
[2] Mediúmnidad, Herculano Pires, capítulo VIII.
[3] La Génesis, Allan Kardec. Ítem 18.
[4] En el Mundo Mayor, André Luiz/Chico Xavier.
[5] Ibídem.
[6] Jesús a la luz de la psicología profunda, Joanna de Ángelis/Divaldo Franco.
 

1 comentario:

adriana nieto dijo...

Excelente escrito sobre el sexo y la sexualidad sr Oscar que Dios lo bendiga y los espíritus superiores los sigan utilizando para llevar a todos la luz de la verdad el consolador prometido por Jesús el Espiritismo.

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